La Sobremesa en la vidriera de los extremismos

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En la serie pasada de La Sobremesa, el periodista Fernando Ravsberg hablaba del «pecado» de hacer periodismo en Cuba. En la presente temporada el pecado estaba asegurado: mi colega Mariana Camejo dialogó con el cantautor Israel Rojas, en un clima relajado, sin dejar de hacer muchas de las preguntas necesarias —faltaron otras, pero el capítulo hubiera durado cuatro horas.

Desde que planificamos el episodio estuvimos preparados para las reacciones. En medio de un entorno sumamente polarizado, sabíamos no pasaría inadvertido, como, en efecto, no ha pasado.

Confieso que nos dispusimos a recibir comentarios ofensivos por parte de quienes han convertido a Rojas en la diana de ataques por mantener una postura asumida como «cómplice» de la «dictadura castrocanelista». Esto ocurrió y sigue ocurriendo, pero realmente sorprendió que, incluso antes de salir el programa, a  «la vanguardia» de los ataques estuviera la «policía de la moral revolucionaria». Ya habían salido episodios mucho más críticos con el gobierno, y aunque no dejaran de tener señalamientos —algunos válidos y otros descartables—, nunca provocaron la indignación de tantos «militantes».

Luego de días de fuego cruzado, me propongo compartir un grupo de apuntes sobre los mensajeros y los mensajes. No con el objetivo de zanjar el debate, que seguro continuará con opiniones válidas y también bajezas, sino porque La Joven Cuba e Israel han sido el pretexto para traer al ruedo otras tantas problemáticas de la esfera pública nacional. Ojalá no se necesitara de un «episodio polémico» para que estas fueran constantemente discutidas, al menos con quienes gozamos el privilegio de tener corriente e internet para participar en la conversación, pues hay un sinnúmero de cubanos y cubanas que deben emplear las pocas horas de «alumbrón» para hacer las labores básicas que garantizan la supervivencia.

Los fondos

Si mañana la Embajada de Noruega desapareciera, también estaría en peligro buena parte del arte cubano, pues ha sido financista de muchísimas de las obras, películas y exposiciones que hoy tienen cabida en organizaciones estatales y de la sociedad civil.  Aunque el Estado paga unos salarios simbólicos a algunos artistas, las telas, las cámaras, las luces y todo lo demás que hace falta para crear, no pocas veces se financia con dinero de mecenas, entre los cuales se cuentan varias embajadas de países europeos.

Noruega, por demás, apoya a Cuba cada año en las votaciones contra las medidas coercitivas de Estados Unidos, y más allá del arte, ha patrocinado otros proyectos de desarrollo. Además, ha acompañado a la Isla como garante de los procesos de paz en Colombia, sin que hasta ahora nadie lo considere injerencia en los asuntos internos de ese país. Todas estas acciones de diplomacia pública son válidas. De hecho, minutos antes de que saliera al aire el programa que aparentemente iba a dilucidar el objetivo de unos fondos que son públicos, se pudo ver el spot de una campaña ecológica apoyada por la Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre, y, precisamente, la Embajada de Noruega.

Entonces, recibir apoyo de Noruega no es equiparable a hacerlo de la USAID o la NED, agencias que tienen principios declarados de «cambio de régimen» aprobados por la Ley Helms Burton.

Quienes arremeten contra el financiamiento, saben que sin este no se hace nada, o casi nada, en ningún lado; no les molesta el financiamiento, les molesta que lo tenga otro, y sobre todo, que ese otro exista. Por eso pretenden decidir quién puede y quién no acceder a esos fondos. ¿O les van a pedir al gobierno, sus instituciones y las organizaciones civiles que renuncien a todos los dineros de cooperación internacional de países capitalistas?

El mismo medio que cuestiona el uso de los fondos noruegos para el podcast porque supuestamente son «restauracionistas del capitalismo», los han celebrado cuando se emplean en acciones con organismos de gobierno. ¿No hay ahí objetivos oscuros? ¿Quienes se relacionan con esos fondos son, per se, no manipulables?  

Decir que La Sobremesa tiene éxito solo porque recibe apoyos para sus proyectos es evitar el núcleo del problema. Sobre todo, porque ya los medios estatales pueden acceder a varias fuentes de financiamiento más allá del presupuesto público. De hecho, en Ideas Multimedios abundan los anuncios de agencias de envío (radicadas en países capitalistas) y con pago en dólares, entre otros negocios. Si el problema de no conectar mejor con la ciudadanía es de fondos, o están regalando su espacio publicitario, o están gestionando muy mal esos fondos. La caja no cuadra.

Los conspiparanoicos

Para estos, todo es una estrategia montada. Según ellos, Mariana y Marxlenin deben estar ahora mismo tomándose una cristash en el bar de Sandro Castro mientras se ríen de quienes se creen «la película» de que en Cuba la gente piensa diferente y expresa esas diferencias.  Y por eso no tumban ni una mata de plátanos, porque no saben, ya no cómo funciona este país, sino cómo funciona cualquier sociedad política, incluso en situaciones de autoritarismo.

Aunque se quiera vender la imagen de una «dictadura totalitaria» al estilo Corea del Norte, lo cierto es que en Cuba nadie, ni dentro ni fuera del PCC, piensa igual, ni se expresa igual. De hecho, yo, aunque nunca he sido militante, he escuchado debates bien críticos en asambleas de base de la UJC y el PCC, aunque luego las oficinas centrales, como una estrategia para «sustituir importaciones», les den otros usos «no convencionales» a esas actas.

La censura y la represión en Cuba tienen muchas caras, formas y momentos. Primero, que no andes denunciando en las redes no significa que no hayas sido reprimido, cada cual lidia con eso como quiere y como puede. Segundo, que no te repriman de la forma más extrema no significa que seas «de ellos»; hay muchas razones por las que pueden no reprimirte, o reprimirte menos. ¿O acaso en Cuba todo el que es crítico con el gobierno y no está preso es parte del «aparato»?

También están los que creen que Marco Rubio se reúne todos los jueves con Harold —que ya no es ni el director— para dictarle la agenda de LJC, y le indica publicar textos que critican al encargado de negocios de Estados Unidos para «confundir» a «los revolucionarios», con el objetivo final de que se lean los otros donde se dice que en Cuba hay pobreza, apagones e inseguridad alimentaria. Porque, por supuesto, todas estas problemáticas son «un asunto de percepción»; si la gente no las lee, no se da cuenta de que están ocurriendo.

Los iluminadores

Muy relacionados con los primeros, te los encuentras en ambos bandos. Parten de dos supuestos: primero, existe una conspiración para manipularte en medio de la guerra/batalla cultural; segundo, tú eres tonto y te puedes confundir. Mientras, yo, como intelectual iluminado, que además no tengo intereses ni agendas, te voy a mostrar la verdad para que no te manipulen.

Encumbrados académicos y académicas portadores de la luz de la sapiencia: ni la gente es estúpida, ni ustedes son tan inteligentes, ni mucho menos tan «limpios». No son imprescindibles para «ver más allá», ni para «preguntarse lo que no se pregunta»;  están hablando del país donde —mejor o peor impartido— todo el mundo tiene, como mínimo, sexto grado, y una «bichería» estimulada por la necesidad de sobrevivir, porque camarón que se duerme, «se lo comen los turistas». No hay nada más elitista y «sangripesado» que ese espíritu de monitor de Español-Literatura con el que se dirigen a las personas. Expongan sus criterios y argumentos en el espacio público, pero con un poquito de humildad.

Los ultrademócratas

No podían faltar en la discusión. Dicen querer una sociedad «con todos y para el bien de todos», pero no soportan la idea de que se le dé espacio a alguien que no piensa como ellos, porque es «enemigo de la democracia».

Resulta paradójico ver cómo personajes que han adquirido relevancia por denunciar la censura del gobierno cubano, ahora exijan que se incluya a los integrantes de La Sobremesa en «listas de terrorismo», solo por promover el debate, que es la base de cualquier democracia.

Otros también dicen que Israel Rojas se merece la cancelación por pensar diferente a ellos. Que nadie lo debería entrevistar, ni mucho menos contratar ni colaborar con él. Supongo que si alguna vez «ganan» y tienen poder, no serán más democráticos que sus actuales enemigos. Las «listas malas» seguirán, solo se cambiarán los nombres.

Los ultracomunistas

Es curioso que hayan sido los primeros en salir al ruedo, cuando La Sobremesa lleva un buen tiempo emitiéndose, con episodios más «fuertes».

Esto demuestra que a lo que le temen realmente no es a la crítica desde fuera, sino a perder el monopolio de lo político en el campo del progresismo, a que se naturalice que la gente en la Isla pueda debatir ideas en un clima de respeto. Y le temen porque, como en el caso de los anteriores especímenes, hay muchísima mediocridad y oportunismo dentro de sus filas.

Israel Rojas puede ir a cualquier diálogo sin «desteñirse» porque está mucho más preparado políticamente —y fogueado en entrevistas con medios nada complacientes, que no pocos de quienes ostentan cargos públicos y partidistas, que en cuanto les ponen un micrófono fuera de Cuba dicen disparates como que «todos somos ricos» o que cuando les trasmiten una intervención sin cortar en los medios nacionales, salen joyitas como «en Cuba no hay mendigos sino gente que se disfraza de mendigos».

Pero la falta de preparación de algunos «revolucionarios» empoderados no puede seguir siendo la justificación eterna para que no exista debate público dentro de Cuba.

Muchos militantes rabiosos, que le tiran piedras a La Sobremesa, prefieren que la gente vea El mañanero de Otaola sacándole, casi a punta de pistola, declaraciones sensacionalistas a cuanto artista sale de Cuba, que un diálogo sin cortapisas entre artistas o expertos desde adentro, con una posición constructiva. Al final adquirieron conciencia de clase, y tienen claro que en una sociedad —socialista o capitalista— donde estén obligados a rendir cuenta permanentemente a la ciudadanía, ellos no accederían ni a mínimas cuotas de poder.

Por supuesto, no pueden faltar los «amigos del exterior», que por decir cuatro consignas en una tribuna contra las sanciones norteamericanas, se creen con el derecho de indicarnos acá lo que tenemos que hacer y pensar. Y no se trata de que no opinen sobre Cuba, tampoco podemos caer en ese sinsentido, pero hay que opinar desde el respeto  y la empatía cuando esa realidad no se vive, y ser, al menos, un poquitico menos excluyente.

En este grupo aparece desde «el archienemigo del sector privado cubano», mientras trabaja en una organización privada norteamericana de viajes; hasta el responsable de comunicación y redes sociales de la sección asturiana de un partido de izquierda, cuyo perfil en Instagram solo tiene poco más de mil seguidores. El primero tal vez crea que únicamente los gringos y sus empleados tienen derecho a facturar en la Isla. Al segundo tal vez le moleste que en «las Indias», profesionales con menos recursos que él, logren una comunicación progresista con más impacto y calidad.  Si quieren apoyar, apoyen, pero desde el respeto a la autonomía del apoyado. Ese siempre ha sido el pacto de LJC con quienes le brindan alguna colaboración.

La fábrica de enemigos

Los que no tuvieron el valor para señalar a Israel, fueron por el blanco más fácil: el podcast. «Él fue a enfrentar al enemigo, como mismo hizo Fidel con María Elvira». Ni LJC considera a Israel enemigo, ni viceversa. Aunque desde el dogmatismo y la soberbia se vea a cualquiera que piense diferente como enemigo, por suerte, en Cuba y en el mundo quedan personas capaces de sentarse a conversar desde el reconocimiento de las coincidencias y el respeto a las diferencias.

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Quien vea el episodio podrá fácilmente percatarse de que hay un contrapunteo de criterios, en el cual Mariana, como debe hacer una periodista, no solo emitió los suyos, sino que expuso varias de las dudas u opiniones que hoy pululan entre los cubanos. O sea, hablemos claro, en ese episodio no se dijo nada que no se diga en las calles y las redes de Cuba. Pero en ningún caso hubo irrespeto, ni siquiera hostilidad por las partes. Ambos igualmente han mantenido en redes una actitud cordial luego del programa.

Confrontación no significa enemistad. De hecho, ese podcast también es el resultado de la confrontación. Cada pregunta es fruto de largas horas de discusiones entre los guionistas, algunas veces acaloradas, pero siempre desde la consideración a los criterios del otro. Cualquier organización, grupo de militancia, o sistema político, que huya de la confrontación, está destinado al fracaso, pues resulta imposible que en un colectivo, por más que se compartan esencias, piensen todos igual. Si a quien piense diferente lo conviertes en enemigo, terminarás convirtiéndote en enemigo hasta de ti mismo.

Si las izquierdas no entendemos eso, nos van a pasar la aplanadora por arriba. La derecha se une, incluso la decente con la indecente. Pero nosotros estamos todo el tiempo poniendo barreras desde una superioridad infantil, y exigiendo que todo el mundo sea «beso de la patria» para poder conversar. Si se necesita la unanimidad para la unidad, nuestro fracaso está escrito en letras doradas.

Los de la equidistancia

Un leitmotiv habitual de tirios y toyanos es que LJC mantiene una supuesta «neutralidad» y «equidistancia» con respecto a los conflictos internos de la Isla y las agresiones externas.

No puedo hablar por toda la publicación, pues ha sido muy diversa y con distintos momentos, y cada autor o entrevistado habla desde su perspectiva, pero al menos en la última etapa, en ningún editorial se ha afirmado que los cubanos se sienten afectados en la misma medida por las agresiones externas que por los errores y autoritarismos internos.

Resulta paradójico que uno de los medios que acuse a LJC de hacer «la trampa de la equidistancia» haya publicado el mismo día un titular que hablaba de «las claves para romper bloqueos internos y externos», que luego cambió, no sé si por decisión propia o por algún llamado de atención. Consejito de buena fe: cuando cambien el título, cambien también el link; si no, los internautas siguen viendo el título anterior.

Volviendo al tema, que tanto en La Sobremesa como en Cuadrando la caja se hable de ambos factores, no significa que se estén igualando. Algunos quisieran que tuviéramos una balanza para medir milimétricamente cuánto afecta uno y cuánto otro, y varios, directamente, quieren que nada más nos refiramos, sin matices, a las afectaciones acordes a su orientación política. Pero usar la misma regla para medir una y otra violencias es una falacia en sí. De entrada, se cae en el positivismo absurdo de cuantificar aspectos cualitativos, y por otro lado, se utiliza la misma unidad de medida para dos tipos de variables totalmente distintas.  

Ya que a muchos de estos gurúes les gustan las analogías, voy con una. Una madre soltera es explotada y acosada por su jefe en su trabajo, y cuando llega a la casa maltrata a su hijo. ¿Cuánta culpa tiene el jefe y cuánta la madre? Si el jefe no la maltratara, tal vez ella no tuviera esos niveles de estrés que condicionan el trato hacia su hijo, ¿pero por eso el hijo debería soportar el maltrato en silencio?

El sistema político cubano ha sido agredido de forma continuada por una potencia extranjera, y esa agresión ha condicionado buena parte del autoritarismo que tenemos hoy. Desconocerlo sería faltar a la verdad. Sin embargo, ese autoritarismo, no solo ha dañado a muchísimos nacionales que también sufren la guerra económica, sino que está debilitando cada vez más al propio sistema político. Y la prueba de ello es la cantidad de jóvenes que hoy lo mismo cruzan la selva del Darién que se becan en cualquier país por tal de escapar de nuestra aplastante realidad. De hecho, resulta muy risible que algunos le critiquen a Harold Cárdenas aceptar una beca en el extranjero, escribiendo justamente desde una beca en el extranjero.

Y no solo es un problema económico —en el que también el autoritarismo y el conservadurismo hacen mella defendiendo políticas de probada inefectividad—, se trata además de que no te dejen hacer por un país mejor. Por eso acá emigran los intelectuales y los obreros, los ricos y los pobres (que pueden), los «gusanos» y los «revolucionarios». La gente no puede esperar eternamente a que «quiten el bloqueo» para vivir. Mientras no construyamos colectivamente un modelo de existencia digna «con bloqueo», cada vez más personas abandonarán el barco.

Los espacios críticos

Si hay algo en que coinciden casi todos los mencionados anteriormente es en reconocer la falta de «espacios críticos» en la conversación pública cubana. Si La Sobremesa e Israel Rojas lograron enfocar el debate hacia esa problemática que nos carcome como sociedad, solo por eso habrán valido la pena todos estos días de fuego cruzado. Ojalá ese centro no se diluya con la misma rapidez que en otras ocasiones, como ha pasado con los tantos congresos de la UPEC o con la polémica tras el «cambio de dirección» de la revista Alma Mater, que logró articular un discurso al servicio ciudadano y hoy publica apenas un artículo al mes.

La falta de espacios críticos y dialógicos no es exclusivamente un problema de los medios estatales. En la otra cara de la moneda abundan las plataformas donde nada más invitan a quienes responderán lo que ellas quieren oír, donde el contrapunteo de opiniones es nulo, y la agenda está determinada por la cantidad de veces que el periodista —o la Inteligencia Artificial— es capaz de insertar la palabra dictadura en un texto.

Ello demuestra que no solo se trata de una cuestión de fondos, sino de voluntades, capacidades y posibilidades. Hay quien ha pasado por ambos espacios y ha sido igual de superficial, hay quien ha sido íntegro y ético en los dos, y hay quien se ha retirado del periodismo, decepcionado y dándolo por incorregible.

Resulta entonces muy llamativo que programas como ConFilo critiquen a LJC con pelos y señales, y la tilden, con total irrespeto, de contrarrevolucionaria luego de una entrevista respetuosa a un músico que se asume como revolucionario. Mientras, más adelante, se habló en abstracto de la necesidad de mayores espacios para la «crítica revolucionaria», sin decir por qué no existen y quién los ha impedido.  Con las mismas cámaras que se hacen esos programas de «contrapropaganda comunista», y en los mismos sets climatizados —a diferencia del de La Sobremesa— se pudieran televisar debates que conecten con las agendas ciudadanas, y justifiquen el presupuesto estatal, y privado,  que se destina a ellos.

¿Quién lo impide? ¿La Joven Cuba? O serán los mismos funcionarios que en el discurso recalcan la urgencia de hacer un periodismo crítico «desde la Revolución», pero a la hora de llevarlo a la práctica empiezan las cortapisas: «esta frase no», «este tema no», «este invitado no»… El enfrentamiento a los espacios críticos fuera de los medios estatales es «ahora y de manera frontal», pero la crítica desde adentro es «cuando se pueda y si se puede».

Y claro que es legítimo que el Estado —con el dinero de todos— financie medios públicos, pero estos deberían estar siempre al servicio de la ciudadanía, como los propios «contrapropagandistas» reconocen una y otra vez sin que se haga nada para cambiarlo. Entonces, ¿por qué pagan los cubanos?

16 COMENTARIOS

  1. Cada Congreso de la UPEC prometiendo una prensa crítica que no haga concesiones a la soberanía del país, pero no permiten a sus periodistas hacerlo y cuando lo hacemos nosotros la atacan con saña. No saben hacer periodismo de izquierda ni dejan hacerlo 🙄 pero a diferencia de un periódico local tendrán que aguantarnos y seguiremos siendo un recordatorio de su mediocridad.

  2. Lo que se necesita es poder debatir, discutir incluso apasionadamente, hacerlo tanto, pero tanto, que llegue el punto en que se vuelva reflexivo para todos, creo que en ese momento dejaremos un poco el chisme de lado y se podrán encontrar puntos de acuerdo.

    Pero incluso con todo lo que se dice, con muy pocas excepciones, espacio para el debate abierto, contingente, libre de supresores es aún muy pequeño, y muy limitado.(había uno y se cerro, luego otro y también se cerro,)

    ¿Puede LJC ser ese espacio de debate?, no creo. Lamentablemente se requieren canales oficiales que permitan el debate sin censuras, no solo como respuestas (sin listas negras), sino permitir artículos del periodista disidente, estruendoso, polémico, incluso opuesto radicalmente al gobierno.


    Pero, obviamente es una mera opinión


    Mientras…, Sigamos con el chisme.


    Creo que se declara conveniente mantener el estado de las cosas, cambiar siempre supone un alto riesgo.

    s2

  3. ¡APLAUSOS! con mayúsculas..este artículo pone los puntos sobre las IES, realmente, responde correctamente a cada sector..
    ¡Bravo por el autor, bravo por la LJC!
    Realmente espero algún día, el debate Nacional, sincero y respetuoso sea posible, incluyendo a todos, «Con todos y para el bien de todos», y logremos acabar con los extremimos y oportunismos q le acompañan, q aceptemos los cubanos, q somos una mezcla de todo, también de ideas, incluyendo las políticas, q la DEMOCRACIA REAL Y PARTICIPIVA de la ciudadanía sea un hecho, y veremos a Cuba renacer, q tomemos d cada quien lo mejor, y aceptemos al adversario q no enemigo, q la luz regreso a este país, quiero decir la iluminación del pensamiento y volvamos a ser ese país de personas alegres, jodedoras, luchadoras, trabajando por la prosperidad de un país, q incluye la individual y familiar, cada dia me convenzo mas q sin democracia real, no lo lograremos, que si no incluimos a todos unidos, los de aqui y los de alla, cada seremos mas un pueblo dividido por el rencor, un pueblo cuasi nomada.
    A LJC lo están haciendo bien, por eso ladran, Uds son el lenguaje del cubano de a pie.
    Una propuesta, sugerencia o duda, ¿Podrian hacer una sobremesa con personas del pueblo, algún cubanito de a pie, un médico, un ingeniero, obrero normal, en aras de mostrar lo q estamos sintiendo, con esta debacle de país?
    Saludos y felicitaciones..

  4. Yara Guanche

    La Revolución no es una entidad supra humana ni divina con origen, vida, o muerte propias. Es sencillamente un proyecto y un producto del pensamiento y la acción de los hombres. Por tanto, su consolidación, avance y prolongación en el tiempo dependen precisamente de si esos hombres obran bien o mal. En pocas palabras, o acrecientan su existencia, calidad, y durabilidad, o la cercenan y matan con sus propias manos.
    La Revolución, por demás, es una obra política que no puede desconocer ni vetar las realidades objetivas y subjetivas de la sociedad que pretende transformar, por tanto la verdad, su verdad, no es privativa de un personaje, de un grupo, de una entidad o de un equipo.
    Revolución es obra colectiva. Es por tanto incentivar la participación de la gente y de la inteligencia que ella misma fomenta, para que aporten, opinen, aprueben o disientan, y sean tomadas en cuenta por los que finalmente han de estructurar y ejecutar las decisiones.
    Y en esta hora nacional, aunque duela decirlo por tanto tiempo perdido, nuestro reto interno más severo es el hecho evidente de la existencia de un gobierno y una institucionalidad que dejaron de ser revolucionarios, socialistas y comunistas –aunque todavía su retórica pública lo proclame- para ser sustituidos por una casta corrupta, caprichosa, prepotente e inepta que medra de la historia y de los escasos recursos del país a favor de sí misma, sus parientes, sus allegados, y sus marionetas añadidas.
    Un bodrio local que se suma a la brutal y destructiva agresividad de USA que se prolonga por más de seis décadas, junto a la inquina desquiciada de quienes desde aquel patio ajeno sueñan aún con una restauración de la caricatura de República que por decenios precedió al primero de enero de 1959.
    Sí, la Revolución, esa de Martí, la que debía establecer una Patria “con todos y para el bien de todos”, está en muy serio riesgo, y no va a ser con diálogos trampeados con los mismos que la matan desde adentro y desde afuera, que saldrá indemne y purificada.
    Bendito entonces el intento de conocer criterios, intercambiar preocupaciones, establecer pareceres, y poner a funcionar la maquinaria colectiva y sana que puede salvar lo que la mayoría de los cubanos anhela…con responsabilidad, honestidad, honradez, sin ingenuidades, y sin crear fantasmas y sustos para prologar el oportunismo y la desidia.

  5. Excelente artículo. Soy detractor de Israel Rojas. Pero si te predispones antes de leer o escuchar o ver una entrevista, ya no vale la pena consumir ese producto. Vi la entrevista y fluyó por momentos tensa y por momentos enrevesada. Pero la disfruté. Felicito a LJC por estar y por estar trabajando.
    PD: La clasificación de los públicos y ultras fue genial. Saludos.

  6. Muy bien Rubén, pero sobretodo muy bien por LJC, abrieron una puerta sellada (por todos) con profesionalidad y con elegancia Felicidades

  7. Estoy de acuerdo con lo que dice y cómo lo dice: la dictadura de partido único nunca podrá soportar crítica ni competencia en mejores ideas y mejores críticas. Los he seguido desde ya varios años y no comparto nada de comunismo, sin embargo, siempre me ha parecido que los que integran este blog ya se dieron cuenta de que la dictadura no entiende de debate. Han mantenido muy alta el respeto y han maniobrado sin exito poder establecer un diálogo, que ya sabemos (spoiler alert) nunca se va a dar , al menos no por ahora, cuando la dictadura todavia conserva esas figuras tercas e intransigentes como los comandantes historicos y los academicos tontos utiles que los secundan sacando a la ves su beneficio.

  8. Muy buen articulo, sigan asi que van bien, el problema es que ellos tienen mucho miedo, mucho miedo, saben que se les puede ir todo de las manos.

  9. Buen artículo, Felicidades, el comentario anterior no lo publicaron, no creo q dijera nada fuera de la política de publicación, espero la LJC no sea como Cuba debate.
    Saludos y felicidades, hacen un periodismo muy bueno, valiente, justo, y q todo el pueblo debería seguir.

  10. Me quito el sombrero. Muy bien dicho. Y al que le pique que se arrasque. Al fin un lugar donde escuchar y ver lo que se tiene que ver. Gracias.

  11. Es una lástima que la política de Cuba se haya transformado en la lucha de dos extremos ideológicos, donde cada uno crítica a su rival…pero ninguno tiene una estrategia real, para el mejoramiento y salida de la crisis nacional…
    Creo que es tiempo de que algo nuevo , ni tan a la derecha , ni tan a la izquierda comience a dibujar un país nuevo.

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Rubén Padrón Garriga
Rubén Padrón Garriga
Licenciado en Comunicación Social por la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Colaborador de diversos medios de prensa. Comunicador social por formación. Periodista por afición

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