Nación, pensamiento crítico y dilema cubano

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¿Cuánto contribuiría al desarrollo del país la potenciación del pensamiento crítico, en tanto capacidad de comprender la realidad y, a un tiempo, develar la posibilidad de transformarla en sentido de justicia, igualdad y soberanía?

No es un asunto nuevo, ni privativo de la historia cubana. El pensamiento crítico ha sido esgrimido frente a todo orden absoluto, sea en nombre de Dios, del Mercado o de la clase trabajadora.

Si se asume, con José Martí, que la educación ha de ensayar la democracia vital de la República, podemos abrir el asunto de cara al orden social cubano, al entender que la educación es mucho más que escolarización.

La educación y la pedagogía son campos de conflicto entre las diferentes fuerzas que desean orientar los sentidos y destinos de la sociedad. Es imposible en ellas, entonces, la neutralidad política.

Valga preguntar, ¿qué sentidos están en disputa en Cuba hoy?, ¿cuáles son los intereses, los sujetos implicados, los contenidos que los conforman y las narrativas que los afianzan?

No es lo mismo hablar de Cuba que pensar a Cuba. Necesitamos enfoques que problematicen, no solo que caractericen y describan. Necesitamos, al unísono, pluralizar los referentes, más allá de aquellos de estirpe anglosajona en particular, así como positivistas y liberales en general.   

No es difícil rastrear en la pedagogía las Cubas en disputa: desde la entrada “acrítica” de la tecnocracia, hasta la búsqueda de lecturas holísticas de la realidad, tanto en el campo secular como en el teológico.

La propia historia pedagógica cubana, cuyos primeros hitos educativos datan de fines del siglo XVIII, coloca esta indagación desde el vínculo entre Nación y educación, y dentro de ella, la particularidad que le atribuye los intereses de clases en disputa.

Toda época de cambio en Cuba ha implicado la producción de alternativas pedagógicas críticas. Desde la fundación del Colegio de San Carlos y San Ambrosio, las Cartillas mambisas, la Universidad popular José Martí, la Universidad del Aire, la campaña de alfabetización, entre otras.

Hoy se actualizan en la Isla variantes pedagógicas participativas. En el ámbito institucional, existen procesos de perfeccionamiento que apuntan, al menos en su letra, a mayor autonomía en el proceso de aprendizaje, en la contextualización de contenidos y en el ajuste a las demandas de la comunidad.

Por otro lado, emergen propuestas didácticas participativas, tipo Método Montessori, accesible en el ámbito privado para sectores con mayores ingresos; así como variantes de la Educación Popular, apegadas a sectores desfavorecidos, con un claro sentido político para la autogestión.

Vistas de conjunto, las tradiciones críticas transformadoras atienden las resistencias al poder opresor; la construcción de oposición; la forja de subjetividades críticas; preguntan por el lugar de lo humano; visibilizan los intereses detrás de las desigualdades; construyen proyectos de emancipación en el terreno de la teoría y de la práctica; develan la alienación; enfrentan el sobredeterminismo económico; develan la hegemonía cultural.

No es posible una pedagogía crítica al margen de los procesos históricos. Esta desafía al «sentido común»; van más allá de los límites de las experiencias, dialoga con la historia e imagina un futuro que no reproduzca el presente, reconoce el mundo y la historia como espacios de realización humana.

El tema de la conciencia es central en este proceso. Permite el tránsito de una conciencia ingenua, que no problematiza, que sobreestima el tiempo pasado, que tiende a aceptar explicaciones fabulosas; hacia una conciencia crítica que busca polemizar, que ahonda los problemas, abierta a lo nuevo, que sustituye las explicaciones mágicas sobre la realidad por las causas que la producen.

La pedagogía crítica se pregunta cómo y por qué el conocimiento es construido en la forma en que lo hace; cómo y por qué algunas de esas construcciones son legítimas y aceptadas por una cultura dominante. Se interesa por comprender la relación entre el poder y el saber.

Al mismo tiempo, se pregunta por el destino de lo humano (para qué) haciendo visibles los contextos y las identidades (dónde), los sentidos personales de individuación (para quién) y el sentido ético y estético de ella (por qué).

La tarea crítica significa construir respuestas. La crítica ha sido el fundamento de la construcción de la sociedad, en cuanto en esa actitud y capacidad humana se entretejen las relaciones entre poder, política, conocimiento y pedagogía. La crítica es la urdimbre básica con la cual se teje la transformación de los órdenes opresivos.

Las pedagogías críticas exigen una ampliación y reestructuración en los nuevos escenarios históricos, en atención al hecho tecnológico, por ejemplo,  el cual exige se trabaje sin caer en tecnofobia o tecnófilos. Han de atenderse, en tanto amplitud de su alcance, el quiebre de las fronteras entre educación formal, no formal e informal. Añádase atención a la emancipación que implica asumir al ser humano en su condición sentipensante (cuerpo, deseo, afecto, conciencia).

La pedagogía crítica, en general, se fundamenta en dos ejes transversales: un cuestionamiento permanente respecto a las formas de subordinación que crean procesos de inequidad social, y el rechazo a las relaciones generadas en los espacios de escolarización; ambos cuestionamientos presentan la educación como una práctica política y socioafectiva.

En ese sentido es atinado anotar algunas previsiones para la realidad educativa cubana:

  1. Asumir que la pedagogía crítica es pensar la vida docente en términos de  para quién, por qué, cómo, cuándo y dónde se desarrollan determinadas actividades y ejercicios pedagógicos.
  2. Desarrollar métodos de análisis crítico con los que los estudiantes puedan leer y escribir dentro y en contra de los códigos culturales existentes.
  3. Influir, democráticamente, en cómo y qué conocimientos, valores, deseos e identidades se producen dentro de conjuntos particulares de relaciones de clases y sociales.
  4. Asumir la autonomía, la cooperación, la esperanza, la ética y la estética como elementos clave de los procesos de aprendizaje, individual y colectivo.
  5. Develar la práctica pedagógica como hecho político de lucha entre concepciones del mundo, bajo formas y dispositivos de intervención educativa liberadoras.

El alcance de las pedagogías críticas en Cuba hoy no es posible sin tensionar las posturas sociales, políticas, culturales y sexuales vigentes.

La crisis cubana es estructural. También lo son, como componente de ella, los modos de activar el pensamiento colectivo, consciente, crítico y creador, respecto a la realidad y sus complejidades.

Frente al dilema cubano de reconstruir un proyecto nación soberano, y crear el orden social que lo sostenga, el pensamiento crítico liberador resulta imprescindible para acometer tamaña reconstrucción. 

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Ariel Dacal Díaz
Ariel Dacal Díaz
Escritor y educador popular. Doctor en Ciencias Históricas por la Universidad de La Habana

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