Como si leyera el futuro, Padilla supo lo que venía. A esas alturas de 1971, poco importaban sus versos, sus críticas, su tristeza, su círculo de amistades.
Ni el imperialismo, ni la CIA, ni el bloqueo pudieron con la Revolución de los cubanos. No les hizo falta. Ella fue derrotada por los propios revolucionarios.
¿Y el pueblo, qué pinta en todo esto? Poco. Mientras los dirigentes se ponen de acuerdo en cómo hipotecar o vender todo el país —habida cuenta de su enorme deuda y carencias—, el pueblo, que fue viril y soberano… sigue haciendo colas.
La historia me absolverá, de Fidel Castro, puede ser interpretada de muchas formas, pero también resulta, en buena medida, el relato de lo que pudo ser y no fue.
Entrampada en su propia y extraordinaria burocracia, somos hoy una nación endeudada de principio a fin, ineficaz y dependiente. La Revolución no existe, y no por culpa de Estados Unidos, sino de ustedes que acabaron con ella.
No son sólo películas, sino reflexiones de una generación nacida en los noventa o el siglo XXI, que recibe un país fragmentado y a la deriva, un territorio que tiene que ser repensado, reconstruido