Diplomacia cubana: el diestro manejo de la táctica, el tacto y el contacto

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En los primeros años después del triunfo de la Revolución Cubana el 1 de enero de 1959, algunos jóvenes llamados reclutados para incorporarnos al Ministerio de Relaciones Exteriores como diplomáticos. Para nosotros, Raúl Roa García no fue sólo el Canciller de la Dignidad, sino era también nuestro guía y maestro.

Entre las muchas enseñanzas de Roa en aquella gesta que condujo a la transformación del entonces Ministerio de Estado en el Ministerio de Relaciones Exteriores, una verdadera Cancillería al servicio de los intereses del país, él ministro puntualizó diáfanamente las cualidades que debían tener los nuevos diplomáticos cubanos en los siguientes términos:

Cualificación política, competencia técnica, lealtad absoluta, firmeza inquebrantable, conducta austera y diestro manejo de la táctica, el tacto y el contacto.  

No fue fácil. El desafío más importante para aquellos noveles diplomáticos era enfrentar las maniobras de Estados Unidos, empeñado como estaba en aislar a Cuba y desarmarla para así facilitar la agresión armada que tomó forma definitiva entre 1959 y 1961, y se desencadenó en las arenas de Playa Girón en abril de ese último año.

Desde el Departamento de Estado, y con la ayuda de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), se urdían constantes planes para neutralizar la estrategia defensiva cubana en el plano diplomático. Muchas veces el Departamento de Estado apelaba a maniobras provocadoras sacadas del manual de operaciones encubiertas (black ops) de la CIA.

Esa guerra obligó a Roa a desplegar personalmente numerosas batallas en distintos foros internacionales usando todos los recursos a su alcance. Eran las tácticas a las que podía apelar una pequeña nación enfrentada a la agresión multicarriles de una gran potencia, que contaba con ilimitados resortes propagandísticos y de otros tipos.

En varias ocasiones, el canciller se adelantó y supo maniobrar eficazmente la táctica, el tacto y el contacto en acción para defender la posición de Cuba en escenarios multilaterales, lo que resultó en reiterados éxitos, que ya están inscritos en la historia de la diplomacia cubana. El aislamiento a veces funcionó, pero no con la robustez que hubieran deseado los diplomáticos norteamericanos. Solo en la Organización de Estados Americanos (OEA), pudo Estados Unidos hacer valer su asimetría de poder y aislar a Cuba, por unos años.

Entre las tácticas en que Roa demostró ser un maestro inimitable, estuvo la de esgrimir con pericia los reglamentos y costumbres prevalecientes en la diplomacia multilateral, cuyo escenario principal era la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Un ejemplo de lo que había que hacer ya lo había dado en 1961 cuando utilizó los reglamentos de la Asamblea General para denunciar en plenario la agresión de Playa Girón, para después ganarle el debate al embajador norteamericano Adlai Stevenson, quien pretendía imponer la narrativa de que los bombardeos contra aeropuertos cubanos el 16 de abril habían sido obra de desertores de la Fuerza Aérea Revolucionaria.

A partir de aquellos años la diplomacia cubana fue, gradualmente, estableciéndose como una de las más efectivas entre los países del Tercer Mundo o, como se le dice ahora, del Sur Global. Un elemento importante de esa estrategia fue la de incorporar a Cuba desde el principio al Movimiento de Países No Alineados.

En ese duro bregar, no fue sino hasta 1992 que la diplomacia cubana obtuvo su más resonante victoria en Naciones Unidas cuando logró que, por primera vez, una mayoría de países miembros aprobara en la Asamblea General una resolución cubana condenando la guerra económica de Estados Unidos contra Cuba. Fue una derrota que la contraparte norteamericana no encajó bien, y desde entonces su misión en la ONU ha intentado revertirla o mediatizarla. Pero no ha podido. Por el contrario, los márgenes de la mayoría favorable a Cuba fueron aumentando hasta llegar a ser casi unánime.

Este año se está intentando lo mismo. Pero con menos escrúpulos, actitud típica de la administración Trump y de su secretario de Estado, Marco Rubio.

Las maniobras del coronel Waltz

El autor principal de este intento es Michael Waltz, el actual representante permanente de Estados Unidos ante las Naciones Unidas. Waltz no es un diplomático de carrera. Graduado del Instituto Militar de Virginia, pasó 27 años en el ejército en la especialidad de Boinas Verdes, o sea es un veterano de las Fuerzas Especiales.

Alcanzó el grado de coronel y en 2018 decidió aspirar al Congreso por el Partido Republicano desde la Florida. Se unió con entusiasmo al movimiento MAGA de Donald Trump. Después de trabajar en la Casa Blanca por varios años, el presidente lo designó representante permanente en Naciones Unidas en 2025.

Waltz tiene fuertes vínculos con el partido republicano de la Florida, como su jefe, el secretario de Estado, Marco Rubio. Probablemente comparta con este su desprecio por la ONU.

¿Qué se puede decir a otros delegados ante la ONU de una diplomacia cuyo canciller ha proclamado públicamente que no le interesa para nada lo que pueda decir las Naciones Unidas?

Es uno de los tantos personajes cercanos al presidente que el propio Trump ha nombrado en cargos diplomáticos sin tener ninguna experiencia previa como, por ejemplo, el de la recientemente cesanteada Embajadora en Grecia, Kimberley Guilfoyle. Esta señora, que estuvo comprometida para casarse con uno de los hijos de Trump y tuvo un papel destacado en el fomento del asalto al Capitolio el 6 de enero del 2021, solicitó a un donante político de la campaña MAGA que le pagara US$ 100,000 de una deuda que mantenía con una de sus tarjetas de crédito. Aunque Trump trata de negarlo ahora, Guilfoyle era parte del círculo íntimo del presidente, como lo es Michael Waltz.

Hace apenas unos días The New York Times publicó un largo reportaje de Peter Baker, su jefe de corresponsalía ante la Casa Blanca, informando desde Oslo sobre las gestiones de los enviados especiales para Ucrania, Steve Witkopf y Jared Kushner. En este se recalcaba que en el mundo diplomático de Trump los insultos son comunes y son «una calle en un solo sentido».

El presidente y sus diplomáticos pueden insultar a cualquiera, pero no les hace ninguna gracia que les devuelvan esos insultos.

Por ello, no es extraño que a un hombre como Waltz, quien en un encontronazo hace tres meses con el canciller cubano, Bruno Rodríguez, ya demostró su total desconocimiento de la diplomacia multilateral, se le haya ocurrido organizar un evento semi público para descalificar al gobierno cubano. A tales efectos, convocó a un grupito de personajes típicos del ecosistema opositor de la diáspora cubana en Miami —algunos de ellos dependientes de los llamados fondos para cambio de régimen—, que suelen mentir sin el menor escrúpulo, y le ofreció una tribuna para denostar al gobierno cubano en un salón de reuniones del edificio de la ONU.

Típica táctica de intentar desviar la atención del problema central: la perversidad, crueldad e ilegalidad de las sanciones que Estados Unidos le ha impuesto a Cuba desde hace más de 60 años.

Por esos mismos días sucedían en esa ciudad del sur de la Florida dos eventos que demuestran que allí se vive en un mundo lleno de imposturas y fullerías:

En una maniobra que todos los observadores califican de tejemaneje típico de las campañas electorales en Estados Unidos, el fiscal estadual, quien aspira a un escaño en la Cámara de Representantes de la Florida en las elecciones del 3 de noviembre, presentó un nuevo proceso de enjuiciamiento contra el expresidente Raúl Castro por el mismo supuesto delito que está acusado a nivel federal.

Lo hizo a bombo y platillo ante la prensa convocada para tal evento en el campus de la Universidad Internacional de la Florida (FIU).

Pero al mismo tiempo se producía en Miami algo que muchos observadores calificaron como «la guerra de los pastelitos». Los propietarios de una conocida y popular pastelería cubanoamericana de esa ciudad se vieron obligados a publicar un comunicado desmarcándose de unos clientes, políticos del partido demócrata, que habían seleccionado el local para hacer una parada de campaña.

Sólo en Miami y en el ecosistema político de la diáspora cubanoamericana de esa ciudad pasan estas cosas, índice del predominio que todavía ejercen sobre la sociedad civil de esa ciudad los elementos más extremistas que en una época militaron en la contrarrevolución cubana y llevaron a cabo acciones terroristas en Cuba y contra instalaciones cubanas en el exterior.

En esa ciudad siempre ha funcionado el paradigma de «contra Cuba todo vale».

Parlelamente a las maniobras de Waltz en la ONU, el Departamento de Estado y su jefe perseveran en presionar a todos los gobiernos posibles para que voten este año en contra del proyecto de resolución cubana contra el bloqueo. Se llega a decirle a otros gobiernos que cambien su voto y se pronuncien contra la resolución cubana o, en su defecto, que se abstengan o se ausenten de la votación. El propósito es claro: restarle votos a la resolución.

En esto no hay nada nuevo. Lo nuevo es el empeño que se pone. Cabe preguntarse: ¿No decía Rubio que no le importaba lo que dijera la ONU? Si eso es cierto, ¿por qué tanto esfuerzo?

La respuesta cubana: lo positivo y lo negativo

Desde 1962 Estados Unidos ha sometido a Cuba y a los cubanos, pueblo y gobierno, a una guerra económica. Sesenta y cuatro años de política cruel, perversa e ilegal. Pero esa política, a la que se ha añadido un cerco energético, se ha recrudecido de una manera despiadada a partir de enero de este año. Por si alguien aún tuviera alguna duda, los propósitos de la política que, a todos los efectos prácticos, controla Marco Rubio, no son otros que obligar al pueblo y al gobierno cubanos a la claudicación y rendición incondicional

Parte de esa estrategia es la negación absoluta de la legitimidad del gobierno cubano y la exigencia de que se entregue para que Rubio y sus más cercanos asociados puedan imponerles su voluntad a todos los cubanos, tanto a los que vivimos en Cuba como a la muy extensa diáspora en cualquier parte del mundo.

Aunque la resolución contra el bloqueo no va a resolver el problema, es de interés del pueblo que la diplomacia cubana logre mantener la presión moral sobre Washington y derrote esta nueva embestida.

Ya desde hace varios meses la diplomacia cubana viene preparando las condiciones para contrarrestar las previsibles acciones de Estados Unidos en este terreno.

  • El 7 de julio de este año la delegación cubana ante la ONU presentó una moción procesal por la cual se mantuvo abierto el debate sobre el bloqueo. También persiguió adelantarlo para finales de octubre. Con este paso, la diplomacia cubana impidió una maniobra también procesal de Estados Unidos para dar por cerrada la cuestión. Esta propuesta fue aprobada por 136 votos a favor, 9 en contra y 30 abstenciones, un voto que es excepcional si se tiene en cuenta la asimetría de poder entre ambos países. En la intervención que hizo entonces en la ONU, el canciller Bruno Rodríguez presentó al bloqueo – y especialmente a las restricciones energéticas establecidas a principios del 2026 – como una cuestión humanitaria y de seguridad internacional.
  • En los meses siguientes hubo un arduo trabajo de Cancillería – tanto en La Habana, como en la ONU y en capitales – para buscar el apoyo reiterado, sobre todo porque era necesario añadirle el asunto del cerco energético. Este no fue un esfuerzo menor. Había que trabajarlo al detalle porque cualquier cambio en el proyecto de resolución podría tener la consecuencia no buscada de que algún país le retirara su apoyo.
  • El 7 de septiembre el canciller Bruno Rodríguez presentó a la prensa y al cuerpo diplomático en La Habana el informe anual de Cuba sobre los daños del bloqueo entre marzo de 2025 y febrero de 2026. El documento calculó daños por 8.083,3 millones de dólares durante ese período y daños acumulados por 178.700,5 millones, a precios corrientes. Nótese que en el mismo no se incluyen los perjuicios causados después de implantado el cerco energético.

Fueron varios meses de trabajo preparatorio para el debate de este año, que se ha adelantado para finales de octubre. En estas circunstancias apareció la maniobra propagandística de Michael Waltz que pretendía claramente desviar la atención del problema de fondo: la guerra económica de Estados Unidos contra Cuba.

Lamentablemente, antes de entrar en la etapa final de la preparación, la diplomacia cubana optó por responder por disímiles vías la aviesa artimaña de la parte norteamericana. Entre las respuestas estuvo una especie de «mitin de repudio» antes y después de este encuentro furtivo que Waltz convocó. En este además se hicieron por parte de la delegación cubana gestos groseros y con trasfondo homofóbicos nada apropiados en un espacio de este tipo, y además en plena contradicción con el ordenamiento jurídico cubano de la última década que condena abiertamente la discriminación por motivos de raza, género, orientación sexual o identidad de género.

Ello constituyó un error, tanto por el carácter de la acción, para nada congruente con las prácticas diplomáticas en foros multilaterales, como porque se le hacía el juego a la provocación ayudando, sin quererlo a desviar la atención del tema central.

Por otra parte, hay pocas evidencias de que delegaciones de otros países hubieran tomado parte en este evento. Los participantes eran desconocidos para la comunidad internacional y tenían escasa credibilidad.

Es comprensible que la diplomacia cubana se haya escandalizado conque, a pesar de sus protestas, la Secretaría General de la ONU facilitara uno de los salones para semejante iniciativa con personas sobre las que, incluso, hay acusaciones de actividades terroristas. Por otra parte, hay que reconocer que la diplomacia cubana trabaja bajo una gran tensión, la que se agudiza porque en las últimas semanas se ha percibido que determinados medios financiados por Estados Unidos, han arremetido contra funcionarios cubanos. Es reconocido que estos funcionarios diplomáticos se esfuerzan por hacer su trabajo, aun cuando es un secreto a voces que el servicio exterior cubano es uno de los peor pagados del mundo.

Sin embargo, no puede dejar de señalarse que un «mitin de repudio», con gritos y gestos irrespetuosos, no es «el diestro manejo de la táctica, el tacto y el contacto» en el que Raúl Roa pensaba cuando acuñó la frase.

Por otra parte, desvía la atención del tema de fondo: obtener apoyo para el proyecto de resolución cubana y lograr así la condena de la comunidad internacional a la criminal política norteamericana.

A pesar de este evidente traspiés, la diplomacia cubana tomó dos pasos que recuperaron lo que era importante: una conferencia de prensa del Canciller Bruno Rodríguez que, con su habitual parsimonia, volvió a llevar el debate público a su verdadero centro, y una invitación del embajador cubano en la ONU, Ernesto Soberón, para que sus colegas volvieran a analizar el tema. Ambas acciones tuvieron una sustancial asistencia de diplomáticos y periodistas.

En resumen, tanto para el pueblo cubano, como para el gobierno, es importante que se apruebe el proyecto de resolución contra el bloqueo con el mayor número de votos posible, pero no sería sorprendente ni le restaría importancia que se redujera la cantidad de delegaciones que se pronunciaran de manera favorable. Eso es parte de la diplomacia.

Y esa batalla se gana con «el diestro manejo de la táctica, el tacto y el contacto».

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Carlos Alzugaray Treto
Carlos Alzugaray Treto
Embajador y Profesor Titular retirado, analista internacional independiente y ensayista

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