Activismo LGBTIQ+ y closet cubano: por algo más que el 17 de mayo

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En Mapa dibujado por un espía, una de sus novelas póstumas, Guillermo Cabrera Infante relata la insólita entrada de Antón Arrufat a su apartamento tratando de convocar a varios amigos para salir a las calles habaneras en una supuesta manifestación de homosexuales. La novela reconstruye la agónica estancia del autor de Tres tristes tigres en Cuba, cuando regresó por última vez desde Bruselas para los funerales de su madre en 1965, y no logró regresar a su cargo en la embajada europea tan rápido como esperaba.

Ya esa no era La Habana «para un infante difunto», y entre los aires que confirmaban el cambio estaban los rumores de una campaña contra homosexuales que había tenido una de sus mayores evidencias cuando Vicente Revuelta, líder de Teatro Estudio, había sido relevado de su cargo al frente de la importante compañía que él había fundado en 1958. Pero había más señales, como las aparecidas en Mella y otras publicaciones, así como la expulsión de estudiantes de las Escuelas de Arte y las universidades debido a sus «debilidades», ya fueran ideológicas o de índole sexual, según la moral de quienes los acusaban.

En ese relato de Cabrera Infante la voz que se alza contra la idea de Arrufat, quien pretendía irse con «cartelones y todos a protestar ante el Palacio presidencial», es no otra que la de su maestro Virgilio Piñera. Según el autor de Mapa…, dijo allí el importante dramaturgo, poeta y narrador:

«—Me parece —dijo— que están ustedes equivocados. No se debe hacer ninguna manifestación pública. No que no los dejarían llegar a Palacio sino que ni siquiera podrían llegar a salir de donde salieran, de Teatro Estudio o de donde sea. Se trata ya de una manifestación pública contra una medida del Gobierno. Es decir, de un acto contrarrevolucionario. Además de que el pueblo le dará la razón al Gobierno. Aquí, todos, revolucionarios y contrarrevolucionarios, padecen del mismo complejo machista y están absolutamente en contra de los homosexuales, sean quienes sean».

Virgilio hablaba por experiencia propia. Dos años antes, en 1963, había sido una de las víctimas de La Noche de las 3P, el operativo policial que quiso barrer de La Habana a prostitutas, pederastas y proxenetas. Detenido en las calles de Guanabo, terminó recluido en las celdas del Castillo del Príncipe. Carlos Franqui, en Retrato de familia con Fidel cuenta su encontronazo con varios de los dirigentes a los que fue a reclamar por el maltrato infligido a Virgilio:

«Virgilio, flaco, envejecido, con las rayas y la P, temblando, identificado por alguien, y acusado de ser un espía de Revolución, infiltrado, para informar y escribir el reportaje. (…) Cómo podían creer otros detenidos que estuviera preso como ellos. Rodeado, amenazado, y en el tumulto, Virgilio perdió el conocimiento, por un ataque, y esto lo salvó».

Los amigos se movieron, protestaron, y Piñera pudo salir de la prisión rápidamente. Cabrera Infante relató cómo se apareció en su casa, demacrado, y durmió allí esa y otras noches. Otros amigos homosexuales le tocaron también a la puerta, temerosos de nuevas recogidas, buscando protección.

Lo cierto es que Piñera nunca se repuso completamente de ese y otros sustos. Y cuando apretaron las leyes homofóbicas, a partir de la celebración del I Congreso Nacional de Educación y Cultura, en abril de 1971, su nombre, como el de otros artistas e intelectuales, desapareció por varios años de la vida pública del país.

Había triunfado el recelo, y desde el Consejo Nacional de Cultura y otras entidades, se quiso impedir que homosexuales, lesbianas y personas trans tuvieran influencia alguna en las nuevas generaciones, que deberían ser moldeadas a partir del concepto del Hombre Nuevo —La Mujer nueva, al parecer, ni siquiera existía en las mentes de quienes dictaban tal veto—. Piñera murió en 1979, sin ser rehabilitado.

Desde el Consejo Nacional de Cultura y otras entidades, se quiso impedir que homosexuales, lesbianas y personas trans tuvieran influencia alguna en las nuevas generaciones.

Cuento todo esto porque es una historia que así como tuvo de protagonista a Virgilio Piñera, uno de los más relevantes escritores cubanos, también se repitió en biografías menos visibles y atendidas. El recelo contra la persona homosexual, en Cuba, data de muy lejos, y está efectivamente en nuestra historia desde los días de la llegada de los españoles a nuestras tierras. Escandalizados por la conducta sexual entre hombres que mostraban sin recato, los pobladores originarios, rápidamente se denunciaron tales actitudes. En la Carta de Miguel Cúneo, de 1495, se afirma: «Por lo que vimos en todas las islas donde estuvimos, tanto los Indios como los Caníbales son grandes sodomitas, porque no saben, según creo yo, si ello es malo o es bueno».

A mediados del siglo XVII ocurrió el único auto de fe que la Inquisición efectuó en Cuba, cuyas víctimas fueron los dieciocho «amujerados» de Cayo Puto, ultimados en la Plaza de Armas, según refieren Fernando Ortiz y otros investigadores sobre el oscuro suceso.

Ni reformados, ni borrados

La saga de las personas que hoy integrarían la comunidad cubana LGBTIQ+, según el concepto contemporáneo que engloba tal sigla, es la de una visibilidad/invisibilidad intermitente, una historia de rupturas y vacíos violentos que sin embargo puede rastrearse desde una lectura intencionada de libros, documentos legales, hechos públicos y referentes diversos, que evidencian la existencia de un closet cubano, mucho antes de que el tema aflorase en las agendas oficiales y entidades como el Grupo Nacional de Trabajo para la Educación Sexual (fundado en 1974 a instancias de la Federación de las Mujeres Cubanas), del cual emanó luego el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), en 1989.

Aunque el Cenesex haya sido el núcleo del cual han surgido las acciones más perceptibles sobre este asunto, principalmente a partir de 2008 cuando alcanzan una dimensión mucho más palpable las acciones de las Jornadas Cubanas contra la Homofobia y la Transfobia, no se puede olvidar que hay antecedentes. Múltiples nombres, figuras, acontecimientos dan fe de cómo la propia comunidad cubana de homosexuales, lesbianas, personas trans, bisexuales, portadores de VIH sida, etcétera, han querido ganar un espacio reconocible en nuestra sociedad, no siempre mediatizado por la visión/versión oficial a la que acuden tantos medios y estudiosos para identificarlos en el mapa mayor de lo Cubano.

La Revolución, que bajó de la Sierra Maestra portando una iconografía de rebeldes barbudos y de largas melenas, prometía un aire de liberación que también se acercaba a lo sexual. Sin embargo, pronto demostró que heredó los preceptos burgueses y machistas acerca de dichas actitudes, y condenaría a hippies y otras encarnaciones de tales ideales con un celo que superó incluso al de épocas precedentes.

La Revolución, que bajó de la Sierra Maestra portando una iconografía de rebeldes barbudos y de largas melenas, prometía un aire de liberación que también se acercaba a lo sexual.

En particular, el homosexual masculino se convirtió en un blanco inmediato de esos ataques, como símbolo de un ablandamiento no solo físico sino también ideológico. En un editorial de la revista Alma Mater se aclara, de modo tajante, que perseguir homosexuales y contrarrevolucionarios era la misma cosa, y que por ende tales individuos debían ser expulsados de nuestros centros de enseñanza:

«Nosotros decimos que la Depuración es una sola, que tan nociva es la influencia y la actividad de unos como de otros, en la formación del profesional revolucionario del futuro». («Nuestra opinión», Alma Mater, junio de 1965)

Esas palabras presagian otras. Justo en 1965 se realiza el primer llamado de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, como una convocatoria del Servicio Militar Obligatorio que en verdad se activó para enviar a campos de trabajo a homosexuales, desafectos al nuevo régimen y religiosos, en uno de los episodios más lamentables de nuestra Historia reciente. Abiertas hasta 1968, perduran como uno de los tabúes más grandes de ese tiempo, y solo mediante el trabajo de testimoniantes o investigadores se ha ido recolocando en la memoria ese momento tan traumático (léanse La mueca de la paloma negra, de Jorge Ronet; Un ciervo herido, de Félix Luis Viera; Benjamín, cuando morir es más sensato que esperar, de Carolina de la Torre o El cuerpo nunca olvida: trabajo forzado, hombre nuevo y memoria en Cuba, de Abel Sierra Madero… ninguno de ellos publicado en nuestro país).

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Benjamín, cuando morir es más sensato que esperar, de Carolina de la Torre / Foto: Amazon

No fueron solo funcionarios y políticos los que abogaron por la eliminación de homosexuales y lesbianas en los primeros años de la Revolución, también hubo artistas e intelectuales que se adhirieron a tal maniobra. Samuel Feijóo dio prueba de ello en «Homosexualidad y vicios», artículo también de 1965 que publicó en el diario El Mundo, en ese año en el que desaparecieron las ediciones del grupo literario El Puente.

Cuando las aguas turbias de las UMAPs parecieron disolverse, no faltaron los que saludaron lo que en la Declaración Final del Congreso de Educación y Cultura se aprobó en contra de la homosexualidad, definida ahí como patología. En las fotos de ese evento, clausurado por Fidel Castro en el cine Yara, coincidiendo con la autocrítica que a pocos metros estaba interpretando Heberto Padilla en la UNEAC, pueden reconocerse a muchos de esos rostros, que aplaudían algo que luego cayó como piedra pesada sobre varios de sus colegas.

El Congreso marca un punto decisivo en el mapa de la homofobia cubana. Es un antes y un después que recoloca o silencia a figuras desde la cultura: ciertos roles públicos o que han quedado como leyenda urbana ya estaban ahí, y aún perduran como misterios o referentes opacados mediante un ejercicio de desmemoria intencionada, no solo en el periodo post 1959.

El Congreso marca un punto decisivo en el mapa de la homofobia cubana. Es un antes y un después que recoloca o silencia a figuras desde la cultura.

La amnesia va desde la figura de Enriqueta Favez, la mujer suiza que fue condenada en la Baracoa colonial por asumir una identidad masculina oficiando como médico, a la aparición de las tres novelas fundacionales del tema en nuestra literatura: El ángel de Sodoma (Alfonso Hernández Catá, 1928), La vida manda (Ofelia Rodríguez Acosta, 1929) y Hombres sin mujer (Carlos Montenegro, 1938), que no se publicarían en Cuba sino hasta después de 1990.

Enriqueta Favez
Monumento a Enriqueta Favez en La Habana / Foto: Norge Espinosa

El olvido también incluye el escamoteo de los rasgos homoeróticos que Cintio Vitier deslizó en su prólogo a la edición póstuma de la poesía de Emilio Ballagas, en 1954. Virgilio Piñera denunció esa maniobra blanqueadora en su ensayo «Ballagas en persona», una de las páginas esenciales de esta historia fragmentada. Publicado en la revista Ciclón, creada por José Rodríguez Feo, donde se nucleó entre 1955 y 1959 un  grupo de homosexuales que quiso remover desde ese espacio la pacatería cubana, es un texto que da fe de esa libertad que aún reclamamos entre nosotros: la de hacer una revisión sexuada de nuestra tradición, que desvele gestos, nombres y actitudes que demuestran que desde mucho antes de las noticias más recientes, ya había este anhelo por dar al deseo sexual no medido por las normas machistas o heteropatriarcales otro grado de independencia.

En ese álbum probable de la historia homosexuada de la historia nacional están los ya nombrados y otros signos de extrañeza que dejan leer una versión intencionada de nuestra tradición: desde el fantasma de Julián del Casal (1863-1893) y su gusto por lo sofisticado. hasta los «poemetos» que José Manuel Poveda, uno de sus discípulos, firma bajo el seudónimo de Alma Rubens, entre 1912 y 1923, sobre la presencia del travestismo y el homosexual en fiestas populares y en el teatro de comedias, como elemento provocador de burlas y atrevimientos.

Rastrear la presencia de homosexuales en las tropas mambisas, leer los párrafos que hablan del trabajo sexual masculino en La prostitución en La Habana, de Benjamín de Céspedes, publicado en 1888, con prólogo de Enrique José Varona, revisitar la crónica de José Martí sobre Oscar Wilde donde el Apóstol mezcla fascinación y cierto grado de rechazo ante el irlandés…, todo eso es parte de una espiral que nos devuelve a la «Carta crítica contra el hombre mujer» que vio la luz en 1791, redactada por José Agustín Caballero para Papel Periódico de La Habana. Y a otros textos (recomiendo Ciencia y poder en Cuba, racismo, homofobia, nación, de Pedro Marqués de Armas, editorial Verbum, 2014), que van más al fondo de esos aparentes vacíos que un investigador de respeto debe cubrir cuando se adentra en estas preguntas para batallar contra tantas variaciones de un silencio oportunista e intencionado.

El activismo LGBTIQ+ cubano no nació en este siglo

Mucho antes de esas Jornadas Cubanas contra la Homofobia y la Transfobia, ya estaban otros arriesgándose a dar voz a una comunidad denigrada, silenciada y estigmatizada. El rechazo político a la figura del homosexual y la lesbiana resucitó, incluso más allá del periodo conocido como quinquenio gris a partir del Congreso de Educación y Cultura, durante los días tensos del éxodo del Mariel. Por esa vía salieron de Cuba figuras como Reinaldo Arenas y otros, que denunciaron en artículos y documentales como Conducta impropia (1984) lo que padecieron.

En 1989, dos textos sirven como operación de cambio en ese sentido: el relato «¿Por qué llora Leslie Caron?», de Roberto Urías, y el poema «Vestido de novia», de mi autoría. Reconocidos por los jurados del premio 13 de Marzo y El Caimán Barbudo, adelantan el regreso del homosexual y el travesti a la literatura cubana, como síntomas de los nuevos espacios ganados por una nueva generación de autores, que iban rompiendo brechas y demostrando otra vez que desde la cultura podía añadirse al imaginario colectivo algo que desde la visión estrictamente política aún no estaba tan promocionado.

En 1990, la temática reaparece con «El lobo, el bosque, el hombre nuevo», cuento de Senel Paz que obtiene el premio internacional Juan Rulfo y es el punto de origen para Fresa y chocolate (Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, 1993). La película tuvo un impacto monumental, y aunque la televisión cubana demostrara la persistencia de tantos recelos retardando por 13 años su transmisión en ese medio, funcionó como un acto liberador que más allá de sus virtudes y defectos, resultó beneficioso en la proyección de otra imagen sobre nuestra sociedad, y no solo en lo relacionado al diálogo posible entre sus personas LGBITIQ+ y el resto de sus integrantes.

Cuando a partir de 1998 organicé las tres Jornadas de Arte Homoerótico que pude llevar a cabo con el auspicio de la Asociación Hermanos Saíz en su sede de La Madriguera, ningún medio de prensa oficial se atrevió a promocionar estas acciones, las primeras de su tipo abiertas al público bajo ese concepto de unir a creadores de diversas expresiones que trabajaban sobre tales asuntos en un solo haz.

Para esa fecha ya había ganado conciencia de activismo al participar, durante el desfile del 1 de mayo de 1995, junto a otros colegas cubanos y extranjeros, en la primera aparición en Cuba de un fragmento de la Rainbow Flag original, traída por el grupo dirigido por Stephanie Davies con el anhelo de hacer aquí una marcha por el orgullo gay.

Rainbow Flag
La Rainbow Flag (Bandera LGBT) con el grupo de activistas cubanos y norteamericanos / Foto: Cortesìa del autor

No tuvimos el permiso oficial, pero logramos colarnos en ese acto —como demuestran las imágenes que dan cierre al documental Gay Cuba, de Sonja deVries— y dar una imagen inesperada y fugaz de rostros que antecedían a los que luego, con el apoyo del Cenesex, colmaron el Pabellón Cuba a partir de 2008, cuando el 17 de mayo se resignificó en nuestro calendario en saludo a la lucha contra la intolerancia.

Hay que contar además lo que, desde la literatura, las artes plásticas, el teatro, el audiovisual, habían ido aportando desde fines de los 80 tantos nombres, veteranos y noveles, en pos de ganar un terreno que nos parecía vedado y que acaso ahora, ante las nuevas generaciones que participan de actos donde la condición sexual libre de tantas personas no es un elemento a discriminar, puedan parecer referentes lejanos o completamente desconocidos. La ignorancia suele ser una aliada ideal de la homofobia y otros tantos extremos y fundamentalismos.

La ignorancia suele ser una aliada ideal de la homofobia y otros tantos extremos y fundamentalismos.

El activismo LGBTIQ+ en Cuba no depende solo del Cenesex, o de otros centros políticos o de salud que lo hayan impulsado. Que hoy en la Isla exista el matrimonio igualitario y que se hayan hecho otras acciones a favor de las personas que por tanto tiempo han sido reprimidas por su orientación sexual —y hablo en presente porque la homofobia, la transfobia y la serofobia no han desaparecido, aunque se hayan atenuado—, es el resultado de una historia que debe contarse mejor.

En el 2014, junto al ensayista y poeta Víctor Fowler impartí un curso que intentaba recuperar esa historia, el primero que bosquejaba un paisaje donde estaban los aquí nombrados y pasaba, claro, por José Lezama Lima, Lydia Cabrera, Bola de Nieve, Ernesto Lecuona, Rosa Fornés, Severo Sarduy, Teatro El Público, El Ciervo Encantado, José Milián, Tomás Fernández Robaina, Miguel Barnet, Servando Cabrera Moreno, Eduardo Hernández, Rocío García, Arenas, Pedro de Jesús López, Raúl Alfonso, Anna Lidia Vega, y tantos otros creadores. Creímos —y disculpen que me remita a la autobiografía: esa es también una señal de cuánto nos falta por componer esta historia desde otras visiones— que el curso tendría un gran reclamo. Y no fue así: apenas contamos con una decena de alumnos que nos reconfortaron ante la desidia que instituciones y personas que creíamos interesadas prefirieron mostrar.

El conocimiento también impone un grado de compromiso, otra noción del activismo que nos impide callar a quienes nos hemos enlazado a esta manera de habitar estos vacíos, ante los que prefieren seguir aprovechándose de tantos mutismos para ganar roles protagónicos que deberían, como mínimo, reconocer estos y muchos más referentes.

En la historia intermitente de ese activismo LGBTIQ+ de la Isla, hay que incluir desde documentos y obras que exigen una cierta noción de arqueología, hasta una memoria más nítida sobre nuestro presente. Desde un documental como No porque lo diga Fidel Castro, producido por la Escuela Internacional de Cine y Televisión y dirigido por la chicana Graciela Sánchez en 1988, hasta las actas de fundación del Grupo de Acción por la Libertad de Expresión de la Elección Sexual (Gales) nacido en 1995 tras la visita de los Queers for Cuba que comandaba Stephanie Davies.

El clandestinaje era parte de toda esa labor, penada y perseguida: los ecos de aquel desfile de la Rainbow Flag no fueron precisamente igual de coloridos. Hubo que abrir la brecha desde la cultura, como digo, sumar otros documentales (Y hembra es el alma mía, En busca de un espacio, Y hembra es el alma mía…), lograr que la televisión se abriese a esta temática que por tanto tiempo estuvo prohibida en su programación, y naturalizar conceptos y términos, así como claves de la teoría queer que también fue descalificada, por tratarse de una «importación» de la academia norteamericana.

El clandestinaje era parte de toda esa labor, penada y perseguida: los ecos de aquel desfile de la Rainbow Flag no fueron precisamente igual de coloridos.

***

El 28 de junio, día mundial donde la comunidad LGBTIQ celebra los hechos del bar Stonewall en New York, no es la fecha aprobada por el Cenesex para su Conga de la Diversidad y otras acciones, por causa parecida, como si el 1 de mayo no proviniera también de un hecho ocurrido en tierras norteamericanas, por poner un ejemplo.

El 11 de mayo de 2019, cuando varios activistas y un grupo numeroso de personas de esa comunidad respondió a la suspensión de la Conga del Cenesex con un desfile convocado mediante las redes, para recorrer la calle Prado a fin de no perder ese espacio público ganado tras tantos años de invisibilidad, la policía intervino y esa marcha acabó violentamente. El camino complejo, el diálogo aún en construcción entre el Cenesex y otros activistas independientes, se rompió de modo abrupto, y creo que aún no ha logrado recuperarse de una lectura maniquea entre los buenos (los apegados al Cenesex) y los otros, tildados de mercenarios y otras lindezas desde los medios oficiales. 

Lo que resulta imprescindible es que el activismo LGBTIQ+ en nuestro país sea lícito en tanto represente de veras a las biografías que están detrás de esas mayúsculas, que sirva para denunciar abusos y conseguir amparos y no privilegios, y que multiplique lo que, más allá de las instancias que asumen esa agenda por mandato, han hecho desde hace años los que dan vida a proyectos inclusivos como El Mejunje, de Santa Clara, o su variante queer en el estudio La Marca, de La Habana Vieja, o en núcleos como AfroAtenas y la celebración de las Torti-olimpiadas en Monte Barreto, por mencionar solo algunos ejemplos aún activos, que se unen a una saga que incluye a núcleos como el Proyecto Arcoiris o Tremenda Nota, ya inexistentes o en aparente pausa, de acciones más concretas que las de aquella efímera Fundación Reinaldo Arenas.

En un contexto donde el turismo ha empezado a asimilar el concepto de lo gay friendly (algo visto con lógica amargura por quienes fueron reprimidos por el mero hecho de ser homosexuales o lesbianas en tiempos pasados), donde otras alternativas —y también otras exclusiones— se establecen desde el crecimiento de las mipymes y otras variantes económicas que aspiran a tener determinadas clientelas, todo esto es ya una realidad muy distinta a aquella que narraba en su novela Cabrera Infante, en una Habana donde ya ni siquiera está vivo Antón Arrufat. Es otra, sin dudas, esta realidad a veces tan surreal que vivimos, tan contradictoria, y donde lo público, lo político y lo íntimo, se entrelazan a ratos de modos tan alucinantes.

Que hoy gays y lesbianas puedan desfilar al menos una vez al año por las calles cubanas, que los libros de Piñera y otras víctimas de la parametración estén de vuelta a los estantes, que en La Habana Vieja haya una escultura que recuerde a Enriqueta Favez, que exista el matrimonio igualitario tras haber sido sometido dos veces a un referendo, que haya canciones, películas y telenovelas donde la figura del homosexual, el travesti o la lesbiana tengan cierto grado de visibilidad y carguen con menos prejuicios, que el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano ya conceda un premio a filmes de temática LGBTIQ+…, todo eso es el resultado de muchos activismos.

Y esos reclamos cívicos son algo que Cuba necesita imperiosamente, más allá del cerco de lo sexual: la soberanía de muchos activismos en pos de un diseño de país más real, palpable y vivible. Y que para existir, debe tener conciencia de su propia historia y tradición como conflicto y declaración de fe. El activismo existe siempre en movimiento, en lucha permanente, en noción de rebeldía, y no en la consigna congelada. Y eso debe mover: mentes y cuerpos que a fin de reconocerse, deben saber más quiénes son, qué quieren, quiénes nos antecedieron, como parte del impulso esencial hacia el día y la lucha de mañana.

3 COMENTARIOS

  1. Como madre del Lic. Alejandro Carvallo, conocido curador de arte, gay, abogado, ser humano, hijo y familiar excelente del que vivo y moriré orgullosa, asesinado vilmente en nuestra residencia y galería de arte en el Vedado en Enero del 2004, considero que es un logro cultural para Cuba incluir en nuestra Constitución el derecho a la libertad sexual, algo que coloca a nuestra sociedad a la vanguardia en este tema en comparación con el mundo.

  2. Su artículo narra la historia a través de hechos y explica al final como la situación de hoy es totalmente distinta, sin embargo creo que un poco de contexto internacional ayudaría un poco a comprender ls influencia de la iglesia y del contexto LA. Me siento orgullosa de que pese a todo lo malo del pasado Cuba sea uno de los pocos del continente en aprobar en matrimonio entre personas de igual sexo. Que el aborto esté permitido, etc. Poner el ejemplo de la situación de la comunidad LGTB en EU, México etc ayudaría a ver las cosas menos negras. Cuba no está aislada del contexto ínternacional.

  3. Excelente relato que históricamente responde a hechos que desean invisibilizar en estos tiempos. Importante mencionar las caravanas LGBTTTIQA Independientes del 2022 y 2023. Y la respuesta a la original de cierre se encuentra en la agenda de derechos LGBTTTIQA 2023-2028 declarada desde noviembre de ese año inicial. A su vez sería bueno retomar el mapa de activismos realizado en 2022 hoy del cual han desaparecido más del 90% de los grupos por presión de ya saben quien y desde ahí contar quienes fueron para que no se olvide

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Norge Espinosa Mendoza
Norge Espinosa Mendoza
Poeta, crítico y dramaturgo. Asesor teatral de la compañía El Público desde hace 20 años. Editor de las memorias del coreógrafo Ramiro Guerra y coautor del volumen dedicado a los Premios Nacionales de Teatro, que aún esperan por papel y tinta para ver la luz.

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