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Por: Arnaldo Mirabal
-¿Esas personas de allá son obreros?- le pregunté a un directivo en un reciente recorrido por una empresa agropecuaria, al divisar a lo lejos un grupo de individuos que se hallaban en un campo de papa.
-No sé, deben ser unos viejitos de por ahí que a veces vienen a recoger el rastrojo de la cosecha-me respondió sin titubear el compañero.
A mí me extrañó mucho la respuesta, porque no estábamos en época de recogida. Además, las personas se hallaban en el interior de un naciente campo de papa. Ante mi resolución de acercarme, pude apreciar la incomodidad en el rostro del señor directivo.
-¿No serán obreros?-insistí.
-Lo dudo, no me parecen conocidos-respondió él.
-Están muy lejos, si nos acercamos más…
El compañero me interrumpió, y trató de hacerme desistir alegando la humedad de la tierra y mis zapatos blancos. Ante mi persistencia no le quedó más remedio que reconocer finalmente que eran obreros de su empresa.
Yo estaba contrariado con mi visita, porque el susodicho no me perdía pie ni pisada. Soy de la opinión que quien desee sentir el pulso de cualquier entidad, debe conversar con los trabajadores. Tarea que en ocasiones se dificultad, ya que algunos jefes evitan el contacto de sus subordinados con los periodistas.
Pero yo, en honor a la verdad, desde hace mucho prefiero las ricas historias de vidas de los sencillos trabajadores, que la rimbombancia cargada de cifras y frases prefabricadas de algunos dirigentes.

Por ese motivo, y sin importarme la blancura de mis zapatos, zapatos que piden un reemplazo a gritos desde hace mucho, por cierto, hice como siempre hago: adentrarme en pleno surco. Allí me topé con una veterana con el rostro sudoroso y un poco maltratado por el sol.
Antes de saludarla entendí que se trataba de una guajira campechana, con unos senos muy grandes. Se nombraba Clara Lidia Verdes Verdes, y tenía 62 años.
Antes de lanzarle la primera pregunta se calificó a sí misma como “obrera siempre a pie de surco”. Según ella, la papa se veía muy bien, pero la última palabra la dirá la cosecha.
Desde muy temprano había escardado cuatro surcos de frijoles, “estoy desbaratada, no obstante puedo un poco más. El campo es duro pero a mí me encanta”, dijo entre risas.
Su mayor preocupación es la ausencia de frío, esencial para el rendimiento del tubérculo. “No hizo una gota de frío en diciembre, y enero está igualito. Fíjate que me compré un abrigo nuevo y no lo he podido estrenar, ni me he tapado con corcha este invierno”, expresó con una sonora carcajada.
En eso punto busqué el rostro de mi acompañante, quien evadió mi mirada.
Entonces Clara, transparente como su nombre y sin pelos en la lengua, soltó aquello de que “cuando viene una visita aquí, primero deben hablar con los obreros, para que los obreros digan las inquietudes que tienen, ¿nos es así?”.
Yo asentí con la cabeza y extendí la pregunta al señor que se hallaba a mi lado:
-¿Qué usted cree de eso, jefe?- de más está decir que no hubo respuesta.
Fuente: Revolución


Aun espero las critics a la violencia de la policia hoy en Puebla,por ahi andan las fotos
”Y la soga se revienta”
En Paz Descance Caballo Viejo, el que se merece la sabana que se la den.
Los venezolanos, seqn del gobierno o de la oposicion tienen mas cosas que los unen que cosas que los separan.
Estan en el punto limite para limar diferencias, y que no le pase como nos pasó a los cubanos.
Váyanse todos a llorar a Simón Díaz y canten juntos su Caballo Viejo. Y luego siéntens juntos a ver como arreglan el tema de la falta de harina.