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La noticia es que Cuba recibió casi un 10% de turistas menos que el año anterior, una cifra que ubica a la industria en su peor momento en 17 años, sin contar la pandemia.
De acuerdo a las cifras oficiales de la Oficina Nacional de Información y Estadística, el principal mercado emisor fue Canadá, con 860 mil 877, mientras que Rusia fue el segundo.
Sobresale el hecho de que los únicos dos mercados emisores que crecieron ligeramente fue Rusia y México, mientras que todos los demás se quedaron por debajo del año anterior.
La meta anunciada por el gobierno cubano fue de 3.2 millones de visitantes internacionales, que luego se ajustó a 2.7 millones; aun así se quedó por debajo de lo esperado con 2,203,117 turistas.
De Canadá llegaron 860 mil 877 personas, de Rusia 185 mil 816, y de Estados Unidos 142 mil 450.
Llama la atención que la reducción no solo fue de visitantes internacionales, sino también de cubano-americanos. El grupo que habitualmente ocupa el segundo lugar en las entradas por los aeropuertos internacionales, decreció en un 17% durante el 2024.
Mientras tanto, las ofertas turísticas que compiten con Cuba sí han tenido un crecimiento récord en el mismo período. Por ejemplo, República Dominicana recibió más de 11 millones de visitantes, y el 59% de ellos entraron por el aeropuerto de Punta Cana. Cancún por su parte acogió alrededor de 16 millones de visitantes extranjeros en el 2024.
Esta noticia coincide con una posible próxima apertura en los primeros días de febrero del Iberostar Cuba Selection, conocido también como Torre K. Una enorme construcción en medio del capitalino Vedado que desde su inicio atrajo múltiples críticas, tanto de arquitectos que señalaron su falta de armonización con el entorno, como de economistas que cuestionaron la inversión millonaria, teniendo otros inmuebles dedicados al alojamiento prácticamente vacíos.
Esta noticia significa que, a pesar de la imparable construcción de hoteles de lujo, la industria del turismo está muy lejos de recuperarse a la etapa prepandemia.
Cabe preguntarse cuáles son las causas. Podría estar relacionado con la calidad del servicio, y también con la información internacional que se difunde sobre Cuba en la que los apagones y los huracanes ocupan titulares.
En rápida búsqueda en Internet, sobresalen reseñas de malas experiencias como la baja calidad de la comida o los apagones, sin poner como balance el excelente producto cultural, natural e histórico que representa Cuba para un turista.
Además, la inestabilidad en el combustible y los problemas para desplazarse por la Isla son disuasivos para muchas personas que terminan escogiendo otros destinos.
Por otro lado, el hecho de que Estados Unidos no ofrezca ESTA expedito a los ciudadanos europeos que hayan visitado Cuba ha representado un duro golpe para el turismo del llamado viejo continente, que solía ser uno de los más importantes en el país. Hoy esos potenciales turistas europeos consideran que de viajar a la Isla perderían la posibilidad de viajar a Estados Unidos sin pedir visa. Igualmente, la activación del Título III por parte de Trump en su primera temporada trajo como consecuencia la disminución de la entrada de cruceros, lo cual también ha golpeado la industria y ha dejado con menos ingresos a los grupos de taxistas, artesanos y pequeños negocios que subsistían en torno a las visitas de los hospedajes flotantes.
Nuestra opinión es que los números en negativo demuestran que Cuba necesita mucho más que hoteles de lujo para remontar esas cifras.
El gobierno cubano tiene que hacer una evaluación de la realidad más pragmática, y orientada a las posibilidades reales. No tiene sentido ostentar bellos hoteles, caros de construir y mantener, mientras una parte importante de los turistas ya no visitan La Habana, y los estadounidenses, por ejemplo, no pueden entrar a esos inmuebles debido a la vigencia de la Lista de Entidades Restringidas, por estar administrados por GAESA, el brazo económico del ejército. Por los avisos de la administración Trump hasta el momento, estas sanciones no parecen disminuir, por lo tanto, cualquier planeación que se haga debe tenerlas en cuenta.
Con una ocupación hotelera que no ha superado el 35% en los últimos años, seguir construyendo alojamientos es la peor de las estrategias. Una industria turística, para que sea verdaderamente eficiente y efectiva, requiere encadenamientos productivos con otras áreas, dígase productos locales que vender: comida, bebida, artesanía, servicios de recreación, y esparcimiento fuera del hotel, en teatros, cines, museos, salas de fiesta… Muchos de estos sectores hoy se encuentran en caída libre.
Por otro lado, la Cuba a la que volvían tantos turistas repitentes, ha cambiado mucho y no para bien. Ese paraíso latino sin drogas, con determinados niveles de equidad social, sin expresiones públicas de personas en situación de calle, escogido por tantas familias canadienses con hijos, es hoy distinto, y si bien sigue siendo un país con muchísimos menos índices de pobreza extrema y violencia callejera —en comparación con los más pobres de la región—, las consecuencias de la alargada crisis se ven en las calles, y no solo en las austeras mesas domésticas a la hora de comer.
El incremento de las personas pidiendo en la calle, del consumo de drogas, robos y de la criminalidad en sentido general, así como la disminución de las ofertas culturales que solían atraer a tantos turistas, pueden ser parte de la razón por la cual otros prefieran no visitar Cuba en estos momentos.
Por tanto, seguir invirtiendo en una industria que no parece tener crecimiento real, mientras la agricultura se descapitaliza, el sistema electro-energético nacional colapsa, los teatros cierran por falta de reparaciones, los artistas emigran y los efectos de la pobreza hacen mella en la población, es una estrategia que al final termina destruyendo pilares sobre los que se sostiene el turismo cubano. La mejor inversión turística que pudiera hacerse hoy mismo, no es en los hoteles, sino en todo lo demás.

