Cuba, el país que seguimos cargando 

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Hace unos días una amiga me preguntó por qué había utilizado la palabra exilio en un texto que publiqué en una revista latinoamericana. Me quedé pensando en ello. La verdad es que no me fui de Cuba expulsado formalmente como tantos colegas y amigos. No soy un exiliado en el sentido jurídico clásico. Puedo regresar a la Isla, entrar por el aeropuerto, abrazar a mi familia y caminar las mismas calles donde crecí. Por lo menos hasta donde sé. Y, sin embargo, muchas veces me identifico con la condición de exiliado.

No porque exista un documento oficial que me prohíba vivir en mi país, es porque durante años sentí que las circunstancias para construir una vida digna, estable y con horizonte se agotaban. El gran drama cubano de estos años, además de económico, es emocional, existencial y, por supuesto, profundamente político. Tiene que ver con una generación entera que empezamos a sentir que el país donde nacimos ya no nos permitía imaginar futuro y nos fuimos a buscarlo afuera.

Llega un momento en la vida diaria del cubano en que uno se cansa de pensar en precios que cambian de hoy para mañana, de caminar media ciudad para encontrar productos básicos o de organizar el día según las horas interminables de apagón. La sensación constante de desgaste, de que se nos va la vida en resolver lo mínimo y no podremos cumplir nuestros sueños. Los que sean. Por pequeños que sean. La percepción de que cada proyecto personal tropieza con demasiados límites al mismo tiempo y sentir que, por mucho que uno se esfuerce y haga más de lo que puede, la realidad apenas se modifica. 

Muchas personas creen que emigrar es querer consumir más o ganar más dinero. En parte es cierto. El consumo importa, y en Cuba mucho más, porque el país padece la peor crisis económica de su historia reciente. El colapso energético, la inflación y el deterioro de los servicios públicos afectan todos los días. Pero explicar la emigración cubana como una búsqueda de bienestar material no basta para entender el tamaño del fenómeno. 

Muchos nos fuimos también por tranquilidad mental, por un espacio para respirar, por la necesidad de sentir que la vida podía avanzar hacia algún lugar con sentido. Un país donde criar hijos, aspirar a una vejez digna y no convertirse en una carga para las familias. O, al menos, donde existiera la posibilidad de pelear por eso. 

Otra dimensión es el miedo, esa cautela excesiva que termina aplastando. Durante mucho tiempo, en Cuba se ha vivido bajo una lógica donde discrepar implica despertar sospechas. En la que todavía existe una relación casi insignificante con el pluralismo, con el debate abierto y con la diversidad de posiciones, incluso dentro del propio campo de las izquierdas. Eso provoca agotamiento y mucha tristeza. No me refiero únicamente a la oposición política organizada, que no es posible porque el gobierno no la permite. Estoy hablando de gente común que siente que debe medir constantemente lo que dice, lo que piensa, con quién se relaciona. Personas que terminaron chocando con la rigidez, el dogmatismo y el miedo al cambio. 

Sin embargo, sería injusto contar esta historia ignorando el papel del gobierno de los Estados Unidos. La agresión norteamericana hacia Cuba es feroz y es criminal. El bloqueo económico, financiero y comercial tiene consecuencias palpables sobre la vida de cubanos dentro y fuera. Castiga a una economía ya extremadamente frágil y empeora muchas de las carencias que vive la población. El problema es que esa presión externa convivió con otro encierro, nacido dentro del propio país. Burocracia, lentitud, inmovilismo, exceso de control y poca disposición para mirar críticamente la realidad fueron estrechando la vida de mucha gente. La combinación ha sido devastadora. En medio de todo eso, muchos hemos decidido irnos. Primero los jóvenes; después, casi todo el que encuentra una salida. Varias estimaciones hablan de más de tres millones de personas en los últimos años. Y es cada vez más común que tantos cubanos repitan con dolor: «yo no quería irme». Mucha gente que se fue no salió odiando al gobierno de Cuba. Otras tantas sí. 

Una buena parte estamos materialmente un poco mejor. Y decirlo no debería generar ninguna culpa, porque contar con electricidad estable es una condición básica de vida a estas alturas del siglo XXI. Tener medicamentos, algunos de ellos gratuitos, también. Trabajar y sentir que existe relación entre el esfuerzo y el resultado debería ser parte de una vida mínimamente ordenada. Poder comprar comida, sin vivir obsesionado por la escasez, cambia la salud mental de una persona. Eso no significa felicidad completa, ni mucho menos, surgen otros problemas. 

El desarraigo es una angustia permanente que aprieta el pecho y no desaparece con una vida más cómoda. Es esa tristeza silenciosa que acompaña a gran parte de la emigración cubana. Cuesta explicarla a quien nunca tuvo que rehacer su vida lejos del lugar donde aprendió a ser quien era. Emigrar no es mudarse y ya. Es aprender a funcionar en otro idioma, entender otros códigos y volver a empezar desde cero. Es como nacer de nuevo, pero con memoria. Los emigrados viejos suelen decir que lo mejor es olvidarse un poco de Cuba y concentrarse en la cotidianidad. Quizás antes era más fácil, cuando no existía internet ni las redes sociales. Ahora resulta casi imposible mantenerse al margen. Uno necesita saber cómo está su familia, aunque esté trabajando en São Paulo, Ciudad de México, Miami o Madrid. Revisar las noticias todos los días, llamar, preguntar si apareció el aceite, si llegó la corriente, si alguien consiguió un medicamento.

Cuba tiene una relación larga y dolorosa con el exilio. Desde  antes de ser nación o luchar por su independencia, numerosos criollos salieron del país por razones políticas, económicas, familiares o existenciales. Por años crecí viendo el exilio cubano desde categorías demasiado esquemáticas. Como si existieran solamente héroes y traidores, revolucionarios y enemigos, patriotas y vendidos. Pero la experiencia humana suele ser muchísimo más contradictoria. Ahora que vivo fuera puedo entender mejor el hecho de que detrás de muchas historias de emigración había también nostalgia, frustración y un vínculo afectivo, incluso entre personas políticamente muy distintas. Muchos no queríamos otro país. Queríamos otra posibilidad para el nuestro.

Y aunque cada generación vive su salida de manera distinta, quienes emigran cargan con una conexión compleja con el país. Se van, pero no terminan de irse.

Es verdad que se han tomado algunas medidas recientes para mejorar la relación con la emigración, pero no deja de parecer oportunismo, porque el gobierno lo hace cuando tiene la soga al cuello. En el imaginario cubano sigue siendo tristemente célebre el «no los queremos, nos lo necesitamos». Para muchísima gente todas esas medidas llegan muy tarde. La emigración fue vista primero desde la sospecha y la traición y luego desde el rentismo. Pasamos de excluir a los migrantes de la vida económica del país a ponerles indirectamente la responsabilidad de sostener a los que se quedaron. 

Tampoco la experiencia es igual para cada migrante. No es lo mismo viajar por trabajo, ir a hacer una beca de maestría o doctorado, que irse por travesía; son experiencias radicalmente diferentes. La realidad es que buena parte de quienes emigraron en los últimos años por travesía salieron vendiéndolo todo. Casas, motos, electrodomésticos, bienes familiares acumulados durante décadas. Mucha gente financió su salida desmontando literalmente su vida en Cuba. Cuando una persona renuncia a todo lo que tiene para poder irse y comenzar de cero está rompiendo una estructura completa de pertenencia y estabilidad. Está apostando su vida entera a la posibilidad de empezar en otro país. Y es una apuesta, no podemos olvidar que es una apuesta. No se sabe si saldrá bien. Esa es otra de las razones por la que el retorno se vuelve casi imposible incluso para quienes siguen soñando con volver. Y los hay. Son cubanos que no solo dejaron un país en crisis, es que ya no cuentan con una infraestructura material en la Isla. 

En lo personal, trato de concentrarme todo lo que puedo en avanzar donde vivo. Dominar el idioma, ganar nuevas habilidades, conocer la cultura de este país tan hermoso y enorme que es Brasil, pero al final del día sigo pensando en la Isla. Es muy difícil no hacerlo. Cuba es mi madre, mi abuela, mi sobrino pequeño que no entiende nada del mundo todavía. Sin embargo, no puedo volver. Sería casi renunciar a todo lo que imagino para mi desarrollo personal y para la vida de mis futuros hijos. 

Por eso, aunque no seamos exiliados en términos clásicos, muchos llevamos dentro una forma emocional de exilio. Es duro descubrir que fuera de tu país puedes empezar a vivir un poco mejor y, aun así, sentir que una parte importante de tu vida quedó detenida allá. 

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Darío Alejandro Escobar
Darío Alejandro Escobar
Licenciado en Periodismo. Tallerista de la Fundación Gabo 2017. Premio R.M.V. de Periodismo Cultural (2017 y 2022). Fue director de la revista Somos Jóvenes. Ha publicado en revistas como Anfibia y The Clinic. Especialista en Comunicación Estratégica

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