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No tengo fotos de parejas, jóvenes o no, abrazándose o besándose al aire libre, en la calle. Me pregunto si ese amor espontáneo se ahogó una noche de apagón cualquiera con el humo de las cocinas de carbón y de leña. Me pregunto si nuestro carácter mutó y la Cuba sensual es ahora pacata y los besos solo se dan, si acaso, al interior de los bares nocturnos y refugiados en las casas. Antes de afirmar que ese tipo de felicidad y de enamoramiento probablemente está esperando tiempos menos oscuros para manifestarse de nuevo, prefiero pensar que sí existe y que la limitación es mía, que no lo veo.
De hecho, creo es eso: mi estado de ánimo y mis preocupaciones habituales enfocan mi percepción hacia ciertas partes de la realidad, y excluyo otras. Tengo evidencias. Casi no hago esas postales turísticas del sol apareciendo sobre la bahía, y cuando estoy en La Habana no paso por el malecón al atardecer para fotografiar bajo esa luz cálida a los pescadores… Tampoco me atraen el Capitolio ni los almendrones coloridos en los que pasean los turistas que aún nos visitan. Cuando salgo en función de documentar con mi cámara lo que vivimos, lo más alegre que capturo es la risa de los niños cuando juegan, aunque no tengan zapatos, aunque los parques infantiles estén rotos, aunque ya no sepan lo que es empinar un papalote y las bolas, los trompos, las pelotas y las muñecas para jugar a las casitas…

En fin, como hago las veces en que me alejo hacia un monte o al mar, hoy quise rehuir del pesimismo, pero sin escapar de la ciudad. Tomé esa foto bonitilla de los cocoteros que enmarcan a los cazadores de camarones, unos tipos a los que no los detiene el agua fría porque de a todas tienen que llevar dinero y comida a sus casas. No quise ver de cerca sus rostros para que las arrugas de su piel por el sol y la sal no alteraran la paz del paisaje urbano. En cambio, imaginé yates a un costado y algunos rascacielos allá en el fondo. Todo bonito y feliz en una mañana cualquiera, como era el propósito.

Después me llegué a la feria, por los colores, por la energía intrínseca del buen comercio, de los que venden y de los que compran. Otra vez sin acercarme demasiado porque las expresiones particulares de la gente me hacen pensar más allá de lo que veo, tratar de descubrir los sacrificios y el esfuerzo para adquirir un cartón de huevos o unas libras de arroz un poco más baratas. Escogí hacer planos generales y probar otra habilidad que no fuera congelar ciertos instantes. Al contrario, para hacer visibles el movimiento y el caos, me decidí por la larga exposición.

Sin entrar en muchos detalles, esta técnica implica el uso de una velocidad de obturación larga. Así, los elementos estáticos quedan enfocados, y difuso todo lo que se mueva. En dependencia de la cantidad de luz en el entorno, se necesita un filtro y, siempre, un trípode. Por lo general, me gusta pasar inadvertido cuando ando por la calle haciendo fotos para que la presencia de la cámara no modifique el actuar de los sujetos. Después quizá converse con ellos y les agradezca. Un trípode, sin embargo, es un foco fuerte de atención.

Así estaba yo en la feria: feliz, experimentando. Probé con medio segundo de exposición, con un octavo… Cambié varias veces de lugar… Comprobaba los resultados y volvía a cambiar. En una de esas, me tocan el hombro desde atrás y una voz iracunda me dice:
-¿Por qué estás haciendo fotos? ¿Eres de algún órgano de prensa? Porque la nueva Ley de Comunicación dice bien claro…
Era un señor de unos sesenta años acompañado por una mujer más o menos de la misma edad. Él, con una actitud beligerante. Ella, como secundándolo a un paso de distancia.
-Sí, ¿dígame qué dice la ley? Porque yo sí sé lo que dice –respondí.
-¿Pero eres de algún órgano de prensa? –insistió, con menos agresividad-. Porque ahorita había un sujeto haciendo fotos y mandándoselas a su familia en Miami y le buscamos a la Seguridad y tuvo que dejar de hacerlo…
-No tengo que responderle. No sé quién es usted.
-Yo soy el administrador de la feria –y me dijo un nombre que no recuerdo.
-Y yo soy fotógrafo independiente –dije, cargué con mi cámara y mi trípode y me alejé del lugar.

No hui de la feria porque sería el colmo de la cobardía. Seguí haciendo fotos, pero, lo confieso, con el susto, la impotencia y la rabia recomiéndome. No me inventé una película mental con lo que debí hacer y decir y no hice ni dije; una película donde yo era el héroe. En estos casos, mi impresión es que en el 99% de las veces salimos perdiendo. Respeto mucho a los que, aun sabiéndolo, optan por enfrentarse al abuso y al autoritarismo, sean cuales sean las consecuencias, pero no soy de esos. Cuando más, lucho por ser consecuente con lo que pienso y porque no se note el temblor de mi voz y mis rodillas. En la jerga de un amigo joven que le hago el cuento: «estoy hervío». Le doy la razón, y además agrego: «Hervío como la rana».
En realidad, no es un cuento. Es un experimento y un síndrome que padecemos. La premisa es que si de pronto se pone una rana en el agua hirviendo, esta saltará. En cambio, si el agua está tibia y se aumenta la temperatura muy gradualmente hasta la ebullición, la rana, que tiene un mecanismo innato que le permite ir regulando su temperatura corporal, no percibirá el peligro y se cocinará hasta la muerte.

Aunque el resultado de tal experimento es falso, como analogía me sirve para entender mi miedo y, de paso, el de todos. Y de paso, explicar en parte también muchos otros fenómenos que nos afectan como sociedad. Hemos sido expuestos durante un tiempo tan largo a la dominación, nos han educado tanto en la aceptación acrítica del poder, nos han quitado durante tantos años el derecho a réplica (y lo siguen haciendo), y los que se han atrevido a reaccionar en contra han sido tan efectivamente silenciados, perseguidos, vilipendiados, expatriados, incluso comprados, que ahora, en lo individual, ya es demasiado tarde.

Súmale a la represión del disenso el adoctrinamiento, la inercia, el aquello de que es mejor malo conocido que bueno por conocer, y tendremos esta docilidad… mía, para no generalizar, para no decir que así es nuestro pueblo, que así somos ahora los cubanos. ¿Para qué, desde la escuela primaria, valoramos tantas veces la actitud de nuestros héroes, si cuando llega el momento de acercarnos un poquito nada más, un poquito, a lo que ellos hicieron, no los tenemos como ejemplo? Vergüenza conmigo mismo siento cada vez que recuerdo la tembladera de piernas en la feria. Pero es lógico: tocaba enfrentarse a la «autoridad», y no estaba preparado. Nadie nos enseña. Si algo hemos aprendido durante todos estos años es a evadir la confrontación, no a defender nuestros derechos con argumentos y respeto, sin violencia.
El «no te metas en problemas, no vale la pena, no vas a cambiar nada» ha marcado generaciones, y si después de los 90 o del 2000 nacieron los que podían ya tener una mentalidad diferente, salieron de la isla en la primera oportunidad que tuvieron. Nosotros mismos, como padres, preferimos tenerlos lejos antes que en una cárcel. Porque no se fueron solo por una cuestión económica: el agua estuvo siempre calentándose y ellos lo notaron, por eso saltaron fuera del caldero.

A los que quedamos aquí nos quitan la dignidad, más que el gas y la corriente. Un día no hay harina para el pan de la cuota y no pasa nada, aunque los niños se vayan una semana sin merienda a la escuela. Después ya importan la harina, pero temporalmente es necesario, dicen, reducir el gramaje, y así se queda para siempre. O una empresa estatal contamina con parásitos de heces fecales el agua de cien mil personas, ¿y los responsables? Bien, gracias. Después de cinco días restablecen el servicio, resuelto el problema, dicen. Pero, ¿a dónde voy si dudo y quiero comprobar que consumir esa agua ya no es un peligro? ¿Existe la institución que atienda los reclamos de un simple ciudadano? Explotaron aquellos tanques de petróleo, ¿qué respuestas le dieron a la madre del adolescente que murió enfrentando a aquel monstruo? El ministro de economía está preso, ¿ya se dijo por qué? ¿Y el que no confía en los resultados de las elecciones, qué hace, dónde y cómo manifiesta su inconformidad, esperando se le atienda?
La Ley de Comunicación, dijo el administrador de la feria. ¿Y la Ley de Empresas? ¿Y la Ley de Asociaciones? ¿Y el artículo de la Constitución de la República sobre el derecho a manifestarse pacíficamente? ¿Somos o no somos tratados como culpables, hasta que se demuestre lo contrario? ¿Dónde están los mecanismos o las instituciones, o la voluntad de crearlos, que nos salven de la indefensión como ciudadanos, como trabajadores? ¿Los sindicatos? ¿La Fiscalía? ¿La PNR? Estamos hervidos como la rana.

«A quién le regalé mi tiempo» será una serie en blanco y negro. Emplearé la técnica de larga exposición, aunque, o debido a que, somos como fantasmas. Si el arte, la fotografía, tienen una misión social, si el arte debe ser comprometido, elegí hace mucho contar las historias de la gente de a pie, los de la base de la pirámide, los que sostienen, para bien o para mal, todo. Ojalá sirva para tomar conciencia, para llamar la atención, para curarnos. Y ojalá un día no muy lejano las historias de amor sean tan sólidas y abundantes que me ganen. Alguna espectacular, como la de un campesino que besa una rana y se convierte en princesa.



Felicidades doble Sr. Néster Núñez primeramente por las fotos, quizás pocos entiendan la complejidad del uso del tiempo de exposición largo en una fotografía, hoy los celulares han suprimido la imaginación fotográfica, demasiado fácil y sin pensar mucho porque si no te gusta se borra. Pero, sobre todo, por dejar leer su idea y su alma en este escrito, cuan crudo puede ser afrontar el convencimiento de que “A los que quedamos aquí nos quitan la dignidad, más que el gas y la corriente”, me recuerda una muy famosa frase del autor de “El principito” Antoine de Saint-Exupery que dice “La dignidad del individuo consiste en no ser reducido al vasallaje por la largueza de otros.”, esa triste realidad hoy del vasallaje a un grupo de poder y un PCC único plenipotenciario y largamente fracasado en cuanto a ofrecer desarrollo y prosperidad al pueblo cubano está devorando lo poco que queda de independencia y soberanía.
A LJC desde hacía muchísimo tiempo no leía una tan buena “declaración de independencia”, entre los diálogos y las pantomimas han ido degradando este blog que hoy vuelvo a sentir que vive junto a los que sobreviven La Continuidad.
Buen fin de semana para todos.
Dice «Deja una respuesta». La mía, corta. ¡De pinga!
Hermoso y triste. Necesario.
Siempre que te leo, amigo, siento el alivio de saber que no soy yo solo. De hecho somos más… GRACIAS por tan excelentes reportajes, siempre!!!!
Hace poco descubrí un fotógrafo (no recuerdo el país ni el nombre, siempre me pasa) que toma fotos con lenta exposición y logra un resultado interesantísimo. Me propuse hacer una serie con esa forma de fotografiar, ahora me lo pensaré dos veces. Eso que has hecho, Néster, está genial, fotografía y texto.
Nuevamente gracias…!!!!
Hermosa y verídica amalgama de imágenes y texto.