Yo me pregunto: Si se han ido cerca de trescientas mil personas de Cuba, ¿por qué hay más basura? ¿Qué ha pasado con los mandados de las personas que se fueron? ¿Por qué, si hay menos personas y menos comida, también hay menos papel sanitario?
Acostumbrados como estábamos a un humor de estirpe costumbrista, arraigado en la tradición del vernáculo y la picaresca, o bien con masivas dosis de sátira política, no es de extrañar que cuando, allá por los años ochenta, irrumpió en los hogares cubanos la sitcom Man about the house (Un hombre en casa), el humor que rezumaba no satisfizo el paladar de todos. A fuer de justos, había otras razones además de las diferencias entre el ingenio británico y el latino: para empezar, la realidad que reflejaba la serie nos era esencialmente ajena.
Mi Habana es una ciudad única, seductora, enajenante, histórica, histérica. Con mucho sol, y poca luz, con mucha agua… albañal. Es ciudad de muchas mujeres, ciudad de contradicciones.
Yo hice el servicio militar hace 25 años en el Combinado del Este, la prisión más grande de Cuba, llamado 34 y medio. Tengo cuentos para llorar, pero esos no son para hoy. Hoy, tocan tres anécdotas que atesoro con celo.