Qué sucede con los actores longevos en Cuba: el tiempo, divino tesoro

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En 1966 una joven de 22 años aficionada al teatro hacía su debut en la sala Tespis (ubicada entonces en el extremo izquierdo del Hotel Habana Libre y desaparecida en una remodelación durante los ochenta), en el personaje de Anunziata, en la obra ¿Quiere usted comprar un pueblo?, del dramaturgo Andrés Lizárraga, bajo la dirección de Elena de Armas.

Había comenzado trabajando en los archivos del Teatro Universitario, ya una institución sin el brillo de antaño, y dado sus primeros pasos sobre las tablas con las clases de Nena Acevedo, Elena de Armas y Ramonín Valenzuela (teatristas poco o nada reconocidos por las generaciones posteriores).

Azares del teatro hicieron que en 2017 le correspondiera a Nancy Rodríguez Fernández, para entonces primera actriz de Teatro Estudio y de la Compañía Hubert de Blanck, representar el mismo personaje en la versión de la obra de Lizárraga, que llevó a escena el director Fabricio Hernández bajo el título ¿Quién quiere comprar un pueblo?  También lo representaría en la temporada de 2019, cuando cumplía medio siglo de labor profesional sobre las tablas desde aquel 1969 en que ingresó a Teatro Estudio y tomó parte en la puesta del Don Gil de las Calzas Verdes, de Tirso de Molina, bajo la dirección de la maestra Berta Martínez.

En 2024 esta versión ha regresado a escena y, tal y como pareciera natural que suceda en la integración de los elencos escénicos y en otras esferas de la vida, el personaje fue asignado a dos actrices (lo doblan) de las generaciones posteriores.

Al no estar en edad ninguna de ellas, tuvo que intervenir el trabajo de caracterización física (comenzando por el maquillaje) con el objetivo particular de que las intérpretes representaran una edad superior. Proceso semejante al vivenciado por Nancy en su función iniciática.

Describo un arco en el tiempo y traigo a colación el primer encargo actoral que refiere Vicente Revuelta en su biografía: El amante imaginario, personaje de alta edad de la obra Prohibido suicidarse en primavera, de Alejandro Casona, representado por un joven de apenas 17 años. En la conocida foto del Grupo ADAD, donde aparece el reparto del espectáculo, se ve en la extrema derecha un hombre alto y delgado, prematuramente envejecido en virtud del maquillaje teatral.

Vicente, por su parte, estudió con detenimiento todas las características físicas de un individuo en tal etapa de la vida: ritmo, ademanes, formas de desplazarse. Cuenta que recibió muchísimos elogios tras aquella función. Era, además, la etapa frustrante de «la función única» por parte de nuestras agrupaciones escénicas, ante la imposibilidad financiera de costear espacios de presentación, escenografías y vestuario y el reducido público con que contaba por entonces (año 1947) el arte teatral.

Una característica de las compañías teatrales es el carácter variopinto que, por lo general, se observa en su composición; integradas por individuos de tipos físicos muy diversos con respecto a sexo, edad, estatura, peso, color de piel, etc., aun cuando el recurso de la caracterización (tanto física como psicológica) sea algo inherente al arte escénico al punto de que, cuando se alcanza con excelencia, resulta motivo de elogios y altas valoraciones.

Pero, ¿cuál podría ser el déficit para una troupe donde todos tienen características etarias y vivenciales semejantes?

El teatro es un arte que, aunque a partir de siglos recientes, se «aprende» en academias, en realidad se entrena y transmite su experiencia —de modo especial— sobre los escenarios y, particularmente, en el «convivio»: el ejercicio diario de compartir con los colegas. Como he escrito antes, los saberes teatrales pasan de un ser humano a otro. De maestro a discípulo. Cual un secreto que se susurra al oído, una especie de iluminación que comparte con su partenaire el intérprete virtuoso. Cuánto aprende un actor novel al interactuar con cualquier otro de generaciones precedentes, fogueado frente a miles de individuos y sobre decenas de escenarios.

Ello hace invaluable la coexistencia de generaciones diversas en un mismo trabajo. No importa si tan solo se trata de un actor invitado.

Una crisis que se ha vuelto crónica

Por décadas, entre 1960 y finales de los años ochenta, tuvimos nóminas de actores prácticamente inamovibles en las compañías. Cuando al fin se dispuso una estructura flexible en estas, fue posible intervenir en la composición de sus plantillas y en sus movimientos. A partir de la pandemia de la covid en 2020 y el creciente endurecimiento de las condiciones de vida de nuestra población hasta el presente, la disminución de nuestros intérpretes de la tercera y cuarta edad en los elencos ha resultado sensible. En particular a causa de la drástica disminución del transporte público; una situación que afecta de modo singular las actividades profesionales que han de hacerse en colectivo y con relación a la cual no se ha tomado medida alguna que la mitigue.

La disminución de nuestros intérpretes de la tercera y cuarta edad en los elencos ha resultado sensible.

No será ocioso recordar que, a diferencia de los artistas escénicos que laboran para los medios, como la televisión y el cine, nuestra gente de teatro no ha dispuesto de otra alternativa para su desplazamiento fuera de ese sistema de transporte, ni de salarios semejantes a los que ganan los colegas antes referidos, ni suministros que colaboren en su alimentación a pesar de las extensas jornadas de trabajo que, en determinadas condiciones, tienen nuestros actores, directores y personal técnico.

En suma, los hacedores de teatro en Cuba no han contado con absolutamente nada que alivie sus condiciones de trabajo y de vida, y para colmo, y desde los años del llamado período especial, han debido emplear parte de sus escasos recursos privados para garantizar la debida producción de los espectáculos, así como la promoción gráfica que los acompaña (carteles, volantes, programas de mano) ante la contracción anual —sistemática— de la partida presupuestaria estatal destinada a las artes escénicas, que se convirtió en noticia «esperada» al inicio de cada período fiscal desde mucho antes del recrudecimiento trumpista de las sanciones impuestas a Cuba.

Como resultado de estos y otros factores, el menos significativo no ha sido la emergencia de jóvenes directores, nuestros repartos han uniformado sus edades y buena parte de nuestros actores de las edades más altas en activo pueden verse en los medios (radio, televisión, cine) pero, escasamente, sobre las tablas.

En otras regiones del planeta y otras culturas las carteleras teatrales destacan la presencia en un espectáculo de un primer actor o actriz de vasta experiencia. Mi generación y algunas promociones sucesivas alcanzaron a vivir la ovación que recibían tras su primera aparición en escena en cualquier espectáculo: Rosa Fornés, María de los Ángeles Santana, Carlos Ruiz de la Tejera, entre otros grandes, favoritos del público.

Algo así como un suceso

Recientemente vivimos todo un acontecimiento escénico con la reaparición sobre las tablas de una primerísima actriz como Verónica Lynn, a sus 92 años de vida. El dato curioso es que esto tuvo lugar en el contexto de una obra escrita hace años para ella, que la propia actriz decidió poner ella misma en escena; vale decir, actuarla a la vez que dirigirla y participar de su diseño y producción, con el concurso de su joven asistente de dirección (actriz también) y de su compañero en el escenario.

Para quienes tuvimos el privilegio de asistir a las funciones resultó una lección de teatro; una experiencia inefable. Puedo decir que, si la obra estaba escrita a su medida, también Verónica se esmeró en que lo estuviera su puesta en escena. Durante la función se prodigó a su público, mostró las capacidades físicas que mantiene un profesional bien entrenado y tomó riesgos, en tal sentido, que sumaron alcance y valores en el plano conceptual y ético a esta entrega.

También fue una exhortación a los actores de su generación a ocupar sus espacios en los escenarios.

La dedicación por entero al arte de la dirección escénica nos privó del disfrute como actriz de esa otra gran artista que fuera Berta Martínez. No obstante interpretar en 1974 la Señora Sarti, de Galieo Galilei (Bertolt Brecht) en la puesta de Vicente Revuelta, sus últimos desempeños actorales fueron la paradigmática Lala Fundora de Contigo pan y cebolla (Héctor Quintero, 1962), llevada a escena por vez primera en Teatro Estudio en 1964, bajo la dirección de Sergio Corrieri y, posteriormente, por su autor en distintas temporadas, y la Bernarda de su puesta de La casa de Bernarda Alba, estrenada en 1972 y vuelta a presentar —Berta aún en el personaje— en los ochenta.

Con estas faenas se despedía —tal vez sin saberlo— de la responsabilidad interpretativa para multiplicarse, desde el ejercicio de la dirección teatral, en cada uno de los actores bajo su conducción. Postura, gestos, proyección de voz, ritmo, cadencia, acento, respiraciones, dirección e intensidad de la mirada… toda la polifonía coral de la actuación del conjunto recibió su impronta en cada puesta en escena.

El tema que me ocupa no me permite olvidar a esa actriz enorme —sin embargo, casi una desconocida— que fue Herminia Sánchez, quien nos dejó hace relativamente poco en su Habana, a los 98 años, con una lucidez envidiable y una madurez que puede disfrutarse en sus últimos trabajos con los estudiantes de dirección de cine de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños, así como con cineastas foráneas. Dichas obras quedan para testimoniar la envidiable y sutil intérprete que no fuimos capaces de convocar a nuestros escenarios durante sus últimas décadas de vida.

Sobre el Premio Nacional de Teatro

Poco faltó para que Herminia partiera a lo eterno sin su merecidísimo Premio Nacional de Teatro, el que tras muchos años de nominaciones le fue al fin conferido en 2019  —y hay que decirlo— no sin poco esfuerzo para lograr que se hiciese justicia.

Caminos igualmente difíciles hubieron de recorrer Mario Balmaseda y Sergio Corrieri en estas lides (Premios del 2006), ambos actores y directores de rancia estirpe, el último de ellos fundador y guía de una experiencia sin igual en el teatro cubano de la Revolución: la aventura del Teatro Escambray sobre la cual, desde entonces y hasta hoy, voces muy autorizadas de la crítica y la historia teatral nacional se expresan en discursos, artículos y ponencias. Desconozco si alguna de ellas se alzó en su momento para hacer la propuesta al Premio de este hombre tan entero. 

Sin embargo, cualquier deficiencia, falla, incluso desacuerdo nos remite, en primer lugar, al procedimiento que debiera seguirse con respecto al premio: uno que le hiciera ganar en rigor, en reciedumbre y salud. 

Dos premisas así lo aconsejan: por una parte, la diversidad de especialidades y el enorme número de individuos que intervienen en un arte colectivo como el teatro. Por la otra, la fecha tardía (1999), en comparación con otras artes, en que fue instaurado tan preciado lauro.

Obviamente, el final de los noventa ya reunía varias promociones activas en el teatro y, dentro de ellas, un número apreciable de individuos con relevantes trayectorias sobre las tablas.

Si al comienzo del proceso parecía nítida la jerarquía entre los artistas más destacados del sector, a la par que la composición de los jurados incluía personas de las generaciones más antiguas en el oficio —y, por tanto, conocedoras de casi todos sin necesidad de disponer de documentación alguna que avalara a los candidatos—, en las sucesivas entregas anuales el panorama se tornó un tanto abigarrado, mientras los jurados sumaban personas más jóvenes y menos informadas con respecto al universo en su generalidad.

Supongo que, en este punto, la elaboración de un expediente con un formato único que presentara la trayectoria de cada candidato hubiese resultado de utilidad, pero en lugar de organizar mejor el procedimiento y crearse algún dispositivo temporal semejante a una oficina para el premio, con unos pocos individuos encargados de las tareas relativas al mismo, el proceso se tornó improvisado y arbitrario.

Llegamos al punto en que la composición del jurado permitía vaticinar al galardonado. Entonces, realmente ¿quiénes y dónde se tomaban —se toman— las decisiones?

Algo así irrespeta y anula el premio. Va en contra de su naturaleza. Invalida su parte esencial de fiesta, de celebración al sacar de la ecuación la incertidumbre y la espera, las suposiciones y las apuestas (morales) por uno u otro nominado; que significa la participación de todos adecuadamente representados por los legítimos miembros de un balanceado jurado. Sin más, inserta un proceso de semejante valor en el mundo de los trámites burocráticos.

El lanzamiento de la adecuada convocatoria al premio, el proceso meditado y consciente de las nominaciones, la selección cuidada de los miembros del jurado, su trabajo riguroso y, finalmente, la entrega del lauro debía ser la fiesta anual del teatro, sobre todo cuando se ha hecho coincidir con la fecha del 22 de enero, reivindicada desde el año 1980, por la Dirección de Teatro y Danza del Ministerio de Cultura en diálogo con los teatristas, como el Día del Teatro Cubano.

¿Por qué relaciono en un mismo texto estos dos temas?: el de la presencia en nuestra escena de los artistas de mayor experiencia y valía, y el del más alto reconocimiento que ella otorga. Pues porque formo parte de quienes piensan que, en efecto, se trata de la distinción por una vida dedicada a la profesión, durante la cual se ha desarrollado una labor excepcional. Solo así será posible honrar laurel semejante. Ello lo dotará de sentido y de reto.

No se trata de hacerse mayor sobre los escenarios para poder alcanzarlo, sino de haber llegado a construir una obra personal loable. Este lauro habla de fidelidad, dedicación, servicio, originalidad, autosuperación, aporte individual, especialidad quintaesenciada. La variable tiempo se presenta como esencial.

El mundo en el cual vivimos

Hace relativamente poco nos ha dejado la actriz británica Maggie Smith (28 de diciembre de1934 – 27 de septiembre de 2024) y un pesar sincero ha seguido a su partida. La disfrutamos siempre, hallarla en un reparto era garantía de excelencia de todo tipo, como fue el caso de la Profesora Minerva McGonagall en la saga cinematográfica de Harry Potter, pero nos deleitamos con ella en la serie Downton Abbey (Carnival Films y Masterpiece), estrenada en 2010, donde interpretaba un personaje de alta edad: Violet Crawley, la condesa viuda de Grantham; así como en las dos películas relativas a la misma, la segunda filmada en 2019. Smith hizo su filme más reciente a los 88 años, en 2023 (El club de los milagros), con Kathy Bates y Laura Linney.

Rogamos para que el nonagenario Clint Eastwood (3 de mayo de 1930) pueda continuar entregándonos filmes en esta faceta de productor y director que tantos buenos productos nos ha presentado, a la vez que sus actuaciones resultan igualmente bien recibidas.

Difícil resulta olvidar a la Katherine Hepburn de La laguna dorada, ni a Judy Dench (9 diciembre de 1934) nominada a varios premios por su labor en Belfast (2021), del director Kenneth Branagh, o a Anthony Hopkins en cualquiera de sus papeles. Por cierto, recientemente Dench ha comentado las incomodidades que le ocasiona la maculopatía ocular que se le ha presentado y cómo cuenta con la ayuda de decenas de personas para poder leer los guiones, aprender letra y manejarse en un set o un escenario, puesto que las propuestas de trabajo no le faltan. Pasadas las ocho décadas de vida continúan laborando Morgan Freeman y Jane fonda, entre otros ilustres nombres, mientras en la música nos acompañan Dionne Warwick y Paul Mc Cartney.

En Nuestra América destacan Ignacio López Tarso, Sergio Corona, Silvia PinaI en las artes dramáticas. En la música, Caetano Veloso y Maria Bethania, 82 y 78 años respectivamente, todavía colman estadios donde son ovacionados por la multitud.

Podría llenar párrafos con los nombres de notables intérpretes de altas edades que la mayor parte de nosotros ha conocido gracias al mundo universal del cine, lo más interesante es que todos ellos han hecho teatro (y algunos se mantienen sobre las tablas). Lo valoran como lo que es: el arte matriz, además del único sitio donde cada noche de función pueden intercambiar energías con el público. Percibir su respiración. Pararse en un escenario y comunicar con una audiencia hasta la última fila es creerse dueño del mundo por un breve instante.

Desde que conocí sus películas he admirado a Vanesa Redgrave (1937). Verla en una de las instalaciones de Broadway interpretando uno de los roles protagónicos de Manejándole a Miss Daysi (Driving Miss Daysi) en 2012, poco después de cumplidos sus 75 años, alcanzó la categoría de goce supremo.

Por supuesto, tener a cualquiera de estos experimentados intérpretes en escena, a partir de que mantengan las cualidades esenciales que nos han hecho reconocer sus valores, implica tener hacia ellos una serie de consideraciones que apoyen sus actuales desempeños. Quiere esto decir que, al menos en el caso del teatro, las puestas en escena deberán tener en cuenta la posibilidad de realizar algunos ajustes.

¿Subdesarrollo? ¿Volver a empezar?

El personaje de Sergio encargado a su homónimo, el actor Sergio Corrieri, en Memorias del subdesarrollo, con guion de Edmundo Desnoes cita, en el extenso monólogo que sostiene en la cinta, este rasgo como uno entre los esenciales dentro de esta categoría económico-cultural.

Es probable que ello anide en la base de toda esta manera nuestra de conducirnos en diversas esferas de la vida social, aunque estoy convencida de que junto a la natural toma de poder por parte de cada nueva generación —que muchas veces no tuvo una formación adecuada en historia cultural— existe un grado de desconocimiento e incultura a la cual tributa la ausencia de una institucionalidad robusta que sepa emplear los valores y el auxilio que brinda la historia. Todo lo anteriormente vivido y preexistente no está ahí para ser barrido o ignorado por cada individuo que arriba a las zonas de toma de decisiones (que son varias y forman una escala, como se sabe), sino para ser usado en favor del progreso necesario y esperado.

En la tradición teatral a la cual pertenecemos el director artístico es —a no dudarlo— una figura de inmenso poder. Tanto que, entre aquello sobre lo que decide se incluye el repertorio teatral de su país y de toda la historia teatral pasada y reciente con la cual se relacionará aquella parte de la población que acuda al teatro; incidirá en la formación de un gusto —sea este del tipo que sea— y ya en lo interno de su agrupación artística tendrá parte en el destino y la trayectoria del conjunto de individuos con los cuales interaccione su voluntad.

A ello se añade que, para bien o para mal, nuestras instituciones culturales han ido dejando por el camino determinadas estructuras a la vez que determinadas prácticas que colaboraban en que la labor creadora fuera resultado de equipos de trabajo; sobre todo que incluyera las diversas especialidades necesarias para garantizar el mejor resultado posible.

Actualizando una historia de vida

La actriz Nancy Rodríguez Fernández protagonizó, junto a la también primera actriz Marisela Herrera, la obra Arritmia, del autor Leonel Giacometto, en 2022, en la Compañía Teatral Hubert de Blanck, bajo la conducción del experimentado actor José Ramón Vigo, integrante de dicha entidad en aquel entonces, y quien en su vasta trayectoria teatral reúne la participación en las Brigadas Covarrubias —siendo muy joven—, en el Teatro Extramuros que condujo don Pepe Santos y en el Teatro Irrumpe que lideró el maestro Roberto Blanco, institución de la cual fue subdirector en una etapa tan compleja que únicamente su disciplina, fidelidad y habilidad evitaron la disolución del espacio.  

En ese mismo año 2022 Nancy interpretó a Rebeca Nurse en la versión y puesta en escena de Las brujas de Salem, a cargo de Fabricio Hernández Medina, en la compañía teatral Hubert de Blanck.

En 2023, durante el trabajo de montaje, ensayo y funciones de El perro del hortelano, de Lope de Vega, con dirección artística de Orietta Medina, Nancy tuvo a su cargo la Asistencia de dirección.

Siempre me sorprende muy gratamente la fuerza y belleza de su voz. El pasado once de octubre celebró, en medio del júbilo de familiares, amigos y colegas, el arribo a sus 80 años de vida.

2 COMENTARIOS

  1. Muy buen viaje por ciertos aspectos de nuestra historia teatral. Excelente articulo. Como dijera Gabriela Mistral: «Hay que cambiar tantas cosas, camaradas. Primero el poder, la sociedad, nosotros, y depues, aire fresco y maiz para todos»

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Esther Suárez Durán
Esther Suárez Durán
Socióloga y escritora

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