¿Todas las películas argentinas serán buenas, y, en ese caso, lo serán en razón de su nacionalidad? Entre una porteña y otra, digamos, colombiana o incluso noruega, ¿resultará sensato apostar a ciegas por la primera?
Creo que mi sentido del humor y mi experiencia como comediante han mejorado la calidad de mis clases a lo largo de los años. Frente a los alumnos, he ido puliendo mis recursos a base de usarlos y usarlos.
La sociedad de la nieve (sobre la caída de un avión en los Andes en 1972) va mucho más allá del morbo inherente a la antropofagia como recurso extremo de supervivencia (de hecho, hay muy poco de eso), para erigirse en un estudio de lo que nos convierte en humanos, de cómo se (re)construyen los lazos y reglas que nos permiten convivir, cómo y hasta qué punto nos necesitamos unos a otros.
La educación en el hogar también fue de primera, algo que agradezco especialmente a mis padres, y que intentaré legarle a mi hijo. Agrego además que fui un niño que preguntaba sin miedo, incluso sin medida, podría decir.
Napoleon, de Ridley Scott, es como la vieja fórmula a base de aceite de hígado de bacalao: tiene algunos efectos positivos pero, decididamente, sabe a rayos.
Llegué al portal del copiador del paquete, pedí el último y me senté. El local estaba desbordado de personajes pintorescos: un papá con su niña de 8 años, un anciano excombatiente, un señor de camisa de hilo y una señora en bata de casa y chancletas, además del copiador del paquete, a quien me voy a referir como el paquetero, pasado de peso y exhibiendo una peluda pulgada de división de las nalgas, como si fuese mecánico o plomero.