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Una perspectiva eficaz

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eficaz
Foto: Mayerling Garcia /AFP/Getty

Hace poco hice un comentario en el cual manifestaba mi estupefacción por la victoria de Jair Bolsonaro (alguien con políticas tan retrógradas) por encima del Partido de los Trabajadores en Brasil y analizaba la falta de un análisis profundo que pusiera de manifiesto los verdaderos conflictos que impidieron que la izquierda brasileña accediera al poder. Sin embargo, al pasar vista a la situación en el resto de América, y en el mundo, notamos que ha tenido lugar una suerte de inusitada alta marea de la derecha.

Argentina, Paraguay, Chile, Perú, Colombia, Ecuador y recientemente El Salvador, han sentado en sus sillas presidenciales a políticos contrarios a la izquierda. Así mismo, en la mayoría de Europa, Asia y África, los que presiden los gobiernos de los respectivos países son de esa opción. A la larga, en un mundo de más de 243 países y una población de más de siete mil millones de habitantes solo tres países mantienen sistemas de corte socialista tradicional (descontamos a China cuyo orden es arduo de encasillar): Cuba, Vietnam y Corea del Norte, con unos 126 millones de habitantes.

Tal situación hace imprescindible que la izquierda internacional se someta a un estudio profundo y sin evasivas para que pueda retomar los bríos que alguna vez tuvo y que infundieron esperanzas a millones de desposeídos.

Tal vez una perspectiva eficaz para un estudio así es la que adoptó el intelectual y sacerdote Frei Betto al analizar la situación brasileña. Betto, identificado plenamente con los movimientos de izquierda del mundo, hace un análisis sensato e integralmente convincente de la peculiar circunstancia que llevó al Partido de los Trabajadores a perder la presidencia del Brasil. El mismo nos permite hacer inferencias significativas que pueden ser de mucha utilidad para el autoanálisis de los partidos de izquierda en el continente, pues se trata de una reflexión que va al fondo interno de los errores que facilitaron esto.

El artículo creo que vale la pena estudiarlo no solo por los fenómenos que describe sino, sobre todo, por la manera de aproximarse a los problemas con un genuino enfoque dialéctico y desapasionado. Dice allí el autor, ya de entrada: “La democracia brasileña siempre ha ido frágil.” Ese “siempre” es sintomático. Luego pasa al análisis de los errores del Partido del Trabajo. Señala tres fundamentales:

  • “El involucramiento de algunos de sus líderes en casos comprobados de corrupción, sin que la Comisión de Ética haya sancionado a alguno…”
  • “La desatención a la alfabetización política de la población y a los medios de comunicación…”
  • “No haber implementado ninguna reforma estructural a lo largo de 13 años de gobierno… El PT es hoy víctima de la reforma política que no logró promover.”

Más adelante reconoce: “Dilma fue reelecta con un pequeño margen de voto… El PT no entendió el mensaje de las urnas. Era hora de asegurar la gobernabilidad mediante el fortalecimiento de los movimientos sociales”. Para concluir su examen hace una generalización a la que deben atender todos los que se interesan por el verdadero triunfo del pueblo y el avance de este hacia el dominio auténtico de sus asuntos. Plantea:

“La izquierda se llena la boca con la palabra «pueblo», pero no está dispuesta a «perder» fines de semana para ir a las favelas, a las villas, a la zona rural, a los barrios donde viven los pobres. He ahí las prioridades de la actual coyuntura brasileña: que el PT se haga una autocrítica y se recree; que la izquierda retome el trabajo de base; que el movimiento progresista rediseñe un proyecto de Brasil que resulte un proyecto político viable.”

El carácter acomodaticio y sin profundas convicciones de muchos cuadros de la izquierda es algo generalizado y cercano

Igualmente indica lo imperioso de una meticulosa autocrítica que la aparte del comodín de buscar el enemigo externo, y no es que no lo haya, sino que no solo eso la lleva a perder territorio sino y, principalmente, sus propios desatinos e inconsecuencias.

Pienso que, precisamente, por confiar en tener las intenciones e ideas más certeras y provechosas para la redención de los grandes conglomerados humanos, la izquierda dio por seguro el apoyo permanente de esas muchedumbres. El exceso de triunfalismo, la obnubilación a que lleva creerse en posesión de la verdad infalible sobre la solución de los problemas, la tendencia a la externalidad en el análisis de las dificultades para el desarrollo y la falta de una raigal postura crítica hacia los propios impedimentos y errores han hecho que se pierda la postura de vanguardia y, por ende, la amplia base social que es el sostén de cualquier bando político.

Ha faltado dialéctica al analizar los procesos de desarrollo pues ciertos logros se dan como llegada a un punto de jovial suma existencial, sin tener en cuenta que los seres humanos son seres en constante insatisfacción y que una vez que alcanzan ciertas ganancias se imponen nuevas metas.

En un examen que hiciera el expresidente ecuatoriano Rafael Correa sobre los desafíos de la izquierda en el continente este expone una serie de puntos de máximo interés. Empieza por señalar: “Probablemente la izquierda es también víctima de su propio éxito”. Esto muestra que se dio lo obtenido como algo definitivo y terminado, que saciaba de una vez ansias y sueños de las personas.

No se ve los procesos como una constante reacomodación a nuevas circunstancias e intereses

Luego indica: “Tenemos personas que superaron la pobreza y ahora —por lo que se llama muchas veces prosperidad objetiva y pobreza subjetiva— pese a que han mejorado muchísimo su nivel de ingreso, piden mucho más, y se sienten pobres, no en referencia a lo que tienen, peor aun a lo que tenían, sino a lo que aspiran.”

Esta ha sido una de las insuficiencias capitales de la izquierda en el poder, concebir la eliminación de necesidades arrastradas de estadios anteriores como la conclusión de las aspiraciones y no como una plataforma para emprender nuevos alcances que pusieran en la hora mundial a nuestros pueblos y buscaran superar lo conseguido por otras naciones bajo el sistema capitalista.

A esto puede responderse con las palabras del historiador Youval Noah Hariri: “Los humanos raramente se sienten satisfechos con lo que ya tienen. La reacción más común de la mente humana a lo conseguido no es la satisfacción sino ansiar más.” (Homo Deus, p.23)

Tampoco hemos sabido sacar experiencias de lo que hacen los otros

Mientras el capitalismo ha aprendido ciertas lecciones de la crítica social de izquierda (planes de atención social, médica y mejoras laborales), las izquierdas no han hecho lo mismo respecto al sistema que rechazan. Así lo ve el profesor Hariri al plantear que el liberalismo capitalista “…ha adoptado varias ideas e instituciones de sus rivales socialistas y fascistas, en particular un compromiso a proveer a la población en general con educación, salud y servicios de bienestar social.” No es que estos sean una panacea, pero sí se han dado pasos para el mejoramiento de los menos afluentes con el fin, básicamente, de preservarse en el poder.

Hay mucho de eficacia productiva, mucho de incentivación a la iniciativa individual, mucho de modos de hacer producir ganancias que han logrado países capitalistas y son aspectos que han hecho falta a los gobiernos de izquierda. No se puede resolver la situación de millones de habitantes con sistemas insolventes o improductivos. Además, siempre dijeron los padres intelectuales del socialismo que este sería solo posible una vez que se propasaran las condiciones adonde había llegado el capitalismo, pues se supone que el socialismo sea una etapa superior en todos los órdenes.

Desde la pobreza y la precariedad material no se puede construir un sistema superior

Es evidente que a la izquierda la hace falta una introspección minuciosa, desprejuiciada y responsable si quiere restablecer una amplia base social y, consecuentemente, volver a posiciones de poder. Ante todo, ya es ineludible dejar atrás los rezagos de estalinismo burocrático y policial, así como el maoísmo de absurdos saltos al vacío. Se hace necesaria una concepción novedosa, fortificada con el conocimiento exacto de los errores cometidos por los partidos de izquierda durante el siglo XX y la actualización según las nuevas condiciones y perspectivas de los estudios sociales.

Hay algunos aspectos que, creo, deben tenerse en cuenta de manera priorizada para un enfoque más sensato y coherentemente esperanzador. La izquierda no debe atrincherarse en algoritmos ideológicos como si fueran sistemas eternos e inamovibles, sino tener ojos y oídos abiertos para adecuarse a las necesidades de las circunstancias así como a las aspiraciones de sus seguidores.

A la par, se hace primordial sustituir el castrante igualitarismo por la equidad auspiciadora y más cercana a las características y propensiones del ser humano. Otro aspecto fundamental, que ha sido una piedra en el zapato de estos sistemas, es evitar el burocratismo omnipresente y paralizante. Este debe sustituirse por un mínimo indispensable de cuadros y organismos funcionales que estén muy cercanos y atentos a la base social. A esta debe dársele verdaderamente la posibilidad de vigilar y criticar la labor de dichos cuadros.

Concomitante con lo anterior es la anulación del secretismo y la censura. Deben propiciarse las vías reales para ventilar públicamente la actuación de los cuadros decisores. Esto preserva la salud ética de la izquierda y cierra el paso a los abusos de poder y la corrupción debilitante.

Igualmente, no debe demonizarse a los oponentes, bien sean de izquierda o de derecha. Es fundamental trabajar con ellos en un diálogo permanente que posibilite consensos provechosos y armonizantes. Todo lo que sea juicioso y útil debe aceptarse, venga de donde venga.

Además, no se debe tomar los fenómenos resueltos como conquistas definitivas sino como peldaños para ayudar a la realización de los siempre cambiantes y crecientes anhelos de las personas. La solución de ciertos problemas que, de viejo, aquejan a la sociedad no implica que esta se alinee permanente y definitivamente con la izquierda por encima de sus necesidades, pues las renovadas demandas de la vida y las ansias de progreso individual ineluctablemente llevarán a aquella a buscar asociaciones que favorezcan la consecución de lo anhelado.

Ningún sistema político puede estar por encima de las exigencias de la existencia humana

El gran intelectual de izquierda mexicano Carlos Fuentes, en su libro En esto creo, tras admitir “fracasos, oportunismos, traiciones, pasividades”, en la izquierda del siglo XX, también reconoce sus indudables éxitos “en sus luchas contra los fascismos, en Europa, en los Estados Unidos, en Latinoamérica”, y halla que tiene mucho por hacer en medio de la globalización, sobre todo por un “ordenamiento político internacional” que beneficie a las naciones con justicia social y económica así como con democracia. Esto, según él, debe hacerse dándole el papel correspondiente tanto a la empresa privada como al Estado, con “el ejercicio efectivo y vigilante de los procesos democráticos”.

El desafío para la izquierda del siglo XXI es aprender a oponerse a sí misma para no caer más caer en dogmas, falsificaciones y arbitrariedades que la mancillaron en el s. XX

En fin la izquierda necesita de un profundo, serio y responsable ejercicio de introspección, sin dogmatismos ni triunfalismos vanos, que la restañe de sus heridas y le devuelva la posibilidad de conducir las grandes mayorías hacia la redención, la prosperidad y el más amplio humanismo.

El reguetón, la sociedad y lo ideológico

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Foto: Lisette Poole/Wired

El reguetón es el resultado de un largo proceso que, habiéndose hecho notoriamente explícito en ese género musical, despertó las alarmas sociales. La grosería no es monopolio de ese género. Por años hemos tenido la desafortunada práctica de hacernos de la vista gorda frente a la ofensiva misógina, consumista y discriminatoria si esta viene envuelta en una adecuada factura musical, o en un ropaje que apele a la imagen de lo cubano.

Hay textos desacertados, por degradatorios, en unos cuantos de los productos musicales, de unos cuantos músicos y agrupaciones musicales del país que levantan loas en vez de críticas o, en otros casos, un silencio piadoso por ser obras de “maestros musicales” del patio. No ser consecuente tiene un precio intangible que siempre se cobra.

Por otro lado, el éxito del reguetón y otras músicas de lo humillante también tiene que ver con el cambio de perspectiva de la sociedad. Es consecuencia de la pérdida de un referente colectivo de avance y su sustitución por el éxito individual como sumun de la realización personal, que entonces ve en la imagen que esas obras proyectan, la expresión “artística” de ese anhelo egoísta.

Los reguetoneros y otros músicos con igual proyección de egoísmo encapsulado, se convierten en imagen de éxito para determinado sector social cuando las imágenes de éxito basadas en valores colectivos de redención ya no funcionan. Una sociedad donde el reconocimiento social de éxito era el médico, el ingeniero, el científico, incluso el soldado, el campesino o el obrero, o cualquier otra profesión con una proyección colectiva, ha ido dando paso, en un sector no despreciable, al reconocimiento del éxito individual sobre la base de cuánta capacidad de consumir ha logrado el sujeto.

El éxito se mide en términos de autos, mujeres u hombres, cadenas y joyas, pero también se mide en términos de capacidad de viajar e insertarse en los circuitos internacionales de éxito.

Hay una imagen del éxito con perspectiva latina aparentemente autóctona, cultivado y cuidadosamente diseñado por una ingeniería social consciente, que se proyecta en los medios de consumo del hemisferio y que ha entrado sin mucha resistencia en el país. En esa visión colonial, el latino es ese ser inferior cuyos motores de acción se basan en los instintos más primitivos del género humano y responden a una fórmula simplista que combina música rítmica + consumo banal inmediato + machismo + religiosidad ramplona.

El reguetón y otras siembras de vulgaridad tienen éxito, porque también descansan en un destilado de tradiciones y herencias culturales reales, de las que se extrae lo mas simplón para volverlo fórmula de colonización cultural. Esa fórmula tiene asidero psicológico en ese propio origen y por tanto se presenta como algo propio a nuestra naturaleza.

En ninguno de los elementos de esa fórmula se busca profundidad alguna, rescate crítico de determinada tradición, cuya esencia puede ser sujeto de evolución hacia horizontes mas plenos en términos culturales.

Para esa idea colonizadora, el “latino” es incapaz de profundidades filosóficas, horizontes culturales amplios y anhelos mediatos más profundos. Su intención es la negación de la herencia cultural de un continente que muestra una de las diversidades culturales más amplias y profundas de la humanidad, a la vez que tal diversidad se logra insertando a un tronco común, una multitud de herencias.

Esto es quizás único en el planeta, pero por ello mismo, es subversivo y ha de ser ahogado a toda costa. Luego, aprovechan el tronco común para lograr un banal producto pseudocultural único, aunque con matices, para todo un continente.

Estos productos pseudoculturales colonizadores, del que el reguetón es un uno de ellos, pero también lo es la explosión de la telenovela soporizante, la literatura de la banalidad, la vulgarización y banalización de lo televisivo, es también la contraofensiva cultural del capitalismo consumista a los procesos culturales descolonizadores que se dieron en décadas pasadas.

Procesos emancipadores que resultaron en el boom literario con autores como García Márquez, Cortázar, Sábato, Carpentier, entre muchos. Tambien promovieron el rescate de la herencia autóctona en lo musical y que popularizaron a Mercedes Sosa, a Atahualpa Yupanki, Fito Páez. León Gieco, Silvio, Pablo y otro largo etc. Es en el plano de lo artístico, la contraofensiva neoliberal resultado de las fiebres que produjeron la debacle del socialismo soviético.

Pero, volviendo a lo musical y el reguetón, esa ingeniería social colonizante no tiene que ser trasladada conscientemente a cada producto como si fuera resultado de un laboratorio. No es que a cada músico de lo degradatorio se le de un curso de qué hacer en sus obras, no hace falta. Basta con sembrar la idea, darle impulso y dejar que el sustrato social objetivo le de vida desde sus propias carencias culturales y sus propias visiones sociales.

Por eso es que estos fenómenos son en última instancia consecuencia de determinada realidad económica, cultural, y por tanto social, fallida. Lo que pasa es, que siendo consecuencia, no lo exime de la culpa primaria de no buscar la superación colectiva de esa realidad de aborto, sino tan solo proyecta como aparente solución el escapismo individual.

De esta ultima idea, si se es consecuente, se desprende de que el éxito del reguetón y otras músicas cercenadoras, es también consecuencia de nuestras propias carencias y realidades sociales y económicas. Es reflejo de nosotros mismos y por tanto, con independencia de su componente de invasión cultural, de nuestras cortedades y limitaciones.

Con el deblace del socialismo soviético, hubo también una debacle en términos ideológicos. Si bien antes se había logrado que el anhelo colectivo se proyectara hacia una utopía que se veía como destino obligado del desarrollo social, la derrota del socialismo soviético destrozó ese determinismo y puso en crisis a nivel social el anhelo colectivo. Derrumbó la certeza en el futuro de victoria colectiva como un camino positivista que, aun con retrocesos, era ineludible.

Preguntas existenciales que se creían contestadas, fueron traídas de vuelta sin certezas alguna. Frente a la incertidumbre, los instintos primarios de la gens vuelven a florecer. La batalla de la vida se vuelve a plantear para muchos en términos exclusivos de “yo y mi familia”, y para que esa reconstrucción tenga éxito, necesita apolitizarse y negar cualquier construcción colectiva mas abarcadora. Necesita cerrar el espectro de lo posible solo a esos marcos estrechos.

La musica, en el florecimiento de productos banales, cuyos extremos son lo degradante como el reguetón, son reflejo de esa nueva realidad.

La deblace soviética trajo un shock psicológico también a las fuerzas ideológicas de la Revolución. La reacción de supervivencia fue sin discusión exitosa pero se construyó en lo inmediato, sobre la base de apelar a la mochila cultural e histórica creada por la Revolución y las tradiciones patrióticas que con esmero el país había cultivado. No nos engañemos, ha sido una epopeya extraordinaria.

Frente a la realidad objetiva de que no era en el plano de la economía donde demostraríamos en lo inmediato la superioridad de la sociedad cubana sobre sus contrapartes, ese discurso de la superioridad se construyó sobre la prevalencia de la Revolución en el plano superestructural.

Pero la resistencia construida solo sobre la base de la herencia tiene una capacidad temporalmente limitada: necesariamente se va desgastando. Las revoluciones necesitan construir utopías sobre las cuales proyectar los anhelos colectivos, sino, se vuelven numantinas. Más aún, si en la práctica económica no logra todavia levantar vuelo.

Se subestimó inicialmente el poder cultural de la contraofensiva capitalista, a lo que se suman los errores propios de la práctica real y cotidiana del poder en una situación extrema de asedio, y de ausencias teóricas frente a una realidad nacional e internacional inédita.

Frente al shock inicial, el refugio no solo ha sido lo histórico, sino, de manera menos justificada, localismos y construcciones ideológicas donde se mezclan en confusión ideas del marxismo clásico con escuelas de lo posmoderno, la nueva antropología cultural con sus desconstrucciones poscoloniales, rescate de cosmovisiones religiosas y toda una pleyade de ideas variopintas.

Este escenario fue y es probablemente ineludible, no es culpa de nadie, habida cuenta de la necesidad de construir un nuevo marco ideológico, con sustento filosófico transformador, que revindique la idea de la necesidad de superar el orden capitalista de las cosas. Con independencia de cual sea ese marco ideológico, lo que si esta claro es que no se construye alternativa alguna al capitalismo si primero no logramos proyectarlo al plano cultural, incluido lo artístico.

Lo que vemos en los últimos tiempo en la sociedad cubana, es que, luego de ese período de shock y poco a poco, en medio de una traumático parto, se va recuperando la capacidad de respuesta en planos ideológicos y culturales. Se va estructurando una contraofensiva ideológica desde lo revolucionario que es nueva por su diversidad de actores e ideas. Esa contraofensiva ya no se parecerá a dinámicas anteriores y a la vez será heredera de todas ellas.

No hay una homogenidad que la historia demostró castrante, pero todas las batallas desde lo revolucionario deben mantener como fiel, la unidad de propósitos en torno a la defensa de la Revolución. Y ese proceso se da también como batalla aun entre las fuerzas de la Revolución, hay que lograr que esas batallas construyan y no sean fraticidas, sumen y no resten, fortalezcan y no enajenen.

Esa contraofensiva es solo posible porque a pesar de todo, la Revolución ha mantenido una reserva de ideas y de personas portadoras de esas ideas que ha disminuido pero no perdido la capacidad de su reproducción orgánica. La Revolucion sigue siendo un crisol impresionante de revolucionarios.

A diferencia de la visión positivista de la historia que los manuales soviéticos introdujeron como certeza inapelable, ahora sabemos que la victoria no está cantada de antemano: hay que ganársela. Y hay que ganársela en todos los planos incluyendo el cultural, y dentro de el, lo artístico. En la medida que seamos exitosos en esa contraofensiva de los revolucionario transformador lograremos recuperar posiciones en todos los planos de la realidad nacional.

Se irá construyendo un nuevo imaginario colectivo utópico que destierre tambien la banalidad y lo degradatorio en el arte. Volverá a emerger como fuerza prepoderante de nuestra construcción superestructural, la idea de que para lograr una sociedad más justa se debe construir un actor social que sea cultural e ideológicamente mas pleno, lo que el Che llamó el hombre nuevo. Entonces y solo entonces, tendrá el reguetón y otras formas humilladoras en el arte sus pocos días contados.

El Día D de Guaidó

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Foto: Raul Arboleda/AFP/Getty

“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.”[1] Hoy parece como si Marx previera con esa tesis famosa lo que ocurrió este 24 de febrero en la frontera colombiano venezolana.

La identificación propagandística de la supuesta invasión de ayuda humanitaria a Venezuela con la gesta heroica del desembarco de los Aliados ante los baluartes nazis en las playas de Normandía, no pasó de ser una comedia macabra y peligrosa. Aunque no ocurrió la debacle pronosticada del gobierno Maduro, las víctimas mortales, los heridos y detenidos en los enfrentamientos violentos hicieron recordar los peores momentos de las guarimbas.

Ahora falta por ver cuál será el camino que tomen los acontecimientos pues ya los dados fueron lanzados y no parece haber marcha atrás. El usurpador quemó las naves al fugarse a Colombia para tener su minuto de gloria en la compañía de sus ansiados pares Duque, Piñera, Cartes y el pretor imperial Mike Pompeo.

El camino más expedito para él, si no quiere ser pasado a retiro tempranamente, puede ser el de constituir un gobierno en el exilio e intentar  mangonear los cuantiosos fondos del Estado venezolano que le han sido confiscados ilegalmente en bancos de USA y UK.

La ruptura de relaciones entre Colombia y Venezuela y el cierre de la frontera común -una de las más transitadas del mundo-, pone a estos países hermanos en una insostenible situación de tirantez política y severa afectación económica. Los más perjudicados serán los 2,7 millones de venezolanos y los 4 millones de colombianos que han emigrado al país vecino, pero los problemas son mucho mayores.

Si se extiende esta situación es de esperar que el contrabando se multiplique y la región fronteriza se torne cada vez más volátil ante el trasiego de contratistas mercenarios y paramilitares colombianos. Sigo pensando que este es el as en la manga de los estrategas de Trump que no van solo tras el petróleo, el oro y el coltán de Venezuela, sino que aspiran a caotizar toda la región aplicándole la receta que se administrara al mundo árabe tras el 11/9, con la gloriosa excepción de la Siria indomable de Al Assad.

Esta variante parece aún más probable tras la inquebrantable lealtad mostrada por la FANB al gobierno de Maduro y los fracasos sucesivos de los planes intervencionistas a nivel internacional, tanto en la reunión del Consejo de Seguridad convocada por USA, como en la demostrada incapacidad del Grupo de Lima y la OEA de Almagro para lograr la condena masiva a Venezuela en el ámbito latinoamericano.

La peor opción para todos: la intervención militar extranjera en la patria de Bolívar, pasa también por el protagonismo del usurpador Guaidó. Está por ver si su entreguismo llega al punto de solicitarla como parece dispuesto a hacer. Si lo piensa debería recordar que nunca los militares de USA han invadido Suramérica, pero ya están allí acantonados -sobre todo en sus bases en Colombia- y no se harán de rogar si se les presenta la oportunidad.

Le recuerdo que en la historia de Cuba hay un triste antecedente que involucra a uno de los próceres del 68, el venerable Tomás Estrada Palma. Aunque su papel protagónico en la intromisión estadounidense en la guerra contra España nunca le fue criticada y sus ideas sobre la incapacidad de los cubanos para el autogobierno no fueron conocidas públicamente durante su vida, la rabieta que lo llevó a apelar a la intervencionista Enmienda Platt ante la revuelta liberal de 1906 bastó para marcar en su frente el estigma de apóstata que lo acompañó hasta su solitaria muerte.

Nada puede sustituir hoy al diálogo franco, serio y comprometido entre todas las tendencias y actores políticos y sociales en Venezuela. Quizás la conferencia internacional que los gobiernos de Uruguay y México están convocando pueda ser el camino más expedito para sacar a esa tierra hermana de la crisis en que se halla sumida y desvirtuar los fantasmas de la guerra.

Esperemos que el fracaso en su pretendido Día D no lleve al aún joven e inexperto político derechista a pasar a la historia por un gesto que lo eternizaría sí, pero en el Olimpo de los traidores, no solo a Venezuela, sino a toda Nuestra América.

[1]K, Marx: “El dieciocho brumario de Luis Bonaparte”, p.1.

La militancia necesaria

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necesaria

Los comunistas pensamos que tenemos una tarea histórica: combatir la explotación y empoderar a la clase obrera. Pero la lucha no debe plantearse solo ahí, para poder cumplir con ello, además hay que hacer frente a las prácticas que conducen al inmovilismo y todo lo que se desvía de los principales objetivos de la lucha política y social.

En 1852 Engels escribe un texto por encargo de Marx. En él, se quejaba de que la falta de movilidad y desarticulación de los partidos habían llevado a un grupo de militantes a actuar de manera secreta y por su propia cuenta.

Según describe Engels, la naciente dirección comunista no supo estar a la altura, por lo que pasaron aquellos grupos a formar numerosas organizaciones clandestinas, independientes de aquellos, con el objetivo de reactivar la lucha. Si la dirección de la organización no le era funcional a las aspiraciones de sus miembros, estos iban contra todo burocratismo y tomaban la iniciativa. Esa práctica alcanzó cierta generalización entre los comunistas revolucionarios de aquella Europa. A su vez, parte del espíritu proactivo de las filas del partido en aquel entonces, presiento que se transformó en disciplina. Así llega hasta hoy.

Ser comunista no es comportarse como el más disciplinado de los soldados o como el más fiel caballero de una orden templaria

No es casual que ya los clásicos del marxismo podían advertir que lo que conocemos actualmente como comités centrales y élites partidistas, no siempre son la puntera de lo que demanda la transformación social. Hecho que deviene en contradicción con los que son verdaderamente revolucionarios. La tradición socialista, tampoco puede desatender esas cuestiones, sobre todo porque en la sociedad que lleva ese nombre, no necesariamente desaparecen.

La experiencia histórica ha mostrado que no han sido pocos los partidos comunistas que una vez instaurados en el poder, una de sus tareas principales ha sido mantener en este a su máximo líder y sus cercanos, lo que casi invierte los objetivos de lucha. Tal forma termina por degenerar el carácter revolucionario de la organización y distanciarla de las masas. A pesar de eso, la militancia comunista afiliada se dedica a servir a la dirección partidista, y no precisamente a quien se supone que debe apoyar: a los proletarios, yendo en ocasiones contra estos,  de ser necesario.

Si bien es cierto que se requiere cierta disciplina partidista –en un sentido de tener responsabilidad, valores, etc.-, hay que ver con respecto a qué. No se trata de seguir a ultranza directrices. No se trata ser un autómata de una vanguardia burocrática y acomodada.

Tomemos la experiencia de los militantes rusos, mientras su nación se destruía, esperaron una orden que nunca llegó. Prefirieron -inconscientemente algunos- traicionar a su pueblo y al socialismo, que a su máxima dirección. En nuestra historia patria tenemos más de un ejemplo donde hubo traición,  como pudo ser el Error de Agosto o el apoyo a Batista en elecciones.

Tales comportamientos no son revolucionarios sino una deshonra para el ideal comunista

Me gustaría soñar con una militancia generalizada diferente. Ya que es tan sencillo ser corrompido por el poder -más cuando es altamente centralizado y no está sujeto a control-, los militantes deberían velar  que su organización y sus líderes no se muestren arrogantes, autoritarios y autosuficientes. Incluso deberíamos intentar superar esa racionalidad dogmática que se arrastra, con el objetivo de crear una lógica que sea orgánica a los objetivos de lucha y no a las figuras. Hacia ahí debiera apuntar su accionar.

Téngase presente que la destitución de un capital en el poder, y el advenimiento de un proceso socialista es solo el comienzo a una nueva etapa, que conserva aquellos viejos peligros a lo interno de sus filas, que en el socialismo hay que enfrentar al igual que en el capitalismo.

Por tanto, hay que cuidar a las propias filas de los mismos  excesos de poder, sin importar su origen, aunque eso vaya aparentemente contra la propia práctica y política institucionalizada de la organización. Con ello se evitará, lo nocivo que puede ser a la lucha por las mejoras y las conquistas para la clase obrera, que parte de revolucionarios tengan que crear otras acciones por  iniciativa propia –incluso, cercana al sectarismo en algunos casos- como en la época de Marx y Engels, o la pasividad como la de los rusos antes mencionada.

Eso también es deber del comunista hoy. Es parte necesaria en la militancia.

Convivencia

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convivencia

¡Yo voto sí! ¡Yo voto sí! ¡Yo voto sí! Es la consigna, la voz que se ha escuchado bien alto por toda la casa, como quien se llama a sí mismo. Parece que ya se han hecho normales los gritos de cuatro sílabas, bien pegajosos.

Al fin, la victoria auto-anunciada desde antes de ser pensada una posibilidad de referéndum es indiscutible, y su porcentaje lo confirma.

El Yovotosí, cariñosamente Sí, ya puede estar tranquilo. Reafirmó su discurso, de ser continuidad de la Revolución, de su compromiso con el socialismo cubano, de homenajear a Fidel, de respetar los derechos y expandirlos, y hasta de su solidaridad con Venezuela. En pocas palabras, reafirmó ser amo y señor de la casa.

Va orondo, disfrutando el resultado de aquella obra de la que es hijo pródigo, y de lo que -a pesar de algunos esfuerzos innecesarios- obtendría de todas todas.

Pero hay algo que el Sí olvida: aunque sea quien mande en la casa, no está solo en ella. Si bien antes -incluso antes de que llegara a esta- sus padres eran sus únicos habitantes, y si desde afuera se les intentaba colar algún inquilino con pretensiones de tomar la casa, este era expulsado; ahora hay otros habitantes. ¡No son hijos bastardos, no! Son hijos de las mismas circunstancias, y de los mismos padres que el Sí. Con la misma educación, solo que no todos son iguales, y no se interactúa de la misma manera con el medio en el que se está.

Esos otros hijos son, el Yovotono, y el Yonovoto -este es el más viejo de los dos-. Son cariñosamente el No, y el Novoto. Ambos, más pequeños que el Sí, pero están ahí. El Sí ha estado adaptado a lidiar con el Novoto, y ciertamente es insignificante para él, tanto que ha olvidado que existe,-y creo que hace bien-. Pero el más pequeño habitante de la casa, el No, ha crecido, no mucho-, pero lo suficiente como para que junto con el más apático del hogar, se hagan sentir.

Todos ellos -los tres- son parte de la casa, y tienen derecho a ella. El Sí manda, pero no puedo expulsar a los otros. Tiene que aprender a convivir con el Novoto, más bien con el No. Es feo que siga dando gritos que se llaman a sí mismo. Ya no puede ignorar a esos dos hermanos, ni maltratarlos -aunque sean majaderos e indisciplinados-. Son las reglas de la casa, las que el Sí puso.

El sufragio femenino en Cuba

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sufragio

Dentro de unos días (24 de febrero) Cuba será testigo de un acontecimiento histórico: el referéndum constitucional para la aprobación de su carta magna. Aunque no todos los comentarios en las redes sociales han sido favorables, lo cierto es que sin un nuevo texto constitucional sería impensable modernizar el Estado cubano. Las cubanas no estamos exentas de este proceso; el sufragio femenino constituye un derecho de ineludible fortaleza política.

Mucho se ha escrito acerca de los derechos jurídicos obtenidos por las mujeres a partir del 1 de enero de 1959, y la labor de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) en este sentido; sin embargo, las investigaciones sobre los movimientos feministas durante la República Burguesa resultan insuficientes, a pesar de los aportes realizados por autores como Julio César González Pagés, entre otros.

Ello, unido a la limitada divulgación que han tenido, ha incidido en el conocimiento exiguo sobre la temática e, incluso, algunos han llegado a considerar que las mujeres en Cuba obtuvieron el derecho al sufragio «pocos años antes del triunfo revolucionario».

Sería interesante hacer un recorrido histórico para develar cuándo, cómo y por qué las mujeres cubanas alcanzaron el derecho al sufragio, y la importancia histórica que tuvo ese hecho para Cuba.

En los primeros días del mes de abril de 1923 ocurría un hecho sin precedentes en Hispanoamérica: el I Congreso Nacional de Mujeres celebrado en La Habana, Cuba. En un contexto histórico caracterizado por la eclosión de movimientos sociales, protagonizados por intelectuales, estudiantes, obreros, comunistas, veteranos y patriotas, el feminismo en Cuba demostraba su empuje social y político.

Durante el certamen- convocado por la Federación Nacional de Asociaciones Femeninas de Cuba- se abordaron temáticas de notoria trascendencia para las mujeres de aquella época, tales como: desigualdades legales entre hijos legítimos e ilegítimos y  la defensa de los derechos de las mujeres en la vida social y laboral. Una de las problemáticas que suscitó polémica fue el derecho al sufragio femenino, en cuya defensa alzaron sus voces importantes feministas como: Pilar Jorge de Tella y Hortensia Lamar.

El sufragio femenino propiciaría la participación de la mujer en la vida política del país

En 1925 fue convocado el II Congreso Nacional Femenino el que, a diferencia del anterior, constituyó un fiasco en relación con el problema de la unidad entre las fuerzas convocadas. Coincido con Julio César González Pagés cuando plantea que «la iglesia católica tomó las riendas haciéndose representar por varias organizaciones fantasmas que boicotearon los temas más polémicos […]». A pesar de las divergencias desatadas al interior del feminismo, las mujeres continuaron su lucha proactiva en defensa de sus derechos sociales, culturales y políticos.

Trabajo infantil de mujeres

Durante el proceso revolucionario de los años 30, el vigor de los movimientos feministas no se haría esperar. Disímiles propósitos acompañaban las agendas de trabajo de asociaciones feministas existentes, pero el derecho al sufragio continuaba siendo uno de los reclamos fundamentales de las sufragistas. La lucha por los derechos políticos de las mujeres se había convertido en una razón impostergable para el logro de una verdadera democracia en Cuba.

Esta situación había sido comprendida por Antonio Guiteras, el hombre que había aportado el proyecto más orgánico para la praxis revolucionaria, socialista y antiimperialista en Cuba durante los años 1930 y para quien, paradójicamente, los espacios de divulgación nacionales han sido limitados.

En los marcos del denominado Gobierno de los Cien Días– presidido por Ramón Grau San Martín, de carácter provisional y el único que no fue reconocido por los EEUU- la labor de Guiteras como secretario de Gobernación, Guerra y Marina propició un grupo de medidas de carácter popular, agrario, revolucionario y antiimperialista. Como parte de ellas, el sector femenino se vio favorecido. Tantos años de lucha sufragista habían dado sus frutos; en enero de 1934, por primera vez en Cuba, se le dio el derecho a las mujeres a votar y ser elegidas.

Años más tarde, la Constitución del 40 reconocía a «todos los cubanos iguales ante la ley», y declaraba «ilegal y punible toda discriminación por motivo de sexo, raza, color o clase y cualquier otra lesiva a la dignidad humana». La aprobación de las leyes complementarias a la carta magna sería un desafío para las masas populares debido a la poca atención prestada por las gestiones presidenciales; no obstante, el articulado de la Constitución del 40 no hubiera sido posible sin la participación de las fuerzas revolucionarias, populares, comunistas y antiimperialistas durante el proceso revolucionario de los 30.

En este sentido, el sector femenino ocupó un lugar fundamental antes, durante y después del ciclo revolucionario para generar niveles de conciencia en torno a la batalla ideológica por la defensa de sus derechos, en la sociedad cubana de la República Burguesa y Neocolonial.

Movimientos tectónicos

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Foto: Tomas Munita/NYT

Algo se mueve en lo profundo de la sociedad civil cubana. Nadie sabe con certeza si se trata del nacimiento de una nueva época o de un simple espasmo transitorio. Pero no caben dudas de que algo se mueve.

Los cuestionamientos al Decreto 349, la campaña por el Modelo Original contra el artículo 68, los reclamos de los cuentapropistas contra las excesivas restricciones, las huelgas de boteros y, más recientemente, la creación de redes espontáneas de solidaridad para ayudar a las víctimas del tornado, son una muestra fehaciente de que la sociedad civil está despertando.

Ahora bien, sería disparatado decir que la sociedad civil cubana apareció ahora de repente. La sociedad civil siempre estuvo allí. El problema es entender qué había pasado con ella, por qué no la sentíamos o la sentíamos menos, por qué estaba invisibilizada.

Es importante recordar que Cuba pasó por un proceso revolucionario en dos etapas: la primera de ellas una lucha insurreccional en la década del cincuenta, en la cual la sociedad civil completa se convirtió en escenario de subversión, y la segunda en la década de los sesenta, durante la cual se sentaron las bases de un modelo de sociedad de transición socialista.

La sociedad civil cubana quedó transformada, adoptando una morfología y funcionamiento diferente al resto de las sociedades capitalistas

En el capitalismo actual, sobre todo en los países desarrollados de Occidente, puede observarse un elevado desarrollo de la sociedad civil. Sin embargo, ello tiende a camuflar la verdadera naturaleza de estos sistemas: allí se considera como elemento central de la sociedad a las empresas privadas, mientras que el resto de la sociedad civil solo es reconocida en la medida en que sirve como correa de transmisión de la hegemonía burguesa. Para cerrar el esquema, es preciso entender que en esas sociedades el Estado ejerce solo un papel de gendarme que vela por los intereses de la burguesía, el cual se verá menos obligado a usar su potencial coercitivo en la medida en que sea más amplia la sociedad civil hegemonizada por dicha burguesía.

Así funciona el sistema de fuertes y casamatas que protege a la clase dominante, tal y como nos enseñó el viejo Gramsci.

En una sociedad de transición socialista, se supone que las cosas sean muy diferentes. Se supone que la sociedad civil no sea instrumentalizada, sino que sea el escenario del cual se apropien las clases subalternas, para organizarse y pasar a ejercer directamente el poder político. Es decir, a contrapelo de la clásica separación burguesa entre Estado y sociedad civil, en la transición socialista debe darse una coordinación funcional entre ambos. Debe surgir una dupla estructural sociedad civil/Estado, dentro de la cual el elemento central deberá ser por supuesto la sociedad civil, pues serán las organizaciones de la sociedad civil las que se apropiarán de las funciones y facultades del aparato estatal.

En Cuba se dio este proceso de una forma bastante orgánica. En primer lugar, porque el triunfo revolucionario no hubiera sido posible sin la participación de casi toda la sociedad civil cubana. Se puede decir, sin error, que el 1ro de enero de 1959 la espontaneidad de la sociedad se impuso por encima de todas las formas anteriores de Estado. En segundo lugar, porque durante la década del sesenta surgió un nuevo Estado que tenía como matriz las nuevas organizaciones que surgían dentro de la sociedad civil: las ORI, la FMC, la Asociación de Jóvenes Rebeldes, las Milicias Nacionales Revolucionarias, etc. La sociedad cubana de los sesenta se acercaba mucho a lo ideal para un proceso de transición socialista.

Sin embargo, después comenzaron los problemas. La vieja vanguardia del proceso insurreccional, que también capitaneó el desarrollo revolucionario de los primeros años sesenta, no fue lo suficientemente consciente de la necesidad de mantener la primacía del poder popular, en oposición a la práctica institucional soviética. La influencia que llegaba desde la URSS llamaba a la entronización de la vanguardia política, apropiada del aparato estatal, por encima de la sociedad. Cuba, sobre todo a partir de 1971, terminó aceptando ese modelo soviético, incorporando a su sociedad las mismas desviaciones que se observaban en todo el sistema del socialismo real.

De este modo, en Cuba, la dupla estructural sociedad civil/Estado siguió existiendo, pero de tal modo que el elemento fundamental pasó a ser el Estado. Fue como un momento de congelación. Las organizaciones de masas y políticas, así como los sindicatos, en lugar de gobernar al Estado, pasaron a quedar cautivas de este. Una sociedad que en teoría debía ser menos estatista que todas las conocidas anteriormente, pasó a ser extremadamente estatista. Una desviación típica de la Guerra Fría.

Hasta el sol de hoy, las organizaciones oficiales cubanas siguen cautivas del Estado

La ley de asociaciones vigente plantea de manera expresa que toda asociación deberá ser siempre “atendida” por una institución estatal. Por ese motivo, salvo contadas excepciones, estas se han convertido en un instrumento incapaz de canalizar la espontaneidad de la gente. Al contrario, su papel más bien parece haber sido el de servir como contención, hacer de la sociedad civil un aburrido bloque en el que cada cual tiene un papel asignado de antemano.

Eso fue lo que pasó con la sociedad civil cubana. Después de un momento de inmensa espontaneidad, fue sometida a un rápido congelamiento, de tal modo que quedó petrificada. Sus organizaciones se convirtieron en estatuas, vacías de contenido.

Solo muy lentamente comenzaron a surgir, con el paso de los años, y sobre todo a partir de los años noventa, nuevas maneras de organizarse en la sociedad civil. Las iglesias y los movimientos religiosos, los proyectos culturales y comunitarios, movimientos artísticos, etc., estuvieron entre los fenómenos emergentes más comunes. Muchas veces no contaban con el reconocimiento del Estado, por lo que se veían forzados a buscar una “sombrilla” oficial o a enfrentar la desaparición.

Ahora, por muchos motivos, estamos viviendo un despertar de la sociedad civil cubana. En las postrimerías del 24F la sociedad ha dado más muestras de capacidad de movilización crítica (tanto para causas loables como para otras no tanto) que en muchos años anteriores. Lo que pasó en La Habana después del tornado que azotó 10 de Octubre, Regla y Guanabacoa no tiene comparación. La gente, a través de las redes sociales, coordinó la ayuda material para los damnificados, así como se movilizó para ir a ayudar.

¿Este despertar renacerá el proyecto socialista o llevará a un progresivo deterioro del Estado en beneficio de una restauración capitalista?

La ayuda a las víctimas del tornado movilizó resortes de solidaridad que nada tienen que ver con los valores burgueses y sí mucho con las reservas culturales creadas por una sociedad poscapitalista durante décadas. Mientras que la discusión alrededor del Decreto 349 fue eficazmente utilizada por la oposición tradicional para dañar la legitimidad del socialismo cubano.

El mayor peligro para este incipiente despertar de la sociedad civil, es que hay fuerzas intentado cooptarlo desde las dos orillas del conflicto político. El mejor ejemplo es la campaña actual que se está dando, tanto por el YoVotoSí como por el YoVotoNo. La sociedad civil se ve forzada a la toma de partido entre dos polos hegemónicos, cortándosele así las posibilidades para un libre desarrollo.

Los que defendemos la idea de un socialismo no estadocéntrico, lo que debemos hacer es defender esa capacidad de movilización autónoma de la sociedad civil. No podemos dejar que aquellos a los que les gusta vivir en Guerra Fría, le sigan cortando las alas a un pueblo que cada vez más quiere gobernarse a sí mismo.

El gran círculo

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Imagen: Armando Marino

Existen en los procesos históricos extrañas recurrencias cronológicas. Ciclos que asombran por sus similares duraciones. Especie de números mágicos que dividen las estructuras temporales. En la Cuba posterior a 1959 esa cifra encantada —glosando a Lezama Lima—, parece ser el 30. Y no por la épica promesa de que para el 2030 tendremos una nación “soberana, independiente, socialista, democrática, próspera y sostenible”; sino porque si fraccionamos todo el devenir socialista, que acaba de cumplir su sesenta aniversario, veremos que hay dos ciclos de aproximadamente treinta años que es muy sugestivo comparar.

Al finalizar el primero de ellos, recién iniciada la década de los noventa, la Isla se encontró en una situación crítica. El derrumbe del campo socialista le hizo perder a sus principales socios comerciales, al mercado donde situaba la mayor parte de sus exportaciones, a su país-pilar energético, la URSS, y a una comunidad ideológica que se autoproclamaba el futuro de la humanidad y sobre la que habíamos erigido un imaginario colectivo.

El golpe sería terrible, tanto en la economía, a nivel sociológico, como en la existencia individual de las personas. Una de las peores consecuencias, en sentido anímico, fue el desconcierto, la sorpresa, por la desaparición de un bloque geopolítico que parecía tan fuerte y por el que nos sentíamos protegidos. Y no puede olvidarse tampoco la subsiguiente ola de derechización neoliberal, que endureció los postulados capitalistas y, a nivel de sustento ideológico, esgrimió la Teoría del fin de la Historia.

Han pasado casi tres décadas desde entonces. El año próximo se cerrará el segundo ciclo de treinta, vividos todos tras la desaparición del campo socialista, y que puede subdividirse a su vez en dos etapas de quince años, los primeros dirigidos por Fidel (1990-2005) y los segundos por su hermano Raúl Castro, si bien hace apenas un año ya no como presidente de los Consejos de Estado y de Ministro pero sí en su función orientadora de secretario general del PCC.

Si hacemos un balance conclusivo de este ciclo, asombran las similitudes de la encrucijada a la que arriba Cuba en la actualidad.

Pareciera una especie de deja vú en la marcha de la revolución socialista, como si hubiera caminado en círculo, un enorme círculo, y se acercara nuevamente al punto de partida.

El bloque geopolítico que nucleó a la izquierda continental alrededor del ALBA, y de la proclamación ideológica del socialismo del siglo XXI, está en un momento de franco retroceso. Venezuela, el país-pilar energético al que nos anclamos desde inicios del tercer milenio, lucha por mantener un gobierno que, entre los errores propios y las presiones exteriores parece incapacitado para reorganizar su economía y funcionar con normalidad. Hemos visto afectadas las relaciones económicas y comerciales, dependientes sobre todo de la exportación de servicios médicos y profesionales y del turismo.

Igual que en el pasado reciente, la agresividad de un polo aparentemente vencedor —por ahora, pues recordemos que los ciclos de decadencia también le han jugado malas pasadas al neoliberalismo y al conservadurismo político—, nos deja en un escenario donde el capital exterior en el que tanto confían nuestros decisores, tan volátil y cauto ante contingencias políticas e inseguridades, no puede aportar con estabilidad y prontitud lo que necesita Cuba para acabar, por fin, de despegar.

Sin embargo, cuando me represento la imagen de un círculo tengo muy claro que nunca se llega igual al punto de partida. A nivel de la sociedad cubana han ocurrido sustanciales modificaciones en estas tres décadas. Primero, porque todas las personas no han sufrido del mismo modo los años duros y la pobreza, tampoco son las mismas generaciones, ni la confianza, ni la paciencia o capacidad de resistencia, ni el nivel de compromiso político, ni existe ya el monopolio de la información y de las campañas ciudadanas, y sería una imagen terrible para este planeta interconectado percibir el sufrimiento y las privaciones que desgraciadamente conocimos en los noventa.

Si la posibilidad de un nuevo período especial se hiciera realidad, no se repetiría exactamente ni con análogas reacciones internas.

Casi a las puertas de un tercer ciclo se propone una nueva estación de partida en la larga marcha: inauguramos otra Constitución, que debe votarse en referéndum en apenas tres días. Las consignas por un voto a favor han sido diversas: “por la unidad”, “por el honor de la patria”, “por los sueños de Fidel y de Raúl”, “por la revolución que comenzó en 1868”… Casi todos los llamados recurren al pasado, tan caro a los ideólogos oficiales.

Al escuchar esos reclamos evoco una frase que el joven Juan Marinello apuntó en sus Notas de sociología de 1918: “poner los ideales de un pueblo en el pasado es condenarlo al estacionamiento”.

A pesar de que, en efecto, la nueva Constitución es superior en mucho a su predecesora aún vigente, algo no varía en ella: la posibilidad de que la ciudadanía controle directamente el acceso a los cargos de dirección. Si bien con ausencias paradigmáticas como las de Fidel Castro, la clase política que rige hoy en los niveles del Partido y el Estado en Cuba es en esencia la misma que presenció la caída del campo socialista y la que condujo al país a un punto tan similar al de treinta años atrás.

Ya fuera por imprevisión, ineptitud, lentitud en las reformas, experimentos inacabables, apego a un modelo que siempre fue caduco, mayor confianza en el capital externo que en el propio u otros factores; lo cierto es que dicho grupo dirigente no despierta la confianza necesaria para manejar los destinos del país si se materializa un muy probable arreciamiento de la crisis.

Si durante treinta años no pudo cambiar, ¿por qué pensar que lo hará ahora? No son las mentalidades las que hay que sustituir, esa pretensión ha resultado una quimera. Son las mentes, y eso solo es posible sustituyendo a las personas con ideas viejas por otras con ideas nuevas.

Las ideas socialistas también pueden ser nuevas.

A fin de cuentas una Constitución, por excelente que sea, es un papel escrito que tiene el valor que le confieran la actuación y el respeto de los políticos. ¿O vamos a culpar a la Constitución de 1976 de que no hayamos podido por décadas viajar al extranjero sin pedir permiso, o vender nuestras casas y autos, u hospedarnos en nuestros propios hoteles?, ¿en qué línea de su cuerpo legal se prohibía?

En el debate popular miles de personas solicitaron votaciones directas y secretas para el Presidente de la República y otros cargos. La Comisión revisora entendió que esto era violar la cláusula de intangibilidad. Nos condena entonces a seguir viajando en el tiempo, sin claridad en el momento y punto de llegada.

Otros pueblos han perdido su rumbo por largos años. Las doce tribus de Israel recorrieron el desierto en pos de la tierra prometida durante cuarenta. Nosotros llevamos sesenta buscando puerto seguro. Con una pequeña diferencia, a ellos les caía maná del cielo.