Quien promueve la división en la izquierda, la sospecha y la cacería de brujas, trabaja para el imperialismo y hace contrarrevolución

Por: Harold Cárdenas Lema Alguien quiere que caiga el sistema. Esa es la única conclusión posible si tenemos […]

La confianzaPor: Harold Cárdenas Lema

Hace unos días me referí al síndrome de la sospecha, específicamente la sospecha respecto a la Revolución y sus líderes. Limitarse a ver el fenómeno solamente en esta dirección sería algo incompleto, una visión lineal carente de otros matices y realidades. Por ello es que hoy abordo el tema en dirección contraria y utilizando un antónimo para no repetirme: la confianza de los líderes en el pueblo cubano y viceversa.

Esta relación tiene una evolución histórica demasiado extensa para abordar aquí, me concentraré en los asuntos más polémicos en la actualidad y lo que podríamos llamar «puntos oscuros», para hablar de las bondades está buena parte de nuestra prensa, muy edulcorada en su mayoría.

Comencemos por tipificar a nuestros líderes: con una genialidad política indiscutible y un sitial de honor en nuestra historia desde hace mucho ya, sus dimensiones humanas parecen desfigurarse y volverse increíbles por la apología. Pero esto no se limita a ellos, hasta el Apóstol corre el peligro del desarraigo en la juventud. Si en las primeras enseñanzas te inculcan el dogma de que una figura es solo «valiente» y «buena» cuando llegues a un nivel superior y sepas de un error cometido, se te viene abajo la representación de este como un castillo de naipes. Ese es el resultado cuando no se enseña a pensar, cuando no se muestran matices, esto pasa a menudo con la caricaturización de nuestros líderes. La sociedad cubana tiene que ser necesariamente una sociedad de pensamiento, aún estamos muy lejos de lograrlo pero si Félix Varela en el siglo XIX nos enseñó la importancia de pensar es contradictorio que aún no lo hayamos logrado. Pero regreso a la confianza, que ya estaba por las ramas.

Por: Harold Cárdenas Lema

“La sospecha corroe la cabeza mi gente
 pero que no nos coma el corazón
por tantos años de tirar pa´l frente
 entre bloqueos y mala administración”
Buena Fe (π 3,14) 

Cuando yo nacía, la Unión Soviética comenzaba ya a morir lentamente, de un fallecimiento lamentable pero natural (si se tiene en cuenta la magnitud de los errores cometidos y lo tardío del reconocimiento de estos). En fecha tan temprana como el año 1986 ya se veían los síntomas: después de un año en Bulgaria, al llegar a Cuba mi padre sentaba a la familia a la mesa y con toda la seriedad del mundo les aseguraba su convicción en el derrumbe (al menos en las ideas) del socialismo europeo. Siempre me pregunté las razones principales que provocaron la caída soviética; sopesé la corrupción y la burocracia, el divorcio entre el Partido y las masas, etc., y aunque seguramente peque de reduccionista o simplista, al final tuve que resumirlas todas en una sola: la sospecha.

Fue la pérdida de confianza en el proceso y sus líderes lo que provocó el efecto dominó a finales de los 80 y comienzos de los 90. Hace poco tuve la oportunidad de conversar con una persona que vivió precisamente en Bulgaria y otros países del campo socialista durante este período, me expuso sus puntos de vista y su mirada particular al respecto. Mientras me contaba la separación gradual entre el Estado y las masas, provocada por la corrupción y excesos de sus dirigentes; entendía por qué en el imaginario social de esos pueblos se destruían los ideales socialistas.