Trump, Fukuyama, y el «fin del neoliberalismo»

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Al final, sucedió. Hoy el empresario Donald J. Trump toma posesión por segunda vez del cargo de presidente de los Estados Unidos de América. Su victoria en la reciente y especialmente convulsa contienda por la presidencia constituye, sin dudas, un evento interesante y con no pocas repercusiones tanto en lo geopolítico como en lo discursivo. En los últimos cuatro años, el expresidente ―y ahora presidente electo― no tuvo solamente que sortear los embates del Partido Demócrata, sino también enfrentar la oposición interna del establishment republicano.

A pesar de esto, el discurso y la figura de Trump, de una radicalidad galopante, consiguieron reunir en torno suyo a un amplio espectro de grupos políticos y le concedieron una «marea roja» republicana que arrastró consigo la presidencia, el senado y la cámara de representantes. Por otro lado, como resultado de este proceso, el proyecto MAGA[1] consiguió consolidarse más allá de lo electoral como un auténtico movimiento político, con características ideológicas diferenciadas respecto a la tradición republicana precedente.

Hay una vieja expresión sobre la política estadounidense que reza: «no hay nada más parecido a un demócrata que un republicano, y viceversa». Si se analiza con seriedad, hasta tiempos recientes y al menos desde la segunda mitad de la Guerra Fría, esa expresión tan mordaz tuvo su dosis de verdad, ya que, después de todo, la alternancia entre republicanos y demócratas siempre se dio en el marco del consenso neoliberal.

Sin embargo, en medio de la actual revolución de los paradigmas ideológicos y las identidades políticas, no pocos autores han sugerido que, en torno a estas elecciones, la frase podría estar llegando a su obsolescencia. Uno de ellos, notable por su propia mención, ha sido nada menos que Francis Fukuyama, que asumiendo una vez más su rol como «necrólogo» no oficial de la historia política, ha publicado un ensayo en la revista Financial Times donde decreta nuevamente el fin todo un corpus ideológico-discursivo. Para Fukuyama, la victoria de Trump representa «el fin del neoliberalismo».

En dicho artículo, Fukuyama argumenta que la victoria de Trump implica un distanciamiento no solo del neoliberalismo como paradigma imperante en Occidente, sino del liberalismo como conjunto de ideas y valores. Para ello, recurre a las políticas de su primera administración, y a las promesas de la segunda, pasando a su vez por las diferencias de discurso que lo distinguen del resto de políticos precedentes.

No obstante, antes de realizar un acercamiento al análisis de Fukuyama, es pertinente abordar la cuestión del neoliberalismo en sí. ¿A qué llamamos neoliberalismo? ¿Es ―como varios afirman― un mero constructo discursivo, o es un cuerpo diferenciado de enfoques e ideas?

El neoliberalismo entre la idea y el muñeco de paja

Independientemente de la orientación ideológica a la que se adhiera el lector, el término neoliberalismo probablemente le resultará familiar. Esto es especialmente cierto en el contexto cubano, pues tanto el sustantivo «neoliberalismo» como el adjetivo «neoliberal» han estado presentes en el panorama discursivo oficial de manera frecuente, en referencia a la representación del sistema capitalista actual y sus exponentes, a saber, Estados Unidos y sus aliados. Fuera de Cuba, el concepto tiene una presencia marcada en el discurso de la izquierda internacional, siendo utilizado como término despectivo o de acusación.

El abuso del «neoliberalismo» como significante para hacer referencia a los partidos y figuras de derecha mercantilista ha provocado, por demás, un oscurecimiento del mismo. A menudo la izquierda lo ha utilizado indiscriminadamente para englobar bajo él a sus adversarios, sin miramiento alguno a las diferencias particulares de sus propuestas concretas, y, debido a esto, el uso del concepto ha tomado las características propias de un «muñeco de paja» con finalidad retórica, de manera similar a lo que ha pasado con términos como «fascismo» entre la izquierda, y «comunismo» o «marxismo» en la derecha. Es por esto que, para comprender la idea neoliberal, hay que explorar sus orígenes en la segunda mitad del siglo XX.

Luego del final de la Segunda Guerra Mundial, la división del mundo en dos bloques políticos-económicos hizo necesaria para las potencias occidentales una reestructuración general, adaptada al nuevo contexto de la Guerra Fría. Hasta ese momento, el consenso en países como Estados Unidos y Reino Unido había incluido fuertes elementos de socialdemocracia, con la influencia de las ideas keynesianas post-Depresión.

En las décadas posteriores, comenzaron a ganar relevancia ciertos autores que proponían un retorno a las ideas del liberalismo clásico con un enfoque renovado, entre los cuales se contaban Milton Friedman, George Stigler, von Hayek, von Mises y otros. A partir de esto, se produjo un auge de escuelas económicas como la de Chicago ―de la que emergieron los Chicago Boys, que desempeñaron un papel crucial en las reformas de Pinochet― y la Escuela Austríaca, inspiración a su vez del pensamiento libertario y el movimiento anarcocapitalista.

Las ideas económicas de estas escuelas retomaban elementos del «primer liberalismo», que planteaba la reducción del papel del Estado en la economía y el respeto por las libertades individuales, pero añadiendo el elemento monetarista y extendiendo el enfoque sobre la privatización, con el libre comercio como estándar para el mercado internacional del «mundo libre». A este nuevo pensamiento liberal es a lo que se ha llamado, no sin controversia, como neoliberalismo.

Sin embargo, no es posible entender el neoliberalismo sin su manifestación política concreta, que llegaría a partir de los años 70 en la forma de una ola de gobiernos, de corte predominantemente conservador, que adoptaría ideas de los economistas neoliberales en procesos de reforma. Desde este período, los casos paradigmáticos del auge neoliberal han sido los gobiernos del republicano Ronald Reagan, en Estados Unidos, y la tory Margaret Thatcher, en Reino Unido, con la dictadura de Augusto Pinochet, en Chile, como muestra clara de esta oleada en Latinoamérica.

No es posible entender el neoliberalismo sin su manifestación política concreta, que llegaría a partir de los años 70 en la forma de una ola de gobiernos, de corte predominantemente conservador.

Si observamos estos ejemplos, resalta la ironía de que hayan sido gobiernos principalmente conservadores los que implementaran este tipo de enfoques. Resulta ser que, en medio del contexto de Guerra Fría, el alza del pensamiento liberal coincidió con el nacimiento del neoconservadurismo, que fue una respuesta política e ideológica a las nuevas corrientes de izquierda heterodoxa y contracultural que ganaban fuerza en el Bloque Occidental a partir de la década de los 60, visibles en el movimiento hippie y las protestas del 1968. A medida que estos neoconservadores ganaban fuerza, arrastraron consigo a conservadores no tan nuevos, y de ellos emergió el consenso occidental con vistas al final de la Guerra Fría y la construcción de la globalización posterior en un orden económico favorable.

De esta manera, si bien las políticas neoliberales tuvieron gran incidencia en lo económico, se produjo una ruptura con las ideas liberales originarias en materia social. La no intervención del Estado se limitó al plano económico, mientras que los enfoques en temas sociales dependieron de los gobiernos de turno. Dicho de otra manera: el Estado no podía entrometerse en la vida económica, pero sí en la vida sexual, por ejemplo.

Si bien las políticas neoliberales tuvieron gran incidencia en lo económico, se produjo una ruptura con las ideas liberales originarias en materia social.

Similarmente, el consenso neoliberal también asumió una política exterior con tendencia al intervencionismo, donde el uso de la fuerza estaba justificado con el fin de «proteger las libertades políticas y económicas», tal y como eran entendidas por las democracias liberales occidentales, y en lo interno, la protección del «estilo de vida» propio de la «sociedad libre». De esta forma se justificó el incremento en el gasto militar y la intervención colectiva en conflictos extranjeros.

Desde entonces, la política en Occidente se ha desarrollado en el marco de este «neoliberalismo», con variaciones sutiles en lo ideológico y diversas corrientes al interior del statu quo. Es así que se pueden encontrar gobiernos como el del republicano George W. Bush, tristemente recordado por el lanzamiento de la «Guerra contra el Terrorismo», y otros como el del demócrata Joe Biden, con características de lo que Fukuyama denomina en su ensayo como «liberalismo woke», todo sin que se erosione la estructura general del sistema establecido.

Trump y la ruptura del consenso

En su análisis del «fenómeno Trump», Francis Fukuyama hace referencia a su primer período. Hay que recordar que la primera administración del magnate neoyorkino se caracterizó por un paulatino aislacionismo diplomático y económico, con la adopción de medidas proteccionistas moderadas. En el primer mandato, el movimiento MAGA aún no se había consolidado al interior del Partido Republicano, y varios proyectos del presidente fueron bloqueados u obstaculizados en los poderes legislativo y judicial.

A pesar de esto, Trump logró llevar adelante varias de sus propuestas, sacando a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, un bastión del «libre comercio» internacional, y arrojando sombras sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Del mismo modo, aplicó aranceles a la importación de varios productos con el objetivo de favorecer un renacimiento de la industria nacional.

Aunque la administración Biden revertió algunas medidas de la primera «era Trump», un número importante de ellas quedaron vigentes. Es por esto que Fukuyama afirma que la ajustada presidencia de Biden fue «la anomalía», y que la llegada de Trump inauguró de manera definitiva «una nueva era en la política estadounidense, y tal vez, para todo el mundo».

La ajustada presidencia de Biden fue «la anomalía», y que la llegada de Trump inauguró de manera definitiva «una nueva era en la política estadounidense.

Donald Trump es un manifiesto proteccionista económico. Ha dicho que «tarifa» es la palabra más hermosa del idioma inglés y ya ha prometido aranceles superiores al 20% para las importaciones desde México y Canadá, históricos socios de Estados Unidos en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Estas políticas constituyen un distanciamiento efectivo del pensamiento económico neoliberal, que coloca al libre comercio como la norma general para las relaciones económicas entre Estados. Su meta, afirma Trump, es convertir a Estados Unidos en una potencia industrial, lo que atrajo a muchos votantes entre la clase trabajadora del llamado Cinturón del Óxido ―o en inglés, Rust Belt― que recibe su nombre precisamente del deterioro de la abandonada industria manufacturera que en su momento prosperó en esos estados.

Este discurso ha sido tan novedoso en la política estadounidense que ha captado las simpatías de sectores ideológicos anteriormente aislados de los partidos tradicionales, con la aparición de «comunistas pro-Trump», que abrazan su proteccionismo y aislacionismo diplomático como una respuesta al «imperialismo occidental». Por otra parte, su condición de outsider le ha ganado también el apoyo de grupos de extrema derecha, y colectivos nacionalistas de diversa índole ideológica.

Es precisamente en la dimensión sociológica del fenómeno Trump que Fukuyama hace un énfasis especial. A diferencia del foco usual de las campañas electorales en Estados Unidos, la campaña de Trump se centró de manera especial en la clase trabajadora blanca. Hasta ahora, la norma general entre republicanos y demócratas ―incluyendo a la excandidata Kamala Harris en su campaña― había sido la apelación a la clase media, que fue desde sus inicios un elemento importante del discurso neoliberal. La ideología de Trump parece ser, en ese sentido, algo nuevo: un «trumpismo», más que un neoliberalismo. Conserva elementos del mismo, pero trae ideas que habían quedado excluidas del consenso al inicio de la era neoliberal.

A diferencia del foco usual de las campañas electorales en Estados Unidos, la campaña de Trump se centró de manera especial en la clase trabajadora blanca.

Su enfoque en política exterior, marcado por la realpolitik, lo ha acercado a gobiernos autoritarios de corte iliberal como el de Vladimir Putin y Viktor Orbán, promoviendo a su vez el lema de «America first» en lo que respecta a su posición escéptica respecto a la OTAN y la alianza estratégica con la Unión Europea. No en vano analistas como Alexander Dugin ―denominado por la prensa liberal occidental como «el cerebro de Putin»― han visto en Trump la alternativa adecuada para el establecimiento de un nuevo orden multipolar, que sustituya al orden neoliberal preexistente.

En este sentido, muchos lo perciben como una figura geopolíticamente favorable para la gradual independencia económica de las naciones emergentes, en el ascenso de bloques económicos alternativos como el BRICS+, que podrían beneficiarse de un Estados Unidos con menor tercerización y presencia internacional. Al mismo tiempo, una reducción de la ayuda estadounidense a la OTAN ―e incluso un eventual intento de salida―, debilitaría mucho la posición de la alianza atlántica en Europa frente a los nuevos poderes emergentes de Eurasia. 

¿El fin del neoliberalismo?

Es por todo lo anterior que, tal vez, en algunos aspectos sea posible darle la razón a Fukuyama. La figura de Donald Trump constituye una ruptura con lo precedente y con el establishment político no solo de Estados Unidos, sino del Occidente liberal en general. No obstante, a pesar de estas diferencias, no son pocos los que, con motivos legítimos, ponen en duda que Trump signifique el fin del neoliberalismo.

Por un lado, a pesar de su proteccionismo y su pretendido aislacionismo, la nueva presidencia de Trump podría, tal y como ocurrió en su primer período, no significar un distanciamiento del intervencionismo internacional ―como lo ejemplificó la operación que acabó con la vida de Qassem Soleimani en el 2020―, en especial, al haber incluido entre sus nominaciones al senador cubano-americano Marco Rubio para secretario de Estado, siendo este un «halcón de guerra» y ferviente neoconservador con explícitas intenciones de influir en el mapa político de América Latina.

Si bien el discurso de Trump ha tendido al aislacionismo, ya ha hecho declaraciones abiertamente expansionistas con respecto a su intención de recuperar el control sobre el canal de Panamá y la compra de Groenlandia al Reino de Dinamarca, lo que ha despertado indignación en panameños y daneses por igual. Similarmente, ha ventilado irónicamente la idea de que Canadá debería integrarse como un Estado más de la Unión, teniendo en cuenta los subsidios que EE.UU. le facilita, refiriéndose públicamente al (saliente) primer ministro canadiense como «gobernador». La característica diplomacia bad boy del magnate ha sido percibida en cada caso, con justa razón, como una afrenta injustificada a la soberanía de las naciones.

La característica diplomacia bad boy del magnate ha sido percibida en cada caso, con justa razón, como una afrenta injustificada a la soberanía de las naciones.

Algo que no cambia es la postura respecto al conflicto árabe-israelí. En la línea de todos sus predecesores, el empresario ha expresado su fuerte apoyo al Israel de Benjamín Netanyahu en su guerra contra palestinos y libaneses, bajo el pretexto del derecho a la legítima defensa contra el terrorismo. En la práctica, no es probable que incluso el Trump más aislacionista posible cese el apoyo diplomático y militar al sionismo israelí, perpetuando el sufrimiento de sus víctimas.

Por otro lado, se ha objetado que, a pesar de su proteccionismo económico, que ciertamente se aleja del principio neoliberal del libre comercio internacional, la desregulación y reducción de impuestos prometida por Trump solo contribuirá al fortalecimiento de la clase empresarial y los capitales consolidados. Como consecuencia, tanto los derechos laborales como el sistema de bienestar pueden experimentar un retroceso notable, dejando desamparados a los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Podrá ser, tal vez, el fin del paradigma neoliberal precedente, pero, desde luego, no el fin del capitalismo como sistema de relaciones, ni de sus dificultades estructurales.

Podrá ser, tal vez, el fin del paradigma neoliberal precedente, pero, desde luego, no el fin del capitalismo como sistema de relaciones.

Sin embargo, a pesar de esto, no es posible saber a ciencia cierta cuáles de sus ideas serán implementadas, y cuáles quedarán como meros artefactos retóricos. Sea como sea, la nueva presidencia de Trump promete ser diferente a la anterior. ¿Significará, como augura Fukuyama, el fin de la era neoliberal y el comienzo de una nueva etapa con características propias? Los acontecimientos dictarán el veredicto. Después de todo, Fukuyama ya había sugerido el inicio del fin de la historia en 1992, y, por lo visto, aquí seguimos.

Lo que sí es seguro es que la victoria de Trump, con su impacto ideológico y discursivo, representa un antes y un después en la forma de entender la política en Estados Unidos, y por lo tanto ―aunque pese―, en el mundo. Vivimos un cambio de época, y en este contexto, las identidades políticas y paradigmas ideológicos están experimentando transformaciones que exigen una reconsideración de los marcos teóricos del siglo XX en lo que respecta al análisis político y económico, ante la aparición de nuevas variables y realidades. Pretender que es posible entender estas transformaciones a fuerza de compactar los fenómenos para que se ajusten a las categorías de cualquiera sea nuestro viejo paradigma de preferencia es, cuando menos, contraproducente, y cuando más, suicida.

Es una lección que especialmente la izquierda abstracta, tras una larga cadena de diagnósticos fallidos, todavía tiene por aprender.


[1] Make America Great Again, lema trumpista

1 COMENTARIO

  1. Interesante y esclarecedor trabajo. Es la previsión de Carlos Marx. Todos los países deben andar en consonancia con la evolución económica, política y social de las sociedades, incluyendo E.U. para no correr el riesgo de quedar rezagados, atrapados en el pasado con políticas obsoletas.

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Marcos Adrián Alemán Alonso
Marcos Adrián Alemán Alonso
Ensayista e investigador. Estudiante de Psicología y Humanidades

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