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Era previsible que el anuncio de reformas de mercado en Cuba iba a desatar reacciones de toda índole entre la ciudadanía, además de personas con preocupaciones legítimas sobre cómo se pueden implementar y qué efectos traerían sobre los más vulnerables, ha sido notorio el malestar de sectores inmovilistas y conservadores que han colaborado en frenar cambios necesarios para sacar al país del atolladero en que se encuentra. Los primeros atisbos de resistencia de esos grupos, hasta cierto punto pasiva, ya comienza a verse en redes sociales, en primer lugar, en el distanciamiento explícito del discurso gubernamental de la imperiosidad de implementar transformaciones económicas, largamente postergadas, pero exigidas por los economistas del país.
Posiciones de este tipo ni son nuevas ni sorprenden. Vale recordar que cuando la apertura con el gobierno de Obama, en 2015, fue notable la resistencia incluso dentro sectores del gobierno, de apoyar un intento de normalizar relaciones con Estados Unidos, a pesar de que ello representaba dinamización de la economía, el turismo, conexión de la Isla con el mundo y beneficios para no pocos cubanos. Solo que aquellos días no son estos.
La policrisis del país ha tocado fondo, con un gobierno norteamericano que confía en el rédito político que puede sacar de la asfixia económica, unida al inmovilismo del gobierno cubano. La decisión, aunque tarde, de apostar por una reforma que al menos en diseño pretende abandonar el modelo de dirección centralizada de la economía para introducir el mercado y aceptar capital privado, aunque no es un salvavidas perfecto, es algo que necesita Cuba.
Es legítimo, por supuesto, exigir que este proceso se haga acompañado de transparencia, participación ciudadana y regulación de un Estado que debería preocuparse por las políticas públicas que protejan a los más vulnerables. Lo inadmisible sería seguir apostando por los métodos que también han contribuido a que Cuba esté en la situación actual.
Tener reservas con el proceso de ajuste es válido, así como expresar críticas y reclamos. Lo que resulta contradictorio es que muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras porque se reconozca el papel del mercado, no se las hayan rasgado antes cuando las tiendas estatales empezaron a vender los productos básicos en dólares, ni por ver ancianos buscando en la basura, o niños que necesitan ayudar en sus casas vendiendo pan, o provincias con más 30 horas de apagón y las personas cocinando con carbón, para romantizar la pobreza y clamar con cuestionadora firmeza que todo ello es resistencia. Y sobre todo si prefieren que la resistencia continúe indefinidamente, sin hacer nada distinto.
Es comprensible que la decisión del gobierno levante suspicacias. Más aún si hasta ayer el discurso era justo el contrario. Por esa razón, vale apuntar también que resulta inútil y un sinsentido que se pretenda reproducir acríticamente el discurso de la construcción del socialismo con todo lo que ayer se rechazaba.
Pero el asunto más importante ahora es reconstruir el país. Porque nada se puede construir ni desarrollar cuando las personas no tienen para comer, ni para alumbrarse y el agua escasea. Los derechos básicos de acceso están hoy profundamente comprometidos en Cuba, así como la salud y la educación, y quien no vea que Cuba necesita urgentemente cambiar el rumbo para intentar remontar la crisis, quizá es que no ha padecido lo suficiente lo que ella implica, o incluso si fuera así, no hay ningún derecho a seguir condenando a las familias cubanas a «resistir» sin rumbo, ni una hoja de ruta que pueda indicar un camino hacia el bienestar. Quienes hoy enarbolan la contrarreforma no tienen una propuesta mejor para aliviar el sufrimiento de los cubanos, por tanto, si ese socialismo que defienden solo se trata de sacrificios en el vacío, nos atrevemos a decir que ese no es el que quisiera la mayoría de ningún pueblo.
Ni es honesto citar a Fidel para sostener que hoy hubiera apoyado la introducción del mercado en la economía cubana, ni es justo hacerlo para intentar revertir la voluntad de reformas que hoy tiene el gobierno. En ambos casos se descontextualiza un discurso para traerlo a una realidad que nada tiene que ver con el contexto en el que se escribió. Si bien ha sido bajo presión norteamericana, estos son cambios que debieron hacerse antes de que Trump llegara a colocar contra la pared al país con un bloqueo petrolero en toda regla; el mismo presidente Díaz-Canel lo reconoció.
Incluso desde la diáspora cubana hay voces que han apoyado la decisión de reformas, como el demócrata Joe García, quien la definió como una oportunidad. Cuando una medida del gobierno logra atraer hasta a la diáspora para aportar en la recuperación del país, sería un suicidio apostar por cerrar las vías de apertura y optar por la resistencia inmovilista anclados en un discurso que ha perdido cada vez más credibilidad y apoyo.
Sin embargo, ese es el objetivo de la contrarreforma que ya ha comenzado a articularse y las primeras señales están en redes sociales, en publicaciones supuestamente preocupadas con no perder la esencia del proyecto socialista, cuando en gran medida ya se perdió hace años. Sí, en pretérito. ¿Qué está garantizado hoy para los cubanos? La vida hace mucho tiempo que está regida por lógicas de mercado, lo único que se está haciendo es quitarle trabas a ese mercado para que pueda convertirse en un catalizador de la economía.
Fiscalizar el proceso de reformas con participación popular, entre ellas con periodismo y comunicación que apueste por la transparencia, es algo a lo que no se puede renunciar. Y el gobierno debería impulsarlo. Tampoco se puede seguir con la tan cacareada idea de la guerra comunicacional contra Cuba cuando los medios estatales cubanos incumplen repetidamente su encargo social. Nos corresponde a todos exigir, cuestionar, criticar y ser parte de las decisiones que sobrevendrán con los ajustes. Pero apostar por una contrarreforma que nada tiene que ofrecer equivale a defender el inmovilismo de siempre, que no ha tenido una solución ni siquiera para aliviar la situación. No en balde los economistas cubanos durante años han estado proponiendo este tipo de medidas. Que al fin se les escuche debería ser una buena noticia.
Quienes hoy apoyan una contrarreforma deberían entender que Cuba se quedó sin tiempo. No son más convocatorias voluntaristas lo que necesitan los cubanos. Vida, es lo que necesitan. La gente quiere una vida digna, de horizontes y de realización. Se trata de reformar para poder vivir. O al menos intentarlo.


Desde mi punto de vista es el momento de aprovechar los cambios. Una vez Fidel dijo, creo, que durante la construcción del pedraplen de Cayo Coco algo como :” tiren piedras y no miren atras” y creo que es el momento de avanzar. Lo que no se hizo antes ok. Pero ahora toca contruir un camino hacia adelante de la manera que sea, Cuba necesita desarrollarse de cualquier forma y ya esta mas que demostrado que de la que se intento hacer no dio resultados.
Quienes conforman el ” sector de la contrareforma” ?? Algún pabellón de Mazorra ?
No sé de dónde sacan que la diaspora está entusiasmada con esas reformas tardías y tramposas. Joe Garcia no representa a la inmensa mayoría de los cubanos dentro y fuera de Cuba. La mayoría de nosotros no queremos capitalismo sin democracia, porque Cuba simplemente terminaría siendo otra Rusia donde los antiguos dirigentes comunistas terminaron formando una oligarquía de multimillonarios que se robaron todas las empresas. Cuba no es Rusia ni China, si esas reformas no van aparejadas con reformas políticas, están destinadas al fracaso. Los que impusieron y fracasaron con el modelo socialista no deben ser los mismos que ahora jueguen al capitalismo.
por que el problema de los cubanos y sus derechos,es tan subestimada por los cubanos “hombres nuevos ” ?