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Cuba no está ante una reforma más, sino ante una decisión límite. El Gobierno ha anunciado uno de los paquetes de transformaciones económicas y sociales más profundos de la historia posterior a 1959, en un momento en que el país ya no tiene margen para seguir administrando la crisis con parches, consignas o aplazamientos.
Muchas de las medidas han sido recomendadas una y otra vez por diversos economistas; que finalmente se les escuche es una señal positiva, pero también confirma cuánto tiempo se perdió antes de llegar a este punto. Cuba enfrenta hoy una de las crisis socioeconómicas más graves de su historia reciente, marcada por una situación energética que ha afectado de forma devastadora la vida cotidiana, la producción, los servicios, los cuidados familiares, la salud mental y la capacidad de las personas para sostener una existencia digna. A ello se suma el impacto real, profundo y creciente de las medidas unilaterales coercitivas de Estados Unidos, recrudecidas en los últimos años y dirigidas a cerrar fuentes de financiamiento, ingresos externos, acceso a combustibles, operaciones internacionales y márgenes de maniobra económica.
Sin embargo, reconocer ese impacto no puede servir para borrar responsabilidades internas. Al contrario, precisamente porque la Isla enfrenta una presión externa tan severa, el Gobierno tenía menos derecho a perder tiempo, menos margen para improvisar y mayor obligación de haber hecho los cambios necesarios para construir una economía más fuerte.
Ahí radica una de las paradojas del momento. La guerra económica hace más riesgosa la reforma, porque obliga a implementarla en condiciones de escasez extrema, deterioro institucional, baja confianza social y empobrecimiento. Pero también resulta difícil no leer que, indirectamente, esa presión terminó empujando una transformación que se pospuso una y otra vez. Muchas de las medidas que hoy se presentan como imprescindibles pudieron haberse adoptado durante la apertura impulsada por la administración Obama, cuando existía un entorno internacional menos hostil, mayores riquezas internas y una sociedad menos agotada.
El desenlace de este proceso no dependerá solo de decisiones internas. El papel de Estados Unidos, y también de potencias con vínculos estratégicos con Cuba como China y Rusia, será un factor importante para el éxito o el fracaso de las transformaciones. Si la reforma logra enviar señales creíbles de apertura, seguridad jurídica y racionalidad económica, podría contribuir a estimular la inversión extranjera y a reducir parcialmente el aislamiento financiero del país. Pero si las medidas unilaterales coercitivas se mantienen o se intensifican, y si los aliados internacionales se limitan a respaldos políticos sin compromisos económicos significativos, los márgenes de la reforma serán mucho más estrechos. Cuba necesita hacer su parte, pero el entorno internacional puede acelerar, limitar o distorsionar profundamente sus resultados.
En términos generales, el paquete contiene medidas que apuntan en la dirección correcta. Es acertado que reconozca la necesidad de otorgar mayor autonomía a la empresa estatal; ampliar los espacios de actuación del sector privado; reducir prohibiciones absurdas; flexibilizar el acceso a insumos; abrir canales más diversos de financiamiento; revisar la política de precios; y dar mayor capacidad de decisión a productores, empresas y territorios. También resulta relevante que coloque sobre la mesa una reforma salarial, la actualización periódica de pensiones y prestaciones, y el tránsito hacia subsidios mejor focalizados.
Durante demasiado tiempo la economía cubana funcionó bajo una combinación de escasez, prohibiciones, controles ineficaces y decisiones tardías que terminaron empujando a millones de personas hacia la precariedad, la informalidad o la emigración. En ese sentido, abrir espacios a la iniciativa, al mercado y a formas diversas de propiedad y gestión no debe ser leído como una renuncia, sino como una condición mínima para recuperar capacidades productivas y sostener cualquier política social viable.
Sin embargo, esas potencialidades conviven con riesgos importantes. La reforma puede ampliar la producción, atraer capital, dinamizar territorios y reducir trabas; pero si no se implementa con reglas claras, también puede incrementar desigualdades, debilitar aún más a quienes dependen de ingresos en moneda nacional, facilitar la concentración de activos y crear nuevas zonas de inequidades.
La diferencia entre una transformación orientada al bienestar nacional y una simple redistribución de privilegios dependerá de la transparencia, participación ciudadana y la protección efectiva a quienes no tienen capacidad de competir en el nuevo mercado. Por eso, la discusión no debe reducirse a estar a favor o en contra de la reforma, la pregunta clave es qué tipo de reforma se construirá y para quiénes. Y esto obliga a mirar más allá del enunciado general de las medidas y concentrarse en sus escenarios de implementación.
En este sentido, la transición del subsidio a productos hacia el subsidio a personas puede ser necesaria, pero solo será legítima si se traduce en protección social concreta y exigible. No basta con anunciar un fondo ni con formular objetivos generales, hay que definir quiénes serán protegidos, con qué recursos, mediante qué instituciones y con qué garantías frente al posible crecimiento de los precios y la ampliación de la dolarización.
En la Cuba de hoy ya se sufren los efectos de un Estado que se retira como garante de servicios básicos sin crear mecanismos suficientes de redistribución. Aparecen formas de acceso, como la venta de gas en divisas —en medio de la crisis energética y de la escasez del servicio subsidiado— que abren alternativas para un sector poblacional mientras cierran la puerta para las mayorías trabajadoras y pensionadas. Puede ser mejor que exista esa opción a que no exista ninguna, pero si un bien esencial queda disponible solo para una parte de la población —y no necesariamente la que más trabaja o más ha trabajado— , la vida cotidiana se organiza alrededor de una dura frontera entre quienes pueden resolver para sobrevivir y quienes quedan desamparados.
Por eso cada paso hacia la liberalización debe tener un correlato redistributivo. No se trata de impedir que aparezcan nuevos canales de oferta, sino de evitar que el acceso a necesidades básicas dependa exclusivamente de un poder de compra alejado completamente de los ingresos medios. Si el Estado se retira de determinadas áreas sin construir antes garantías efectivas, la reforma no será un salvavidas social, sino la administración desigual de la escasez.
Es cierto que las medidas anunciadas contemplan una actualización anual del salario mínimo, las pensiones y las prestaciones según la inflación, además de una corrección salarial para el sector presupuestado, pero resultarán insuficientes si los montos continúan lejos del costo real de la canasta básica.
Otro punto crítico es la privatización, entendida en este contexto como transferencia parcial de gestión, propiedad, acciones, activos y oportunidades de acumulación hacia actores privados nacionales y extranjeros. Esa transición puede ser necesaria en determinadas áreas, especialmente cuando el Estado ha demostrado incapacidad para gestionar eficientemente activos subutilizados, empresas con pérdidas sostenidas o sectores que requieren capital, tecnología y conocimientos que hoy no posee. Pero no se puede olvidar que privatizar, arrendar, vender acciones o entregar derechos de usufructo sin transparencia puede abrir una puerta peligrosa.
Sin beneficiarios finales transparentes, licitaciones públicas, auditorías independientes, declaraciones de conflicto de interés… el proceso de traspaso puede derivar en la apropiación oligárquica de activos públicos. Por ello es imprescindible dejar claras las reglas de cómo se distribuirán las oportunidades, quiénes y cómo podrán acceder a ellas y de qué manera se impedirá que el patrimonio acumulado por generaciones termine transferido de manera opaca a nuevas redes de privilegio. Y esto no se podrá hacer sin un acceso ciudadano a la información, además de organizaciones civiles, y una prensa con capacidad real de fiscalización, asignaturas pendientes en el modelo político cubano.
La descentralización municipal también merece una mirada atenta. En principio, transferir competencias a los municipios puede acercar las decisiones a los territorios y favorecer soluciones locales. Pero muchas de estas estructuras están descapitalizadas, carecen de personal calificado y arrastran problemas de gestión. Delegarles atribuciones económicas, urbanísticas, presupuestarias y de inversión sin fortalecer capacidades y la veeduría ciudadana es el caldo de cultivo perfecto para potenciar mecanismos de corrupción hoy ya existentes.
Por eso, el control no puede ser únicamente estatal. Las instituciones tienen responsabilidades importantes, pero no sustituyen la fiscalización ciudadana. Estamos hablando de sociedad civil, medios de prensa con autonomía, sindicatos que respondan realmente a los trabajadores, organizaciones comunitarias y ciudadanía en general, con acceso a datos, procesos, contratos, licitaciones, presupuestos y resultados. Asimismo, deben existir mecanismos efectivos para intervenir en la toma de decisiones, exigir rendición de cuentas y revocar mandatos cuando los dirigentes no respondan a los intereses de sus representados.
Desatar las fuerzas productivas sin desatar también las fuerzas cívicas sería una contradicción peligrosísima en este momento. La historia de varias antiguas repúblicas socialistas muestra que las aperturas económicas sin transparencia, pluralismo, rendición de cuentas y control popular pueden desembocar en capitalismos oligárquicos, profundamente desiguales y capturados por redes de poder. Cuba no está vacunada contra ese riesgo, todo lo contrario, y más con una cultura política atravesada por el secretismo, y la descalificación sistemática de la crítica.
Por último, otro elemento preocupante es el tiempo de implementación. En el anuncio se indicó que las transformaciones impactan a más de un centenar de disposiciones jurídicas, entre normas por derogar, modificar y crear. Eso abre la incógnita de cuánto demorará convertir estos enunciados generales en políticas concretas, regulaciones y mecanismos operativos. Por ahora, supuestamente, se conoce el rumbo, pero no el calendario, ni la secuencia; y en una crisis de esta profundidad, el tiempo es una variable política y social decisiva.
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Esta puede ser la última oportunidad del Gobierno cubano para remontar el deterioro de las bases materiales mínimas que alguna vez sostuvieron las conquistas sociales del proyecto país. Pero esa oportunidad no se salvará con consignas, ni con apelaciones al pasado, ni con la repetición de que la reforma no abandona el socialismo. Se salvará solo si se puede mejorar la vida concreta de la gente.
El inmovilismo ya provocó demasiado sufrimiento. Persistir en él habría sido peor. Pero, aparejado a desatar las fuerzas productivas, es imprescindible desatar las fuerzas cívicas que puedan garantizar que el fruto de esa producción beneficie a las mayorías y no deje desamparadas a personas que han trabajado durante años por el desarrollo del país. Esa será la medida verdadera de la reforma: más allá de cuánto logre en términos de indicadores macroeconómicos, cuánta dignidad logre preservar y reconstruir.


Muy buen articulo, personalmente pienso que sin cambio politico no habra ningun movimiento, han sido muchos años de falta de libertades.
De hecho Diaz Canel en su discurso menciona que vamos a cambiar como nos enseñaron Fidel y Raul…
Magistral ejercicio de periodismo!
Ha puesto ud los puntos críticos si de verdad el gobierno quiere “levantar Cuba para vivir mejor”… De lo contrario, si no se toman medidas que permitan la transparencia, fiscalizacion ciudadana, en un contexto de crisis multidimensional, dominado por la corrupcion y “privilegios”, Cuba pasará a ser una Oligarquía Capitalista.
Cambio político es una consignación. Pero. Eso que garantiza? Si no haces un cambio económico el político no resolverá nada. Creo que no es momento de ponerce a pensar que pudimos hacer esto antes la discucion creo sería más productiva si trabajamos en aprovechar las oportunidades. Y estoy convencido que estos cambios deben llevar aparejado transparencia y control sino se convertirá en un caos a la larga. Hay instituciones que ahora es mas importante que nunca que se fortalezcan como la ONAT si no hay una política seria de impuesto el derrame de recursos hacia la parte mas marginada de la población será imposible. Creo que una de las medidas mas importantes es la de los salarios muchas empresas se han quedado sin personal porque los salarios estatales no pueden competir con los privados por tanto que hoy las empresas puedan decidir cuánto pagan es algo beneficioso.
Hay una cosa que no entiendo. Estas medidas no chocan de frente con la Constitución ? En qué parte de ella dice que los sectores estratégicos del país se puedan privatizar ? Sería más honesto que los señores gobernantes se quitarán la máscara de una vez y dijeran : Sí , esto es un giro de 180 grados en la construcción del socialismo. Y sí a los que guardan alguna esperanza con las reformas siente decirles que el camino que esto lleva es el de los países del antiguo bloque soviético. Llegan tarde en un contexto adverso. Por cierto como ustedes reclaman la Perestroika cubana a llegado sin su Glasnost pero igual como lo refrendan ustedes esto solo empeora las cosas. Y la ciudadanía cubana actual ya no es la misma que la que Fidel podía movilizar para aceptar un cambio de semejante calibre. Los pro- capitalistas se quejaran del favoritismo de siempre a la hora de repartir el pastel y los comunistas acerrimos se darán cuenta de la traición. Esto pinta a ser como la Ucrania de ” La Revolución Naranja ” se acuerdan.
Ciencia, confianza, control eficaz, real y ciudadano. Es el mínimo que se debe garantizar para hacer de estas “transformaciones” una realidad positiva.
La soberbia innata del sistema instaurado desde sus inicios por el psudo libertador marcó la pauta que los llevará a la aniquilación total de esta pesadilla de casi 70 años….el proyecto en si fue, es y será auto destructivo en su esencia y fundamento diabólico
Muy buen escrito, concreto y demoledor sobre lo que considero una lista de falacias y aspiraciones estériles del equipo de Gobierno impuesto por ese grupo de poder totalitario que se reconoce a si mismo como Cuba, como pueblo, con tal de seguir chupando y viviendo en esta monarquía moderna de apellidos de abolengo.
Toda esta fanfarria reformista sin una RENUNCIA PREVIA del equipo de gobierno que ha llevado a Cuba y a TODOS los cubanos de dentro y de fuera a este desastre no hace sentido; debió haber sido el primer acto de esta tragicomedia Cubana. “La fruta cada día está más madura” si queremos referirnos a esa doctrina muy americana y la soberanía e independencia de Cuba cada día más comprometida. Como desterrado que me siento, le respondo a sus ofrecimientos con una frase que en su momento utilizaron hacia los que éramos obligados a dejar Cuba ante la falta de respeto de posiciones divergentes al sacrosanto PCC único y plenipotenciario, así que hoy me llena de orgullo decirles: “NO LOS QUEREMOS, NO LOS NECESITAMOS” que se vayan TODOS; después nos encargamos de lo que dejen.
Por lo que he visto hasta ahora de las intervenciones de los diputados en la brevedad de una asamblea nacional enajenada, sin centrarce de inmediato en la implementacion jurídica, y un estilo de sumisión total a los dirigentes… “Más de lo mismo” y pasará el tiempo y “Un águila sobre el mar”… asamblea de 6 horas, cuando debían haber comenzado a legislar de inmediato…. ya veremos soy muy pesimista si esto lo dirigen los mismos que hasta ahora…