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Los meses recientes estuvieron henchidos de pérdidas lamentables. Vale, cada día fallece gente, y siempre es un suceso doloroso para sus allegados, pero ahora casi cada semana perdemos a un artista (nacional o no) significativo para mi generación (y, presumiblemente, para las que vendrán), lo que no por lógico deja de golpearte de muy diversas maneras en las partes blandas del espíritu.
Al ver una película realizada en, digamos, los años cuarenta del siglo pasado, sabemos que nos es dado asistir a una resurrección tan milagrosa como efímera: todos los actores y actrices que aparecen en pantalla están hace tiempo bajo tierra, pero la magia del cine los transporta a nuestra habitación para recordarnos lo que fueron capaces de hacer. Salvo contadas excepciones, ninguna fotografía aislada llega tan lejos; dicho de otro modo, la conjunción de esos 24 cuadros por segundo resulta mayor que la suma de sus partes. Sin embargo, tratándose de intérpretes que no conocíamos en persona, apenas si nos detenemos a pensar en ello: todo lo más, tomamos nota de la perdida belleza de una actriz o actor determinado, y pensamos qué estupendo habría sido conocerle, cómo se vería domeñado por la moda presente, y cómo mejoraría determinada película posterior si él o ella hubiera estado vivo para protagonizarla.
Pero hay gente que sí conociste, y cada vez que vuelves a verlos en pantalla te invade una suerte de estupor: no puedes aceptar que se hayan ido sin remedio.
En el caso de un realizador desaparecido, bueno, no lo ves a él, sino las películas que hizo, y es inevitable preguntarte en qué proyecto estaría enfrascado ahora mismo.
No conocí personalmente a Jonal Cosculluela y sí, aunque nunca trabamos auténtica amistad, a Jorge Luis Sánchez. Tampoco vi todas las obras de uno y otro y, a fuer de honestos, no me encandiló cada cosa que vi (como a nadie, ni siquiera a mí, tiene que gustarle todo mi trabajo) pero bastarían Esteban (2016) de Jonal y Un pedazo de mí (1989), y El Fanguito (1990) y El Benny (2006) de Jorge Luis para lamentar la pérdida de sus respectivos talentos y estar seguro de que todavía llevaban adentro un puñado de obras de igual o superior valía.
Cualquier realizador sabe que es complicado dirigir niños, y el cine cubano no es pródigo en ejemplos positivos, pero si Conducta (2014) de Daranas puso el listón altísimo, Esteban no le va a la zaga en ese rubro. A la distancia de algunos años es simplemente imposible resistirse al cándido encanto de esa película con guion de Amílcar Salatti, a la pasión del protagonista (Reynaldo Guanche) por la música, a la noción de que siguen brotando flores aun en el más descuidado de los estercoleros.
Un pedazo de mí, con su mirada honesta sobre los rockeros y los frikis, toca precisamente una parte de mí, pues ambos términos, junto a algunos más, servirían para describirme en esa época… e incluso ahora. El Benny, por otra parte, constituyó uno de esos retos que hay que tenerlos cuadrados para asumir, pues la imagen del cantante permanece en la leyenda, en un imaginario colectivo que la basura no invade. Jorge Luis consiguió entregarnos en Renny Arozarena un Bárbaro del Ritmo creíble y duradero.
También fue Jorge Luis el realizador del making off de Kleines Tropikana (Daniel Díaz Torres,1997) que tituló Konfidencial y que solo vi una vez, pues parece perdido. Dado que coescribí el guion de Kleines… en cierta ocasión le pedí una copia de dicho making al propio Sánchez y me dijo que no lo tenía.
He mencionado a Daniel, un director con quien trabajé como guionista en numerosos proyectos y cuya pérdida aún me cuesta asimilar. Luego hay actores y actrices que tuve la suerte de dirigir en algún momento, con los que sucede lo mismo: Adria Santana, Enrique Molina, Alexis Díaz de Villegas, Aurora Basnuevo… y como si la lista fuese corta, ahora se han sumado Mario Limonta y José Téllez.
Limonta es, para los cubanos, un montón de personajes entrañables, pero hay varios que sobresalen: el mambí Nacho Verdecia, el sargento Arencibia del Tercio Táctico de San Nicolás del Peladero, Sandalio el volao de Alegrías de Sobremesa. Me recuerdo de niño poniéndome un cinto sobre la camisa y un sombrero cualquiera, y agarrando un palo para salir a jugar pareciéndome a los héroes de Los mambises, las Aventuras que desde 1969 y por dos o tres años escribió Carballido Rey para la televisión. Fue Carballido también el guionista de San Nicolás del Peladero, donde Limonta encarnaba a aquel militar que era, al fondo de sus bravatas, un gallina envalentonado por el uniforme. Y cómo olvidar al asere Sandalio, el jevito de Estelvina, y a sus caracterizaciones para el cine cubano, en piezas como De cierta manera (Sara Gómez, 1977), Miel para Oshún (2001), Barrio Cuba (2005), estas últimas de Humberto Solás…
Mario y Aurora trabajaron conmigo en No somos nada (2014) junto a Cristina Obín, Carlos Gonzalvo, Jany Hernández y la también fotógrafa May Reguera. De hecho, eran vecinos míos en el Vedado, de manera que no fue raro en los años siguientes escuchar el vozarrón de Mario interpelándome desde su balcón cuando me veía transitar la acera de enfrente: Eduardo, ¿cuándo le metemos a otra película? Pero, muy a mi pesar, una serie de malditas circunstancias lo impidió, y ahora ya es muy tarde.
José (Jose) Téllez, el enano, era un viejo colega desde la época en que formaba parte del grupo humorístico Los Hepáticos, junto a Omar Franco y Otto Ortiz, en tanto yo lideraba NOS-Y-OTROS, también dedicado a la comedia. Recuerdo aquel monólogo suyo (escrito, si no recuerdo mal, por Otto) en que recién salido a escena miraba torvamente el micrófono, demasiado alto, y cuando conseguía que lo pusieran a su altura arrancaba diciendo: Miren, señores, yo soy enano. Vaya, para que no los coja de sorpresa… En 2005 tuvo un papel en la comedia Un rey en la Habana de Alexis Valdés; más tarde participaría en un puñado de producciones cinematográficas diversas.
Para mi cortometraje Brainstorm (2009) le pedí al Jose aparecer en una de las fotos que los personajes se pasan de mano en mano al principio. Aunque su presencia se reduce a eso, es importante para la trama pues aquellos se cuestionan si es políticamente correcto hacer público que el héroe de la historia es un enano. Jose también aparece en el making, explicando pormenores de su desempeño.
Con el tiempo crees que te acostumbras a la muerte de otros. No es cierto, por lo menos para aquellos que tuviste suficientemente cerca. Y, encima, las putas películas no ponen de su parte.


Artículo homenaje, hermoso y entrañable, nos queda un sabor indefinido entre dulce y salobre. Qué bueno haberles conocido entre sus luces y sombras, qué bueno todo lo que entregaron y qué bueno que los recuerdes desde tus letras irreverentes y lúcidas, muchas gracias profesor.