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Las midterms no cambiarán de inmediato la política hacia Cuba, pero abren un horizonte de dos años. El revés electoral de Trump podría ser el primer paso hacia el regreso de la política de Obama, para lo que deberían prepararse los grupos políticos en ambas orillas.
El Partido Demócrata ganó una mayoría en el Senado y en la Cámara de Representantes, donde, hasta ahora, la ventaja republicana permitía al presidente Donald Trump llevar a cabo su programa legislativo sin demasiados cuestionamientos o contrapesos. Los azules, cuyo fin había sido augurado por muchos, recuperan sus espacios en la política institucional, con los que intentarán alcanzar logros contundentes como oposición de camino a las elecciones presidenciales de 2028.
El cambio más significativo para Cuba podría producirse en las comisiones. Con la nueva mayoría demócrata, Gregory Meeks podría presidir la Comisión de Asuntos Exteriores y Joaquín Castro la Subcomisión del Hemisferio Occidental, hasta ahora encabezada por María Elvira Salazar. Ambos han cuestionado la política de máxima presión contra Cuba, lo que podría traducirse en mayor fiscalización al Ejecutivo y más espacio para discutir alternativas de acercamiento, aunque su prioridad principal sea bloquear y revertir el trabajo de la administración actual.
Sin embargo, el resultado de estos comicios, por sí solo, tiene poco impacto real directo en la política de Washington hacia Cuba, toda vez que esta es conducida directamente desde el Ejecutivo, necesita de poca aprobación congresional, y además, no es un tema prioritario en las campañas ni en la política interna del país norteamericano.
Por ahora, la política hacia Cuba sigue teniendo en Marco Rubio, desde el Departamento de Estado, a uno de sus principales arquitectos y ejecutores. Sin embargo, según el analista Carlos Alzugaray, su continuidad en el cargo podría estar condicionada por sus propias aspiraciones políticas de cara a las elecciones presidenciales de 2028, lo que podría abrir la puerta a una posición menos agresiva hacia La Habana:
«Una política de Estados Unidos contra Cuba sin Marco Rubio en el Departamento de Estado podría perder intensidad. Me inclino a pensar que Rubio va a buscar la fórmula de salirse de la Administración de Trump y dejar esta imagen que tiene como uno de los miembros más eficaces del gabinete, sin caer en los extremismos de otros. Su camino a la Presidencia presentándose el año que viene, metiéndose en la lucha por la candidatura republicana en 2028, puede ser muy riesgoso, porque tiene enfrente a J. D. Vance, que cuenta con ventajas.
»Rubio puede considerar que esa lucha no le conviene, porque las posibilidades de perder son grandes. Y, si gana, llegará a las elecciones de 2028 marcado por el desempeño de Trump, que puede ser desastroso en los próximos dos años. Por eso, es lógico que Rubio se vaya de la Administración. Incluso podría optar por esperar hasta 2032, después de dejar transcurrir un tiempo y construir una nueva plataforma política desde la que intentar alcanzar la nominación republicana».
Por el momento, en Florida, los congresistas republicanos cubanoamericanos María Elvira Salazar, Mario Díaz-Balart y Carlos Giménez conservaron sus escaños, aunque con márgenes mucho más estrechos que en 2024. Si bien el estado continúa siendo un bastión republicano, estos resultados muestran el desgaste de Trump entre sectores del electorado latino y cubano, principalmente, por su política migratoria que ha alcanzado a una comunidad históricamente privilegiada, cuyos integrantes difícilmente imaginaron terminar en centros de detención o ser deportados a terceros países.
Las midterms funcionan como un medidor de satisfacción a dos años de inicio de una administración. Ya desde hacía varios meses la mayoría de las encuestas serias le otorgaban una victoria holgada a los demócratas, lo que habla, ante todo, de la tremenda inconformidad con el aumento del costo de la vida, especialmente, de los combustibles.
Este será el centro de un Congreso dominado ahora por los demócratas, que pasarán factura a la administración republicana más beligerante que han tenido que enfrentar en décadas, no solo en materia económica, sino social, sanitaria, migratoria, de inclusión, y cualquier otro tema relevante de la agenda.
Un Congreso demócrata podrá observar más de cerca, cuestionar la política de la Casa Blanca y el Departamento de Estado contra Cuba, pero no la cambiará efectivamente.
En el corto plazo, esto tiene poco impacto para los cubanos en la Isla, pero no es despreciable si se considera que puede ser el comienzo de un cambio de ambiente liderado por un Partido Demócrata que da la imagen de ir al ritmo de una nueva generación de políticos millennials, racializados y socialistas, mientras que muchos de los mayores defensores de Trump toman nota y comienzan a recular para estar lo mejor parados posible frente a las presidenciales de 2028.
Por otro lado, la idea tan repetida por Trump y Rubio de que La Habana «está a punto de caer» se ha transformado en «eso tomará algún tiempo», en tanto el Estado cubano resiste las presiones económicas sin mostrar hasta ahora señales de inestabilidad; aunque la política de máxima presión tenga un altísimo costo social y humano que terminan pagando los sectores más vulnerables de la sociedad.
El momento más impredecible se encuentra entre hoy y el 3 de enero de 2027, cuando el nuevo legislativo tome posesión. Para Cuba el peor escenario sería una acción militar directa, lo cual se ha visto también desdibujado luego del descalabro en Irán. El costo de un fracaso o un estancamiento en la Isla supone un riesgo demasiado alto para unos beneficios a corto y mediano plazo cuestionables, tanto económica como políticamente.
Cuba forma parte de un entramado de relaciones internacionales bastante caótico en los últimos meses que incluye el alejamiento de Ucrania, el fiasco en Irán, la tensión de las relaciones con algunos aliados de la OTAN, la guerra de las tarifas aduaneras y el reciente acercamiento a Rusia, por solo mencionar algunos temas. En medio de este actuar aparentemente errático, cabe preguntarse cuál de las posibilidades considerarían como victoria en el caso de Cuba, tanto el Donald Trump que no debe querer otro fiasco internacional antes de terminar, como el Marco Rubio que está tomando impulso para seguir más allá de 2028.
Todo parece indicar que Estados Unidos está cada vez más dispuesto a esperar a que Cuba caiga por la presión económica, mientras que La Habana ha dado señales de poder resistir, al menos durante los próximos dos años. Un Congreso demócrata no cambia nada en este momento, pero es una señal de que es posible un escenario menos hostil hacia Cuba dentro de dos años y podría ser un muro de contención ante el escenario de una —a esta altura ya difícil— acción militar a gran escala.
Desde La Habana, la victoria demócrata debería interpretarse como una oportunidad para preparar las condiciones de un futuro acercamiento. Aprovechar estos dos años para profundizar las reformas económicas ya declaradas, ampliar las posibilidades de inversión extranjera ofreciendo mayores garantías a los inversores, además de fortalecer las condiciones en que opera el sector privado nacional.
Una economía más abierta, con reglas claras y oportunidades reales de inversión, podría generar incentivos para que sectores empresariales vinculados a los demócratas —e incluso al republicanismo no alineado a los representantes cubanoamericanos— encuentren razones para promover una flexibilización de las sanciones a partir de intereses comerciales. Unido a esto, una eventual victoria demócrata en 2028 —que parece más posible ahora— abriría la posibilidad de recuperar parte del acercamiento iniciado por Obama.
Lo cierto hasta el momento es que en 2028 tanto Cuba como Estados Unidos tendrán nuevos presidentes. Washington tendrá que decidir si mantiene una estrategia de presión económica que ha castigado especialmente a la población cubana, mientras La Habana tiene por delante dos años para impulsar reformas que favorezcan el intercambio. Los pueblos de ambos países, especialmente el cubano, que ha soportado las consecuencias más duras de esta confrontación, merecen ocupar finalmente el centro de cualquier decisión.

