Plantear debates, comprensiones, actitudes de cara a la solidaridad política es imprescindible para entender su función emancipadora en medio de las crisis. Esta, en su amplitud y rigor político, es, a al mismo tiempo, estrategia, contenido, historia; y una alternativa en la lucha frontal contra la depredación que sustenta, ya sin tapujos, el sistema de relaciones erigido por el Capital.
El neoliberalismo, expresión fundamentalista del liberalismo, tiene objetivos estratégicos muy claros: individualizar la conducta, deshacer los vínculos sociales, reducir al ser humano a condición de mercancía, desideologizar la política, contraer al máximo el sentido común colectivo. Con todo ello es obvio que se oponga a la solidaridad.
El fundamentalismo neoliberal aniquila —o pretende hacerlo— todo lo que cuestione sus objetivos, todo lo que trate de sobrevivir fuera de ellos; peor reacciona si sus bases y estructuras son cuestionadas con alternativas. Llegado el caso, elimina físicamente a personas y poblaciones.
En este combate extremo, la solidaridad política destaca entre sus objetivos de primer orden. El descrédito, la criminalización, la personalización, son algunos de los recursos más usados contra ella.
Cuando se aborda la realidad cubana, el tema de la solidaridad política tiene sentidos profundos, incluso constituyentes. Es necesario, en medio de la aguda crisis y de la urgente búsqueda de soluciones, comprender las diferencias de esta con términos en boga, como, por ejemplo, la ayuda humanitaria.
Este tipo de ayuda puede contener elementos de solidaridad (asistir, colaborar, contribuir, respaldar, apoyar) pero, a diferencia de esta, desatiende su alcance estructural. Actúa como paliativo, no como instrumento de transformación. Desde su concepción pretende «la neutralidad, independencia, apoliticidad e imparcialidad», con base exclusiva en responder a las necesidades específicas.
Sin desmeritar el valor de cualquier ayuda para la gente más afectada, en la práctica, la ayuda humanitaria, a diferencia de la solidaridad política, invoca principios humanos abstractos y ahistóricos. Con esta afirmación, reitero, no se resta mérito a la asistencia en momentos de crisis, solo invita a analizar cómo funciona en la práctica.
Es sabido que la pretendida neutralidad de la ayuda humanitaria opera como un dispositivo de gestión de poblaciones vulnerables dentro del orden neoliberal. En no pocas ocasiones, la asignación de fondos humanitarios responde más a intereses geopolíticos y mediáticos que a la magnitud objetiva del sufrimiento.
En ese contexto, sanciones unilaterales y bloqueos financieros son compatibles con la retórica humanitaria, mientras que la ayuda se utiliza como herramienta de presión política.
El término ayuda humanitaria no puede ser tomado como una categoría inocente. Es necesario desentrañar sus usos geopolíticos, su complicidad con estructuras de dominación y su función en la reproducción de asimetrías globales.
Al separar artificialmente lo humanitario de lo político, se despolitizan las causas estructurales de las crisis (colonialismo, desigualdad económica, guerras por recursos, imposición de deudas externas).
De lo que se trata, una vez más, es de la disputa de sentidos: pasar de la filantropía que administra miseria a la solidaridad política que transforma las causas estructurales que la producen.
Como he comentado en otras ocasiones, la solidaridad es algo que, tengamos o no un concepto claro sobre ella, suele evidenciarse, casi por instinto. Su primera manifestación es sentir el impulso compasivo de ayudar a quienes padecen una situación de emergencia.
En su condición de acción, la solidaridad protege la vida y la dignidad de las personas en situación de vulnerabilidad. Es una actitud moral de quienes, en determinadas circunstancias, están en condición de resarcir, aliviar, mitigar. Es un modo de resistir a las adversidades que aparecen a lo largo de la vida.
Acá referimos una dimensión más abarcadora, la solidaridad política como categoría distinta, pero relacionada, a la ayuda humanitaria. Mientras que esta tiende, como he dicho antes, a operar dentro de los límites de una supuesta neutralidad y la gestión de emergencias, la solidaridad política se inscribe en una lógica de horizontalidad, acción colectiva y transformación estructural.
Existen experiencias recientes de prácticas que redefinen el concepto de ayuda humanitaria, las cuales han operado sobre lógicas distintas: respeto a la soberanía, no injerencia, cooperación, gratuidad y construcción de capacidades endógenas. Experiencias que, en su impugnación a la ayuda humanitaria tradicional, han sido sistemáticamente descalificadas por los centros de poder.
La raíz de la solidaridad política no es la caridad sino el reconocimiento de que las luchas locales son eslabones en el enfrentamiento a la dominación global. Su práctica implica apoyo mutuo entre actores (movimientos sociales, Estados, pueblos) con intereses de luchas comunes y que actúan coordinadamente sin subordinar unas luchas a otras.
La solidaridad política es una necesidad estratégica, es una categoría central en la lucha anticapitalista global. Tiene sus raíces históricas en el internacionalismo obrero del siglo XIX, el antiimperialismo del siglo XX y los movimientos de liberación nacional. A diferencia de la ayuda humanitaria tradicional, pretende articular lo material y lo simbólico; asume a los sectores populares como sujetos de la lucha, no como objetos de la filantropía ni de la geopolítica; fortalece la capacidad de agencia y autodeterminación de estos; declara explícitamente una posición frente a las causas estructurales de las crisis; evita la jerarquía donante-receptor, al promover el intercambio recíproco de saberes, recursos y estrategias.
Cuando se profundiza en el valor de la solidaridad, se encuentra un componente distintivo de la naturaleza humana. Nuestra especie, como condición de sobrevivencia, es gregaria. No tenemos modo de subsistir que no sea en colectividad. Es ahí donde la solidaridad política alimenta, de modo particular, la sociabilidad de los seres humanos.
La solidaridad es también un aprendizaje político. Se cultiva, se practica en oposición a la injusticia, el egoísmo, la indolencia, la desidia y, en determinadas circunstancias, frente a la egolatría y la monopolización de las buenas intenciones.
Es cierto que, en nombre de la solidaridad redundan modos vivendi, que el performance desdibuja sus esencias, que en su nombre perviven rasgos colonialistas. Lo es también que en algunos casos su práctica se reduce a una suerte de solidaridad vertical (Estado-Estado), con la marginación a movimientos sociales críticos dentro de los países receptores, creando dependencia institucional.
Resulta certeza, también, que la solidaridad política no pide permiso para actuar, no es presa de los «cuidados políticos» que caracteriza la inmoralidad de muchos gobiernos. No pone peros ni condiciones ante la injusticia, la agresión y el crimen.
Para la solidaridad, como canta el poeta Jorge Drexler, «un refugiado es un refugiado, un niño es un niño, el miedo es el miedo, el destierro es destierro, una hipocresía es una hipocresía».
La solidaridad política hace, con muchísimo menos recursos, lo que el sentido común de justicia, dignidad y valores humano mandata. En su acción demuestra que la decencia, en apego a la verdad, en coherencia con la palabra empeñada, puede ser contenido y evidencia de la política.








