De tarifazos, remesas y dignidad nacional

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Etecsa lo vuelve a hacer. Si bien desde hace unos años había dado paso a la Unión Eléctrica de Cuba como la empresa estatal más odiada del país, hoy vuelve para recordarnos que ella es y será la dictadora de nuestros bolsillos.

La medida que generó la polémica fue el tope a 360 CUP para las recargas nacionales, lo cual solo permite comprar 6 GB de datos. A partir de ahí, todo el que quiera más, según su vicepresidenta, tendrá que pagar «un poquito más»: 3360 CUP por 4 GB, más del salario mínimo en el país, y más de diez veces lo que costaba antes.

Según las declaraciones de las funcionarias entrevistadas por la televisión nacional, para fijar el tope se tuvo en cuenta que aproximadamente la mitad de la población consumía menos de esa cantidad. Sin embargo, en diciembre de 2024, la ministra de Comunicaciones, Mayra Arevich Marín, dijo que el consumo promedio mensual era de 9.9 GB.

En otras palabras, según las mismas cifras proporcionadas, la mitad de la población se vería en la disyuntiva de reducir drásticamente su consumo de Internet, sacar un salario para completar el paquete o pedirles a los familiares en el exterior que recarguen.

¿Sostenibilidad o cibermendicidad?

Pero ¿cómo se llegó a esto? En la Mesa Redonda y otros espacios estatales se repite la misma idea: la empresa estaba descapitalizada, no podría comprar equipos ni proveedores y necesitaba divisas. Hasta acá puede ser entendible, pero ¿deberíamos naturalizar que una empresa estatal —¿socialista?— sustente su rentabilidad económica sobre la base de la «caridad» de quienes están en el exterior?

Como ya advirtió Mariana Camejo en estas páginas, en esencia, no se trata de un problema técnico, sino ético y político. La sostenibilidad no puede descansar sobre el bolsillo de quienes emigraron, ni dejarnos a quienes vivimos en la Isla la «cibermendicidad» como única alternativa para obtener servicios básicos.

En varias comparecencias se dice que desde el llamado «ordenamiento», como la empresa no subió sus precios, las personas pudieron empezar a recargar el Internet con su salario y, por tanto, dejaron de recibir recargas del exterior. ¡Qué pecado, ¿no?! Se presenta como un problema, pero tal vez sea una de las pocas cosas positivas que nos trajo ese descalabro: dejar de ver a nuestros paisanos, muchos de ellos profesionales, suplicando por recargas en redes sociales.

Las «buenas nuevas» de Etecsa no han sido las únicas estrategias económicas que han olvidado las posibilidades de los cubanos residentes en la Isla de ganarse la vida «por sus propios esfuerzos», sustituyendo las alternativas de comercio nacionales por otras con pagos «solo desde el exterior». Las tiendas en MLC, la gasolina dolarizada, las reservas hoteleras, los «combos» y otros etcéteras forman parte de este mismo esquema que, en cada transacción, si bien aumenta el presupuesto estatal —sobre el que, dicho sea de paso, hay muy poca claridad y transparencia respecto a cómo se emplea—, socava la dignidad nacional y la soberanía, y confirma el fracaso de un modelo al convertirnos en dependientes de quienes tuvieron o quisieron irse a «un mundo mejor».

Las «buenas nuevas» de Etecsa no han sido las únicas estrategias económicas que han olvidado las posibilidades de los cubanos residentes en la Isla de ganarse la vida «por sus propios esfuerzos».

Recuerdo que de niño tenía una compañera de clase con la que hablaba mucho por teléfono; nos llamábamos todos los días, excepto los viernes. Ese día en su casa no podía nadie usar la línea porque estaban esperando «la llamada». Se trataba de un familiar del exterior que mantenía a la familia desde afuera. Toda la familia se reunía alrededor del aparato y, en cuanto sonaba, corrían a contestarlo para desvivirse en halagos con el «patrocinador».

En mi casa todo era muy diferente. Mis padres siempre trabajaron muchísimo y, aunque no pudieron darme todo lo que hubieran querido, nadie vivía al lado del teléfono. Si alguien quería hablar con nosotros, tenía que esperar a que termináramos o pudiéramos contestar. Era el precio de la dignidad, me decían.

Mis padres también me enseñaron que debía estudiar, superarme, esforzarme, para poder vivir de mi trabajo y no tener que halagar a nadie por ello. Creo que no fui el único que fue educado en esos valores, y supongo que, por tanto, tampoco sea el único que siente una incomodidad tremenda cada vez que ve una oferta solo con «pagos desde el exterior».

Con esto no estoy demonizando las remesas: son una forma de solidaridad entre familias y amigos totalmente válida, y una muestra de que los que se van no siempre se olvidan de los que se quedan. Varios estimados dicen que representan alrededor del 2.5% del Producto Interno Bruto (PIB) de América Latina y el Caribe. Según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo, en países como Nicaragua, Honduras y El Salvador superan incluso el 20% del PIB.

Cuba no publica estadísticas sobre el ingreso de remesas, ni formales ni informales, ni los resultados de la Encuesta Nacional sobre Situación Económica en los Hogares, que permitirían saber con certeza cuántos hogares tienen esta ayuda extra. No obstante, varios estimados, como el realizado por el economista Carmelo Mesa Lago para la Universidad de la Florida, afirman que benefician entre el 65% y 70% de la población. Asimismo, un aproximado publicado por el think tank Diálogo Interamericano las sitúa en 2023 como el 26% del PIB de la Isla.

Parche sobre parche

Basar una estrategia de desarrollo empresarial en el envío de remesas es un principio bastante cuestionable, más cuando se trata de un servicio de primera necesidad en el siglo XXI. Parte de un grupo de supuestos que a la larga traen más perjuicios que beneficios:

El primero es creer que todo cubano tiene un familiar o amigo que pueda mandar, y esto es falso. Aunque la emigración es cada vez mayor, no todas las familias del país tienen posibilidades de recibir remesas.

El segundo problema está en asumir que esos familiares emigrados siempre quieren o pueden mandar dinero o cualquier otro tipo de ayudas. Ser migrante implica varias desventajas, y más en un mundo cada vez más hostil con la emigración. Estados Unidos, el país de donde provienen la mayoría de las remesas, ha endurecido su política migratoria, y no pocos cubanos se han visto obligados a dejar su trabajo para esconderse —como cualquier otro latino— del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), o invertir grandes sumas de dinero en abogados de emigración con la esperanza de regularizar su situación.

Esto convierte a las remesas en un flujo de dinero inestable, que puede moverse en dependencia de muchos factores, la mayoría externos al país, por lo que no pueden considerarse como base de ninguna política pública.

El último, pero no menos importante, es creer que a los que estamos acá no nos duele pedir y depender económicamente de otros. Esto, de entrada, nos saca del terreno de ser adultos funcionales, pues un principio básico es tener la capacidad de autosustentarnos con nuestro trabajo.

Tampoco es menos doloroso que ancianos que aportaron durante más de 30 años al presupuesto estatal, y que además crecieron con la idea de construir una sociedad mejor al capitalismo, hoy subsistan porque un hijo desde Madrid o Miami les envíe un combo o les pague una recarga. ¿Qué orgullo o dignidad vamos a pedirle a una persona en esas condiciones?

Cuando el discurso político cubano quiere criticar las fuentes de financiamiento de medios no estatales y grupos de oposición, siempre dicen: el que paga manda. Y aunque no es siempre tan así —pues no todas las fuentes tienen los mismos objetivos ni condiciones— sí es cierto que cualquier fuente de financiamiento media en comportamientos, ideologías y proyecciones. El Estado no es la excepción, ni las familias tampoco. Porque, si bien no todos, no son pocos los que recargan o mandan remesas y al mismo tiempo gritan Patria y Vida en La Florida.

Cuando cubanos empezaron a usar las redes sociales como forma de denuncia de problemáticas del día a día, y grupos opositores a capitalizar estos mensajes a su favor, la respuesta del Partido Comunista de Cuba fue organizar un ejército de «cibercombatientes» que respondían estas críticas con mensajes tan enérgicos como disparatados. Sin embargo, llamaba la atención que casi ninguno lo hacía con su perfil, sino desde uno anónimo.

En un país controlado por un único Partido, ¿por qué una persona debería tener miedo a defender a ese Partido con su nombre? La respuesta pudiera estar en que ese Partido puede darte una que otra prebenda menor —un paquete de datos, algún que otro estímulo—, pero si no eres un alto funcionario, no te va a garantizar la reproducción de la vida. Entonces, sería muy difícil pedirle dinero a la «tía gusana» para llegar a fin de mes, mientras en tus redes dices que en Cuba todo marcha divinamente y todo el mundo llega a fin de mes. Con esa incoherencia hemos vivido durante años, y lo más duro es que muchos se han acostumbrado.

Hace algunos meses, el cantautor cubano Silvio Rodríguez afirmaba que se había perdido la dignidad nacional, lo que provocó un grupo de respuestas veladas del oficialismo, con una lista de supuestos logros que aún nos hacían dignos, la mayoría con varios años de desfase. Pero, ante otra crisis, la estrategia económica nos vuelve a confirmar que el Estado prefiere la solución rentista antes que innovar y buscar otras vías para que los que vivimos acá no tengamos que depender de los que viven allá.

Aun si Etecsa rectificara, se mantendría el problema de fondo: sigue vigente la incapacidad de las empresas nacionales de ser rentables vendiendo productos a una población que pueda pagarlos con su salario o exportando —de verdad, no como lo que llaman «exportación en fronteras», que en la mayoría de los casos se traduce en vender los mismos productos o servicios deficientes, solo que exigiendo un pago desde el exterior.

Aun si Etecsa rectificara, se mantendría el problema de fondo: sigue vigente la incapacidad de las empresas nacionales de ser rentables vendiendo productos a una población que pueda pagarlos con su salario.

Mientras la economía siga fracturada en CUP versus USD, y además con múltiples tipos de cambio muy distantes unos de otros, cada empresa buscará ingresos rápidos en dólares «de afuera». Por tanto, resolver la dualidad monetaria es una acción imprescindible para que las entidades —estatales y privadas— generen divisas internas vendiendo a precios realistas y exportando valor agregado.

Y esto no es un imposible. De hecho, hoy la mayoría de las empresas privadas lo hacen, aunque a precios altos. Casi todos los productos se venden en moneda nacional, incluso si son importados. El mismo Estado también lo hacía en la época del CUC, antes de que el engendro del MLC, el des-ordenamiento y el recrudecimiento de las medidas unilaterales coercitivas norteamericanas generaran el caos en el que vivimos hoy. Estas últimas, aunque nunca está de más reconocerlas, no pueden ser el cheque en blanco para que la población pague las consecuencias de todo.

En medio de la polémica, el economista Joel Ernesto Marill ha recordado que este tipo de medidas, aunque busquen asegurar la sostenibilidad financiera de Etecsa, no resuelven el problema estructural de fondo. Según su criterio, la empresa se encuentra atrapada entre «la viabilidad financiera y su mandato social», una tensión agravada por el desorden macroeconómico del país.

Marill igualmente advierte que no puede sostenerse la idea de que Etecsa sea una fuente de ingreso en divisas más allá de sus propias necesidades operativas, pues «los ingresos que capte los dejará de ingresar otro segmento de la economía». En su criterio, este ajuste es apenas una corrección parcial y no transforma las condiciones estructurales del país: «los problemas de precios relativos, ausencia de mercado cambiario y desequilibrios macroeconómicos agudos […] seguirán sin modificarse con esta medida». Por tanto, resolver el problema de fondo exige un programa integral de recuperación, donde el ajuste de precios sea solo un componente.

En el dossier Recomendaciones urgentes para la economía cubana publicado por La Joven Cuba, varios expertos en economía esbozaron cómo resolver este problema. Entre las propuestas están:

  • Formalizar el mercado cambiario y permitir que empresas y personas compren/vendan divisas a tasas cercanas a la informal, devolviendo credibilidad bancaria.
  • Alinear el sistema de precios para que salarios, insumos y tipo de cambio converjan; una alternativa gradual puede usar el esquema de «precios duales» aplicado en China y Vietnam; un mecanismo transitorio en el que coexisten dos niveles de precios: unos subvencionados para bienes y servicios básicos que protegen el poder adquisitivo, y otros liberados a mercado para la producción adicional, de modo que los precios relativos se vayan corrigiendo paulatinamente sin provocar un choque social brusco.
  • Modificar de raíz la política cambiaria con un régimen flexible de «tasa al día» que estimule el cambio con los bancos y las exportaciones.
  • Descentralizar la empresa estatal y darle autonomía para que acceda al mercado de divisas, asuma riesgo y quiebre si es ineficiente; mientras se autorice la creación de otras empresas, estatales, privadas o extranjeras que le hagan competencia.

Estas propuestas no son las únicas. Si al lector no le convencieran, puede buscar muchísimas otras en revistas especializadas editadas por las propias instituciones cubanas como Temas, Economía y Desarrollo, EkoTemas, Estudios del Desarrollo Social, entre otras.

***

Aunque el gobierno en reiteradas ocasiones dice que dialoga con la ciencia y ha mostrado varias reuniones con economistas, lo que pasa en la práctica es que «escucha y archiva», manteniendo la misma lógica que nos ha traído hasta donde estamos, y que solo puede llevarnos a un sitio más funesto. Y ante el miedo, la incapacidad o la inconveniencia —para intereses de algunos sectores— de impulsar la tan solicitada reforma, se siguen poniendo parches, cada uno peor que el otro.

Mientras, en los medios, varios «intelectuales» ligados a la oficialidad se regodean hablando de «colonización cultural». ¿Acaso hay mayor colonización que naturalizar la dependencia de las familias cubanas para satisfacer necesidades básicas —que van desde comer hasta comunicarse— a la «buena voluntad» de quienes viven en el extranjero?

Quizás ellos no vean problema en eso. Pero yo, valga la redundancia, no veo nada más indigno y colonial que no poder reproducir dignamente la vida sin caer en la indignidad de estar pidiendo dinero a cualquier extranjero o cubano emigrado que conozca. No me resignaré a eso jamás, y discúlpenme si no estoy PENSANDO COMO PAÍS, pero lo que me resulta muy difícil es pensar eternamente como mendigo.

5 COMENTARIOS

  1. Muy buenas reflexiones. Eso de desarrollar una economía «jineterentista» es un craso error de política económica. Es hora de admitir q se necesita urgentemente un abordaje sistémico a la policrisis q enfrenta el país. Las medidas aisladas (q además no tienen nada de innovadoras xq surgieron en el período especial) sólo conducen a un mayor estancamiento y a la destrucción de la base productiva. Ya acabamos con la industria azucarera…otrora pilar, cuánta más destrucción necesitamos para admitir q este no es el camino.

  2. Bajo la proclama del socialismo, lo que se ha establecido es un modelo improductivo nunca visto, dispuesto a sostenerse sobre la explotación de la emigración, mientras se frena la capacidad de valerse financieramente por si misma de la población remanente.

  3. Muy muy pero que muy bueno este artículo,es una lastima que los que lo lean y puedan hacer algo para resolver el PROBLEMA,se hagan los de la vista gorda,y como siempre hecharle la culpa a OTRO,todo cubano sabe que hay un grupo de personas que están ajeno a todo lo que está sufriendo el resto y a ellos no les interesa.HASTA CUANDO?

  4. Excelente artículo, habia escrito algo sobre lo mismo antes de leer el tuyo.
    Por favor comparte esto:
    Cibernética y control en Cuba: lo que Norbert Wiener nos enseñó sobre el poder y la libertad.
    Norbert Wiener, padre de la cibernética, entendió antes que nadie que la comunicación es el alma de cualquier sistema vivo, social o técnico. Para Wiener, el control no depende de la fuerza, sino de la información: quien regula el flujo de señales, regula la conducta. Y eso, en Cuba, lo entendieron muy bien… para usarlo en contra del pueblo.

    En pleno siglo XXI, Cuba sigue atrapada en un sistema que limita el acceso a la información, interrumpe los canales de retroalimentación social, y penaliza el pensamiento crítico. ¿Cómo se mantiene esto en pie? Precisamente con las herramientas que Wiener describió como vitales para el progreso humano, pero aplicadas en sentido inverso: para censurar, aislar y estancar.

    📉 De la retroalimentación al bloqueo mental
    Wiener decía que un sistema sano necesita retroalimentación constante: recibir información del entorno, procesarla, y adaptarse para mejorar.
    ¿Qué pasa cuando eso no ocurre? El sistema se vuelve rígido, frágil, autoritario.
    En Cuba, el ciudadano promedio no tiene acceso libre a la información, ni a plataformas de participación real. El monopolio de comunicaciones (ETECSA) filtra, cobra caro y limita deliberadamente el flujo de señales. Internet es lento, caro, intermitente y vigilado. Redes sociales y medios independientes están bloqueados o criminalizados.

    Así, el país no se adapta. Solo repite.
    Sin señales del entorno, sin escuchar al pueblo, el sistema se cierra sobre sí mismo, como un bucle estéril. Y como advirtió Wiener: un sistema que no aprende, colapsa.

    🧠 El cerebro también es un sistema limitado
    Otro principio clave en la teoría de la información es que la mente humana tiene un canal limitado de procesamiento.
    Como explicaron Wiener y luego psicólogos como Csikszentmihalyi, solo podemos procesar alrededor de 120 bits por segundo de forma consciente.

    En un entorno como el cubano, donde el día a día exige pensar en comida, transporte, colas, censura, vigilancia y escasez, ese canal se satura.
    El cerebro se enfoca en sobrevivir, no en crear.
    Y un país que no puede imaginar, no puede avanzar.
    🧍‍♂️ ¿Y los que deberían liderar el cambio?
    Y el ejemplo más claro es el presidente:
    un ingeniero electrónico de formación, del que no se conocen aportes relevantes a su campo.
    No dejó huella en la ciencia, ni en la industria, ni en la docencia.
    Su paso por la ingeniería fue discreto, casi invisible.

    Con el tiempo, fue encontrando en la estructura política un camino más cómodo, menos exigente, donde la obediencia pesa más que la creatividad y el silencio vale más que el talento.
    Así fue ascendiendo, paso a paso, sin necesidad de haber destacado en lo técnico, ni brillado en lo académico.
    Una figura funcional al aparato: sin mérito desbordante, sin ideas disruptivas, sin demasiadas preguntas.
    Y, quizás por eso mismo, perfecta para el cargo.
    🎭 Simulacros de participación

    Mientras tanto, el espectáculo continúa.
    El vicepresidente ha prometido que, entre septiembre y diciembre, el anteproyecto del nuevo Código del Trabajo será sometido a consulta para incorporar los criterios de los trabajadores.
    Una medida que, en teoría, suena democrática.
    Pero en la práctica, se convierte en otra maniobra de entretenimiento cívico, un mecanismo de distracción cuidadosamente coreografiado para dar la impresión de apertura, sin que nada fundamental cambie.
    En cualquier sistema democrático funcional, un dirigente con tan poco impacto y resultados tan mediocres habría sido reemplazado hace tiempo. Pero en Cuba, donde no hay competencia ni transparencia, la ineficiencia es premiada con permanencia.
    🎯 ¿Qué haría Wiener ante la Cuba de hoy?
    Wiener era profundamente crítico de los sistemas de control opresivo, incluso cuando venían disfrazados de orden o estabilidad. Creía que la única forma de garantizar una sociedad funcional era asegurar la libertad de acceso a la información, el debate abierto y la participación constante.
    Aplicando sus principios, las claves para resolver el problema cubano son:

    ✅ 1. Descentralizar la comunicación

    Eliminar el monopolio de ETECSA o abrirlo a operadores independientes que garanticen acceso libre, rápido y sin censura.
    Esto no solo rompería el aislamiento digital, sino que permitiría crear circuitos de retroalimentación real entre ciudadanos, instituciones y gobiernos locales.
    ✅ 2. Educación abierta y digital
    Fomentar plataformas digitales de educación libre, colaboración abierta (como Wikipedia, YouTube educativo, Coursera), y acceso a bibliotecas y recursos internacionales.
    No hay innovación sin aprendizaje.
    Desbloquear el conocimiento es desbloquear el país.

    ✅ 3. Construir redes distribuidas y resistentes
    Invertir en redes comunitarias, intranets locales y tecnologías descentralizadas como mesh networks o herramientas de código abierto que permitan mantener la comunicación incluso si el acceso centralizado falla o se bloquea.
    ✅ 4. Fomentar la ética y la responsabilidad tecnológica
    Wiener no creía en la tecnología como fin, sino como medio al servicio de la humanidad. Cualquier apertura digital en Cuba debe estar acompañada de una educación ética, que enseñe a usar la información con criterio, respeto y pensamiento crítico.
    🚀 Conclusión: liberar la información es liberar al pueblo

    Norbert Wiener no vivió para ver a Cuba convertida en una intranet estatal.
    Pero sus ideas lo predijeron todo:

    «El control sin comunicación es tiranía disfrazada.»
    Hoy, Cuba necesita menos vigilancia y más retroalimentación, menos ruido político y más señal ciudadana.
    El cambio no vendrá solo de un liderazgo, sino de un sistema que escuche, se adapte y deje pensar.

    Y eso empieza por lo más simple y revolucionario:
    dejar hablar. Dejar aprender. Dejar imaginar.

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Rubén Padrón Garriga
Rubén Padrón Garriga
Licenciado en Comunicación Social por la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Colaborador de diversos medios de prensa. Comunicador social por formación. Periodista por afición

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