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Herbert Spencer apreciado por Martí

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Herbert Spencer y Martí
Foto: LJC

Analizar el texto martiano conocido como «La futura esclavitud» debe tener como premisa el conocimiento de las ideas esenciales de Herbert Spencer, así como las apreciaciones de José Martí acerca del filósofo británico, publicadas con anterioridad y luego del artículo enunciado, que estudiaremos más adelante.

La primera mención conocida sobre Spencer en las obras de Martí se encuentra en «Poetas españoles contemporáneos», publicada en The Sun, de Nueva York, el 26 de noviembre de 1880, en el que sugiere a los hispanos «razonar con el mundo, trabajar en las fábricas y buscarse sitio entre los que piensan como Herbert Spencer, se quejan como Heine, dudan como Byron y desprecian como Leopardi». [Ver OC, t. 15, p. 25] [1] Pensar como el filósofo inglés significaba ocupar un sitial en el universo moderno.

Cuando el poeta cubano escribió estas líneas, Spencer (1820-1903) era uno de los intelectuales más conocidos no solo entre filósofos y sociólogos de su época, sino también en un vasto público dentro y fuera de su país. Por sus concepciones novedosas y audaces era a la vez admirado y rechazado por sus contemporáneos, pues sus ideas removían los cimientos sociales al enfrentarse a las creencias religiosas tanto como a las bases jurídicas, políticas y económicas tradicionales. Su éxito le permitió dedicar todos sus esfuerzos a la creación, gracias a los resultados de la venta de sus libros. [2]

José Martí se hallaba entre quienes, a la vez, admiraban, compartían y rechazaban partes específicas de la obra de Spencer, cuyo laicismo y labor como estudioso y divulgador de las últimas conquistas de las ciencias lo hacían una figura reconocida en América Latina. Su positivismo exaltaba la capacidad creativa del hombre, el desarrollo industrial basado en la aplicación de las ciencias, y se consideraba aliado del liberalismo y defensor de la democracia.

En los países de Nuestra América, en la segunda mitad del siglo XIX, donde se enfrentaban los sectores progresistas contra las oligarquías retrógradas en el intento por impulsar transformaciones conducentes a un nuevo orden social, sus ideas tenían un carácter progresista. En Cuba, quienes se identificaron con este pensamiento —cuyo más conspicuo representante fue Enrique José Varona— fueron valorados por el poder colonial como incitadores del independentismo.

Esta función progresista del positivismo en el continente, donde el spencerismo tuvo amplia recepción —aunque en ciertos países como México, Brasil y Chile la influencia mayor era de Auguste Comte [3]—, validan las palabras de Martí en su discurso ante los delegados a la Conferencia Internacional Americana, realizada en Washington en 1889, cuando expresó que nuestros pueblos avanzaban «con Bolívar de un brazo y Herbert Spencer de otro». [OC, t. 6, p. 139]

Pero no hubo en el patriota antillano una aceptación acrítica de aquella tendencia, de la cual se distanciaba en diversos planos ideológicos, sociopolíticos y estéticos. Martí otorgaba una dimensión central a la actividad emotiva y a la voluntad humana, a la razón y los sentimientos como elementos esenciales del pensamiento; a estas concepciones se unían, como expresa Guadarrama, «su humanismo práctico, su antiimperialismo y latinoamericanismo, en especial su defensa de los valores culturales de Nuestra América, así como su postura crítica frente a aquellos que veían el proceso civilizatorio en una perspectiva eurocéntrica».[4]

La coincidencia con las opiniones de Spencer presentan, por las razones expuestas,  tonos contradictorios, pues si bien Martí es un defensor de la individualidad, de la necesidad de desarrollar la capacidad de los seres humanos para valerse por sí mismos y aportar a la sociedad desde sus posibilidades, no era un seguidor del darwinismo social —vinculado estrechamente al positivismo—, del que el autor británico era ideólogo originario, cuya tesis básica era la supervivencia de los más aptos, por lo cual se oponía a toda legislación que favoreciera a los pobres, los débiles, los incapacitados. [5]

Estas ideas del sociólogo británico, divulgadas desde 1857, poseen evidentes influencias de las concepciones de Malthus [6] sobre la población, en las que encontró sustento para sus propios principios sobre la selección natural. En este sentido se anticipó a Charles Darwin [7], quien publicó El origen de las especies en 1859, aunque sus tesis solo las aplicaba al ámbito natural, mientras Spencer llevaba su análisis al género humano. Este era uno de sus argumentos para combatir la intervención del Estado en cualquier forma de regulación social. [8] En áspera crítica, se enfrentaba a la política del gobierno y sus miembros, a quienes consideraba incapaces de asumir una acertada función legislativa. [9]

No debe confundirse el evolucionismo darwinista con el spenceriano, pues en este su autor pretendió dar un supuesto fundamento «científico» al más agresivo individualismo y al rechazo a la solidaridad hacia las personas desvalidas, a quienes culpaba de su propia condición de miseria. Uno de sus argumentos para oponerse a las políticas de beneficios sociales se basaba en la supuesta «imprevisión» de los trabajadores. [10]

Son obvias las opiniones disímiles entre estas ideas y las del intelectual cubano, pero la grandeza de Martí, lo que constituye una de sus lecciones que no deberían soslayarse —como tantas veces ocurre— es su capacidad para establecer la acertada valoración de criterios diferentes a los suyos, sin que implicara el rechazo total de las ideas ni de su emisor. Esto solo es posible en quien posea absoluta confianza en las ideas propias y en la capacidad de influir sobre los demás con la exposición argumentada de la verdad, sin riesgo alguno de ser permeado por ideas y actitudes ajenas.

Sin temor alguno a supuestas «influencias negativas» —como se expresa en ocasiones para censurar— dedicó notables páginas al pensador inglés, a quien valoraba en su justa dimensión. En la revista La América, cuya dirección asumió Martí a fines de 1883, publicó «De Herbert Spencer» en enero siguiente. [OC. Ed. Crítica, t. 19, p. 17]

Enfocó la atención en un artículo de este autor dedicado a un notable adelanto tecnológico: «las complicadas vibraciones aéreas que produce la voz humana, las cuales, traducidas en múltiples y variadas vibraciones eléctricas, reprodúcense a mil millas de distancia por otra plancha igual en su primitivo estado de sonido articulado», expresa Spencer.

La explicación está seguida de varias observaciones martianas de carácter interpretativo en las que destaca coincidencia con su propio modo de ver el universo como ente vivo en todas sus partes, al igual que su admirado Ralph Waldo Emerson ([11]): «el filósofo inglés piensa del mundo lo que pensó otro que miró mucho al cielo, porque lo veía en sí y sobre sí, y en la tierra como en todas partes, compenetrándola y entrefibrándose en ella.—Herbert Spencer, cabeza de positivistas, viene a concebir el universo como lo concibe Emerson». [OC. Ed. Crítica, t. 19, p. 17]

La exposición de estas coincidencias y diferencias entre Spencer y Martí podría contribuir a una mejor comprensión de «La futura esclavitud», a cuyo análisis será dedicado el próximo texto.

 

 

[1] Las personalidades mencionadas, además de Spencer, son: Henrich Heine (1797-1856), poeta y ensayista alemán; George Byron, conocido como lord Byron (1788-1824), poeta romántico británico; y Giacomo Leopardi (1798-1837), poeta, filósofo y filólogo italiano.

[2]  Crane Brinton: “EI futuro· visto desde el pasado. La horrenda visión de Herbert Spencer”, Revista del Colegio del Rosario, Argentina, p. 745-746, en  https://repository.urosario.edu.co/items/ec76e8f0-eea2-452c-bf82-703f74599943,

[3] Auguste Comte (1798-1857). Filósofo francés. Considerado el fundador del positivismo y de la sociología. Argumentaba que la ciencia empírico-formal era el único modelo válido de conocimiento.

[4] Pablo Guadarrama González: “Razones del positivismo y el antipositivismo sui géneris en América Latina”, Cuadernos Americanos, 137, México, 2011/3, pp. 142; ver las pp. 125-128, en https://rilzea.cialc.unam.mx/jspui/bitstream/CIALC-UNAM/A_CA284/1/CA_137_7.pdf.

[5] José Luis Monereo Pérez: “La Ideología del «Darwinismo Social»: La Política Social de Herbert Spencer (I)”, DL, España, p. 59-60 y 78, en https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3131830.

[6] Thomas Malthus (1766-1834). Clérigo anglicano; economista y demógrafo. Autor de Ensayo sobre el principio de la población.

[7] Charles Darwin (1809-1882). Naturalista inglés reconocido por sus aportes a la teoría de la evolución.

[8] Alvaro Espina: “El darwinismo social: de Spencer a Bagehot”, Revista Española de Investigaciones Sociológicas, no. 110, Madrid, Abril-Junio 2005, p. 1-3, en https://webs.ucm.es/centros/cont/descargas/documento6172.pdf,

[9] Cecilia Mora-Donatto: “Estudio Introductorio”, en Herbert Spencer; Demasiadas leyes, México, 3ra. Edición, 2019, p. 12-13, en https://fundacion-rama.com//srv/htdocs/wp-content/uploads/2022/02/359.-Demasiadas-leyes-Spencer.pdf,

[10] José Luis Monereo Pérez: “La Ideología del «Darwinismo Social»: La Política Social de Herbert Spencer (I)”, DL, España, p.  33, en  https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3131830

[11] Ralph Waldo Emerson (1803-1882). Filósofo y poeta estadounidense. Líder de la filosofía denominada trascendentalismo.

 

La sombra de la crisis

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Ariel Camejo / La sombra de la crisis
Foto: LJC

 


Ariel Camejo es doctor en ciencias literarias, grupos sobre intermediaciones e imaginarios sociales, narrativas urbanas y estudios del Caribe. En torno a ello gira su quehacer profesional. Lleva escribiendo desde hace mucho sobre el uso coloquial de la lengua en Cuba. Rescatando vocablos y expresiones que forman parte de nuestro patrimonio emocional, diría yo. Hace un par de semanas conversamos, yo desde Galicia y él desde el sur de Portugal —donde vive actualmente— sobre algo más que el lenguaje como hecho social o herramienta académica. Fue inevitable, en cualquier caso, entrar en lo que muchos denominan como retóricas del poder y formulaciones ideológicas que se disfrazan, desde lo discursivo, de políticas y formas democráticas de gobernabilidad. Este texto que a continuación se despliega, es la transcripción de un amago de podcast que pongo a disposición para quienes no tengan la opción de escucharlo.  

Antes de abordar esta construcción que son los currículos, y antes de entrar en la Facultad de Artes y Letras, quisiera preguntarte sobre tu inclinación por las letras, sobre esta vocación por el lenguaje como herramienta académica.

Las letras siempre fueron un espacio importante en mi formación y en mi casa de manera general. Nosotros venimos de Pinar del Río, o sea, una ciudad de provincia. Mi madre era, bueno…, es profesora de español y literatura, aunque está retirada todavía lo ejerce. Mi padre se especializó en psicopedagogía, específicamente en el ámbito de la educación especial. Siempre hubo muchos libros, no solo de literatura, sino también de historia, de fisiología, de anatomía. Después, cuando mi hermano Luis Enrique se fue a estudiar solamente con 14 años a la ENA, al universo del libro comenzaron a incorporarse también catálogos de pintura y libros sobre historia del arte. Más tarde, a inicios de los noventa, mi hermano Iván Camejo, que es el segundo en la línea de descendencia, también se fue a estudiar filología en La Habana. Así que otra hornada de libros y revistas sobre crítica y teoría literaria fueron a parar a mi casa en Pinar.

Yo podía pasar perfectamente de una novela a un libro de historia de Roma o historia de Grecia o a otro de anatomía fisiológica que usaba mi padre para asesorar a las logopedas de las escuelas. Leí a Balzac, bastante joven, era un autor que me cautivaba, también Stendhal, o sea, era una mezcla bastante rara y yo creo que eso se reflejó un poco en mi propio proceso formativo (…) Te hago esta larga historia para decirte un poco que llegué a la filología como una especie de carambola. Fui rodando hasta llegar a la carrera.

Ya después, dentro de la facultad, hay áreas de especialización que a uno lo van cautivando. Creo que en ese sentido los cursos de narratología y análisis literario que tuve la oportunidad de hacer con Walfrido Dorta, Mirta Suquet, y sobre todo con Teresa Delgado, que era una referencia en aquellos momentos, me marcaron de manera especial. Hay dos cursos que yo recuerdo con mucho cariño de la carrera. Uno fue ese curso de narratología con Teresa y el otro, aunque parezca increíble, fue el curso de morfología y sintaxis con Ofelia García Cortiña. Conocer a Chomsky, a Martinet, toda la teoría lingüística, sobre todo en esa área específica, la morfología y la sintaxis, a mí me enamoró porque era un área muy abstracta, muy analítica al mismo tiempo. 

Al terminar la carrera, tuve la oportunidad de seguir no solamente la línea de estudios teóricos y narratológicos, sino de entrar en el universo del Caribe, que para mí era un mundo absolutamente nuevo, una línea de investigación que después pude seguir con Yolanda Wood, que es una persona a la que yo le tengo que agradecer muchísimas cosas, y sobre todo los años que compartimos juntos en Casa de las Américas.

Veo que es usted un muchacho muy exigente, muy exigido, como los personajes de Balzac y de Stendhal. Antes de proseguir con estos grupos de estudio en Casa de las Américas, bajo el paraguas de Yolanda Wood, quiero lanzar una tangente, y es que siempre que tengo la posibilidad de hablar con quien ha hecho toda su carrera estudiantil y profesional en La Habana, pero que no es de La Habana, o sea, siempre que tengo un guajiro a la mano, o dizque un guajiro, le pregunto cómo fue su llegada a la capital. Y te lo pregunto sobre todo por ese provincianismo que se le achaca desde La Habana a todo lo que no es La Habana.

Bien sabes que esa es una idea muy interesante. Y el enfoque muchas veces tiene que ver con desde dónde se posiciona quien pregunta. Por lo general, quien siempre ha vivido en La Habana, tiende a preguntarle al que viene de fuera por la idea de lo guajiro y eso tiene muchas capas y horizontes a medida que te vas desplazando fuera de La Habana. Por supuesto, cuando una persona habanera le pregunta a un pinareño por su identidad guajira, el pinareño, por lo general, tiende a esgrimir el argumento de que «no, yo no soy guajiro porque yo soy, o yo era de la ciudad, yo no, yo no tenía nada que ver con el campo.» Y cuando vas al territorio de Pinar del Río, esa polémica entonces pasa a ser entre los habitantes de la ciudad de Pinar del Río y los que viven en otros municipios. Y cuando vas al municipio es entre los que viven en la cabecera del municipio y los que viven en entornos rurales, y así sucesivamente. Por eso digo que es una pregunta con muchas capas.

En Pinar siempre era un debate quién era guajiro o no, y todo dependía de si habías nacido o si vivías en un espacio urbano o rural. Hay muchas diferencias, he de comentarte. Ya viéndolo incluso desde el punto de vista lingüístico, en Pinar del Río se podía conocer perfectamente quién era, por ejemplo, de San Juan o de San Luis; quién era de Candelaria o de Los Palacios, o de Las Minas o de Viñales.

Ya la idea de lo guajiro yo creo que es un poco más polémica. Entramos, te digo, en ese espacio de diferenciación un poco problemático en el caso cubano, que es la diferencia entre lo urbano y lo rural, sobre todo cuando en los últimos años la ciudad cada vez se ruraliza más: recibiendo migrantes, incorporando dinámicas también que han traído los procesos de crisis económica de los territorios tradicionales de la agricultura a la ciudad. En fin, hay un proceso ahí de contaminación que cada vez hace más porosa las diferencias o las delimitaciones entre lo rural y lo urbano, incluso dentro de la propia Habana.

¿Y cómo te recibió La Habana?

No recuerdo ningún tipo de aspecto negativo con la idea del tránsito de la provincia a La Habana, sino todo lo contrario. Además, en el caso de los hombres que tenemos que salir del servicio militar, era una experiencia reconfortante encontrarse con ese otro espacio nuevo. Y después del servicio llegar a La Habana, y no solo a La Habana —y creo que ese es un sentimiento compartido por todos los estudiantes de las facultades que estaban, por ejemplo, en un edificio como F y 3ra— era llegar a un lugar icónico, un lugar sentimental para muchas generaciones. La idea de estar en el Vedado, pero estar además al lado de Casa de las Américas, ese tránsito directo hacia la universidad a través del Parque de G; en fin, F y 3ra tenía una mística especial, sobre todo los pisos de los estudiantes de Artes y Letras.

Pero también los pisos de periodismo, donde, por ejemplo, la noción de la homosexualidad era absolutamente desprejuiciada. En mi piso más de la mitad de las personas que vivían eran gays, vivían con sus parejas y dormían juntos. Estamos hablando de inicios del siglo XXI, en que todavía este era un tema tabuizado. No vamos a pensar en el escenario de hoy, en el que está mucho más relajada la perspectiva en torno a estos asuntos, al menos en los entornos urbanos. Pero llegar a F y 3ra y encontrarse con ese mundo, era encontrarse con las fiestas, con los festivales de cine, la gente andaba en manadas a ver películas. Empezábamos al final de la mañana y regresábamos de madrugada a la beca.

Háblame, háblanos de estos cambios que mencionabas, de esta ruralización de la ciudad, en este caso de la ciudad de La Habana, con una fisonomía tan característica y con una idiosincrasia, La Habana, tan popular y al mismo tiempo tan burguesa.

Dentro de los estudios de arquitectura y urbanismo en Cuba hay como una especie de instinto de preservación, de esa idea de que La Habana es una ciudad atípica dentro de América Latina y el mundo colonial de manera general, porque es la ciudad que no perdió su capacidad de transmitir la evolución histórica como sí sucedió con otras capitales coloniales latinoamericanas. En Cuba no se destruyó para construir sobre, sino que la ciudad fue creciendo por capas sucesivas, de manera que si uno avanza desde La Habana Vieja hacia Playa, o se mueve en dirección hacia el sur, tiene como una especie de recorrido histórico-cultural. Y podemos decir que hay un celo en la tradición arquitectónica y urbanística cubana, en preservar esa capacidad narrativa de la ciudad que tiende a ser rota, que tiende a ser disuelta por la aparición de estos nuevos usuarios, por la aparición de estas nuevas prácticas ajenas a una idea de continuidad histórica de la ciudad. Y yo creo que cuando Coyula habla de ruralización de La Habana, está hablando de esos nuevos actores que vienen a perturbar una dinámica histórica, pero yo creo que también una cierta coherencia cultural de lo urbano.

Recuerdo que había otra persona que hablaba mucho del tema, en una variante un poco más jocosa, que era Nara Araújo. Ella se sorprendía mucho con aspectos de su vida cotidiana que desajustaban esa idea de una antigua Habana que funcionaba bajo códigos muy claramente pactados en el entorno de la civilidad. Y era, por ejemplo, el hecho de que vinieran personas del campo a ofrecerle productos directamente a su casa. Nara tenía una anécdota muy graciosa en ese sentido y era alguien que le llevaba queso a su casa semanal o quincenalmente, no recuerdo bien, y el vendedor de queso le dijo a Nara que si le conseguía un ejemplar de El Diablo Ilustrado le daba un queso gratis a cambio del libro. Cuando uno lo piensa como dinámica, evidentemente no tiene nada que ver con el funcionamiento tradicional de la ciudad, en el que hay espacios que están muy bien delimitados para la idea de la transacción económica, del intercambio, de los flujos.

Desde los años noventa para acá esas dinámicas se han trastornado considerablemente. En primera instancia por el flujo migratorio; el más fuerte ha sido de las provincias orientales, lo cual responde a un desequilibrio histórico de la economía y de la sociedad cubana, de un oriente empobrecido frente a un occidente con mayor capacidad económica y unas mejores posibilidades también en términos de nivel de vida; pero migraciones que han venido de prácticamente todas las provincias. Todos esos nuevos actores traen sus propias dinámicas, ya te decía, sus medios de transporte, sus formas también de usar la ciudad, que entran a buscar también un espacio de conciliación dentro de la trama urbana. Cosas que pueden ser muy usuales en una ciudad de provincia o una cabecera municipal, como andar con el torso desnudo, en el caso de los hombres, por ejemplo, en las tardes o durante el verano… eso era prácticamente inconcebible para una ciudad como La Habana y hoy es algo que te encuentras con bastante frecuencia. La idea de este mercado informal, esa especie de trueque que rige la adquisición de determinados bienes y servicios en cualquier espacio de Cuba y que llegan con mucha más fuerza a la ciudad. Esos mundos eran muy claramente divisibles hasta finales del siglo XIX, pero el siglo XX un poco acelera también los contactos. Yo creo que La Habana no los había vivido con tanta intensidad como comenzó a vivirlos en la década de los noventa, sobre todo con el contexto de crisis que suele poner de relieve muchos espacios diferenciales que además habían sido absolutamente pavimentados, silenciados por el… vamos a decirlo así, por el relato nacionalista de la revolución, ¿no?

(…)

Por lo general, todo proyecto social tiende a convertir la ciudad capital en una suerte de símbolo de su éxito, de su programa de desarrollo, y en ese empeño tiende a silenciar discursos que más que contribuir a la homogeneidad tienden a heterogeneizar la realidad nacional. Y esa idea del unitario no puede fragmentarse y por lo tanto tiene que ser silenciada. Queda así silenciado el mundo de la prostitución, el mundo del mercado negro, el mundo también de los migrantes irregulares y es precisamente el contexto de crisis de los noventa el que vuelve a sacar o hace aflorar nuevamente todos esos fenómenos en la cotidianidad habanera que habían sido escasamente representados; quizás en algún momento por el cine de Sara Gómez, de la documentalística de Guillén Landrián, elementos así muy aislados dentro de la literatura y el arte pero que por lo general no tienen una fuente de representación.

Habría que ver después, lo que pasa con los años noventa, y cómo el cine y la literatura regresan precisamente a esa idea de la desestabilización de una imagen tradicional de la ciudad. Uno piensa en películas como Madagascar, en algunas novelas cubanas que están enfocadas precisamente en la idea de la destrucción, la pérdida de ese aura de lo habanero, que está siendo hasta cierto punto atacada o destruida por esa invasión de los otros, de los que vienen de fuera, de los que no conocen la historia de la ciudad, los que no conocen su cultura, los que no participan de su proceso de legitimación. Y eso es muy interesante en términos de la representación habanera, que fue un poco el asunto de investigación de mi tesis de doctorado.

Sí, la década de los noventa marca una década en la que se puede reescribir otra parte de la historia de Cuba. Yo tendría diez, tú un poco menos. Era el inicio de muchas cosas. El inicio de una crisis, de un llamado a pérdida especial y a colación de esta palabra crisis —crisis como fuente de verdad, donde afloran realidades silenciadas sobre las que se imponen discursos más unitarios, como dicen— quería recordar algo que parece que pasó hace mucho tiempo y no, y es la pandemia, acompañada a su vez, de esta mascarilla, que puede ser vista de una manera simbólica en un contexto de muchas manifestaciones civiles en el continente. Al respecto quería saber cómo lo habías vivido tú, cómo había sido tu experiencia, aunque siempre que digo experiencia personal, me refiero tanto a la singularidad de experimentar algo, pero nunca sin dejar de tener en cuenta la convivencia con los otros, los vínculos con los demás.

Crisis es un concepto al que se le tiene mucho miedo en la política y en el espacio del gobierno en Cuba, lo cual es comprensible, pero al mismo tiempo creo que disminuye muchísimo la capacidad de negociación, precisamente desde la retórica, desde el discurso, con contextos que presentan determinados problemas, sobre todo para la ciudadanía. Y te decía que es muy interesante lo que pasa con todo este proceso de la covid y la pandemia a nivel global. Es un poco distintivo el gesto intelectual. Fíjate que casi a inicios de la pandemia, una de las cosas que lo acompaña en términos del mundo de las ciencias sociales es esta antología, si no recuerdo mal el título, Sopa de Wuhan. Este libro reunía las principales voces de los filósofos, sus percepciones alrededor de la pandemia, del encierro, de la comunicación. Las ciencias sociales no pierden la oportunidad para inmediatamente convertir determinadas cosas en un objeto abstracto a partir del cual pueden comenzar a producir nuevo conocimiento, nuevas ideas, nuevas zonas de discusión y de productividad, lo cual yo creo que es una especie de vicio asumido de las lógicas y las dinámicas del cambio tecnológico.

El mundo de la tecnología constantemente está modificando sus pautas. Cada dos o tres meses hay un nuevo avance, hay un nuevo dispositivo, hay algo que hace todavía más veloz la capacidad de procesamiento de datos, de informaciones, de influir en la vida cotidiana. Creo que las ciencias sociales han seguido un poco esa dinámica, tratar de adaptarse y de ajustarse constantemente a la producción de nuevos asuntos, al punto de que producen asuntos que ya no le interesan a nadie, salvo a los propios cientistas sociales.

Y creo que eso fue interesante para mí, justo el momento este de la pandemia, esa idea de que era un momento también de regreso, de regreso a los otros y de regreso al mundo. La pandemia puso en suspenso la capacidad de socialización y eso hizo que de alguna manera regresáramos también al sujeto, regresáramos a la familia, incluso en espacios en los cuales la familia estaba cancelada por las propias dinámicas de lo social. Reinventarse cómo sobrevivir, sobre todo en un entorno como el cubano, por ejemplo. Yo estoy seguro de que fuera de Cuba había muchas maneras de paliar ese encierro que tiene que ver con el acceso a internet, con el acceso a determinados sistemas de almacenamiento de la información y del entretenimiento, que en Cuba son una realidad bastante distante.

En el caso personal fue fuerte porque nosotros teníamos un niño pequeño y por supuesto había que lidiar con esa idea del encierro y que fuera lo menos traumático posible. Por suerte teníamos acceso a una azotea y eso nos permitía subir, contemplar la ciudad, jugar allá arriba y también evitar la pared como límite. Pero evidentemente fue una circunstancia muy dura. Sobre todo porque los niveles de precarización se acrecentaron. Entornos que ya vivían una situación de precarización de la vida cotidiana y que vinieron a encontrarse con un panorama todavía más complejo del que aún no sale la sociedad cubana.

Para mí una de las cosas interesantes tiene que ver precisamente con esta idea de cómo enfrentaron los gobiernos de diferentes países, la cuestión del descontento social que tenía que ver con el acceso a la salud pública, la alimentación, la educación, etc. Y lo que vimos fue una reacción enconada a nivel global contra esos movimientos sociales y Cuba no estuvo ajena a esta cuestión.

Se ha escrito mucho sobre el 11 de julio y la protesta popular y que tiene que ver con un sistema de articulación ideológica que está siendo cuestionado desde una fuerza que era lateral al Estado desde finales de los años 80 y principio de los 90, que era la fuerza, digamos, del discurso intelectual. Los intelectuales en Cuba, sobre todo desde finales de los 80 hacia acá, se han convertido en una especie de voz alternativa a la articulación política y yo creo que hasta inicios de los años 2000, quizás los primeros cinco años del siglo XXI, hubo ciertas dinámicas de articulación de esos espacios que sin tocarse podían llegar a negociar y podían llegar a implementar determinadas cuestiones y alianzas incluso en algunos puntos para la resolución de espacios de diferencia. Esos espacios fueron progresivamente cancelados, al punto de que hoy están en una zona de no resolución y de no reconocimiento, que yo creo que es peor todavía. Es decir, tenemos una institucionalidad ocupada por una burocracia prácticamente inoperante, que simplemente lo que hace es replicar, vamos a decirlo así, formulaciones de la ideología, para no generar política.

El asunto de lo político y la política en Cuba, yo creo que está en un estado de indigencia en estos momentos, que explica muchas de las cuestiones de por qué no se solucionan los problemas que tienen que ver con el gobierno. Muchas veces se confunde la política, que es el arte del gobierno, con un sistema de preservación de la ideología que ya no tiene sentido, además. Y eso hace que el contexto de crisis sea mucho más complejo, sobre todo si le sumas estas circunstancias de una pandemia de alcance global, que nos pone además en contacto con un contexto de crisis económica generalizada. Se trata de una sumatoria de problemas que es realmente complejo. Creo que tienen en el fondo cuestiones políticas detrás que tienen que ver con la gobernabilidad y los enfoques también de lo estatal y de lo social en Cuba, pero también un contexto que tiene que ser leído en términos globales, que tiene que ver con un descontento generalizado de las minorías frente a las formas de gestión de esa crisis. Por eso decir el concepto de crisis es tan importante y si no aprendes a lidiar con ella, si no generas los mecanismos para resolverlo, para de alguna manera generar soluciones, es muy difícil que pueda haber un debate público, que pueda llegar una resolución feliz, por eso yo creo que la crisis tiene que ver en primera instancia con la capacidad política del reconocimiento de un contexto de crisis.

Bueno Ariel, vamos llegando al final. Creo que es muy pronto para hablar en tu caso de nostalgia, pero jugando un poco a los imaginarios de los que no escapamos ningún humano, la pregunta sería ¿cuál, según tú, es esa Cuba deseada, al menos la deseada por ti, y por otra parte? ¿Cuál es esa Cuba del presente que estás viviendo desde la diáspora?

Yo creo que una Cuba deseada, una Cuba del regreso, si es que eso es posible, tendría que ver esencialmente al menos para mí con los amigos. Si no están las personas, si no están los momentos, si no están las vivencias, desear el lugar es como una especie de novela que uno se inventa, sobre todo porque uno suele establecer esas conexiones sentimentales con determinados lugares y que a veces son más el producto de una ficción para darle una especie de predicado a la vida.

Por lo demás, este viaje, esta transformación ha implicado también un descanso de la academia, que es un mundo que también está viviendo otras complejidades y la posibilidad, por lo tanto, de conectar también con proyectos que estaban ahí detenidos, este proyecto que tiene que ver con las narrativas en los nuevos entornos digitales, que a mí me interesa mucho, ese espacio de empoderamiento, de democratización que son las redes y cómo se está escribiendo la Cuba de hoy desde esos nuevos territorios:  otro elemento a considerar para esa expresión tan grandilocuente que puede ser el futuro de Cuba. Y que tendrá que ver con la idea de una Cuba diaspórica que cada vez agrupa más y más gente. Esa Cuba diaspórica ha tenido que —o implicará a— sujetos que están participando de la construcción de lo político fuera de la política.

Entendía esa política con mayúsculas, como la política de Estado, como la política del gobierno. Porque la política, esa política central que de alguna manera rige los destinos del gobierno y del ejercicio de lo social en un territorio geográficamente delimitado, como puede ser la República de Cuba, ya no Cuba como construcción cultural, sino la República de Cuba, eso que tiene que ver con la Isla, con un límite preciso, diseñado legalmente y políticamente; pues fuera de esos territorios hay sujetos que están construyendo una idea de lo político. Y una idea de lo político que no necesariamente tiene que ver con esas nociones capitales que rigen el territorio de la Cuba legal o de la Cuba política, sino que tiene que ver con la Cuba cultural, con la Cuba como construcción. Y hay disímiles sujetos que están participando de nociones de lo político que tienen que ver con problemáticas estrictamente cubanas, pero en ocasiones no.

Te puedo nombrar una diversidad de asuntos en los cuales hay una construcción de un relato político que tiene que ver con tipologías de sujetos: la comunidad LGTBI a nivel global, por ejemplo. Ese es un discurso político, pero que no tiene que ver estrictamente con Cuba y, sin embargo, hay personas cubanas que están participando de ese debate y que están construyendo relatos e ideologías desde un entorno que afecta a lo local, pero que tiene que ver con una dimensión global. Algo similar con las cuestiones raciales, con cuestiones económicas, con cuestiones civiles. Pudiéramos mencionar muchos espacios en los que hay ciudadanía, ciudadanía afectiva, que está construyendo una noción propia políticamente argumentada fuera del gran relato político del gobierno cubano.

Y esa es, vamos a decirlo así, una variable que habrá que considerar para el futuro de Cuba.  Porque directa o indirectamente todos tributamos a ese futuro, a esa sociedad que vendrá. Sea desde el punto de vista económico, sea desde el punto de vista cultural, sea desde el punto de vista político o desde la dimensión que queramos entenderlo. Y creo que la política con mayúscula también tendrá que estar atenta a esas señales y no preocuparse solamente por las cuestiones de índole económica que parecen ser hoy el centro del foco de atención, sino también por cómo se están formando políticamente y culturalmente esos ciudadanos que están fuera y que de alguna manera influyen en las dinámicas de la vida social cubana.

La solución no es la violencia política

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violencia politica

En los últimos días varios intelectuales y activistas de diversas posturas dentro del espectro político cubano —pero predominantemente de izquierdas— han reportado citaciones a estaciones policiales, limitaciones temporales de libertad y detenciones para evitar que asistieran al juicio de la intelectual cubana Alina Bárbara López Hernández, el cual tuvo lugar el día de hoy, y culminó con una sentencia de culpabilidad por el presunto delito de Desobediencia.

Cuba hoy vive la crisis más aguda de su historia luego de 1959. A una economía mellada por años de medidas unilaterales coercitivas externas y errores en la administración interna, se le suma la ausencia de sólidos liderazgos políticos, el mal funcionamiento de muchas instituciones clave, la incapacidad para detener y revertir el empobrecimiento de sectores en situación de vulnerabilidad…

El salario medio sigue sin poder satisfacer las necesidades básicas de los ciudadanos y las transferencias sociales que ayudaron a hacer más llevadero para las clases populares el llamado «período especial» —como los subsidios a productos de primera necesidad— hoy son cada vez más exiguas, y en cambio, el mercado avanza silenciosamente, incluso, sobre servicios que se creían garantías ya conquistadas —como la salud y la educación—. Si bien la mayoría de los problemas que hoy tiene la Isla están mediados por la economía, reducirlos solo a una cuestión de números es no entender sus causas estructurales.

En medio de esta situación es natural que, más allá de sus militancias o afiliaciones ideológicas, una zona de la ciudadanía, y sobre todo de la intelectualidad, se pronuncie críticamente sobre la realidad de su país. Debería ser un derecho garantizado plenamente en todos los escenarios, pero en contextos de crisis se hace aún más necesario e inevitable. Hacer uso de este derecho no debería ser motivo de acoso, ni el Estado debería entender a quienes lo ejercen como «enemigos» per se.

En un entorno político marcado por la polarización y el extremismo —algo también inherente a las crisis— consideramos que recurrir a procedimientos legales y policiales para resolver disputas políticas, no solo erosiona la integridad de un sistema jurídico —aquel que debe velar por la protección de los derechos ciudadanos—, sino que además será una venda mal puesta que, lejos de sanar la herida, la infectará hasta dejarla sin cura posible. El rechazo que provocan estos métodos y acciones, solo consigue desalentar la disposición de diálogo, atrincherar a los afectados en sus ideas y alimentar el camino de la violencia política como única salida posible ante conflictos.

Cuando un Estado debe utilizar sus órganos policiales para silenciar a sus ciudadanos inconformes es porque las estructuras políticas que deberían garantizar su participación en el debate público no están funcionando adecuadamente. Esa táctica, además de condenable desde la ética, no es sostenible en el tiempo; las ideas y quienes las portan seguirán ahí, e incluso se volverán más radicales.

Mientras nos desgastemos como cubanos haciendo política desde la soberbia y la cancelación del otro, se deterioran las posibilidades de crear consensos entre diferentes actores sociales, y al final, se lacera esa integridad y soberanía nacional que todos deberíamos defender.

La Joven Cuba (LJC) es una organización que, desde visiones diversas, aborda la realidad cubana. No somos un medio opositor —como se nos ha querido etiquetar en algunas ocasiones— ni afiliado al Estado cubano —como también se ha dicho en otras—. Creemos que Cuba debe contarse y analizarse desde la mayor cantidad posible de visiones —incluso contrapuestas— y siempre potenciando la mirada crítica hacia los actores políticos que median sobre el país, y esto incluye tanto al Estado cubano, como a la oposición.

Nuestra agenda está marcada en primera instancia por el rechazo a la violencia política sobre los cubanos: desde cualquier forma de injerencia de un gobierno extranjero sobre decisiones soberanas, hasta la violación de derechos que consideramos elementales e imprescindibles para garantizar un desarrollo democrático en el país.

Nadie debería padecer represalias por expresar sus criterios o apoyar las causas que cree justas. Por esta razón rechazamos el uso del sistema policial y judicial como intento —por demás ineficaz— para la solución de conflictos políticos, inherentes a cualquier forma de democracia.

IV conferencia «Nación y emigración»: impresiones críticas de un participante

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Nación y emigración
Ilustración: LJC

La IV conferencia «Nación y Emigración» concluyó en la Habana el domingo 19 de noviembre tras dos intensos días de diálogo. Los 371 invitados debatieron con un grupo importante de intelectuales y funcionarios del gobierno, con la presencia permanente de figuras de primer rango del gobierno cubano y el Partido Comunista, incluido el presidente Miguel Diaz-Canel.

Al concluir el evento, los participantes rindieron homenaje a José Martí, el imán del patriotismo, la ética de justicia social y cubanía, donde se encuentran todos los cubanos de buena voluntad. El evento se dividió en cuatro paneles, además de la inauguración y la clausura. Incluyó como parte de su narrativa de continuidad, un homenaje a un grupo de los participantes en el diálogo de 1978 entre el gobierno de Cuba y prominentes emigrados de entonces.

***

A medio camino de la administración Biden en Estados Unidos, se da esta reunión entre el gobierno de la Isla y un número significativo de emigrados cubanos por el mundo. Una masa crítica de cubanos residentes en Estados Unidos como en otros 70 países, ratificó la voluntad de acompañar, tanto los procesos de reforma y apertura planteados por el Estado cubano, como un camino de distensión, diálogo y desmantelamiento de las sanciones contra el pueblo de Cuba. Si el presidente Biden se decide a comportarse con Cuba como un «hombre crecido» —en palabras de Henry Kissinger— «no una comadreja»; hay emigrados cubanos que lo acompañaran en el camino de Obama, y Jimmy Carter, a construir puentes, y derribar muros.

Apenas por enviar esas señales nada más, valió la pena ir y dialogar cualquiera que fuesen las limitaciones. Con todos los defectos que se le puede señalar a la conferencia y sus organizadores, el diálogo y la distensión más incompletos son alternativas óptimas frente a los enclochados en la perfecta hostilidad.

El espectro político de los invitados abarcó desde los grupos de solidaridad con la Revolución dentro de la emigración cubana —con títulos como Asociación de Emigrados «Desembarco del Granma» en Bilbao hasta el Cuba Study Group, partidario abierto de un cambio de sistema político en el país, a través de una distensión con Estados Unidos.

En términos de representación geográfica, hubo un conjunto grande de cubano-estadounidenses, con cerca de la mitad procedente de Miami —según un estimado muy arbitrario de este autor— y el resto de otras partes de Estados Unidos. Hubo también una gran representación de otros lugares del mundo. Esto último es importante porque en conflictos asimétricos, como lo demostró la estrategia torrijista para recuperar el canal de Panamá, la parte pequeña gana al internacionalizar el conflicto, e involucrar la opinión de otros, incluyendo los emigrados, como cuestión de orden y derecho internacional.

IV Conferencia de Nación y Emigración
IV Conferencia de Nación y Emigración / Foto: CIPI

La conferencia no partió desde una concepción litigante por ninguna de las partes involucradas. Hubo posiciones diversas y hasta contrapuestas, con emigrados y funcionarios coincidiendo y disintiendo según temas, experiencias y posiciones. No faltaron discusiones álgidas ni asuntos controversiales, pero la idea que alentó a los participantes fue de unidad patriótica martiana.

Desde una base de cubanidad, entendida como orgullo de ser cubano culturalmente, se proclamó una voluntad de cubanía, en la cual predomina la conciencia de comunidad política nacional soberana amenazada en el momento actual por el bloqueo estadounidense.

Patriota es todo el que defiende la soberanía, independencia y bienestar de su patria, tal y como lo establece el derecho internacional contemporaneo, «no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas». No se trató de un patriotismo de exclusión. Un gran educador dijo que salió de Cuba con el título de «no confiable» impuesto desde la ideología pero que era, es y sería siempre «cubano y solo cubano» sin menoscabar un ápice la soberanía de Cuba ni causar jamás el menor daño a su pueblo. Otros argumentamos tener múltiples identidades que no son excluyentes sino complementarias, respecto a nuestras patrias de origen y de adopción. Nadie nos lo recriminó.

Ni los emigrados participantes, ni los funcionarios del gobierno pretendieron que se tratara de una representación de todo el espectro nacional de opiniones sobre Cuba, su sistema político o sus relaciones con el mundo. Se dijo a las claras, que era una reunión del gobierno con emigrados patriotas, y ese es el «con todos y para el bien de todos». Seguro que hay espacios para más inclusión y de eso se debatió en la conferencia, pero nadie allí lamentó la ausencia de plattistas. En lo personal, creo que, aunque todavía queda mucho por andar, se entiende mejor la diferencia entre oposición leal y apostasía.

Las sesiones formales fueron importantes pues en ellas las autoridades informaron del estado del país y sus visiones oficiales. Desafortunadamente lo que siguió a las presentaciones oficiales —me dicen que ha sido así en los diálogos anteriores y que las quejas contra ese formato se han hecho reiteradamente por varios emigrados, sin ser escuchados por las autoridades—, no fue una discusión en talleres o en comisiones sino un diálogo en plenario donde los emigrados expusimos opiniones, criticas o sentimientos. Los representantes oficiales aclararon dudas, precisaron datos o los cambios propuestos o en discusión.

Desde mi observación participante, alertaría que la agenda discutida rebasó los temas abordados en el plenario. El diálogo ocurrió en las sesiones formales, y también en los recesos, actividades colaterales, y la recepción en el Palacio de la Revolución. El tiempo de las sesiones formales, todas en plenario, a veces no se utilizó eficientemente —algunos ponentes e invitados fueron repetitivos y poco concretos en sus diagnósticos y propuestas, hubo poemas y hasta malos poemas—. En los espacios formales se produjeron propuestas de intercambio y colaboración entre instituciones educacionales, culturales, sociales y económicas entre los emigrados y las instituciones oficiales y directamente con la sociedad civil que eran impensables años atrás.

Bastaría consultar algunos cursos y textos impartidos en el centro Martin Luther King o en las escuelas de gestión y liderazgo de las universidades cubanas sobre métodos participativos para concluir que un evento más descentralizado hubiese originado una discusión de los asuntos concretos a ventilar entre el gobierno y los emigrados mucho más fructífera. En ese sentido, la conferencia, con sesiones exclusivamente plenarias y una relatoría abierta a la voluntariedad de enviar las opiniones que el tiempo evitó que se expresaran, cargó muchas oportunidades perdidas.

El debate informal y la entrega de opiniones a la relatoría alivia estos déficits del formato verticalista pero no los resuelve. Otro de los problemas del verticalismo de la conferencia fue que dejo sin articular una red de colaboración entre los participantes. Al no haber talleres, ni comisiones específicas, el gobierno preserva cierta jerarquía en el control de la agenda, pero también hizo difícil conformar grupos de trabajo autónomos entre quienes tengan la voluntad de aunar fuerzas contra aspectos específicos del bloqueo o a favor de la promoción de contactos con Cuba.

Reitero entonces la importancia de que los organizadores por la parte cubana escuchen más a los que le sugieren otro formato más participativo y horizontal en la confección de la agenda, el formato de discusión y el diálogo.

Foto: Perfil de Twitter de Nación y Emigración

Se notó un notable avance de la concepción oficial sobre el emigrado. El presidente, los ministros de relaciones exteriores, justicia y comunicaciones, y el presidente de la Casa de las Américas aludieron a un paradigma en el que la separación entre la condición de emigrado y el resto de la ciudadanía desaparece. Un grupo grande de los participantes tiene residencia hoy en la isla y en el exterior.

En el campo de las inversiones, el gobierno mostró una actitud receptiva a problemas de índole práctica que enfrentan quienes, retornando a Cuba o no, han optado por varios emprendimientos económicos. Aludiendo a los ejemplos de socialismo del este de Asia, varios emigrados inversionistas hablaron de la necesidad de una nueva ronda de transformaciones, en las que ciertas privatizaciones serian urgentes, y a resolver incompatibilidades entre la posibilidad de invertir como extranjero y la exigencia para los dueños de las mipymes de relocalizarse en el territorio nacional.

Defendiendo su esperanza de que la empresa estatal siga siendo el baluarte fundamental del socialismo cubano, los miembros del gobierno mostraron una actitud abierta al diálogo y a reevaluar las premisas desde las cuales se han dado importantes problemas y cuellos de botella en la transición hacia un modelo de economía mixta.

La prioridad de ese diálogo crítico giró en torno a la reforma económica pero no se limitó a esta. En términos de intercambio educacional y cultural se discutieron experiencias de participación de los cubanos residentes en el exterior en la vida de la Isla, como artistas, profesores, educadores, y colaboradores con la participación internacional del país. A nivel general, se enunciaron políticas de apertura en lo ideológico, en las cuales lo esencial es respeto a la soberanía, y la legalidad que se anuncia se ajustará al nuevo modelo económico-social con mayores protecciones a la propiedad.

A un observador de largo plazo, como este autor, de la historia y la contemporaneidad cubana le caben muchas dudas sobre la implementación de esos grandes enunciados. El gobierno y su estrategia comunicacional deben dar señales sobre la vocación enunciada de respeto a la pluralidad con mucho más dramatismo. Toda esa poesía de la gran apertura debe concretarse en la prosa de decisiones locales, de miles de funcionarios decentes, pero también burócratas, agitadores ideológicos, con un fardo importante de verticalismo, inmovilismo y oportunidades rentistas y corruptas en el proceso de cambio, y en los equilibrios de reforma parcial.

En la propia conferencia, de manera informal hasta hubo quien se enzarzó en distracciones hasta con este servidor por posturas disidentes y criticas con las autoridades cubanas en torno al conflicto medio-oriental.

Da pena y es de lamentar que, en la sesión de inversiones, particularmente entre los emigrados cubanoamericanos con negocios y aspiraciones de estos con Cuba, faltaron referencias a como pondrían por lo menos parte de su capital en función de hacer política para levantar el bloqueo. En eso se aprecia un retroceso con relación a la conciencia de empresarios de antaño como Francisco González Aruca, Kirby Jones, John Henry Cabañas, Xiomara Almaguer y otros.

Aquello de que los «empresarios anti-embargo» hagan su zafra, y esperen que los activistas hagan el sacrificio para que ellos viajen gratis a comerse los beneficios no tiene nada de conciliación martiana. Pagan los tabaqueros de su jornal al partido revolucionario cubano y pagan los dueños de las tabaquerías. Conviene a la nación cubana, que los que hacen los negocios, pongan su dinero donde ponen las palabras. A eso debe contribuir la opinión pública y la gestión gubernamental con incentivos y castigos.

Nada de eso es nuevo bajo el sol de las transiciones, pues -—como dijo la gran escritora judía norteamericana Cinthya Ozick— «el paraíso existe solo para los que ya estuvieron allí». Todos los que estudian los casos de Vietnam y China, y sus ejemplos en la relación con la diáspora —un buen ejemplo del economista Omar Everleny en la serie de la Universidad de Columbia, Horizontes cubanos— saben que, incluso después de los cambios paradigmáticos de mentalidad a nivel de liderazgo, la implementación no fue miel sobre hojuelas. Para implementar los cambios hacia una economía mixta y un pluralismo político de raíz martiana se necesita un estado desarrollista, distribuidor y regulador que sea fuerte por su institucionalidad y cultura, no por ser abarcador ni controlador.

Los resultados

No tiene sentido medir el éxito de un evento o proceso a partir de una exigencia que solo proclaman los oponentes de este. Ni los que fuimos al dialogo ni los que lo convocaron dijeron nada de conversar sobre una transición a una democracia representativa ni buscar el levantamiento del bloqueo a través de aceptar las indignas demandas de la ley Helms, que es un desastre para Cuba y también, así lo siento como estadounidense, para Estados Unidos. De hecho si esa fuera la convocatoria, muchos ni nos hubiésemos presentado. El destino de todo lo que haya salido de Jesse Helms, apoyo a Pinochet, oposición a los tratados Torrijos-Carter, apoyo al racismo del apartheid y la segregación racial en Estados Unidos, y pisoteo a la soberanía cubana, es la irrelevancia.

En el documental sobre el diálogo de 1978, la participación de Max Lesnik y varios intercambios informales se invocó aquella negociación y la gestión de Bernardo Benes y otros para la liberación de los presos por participación en hechos políticos entonces. En el contexto actual y con referencias a los presos del 11-J, muchos lamentamos, no solo emigrados sino también funcionarios, que Biden no haya entroncado con la tradición de Carter y Obama. Con una política así, EEUU pudiera propiciar esos gestos humanitarios de liberaciones de presos, que han tendido a ocurrir sin imposiciones ni proclamados quid pro quo.

Ingenuo sería buscar conciliación entre posiciones antagónicas. Lo interesante es que, en la conferencia, por lo menos desde los enunciados de varios emigrados y hasta de una parte de los funcionarios, se abrieron espacios a propuestas con una dosis de desideologización.

Desde esa dinámica es posible avanzar posturas post-revolucionarias, que no procuran desmantelar el legado revolucionario, sino rebasar la litigación interminable de las luchas asociadas a la guerra fría, en primer lugar el conflicto comunismo-capitalismo. De hacerse efectiva esa mentalidad, se irían al basurero de la historia, el bloqueo estadounidense y la idea leninista de una sociedad sin pluralidad, guiada por una vanguardia de iluminados que saben mejor que los demás, lo que es bueno para el país, y lo que le conviene. Tiempo —para usar la expresión orteguiana— de una «época plena», con paz, conciliación, negocios y desarrollo.  

A la hora de valorar resultados es importante distinguir los que son tangibles de los intangibles, que en política no son menos importantes. Empezando por los tangibles, hay poco que anunciar, pues la normalización de los precios del pasaporte—ahora válido por diez años, sin necesidad de las abusivas prórrogas— y la moratoria en la pérdida de la residencia por permanecer fuera más allá de dos años, fueron establecidas previo al encuentro.

En términos de integración de los emigrados al contexto institucional cultural y educacional del país, se presentaron importantes ejemplos de algunos que hoy participan activamente dando cursos, exponiendo en eventos, realizando trabajo conjunto desde sus países de adopción con numerosas instituciones cubanas. La posición oficial mostrada por el Ministerio de Relaciones Exteriores y el de Comunicaciones, de conjunto con la ponencia de Abel Prieto, fue que la Cuba oficial está abierta a esa colaboración siempre y cuando los interlocutores emigrados estén a sana distancia de la política de bloqueo y cambio de régimen impuesto desde afuera.

Sería un optimismo de doctor Pangloss esperar que esta apertura signifique el desmontaje de los controles ideológicos leninistas sobre la educación y la cultura. Incluso si las instituciones cubanas se abren mañana a la colaboración de miles de profesionales que formaron y viven en el exterior, todavía quedarán chillando los que dicen que es su derecho colaborar con el bloqueo.

Es más importante constatar que se ha proclamado y empezado a implementar un cambio de paradigma en el que lo correcto es incorporar y ofrecer espacios a la colaboración y participación del emigrado en sectores estratégicos de formación de pensamiento como la educación, la prensa y la cultura, como no ha ocurrido antes desde 1961.

Habrá que ver como lo anterior se implementa, pues los funcionarios tienen mucha agencia para llevar a cabo u obstaculizar estas políticas. Cuba ya no funciona desde el modelo de Fidel o Raúl Castro al timón. Lo cierto es que para quien conciba el cambio en Cuba desde la distensión y la gradualidad hay aquí un importante espacio.

En términos de aporte emigrado a la inversión económica a nivel de país o en contextos locales, contribuciones a los fondos de desarrollo local, conexión a cadenas globales de producción u oportunidades de exportación habría que esperar. Puede que no sea suficiente, pero la sesión sobre oportunidades de negocios marcó una expansión significativa de las fronteras desde la cual la política económica se hace.

A nivel programático, el gobierno ha dejado claro que quiere promover el sector privado y hasta sus vínculos con el Estado en una estrategia de desarrollo que los integra. Quiere crear oportunidades de negocios privados y cooperativos para los que viven en la isla, y los emigrados. La cuestión hoy no es si, sino cómo, el gobierno materializa esas políticas. 

En la conferencia, observé desde la distancia al presidente Miguel Diaz-Canel. Además de clausurar el evento y dedicar una recepción en el palacio del gobierno, el presidente estuvo presente en tres de los cuatro paneles. Con la excepción de un par de conversaciones cortas con el ministro de exteriores Bruno Rodríguez, u otro miembro del gabinete sentado en su entorno, el máximo representante del Estado cubano dedicó su atención casi exclusivamente a las opiniones de los emigrados, tomando pocas notas, y abriendo la computadora un par de veces, para teclear por unos minutos. No tengo mucha base para juzgar, pero la señal que vi esos dos días es que tiene una aproximación a los emigrados entre sus prioridades. Los años que le quedan de su segundo mandato, que cada día se acorta, demostrarán si las puede implementar.

Postdata: En mi programa de youtube «Conversaciones Americanas» discutí algunas de estas impresiones con más detalles. Ud puede acceder en el siguiente link: https://www.youtube.com/@ArturoLopezLevyconversaciones

27N: luces enrarecidas de un tiempo perdido

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2N
Ilustración: LJC

Fue determinante que ese día anduviera con Marcos Paz, visitando a Boris en el Centro Social ABRA. Frente al Ministerio de Cultura, la gente se congregaba desde temprano. A media tarde, mientras nos fumábamos unos Criollos en un parque de Lawton, no me había pasado todavía por la cabeza unirme a los manifestantes. Sin embargo, los acontecimientos se precipitaban y nos iban llegando fragmentos de información. A medida que se hacía evidente que esta vez era distinto, la idea fue tomando forma.

Pero me resistía. Me parecía demasiado «promiscuo» unirme a una protesta que había surgido por solidaridad con el Movimiento San Isidro. Solo cuando comprendí que me estaba autoexcluyendo de algo importante, fui consecuente con mi criterio de que la culpa es un mecanismo perverso de dominación instaurado por el cristianismo. Aun así, creo que no habría ido si no hubiera andado ese día con Marcos Paz.

***

El 28 de noviembre de 2020, todavía al calor de los acontecimientos de la noche anterior, escribí en mi muro de Facebook un texto del que retomo algunas líneas:

«Aquello trascendió al MSI con el paso de las horas. […] Se puede leer como una derrota el hecho de que haya sido una organización opositora la que haya logrado esa movilización de la sociedad civil. Yo quisiera añadir, no obstante, que allí había en el aire una belleza perestroika. […] En muchos aspectos, la manifestación fue un hermoso reto contra los remanentes del estalinismo, o socialismo de guerra fría si lo prefieren. […] Leí en algún lugar que los finales se parecen a los principios, pero con luces enrarecidas.»

Desde la ventaja que ofrecen los tres años transcurridos —es sabido que cuando se trata de comprender la historia, la distancia temporal es uno de los requisitos de la claridad—, quizás podamos ya trazar algunas líneas para comenzar a entender qué ocurrió ese 27 de noviembre.

Las interpretaciones oficiales, ya sabemos, se mueven entre la tesis del golpe blando y la de la colonización cultural. Incluso, la matriz según la cual se trató, la de una manifestación principalmente blanca, elitista y burguesa —curiosamente, echada a andar por los propios miembros del Movimiento San Isidro casi desde el primer momento—, aunque capta un aspecto importante del fenómeno, termina por ser una descalificación demasiado fácil.

A la tesis de la vinculación de algunos de los principales actores con las agendas estadounidenses, debemos responder que la moralina no puede sustituir el análisis social. Frente al paradigma de la exterioridad que nos quiere imponer la Escuela de la Guerra Cultural, resulta fundamental recordar que existe una interrelación orgánica entre los procesos sociales. Los agentes vinculados a poderes externos y sus estrategias de poder forman parte de los procesos por los que atraviesa la sociedad cubana, del mismo modo que aquellos que les oponen resistencia.

Esto significa que la condena a la injerencia extranjera no nos puede cegar ante el hecho de que las diversas subjetividades que componen la disidencia cubana se forjaron sobre un terreno autóctono. Los artistas e intelectuales que sirvieron como punta de lanza de una estrategia de subversión no cayeron en paracaídas, sino que se formaron en las instituciones cubanas y fue allí donde desarrollaron su desafección al sistema, mucho antes de plantearse, siquiera, militar en organizaciones de la oposición.

¿Quiénes fueron los que se manifestaron frente al Ministerio de Cultura el 27 de noviembre de 2020? No solo los mismos de siempre, los disidentes «con nómina». Esta es la pregunta más importante que debemos hacernos. Un proceso de contestación política radical se inicia con la aparición de un nuevo sujeto, a partir de la irrupción en el escenario político de una determinada alteridad, esto es, un conjunto de personas negadas por el sistema.

Durante mucho tiempo, los estrategas de la subversión contra el gobierno cubano esbozaron algunas hipótesis de trabajo sobre cuáles podrían ser esas identidades que canalizarían la rebeldía. Mi tesis, no obstante, es que lo ocurrido ese día desbordó sus esquemas.

Al analizar la manera en que se ha estructurado la oposición al gobierno cubano por parte de aquellos con recursos para hacerlo de manera sistemática, se observa la presencia de al menos tres arquetipos:

En primer lugar está el disidente de alto nivel intelectual y pretendida autoridad moral, construido sobre el modelo de la disidencia soviética y este-europea; estos son los epígonos de Pasternak. En segundo, y de manera paralela, se maneja el arquetipo del estallido social, que canaliza la ira de los barrios marginales ante un Estado opresivo; delincuencia, «vulgaridad» e ira se unen en la explosión de violencia. Por último, se construyó un híbrido de los dos primeros: la disidencia contracultural encarnada en el Movimiento San Isidro.

Integrantes del «Movimiento San Isidro»
Integrantes del «Movimiento San Isidro» / Foto: Infobae

Sin embargo, a pesar de la presencia el 27N de muchas personas ya identificadas con alguno de estos arquetipos, la autenticidad del acontecimiento vino de que ninguna de estas identidades fue la dominante aquel día. No está de más recordar que lo que movilizó a varios cientos de personas no fue la adhesión a los planteamientos del movimiento San Isidro, sino la indignación ante el proceder de las autoridades la noche anterior, durante el desalojo de los acuartelados en la casa de Damas. Sobre el fondo de esta indignación indiferenciada, pudo darse la confluencia de grupos con intereses divergentes.

Lo ocurrido tiene en realidad poco que ver con algo nuevo o diferente que haya hecho la oposición. Mucho más determinantes fueron ciertos cambios que se estaban operando en la sociedad, impulsados por el propio gobierno. En concreto, la aparición de Internet como dato de la cotidianidad introdujo un elemento desestabilizador en el sistema. Una sociedad construida según los parámetros del socialismo real no está diseñada para tener una esfera de opinión pública. Y la masificación de los datos móviles provocó justamente eso: la incipiente formación de una esfera pública a la que accedían algunos sectores sociales.

Como resultado de esta novedad, adquirieron visibilidad algunas prácticas del Estado que, según el diseño, no se suponía que fueran visibles. El propio acumulado cultural ético desarrollado por la Revolución Cubana se expresó inmediatamente como rechazo a las prácticas del Estado. Es importante comprender que, con la incipiente aparición de esa esfera de opinión pública, los acumulados culturales comenzaron a desempeñar un papel activo en la modelación de nuevas subjetividades, de manera tangencial a las viejas estructuras de captación, organización y a la larga anulación de la subjetividad.

La degradación del sistema político en dirección a la más mezquina instrumentalidad podía constatarse en infinidad de ejemplos, pero era en las formas de enfrentamiento a la oposición que se mostraba del modo más visible y plástico. Por tanto, tiene toda la lógica que hayan sido precisamente esas imágenes más dramáticas las que despertaron la indignación. Fue casi una consecuencia inevitable de la glasnost virtual, una vez que aquello que se sabía que existía se hizo por primera vez tangible ante la conciencia colectiva.

¿Acaso movilizarse desde la opinión pública es un privilegio de burgueses blancos con celular? ¿No es la propia noción de una esfera de opinión pública parte de la concepción liberal de la sociedad? No puede negarse que la mayor parte de los jóvenes reunidos aquel 27N frente al Ministerio de Cultura, aunque no todos, formaban parte de los circuitos más cosmopolitas de la ciudad, o sea, de los más vinculados al consumo de los productos culturales del mundo capitalista. En cierto sentido, predominaba allí el sentido común liberal. Sin embargo, existe algo profundamente errado en la abstracta condena de todo lo que significa una esfera de opinión pública.

Protesta el 27 de noviembre de 2020 (27n)
Protesta el 27 de noviembre de 2020 (27n) / Foto: IPS Cuba

Importantes dimensiones de la libertad humana, como la autonomía individual, la tolerancia o el propio agonismo, parecen huérfanas en el socialismo realmente existente. ¿Acaso no son estas también «potencias» de las que el ser humano debe apropiarse, según el planteamiento de Marx en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844? ¿No desempeñan un papel también en la emancipación? Tan imbuida por algunos valores tradicionales de la cultura burguesa estaba una parte de los muchachos del 27N, como lo estuvieron en su momento muchos miembros de la Generación del Centenario al iniciar su camino de rebeldía. Por último, ¿no es —en último término— responsabilidad del sistema que dichos valores tiendan a desarrollarse principalmente en oposición al socialismo y en conexión con la cultura global liberal?

Se ha descalificado a los manifestantes también desde su adscripción a las llamadas «clases creativas». En este esquema, se trataría de un sector degenerado de la cultura, enfermo de colonización cultural. No se puede negar que mucho de esa colonialidad está presente —como lo está también en los dirigentes encargados de llevar adelante la política cultural—, pero es una colonialidad que, antes de buscarla de nuevo en un malvado factor externo, debería rastrearse en los planes de estudio de las instituciones educativas cubanas. Por otro lado, no es un problema solo de influencias hegemónicas, sino también de rebeldías contraculturales que no encuentran una vía de canalización. ¿No es acaso un contrasentido que la política cultural cubana forme subjetividades que luego no puede asimilar?

***

Esa noche conmigo estaba Lisbeth, mi querida amiga, en aquellos tiempos administradora de Comunistas Blog. Estaban María Lucía Expósito y Leonardo. En aquellos tiempos era todavía Leíto, no se había convertido todavía en Leonardo Romero Negrín. Resultaba imposible caminar entre la gente sin reconocer a alguien; conocía a más personas de las que habría imaginado, de los más diversos contextos sociales. Rostros inconfundibles. Una constelación generacional en pleno.

Se cantaban canciones revolucionarias, se aplaudía. Tuvimos la oportunidad de ver el espectáculo que formó la Diosa. Mientras especulábamos sobre la irreductible novedad de lo que estaba ocurriendo, Lisbeth me prestó su teléfono para chatear con Iramís. Ya en el cuartel general de Nuevo Vedado comenzaba la otra mitad de la izquierda a planificar la Tángana del Trillo. No me pareció mala idea; solo transmití el mensaje de que me parecía un gran error enfrentar una manifestación a la otra.

Presidente Díaz-Canel en la denominada «Tángana»
Presidente Díaz-Canel en la denominada «Tángana» el domingo 29 de noviembre

En algún momento, fuimos a comprar cigarros. Lisbeth se quedó y, en el grupo que se separó (¡oh, rosada ingenuidad de quienes nunca jamás en la vida han estado en una manifestación!), nos encontrábamos Maykel González Vivero, Marquitos, Adriana Fonte —mi partner in crime en Utopía Revolucionaria—, Ricardito y yo. Recorrimos las tranquilas calles del Vedado hasta el lúgubre CUPET de Paseo y Malecón, donde compramos un par de cajas de H. Upmann. Pero el regreso no sería tan pacífico.

La policía había cerrado las calles. De repente, la electricidad se cortó. No sé si alguna vez he visto otra oscuridad como la que se derramó por la avenida Paseo esa noche. No era un fenómeno meramente físico —quizás aquí la palabra metafísico sea la más adecuada—. Sobre todo, la mayor fuente de oscuridad era un grupo de aproximadamente ciento cincuenta personas, formadas en bloque bajo los altos árboles. Vestían de civil, en pétreo silencio, mientras escuchaban una perorata que les daban unas pocas personas colocadas en frente, sin duda los «factores». Una mujer alzaba la voz mientras sostenía una libreta desgastada entre las manos.

Teníamos la firme voluntad de regresar a la manifestación, así que rodeamos el cuadrilátero formado por las cuatro manzanas circundantes. En cada entrada, chocamos con la barrera formada por las autoridades. Tratamos de dialogar con ellos, de escurrirnos, pero nada funcionó. Hacia adentro, en dirección al Ministerio de Cultura, solo había oscuridad y un bullicio desordenado, como el de un estadio deportivo. Nos encontramos con otras personas que también trataban de entrar.

Al final lo conseguimos. Nunca olvidaré el modo en que Maykel González Vivero enardeció a las masas, al mejor estilo de la Revolución Francesa, y encabezó aquella carga que nos devolvió junto al resto de la manifestación. Corrimos en dirección a unos sorprendidos policías, que solo acertaron a rociarnos con gas pimienta. Hubo a quien lograron detener, pero la mayoría logramos pasar. Al reunirnos con la multitud, nos recibieron entre vítores y expresiones de preocupación.

Dentro, en el epicentro de los hechos, todo se había transformado. La gente había cobrado consciencia de la gravedad de la situación, materializada en aquella oscuridad y en el anillo de guardias vestidos de civil que nos rodeaban. Me senté en el suelo, junto a Mario Castillo y Julio César Guanche. Me picaban los ojos y los labios. El bullicio de la multitud continuaba. La gente se ponía de pie, volvía a sentarse. La luz regresó. Conversábamos, reíamos y nos preparábamos para lo peor.

En algún momento de una noche que ya parecía eterna, regresaron los representantes elegidos por la asamblea de manifestantes, tras haber pasado horas dialogando con las autoridades del Ministerio de Cultura, y comenzó el acto final.

***

A pesar de las pretensiones de los disidentes profesionales, la alteridad que se manifestó no fue ninguna de las prefabricadas. Durante aquella noche, fueron los indignados ante la racionalidad instrumental ciega y mezquina del Estado los que le dieron cuerpo real a la manifestación. Y como ocurre a menudo en los movimientos donde se anuncia algo nuevo, no había inicialmente una actitud rupturista, sino restauradora: se quería restablecer la sensatez y la decencia, y por eso los artistas e intelectuales fueron frente al Ministerio de Cultura, su ministerio. La mano que se extendió fue la del diálogo.

El desplazamiento en el significado de la protesta puede ejemplificarse en la participación y liderazgo de Fernando Pérez. Si el autor de obras como Clandestinos y La vida es silbar, que ha sido un tejedor activo de la semiótica de la Revolución Cubana, estaba allí, era porque la rebeldía manifestada por ese sector de la juventud tocaba alguna fibra del potencial cultural emancipatorio. Desde una incipiente sociedad civil con espacios de autonomía, irrumpía una muestra generacional, la alteridad de quienes estaban cansados de la negación de una parte central de sus vidas.

Fernando Pérez y Jorge Perugorría el 27n /
Fernando Pérez y Jorge Perugorría el 27n / Foto: Diario de Cuba

Y así pudo darse, aquella noche, el conato de un contrapoder instituyente. Ello explica que haya surgido una nueva identidad, un nuevo lenguaje, una nueva performatividad. Por un instante —y este es el aspecto más significativo de lo ocurrido—, se rompió el guion establecido, quedó desactivado el imaginario de contraposición revolución / contrarrevolución, férreamente asentado durante décadas. Darle vida, en voz y guitarra, a las canciones de Silvio, en un contexto tan diferente al habitual, constituía en sí mismo un desafío a dicho imaginario. Lo mismo ocurre con la aplicación de algunas técnicas políticas, como la sentada, características de la izquierda internacional.

Es cierto que la asamblea del 27N no pasó de allí, no llegó a convertirse en un nuevo principio de realidad. Para ello habría sido necesario que surgiera un programa político y una praxis revolucionaria que verdaderamente fundiera las identidades de los participantes en una nueva comunidad. Esto no ocurrió. Se llegó hasta el instante en que el poder instituyente se manifiesta como un magma, del que surgen en abundancia las significaciones, pero no se avanzó hacia el momento de la disciplina de la praxis.

Tras la disolución de la asamblea, se puso de manifiesto la asimetría existente entre el poder mediático y cultural de los actores de la política tradicional y el de aquellos que habían llegado desde una sociedad civil incipientemente autónoma. Aquellos recuperaron el control de la narrativa casi de inmediato. El Estado, desde los medios de comunicación masiva; los disidentes profesionales, desplegando rápidamente una estrategia de capitalización de lo ocurrido.

No hay nada extraño en que algo como lo ocurrido el 27N se disolviera sin consecuencias políticas inmediatas. Como demuestra la larga historia de manifestaciones y expresiones de contestación política, el camino desde la irrupción de una alteridad hasta la creación de un nuevo poder constituyente es largo y lleno de posibles retrocesos. Los poderes fácticos desarrollan múltiples estrategias de normalización y desactivación, en las cuales pueden jugar un papel también las burocracias opositoras, cuyos liderazgos enajenados consiguen desnaturalizar y anular los movimientos sociales.

La catarsis —en el sentido gramsciano del término— de aquella noche no fue suficiente para producir un programa político y una nueva comunidad política, pero en cambio sí produjo una figura estética. Como dice Castoriadis, es característico de la imaginación radical humana la capacidad de darle, en primer lugar, una coloración a la realidad. En ese sentido, el 27N se asemeja al 15M español o, siendo un poco más arriesgados —pues se trata aquí de un fenómeno mucho más local— al mayo francés del 68. Esta figura se incorporó al imaginario social y contribuyó decisivamente a su desestabilización.

Hasta ese día, al menos para las generaciones nacidas desde el Período Especial, los relojes de la historia estaban detenidos. El 27N desestabilizó el imaginario y contribuyó a la fluidificación del orden social, o lo que es lo mismo, a la activación de la política. Los relojes echaron a andar de pronto y el tiempo trajo una sucesión de acontecimientos: Tángana del Trillo, 27 ENE, ese terremoto llamado 11 de julio, Archipiélago.

Para bien o para mal, ese ciclo se cerró. Los bloques políticos midieron sus fuerzas, se recompusieron y finalmente todo regresó a la calma. Hoy los relojes de la historia vuelven a estar detenidos, en un país que parece el mismo pero que no lo es. El 27N, sin embargo, ya forma parte de lo que llamamos cultura: seguirá siendo un referente polémico, pero sin duda permanece en la memoria colectiva a la espera de mejores tiempos, en los que pueda convertirse en una fuerza conformadora de nuestro futuro.

Fidel, un mito por interpretar y más

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Homenaje a Fidel
Foto: LJC

Fidel, un mito por interpretar

Fueron noticia este 25 de noviembre los homenajes realizados en toda Cuba al líder Fidel Castro en el séptimo aniversario de su muerte, ocurrida en 2016.

En el acto central, con el presidente Miguel Díaz-Canel a la cabeza, participaron cientos de personas, entre ellas varios de los más altos funcionarios del gobierno. El escenario elegido fue la escalinata de la Universidad, un sitio que usó el homenajeado líder en numerosas ocasiones para dirigirse a los estudiantes.

Casi todas las instituciones cubanas se movilizaron en función de esta conmemoración, a pesar de la crisis económica

Esto significa que la apuesta simbólica por la figura de Fidel sigue siendo prioritaria para un gobierno que, con la alargada crisis económica, no encuentra un camino visible para el desarrollo y la prosperidad. Incluso, garantías ciudadanas —como la calidad de los servicios de salud pública—, que en algún momento fueron capitales sociales esenciales de la Revolución Cubana, empiezan a tambalearse.

Opinamos que esta operación conmemorativa, por más que intente hacerse notar, no suplirá la incapacidad de generar un liderazgo a la altura de la crisis del país, es una de las grandes debilidades de los herederos de la generación de Fidel.

A estas alturas también sería más útil iniciar una interpretación objetiva del legado del fallecido líder, de su capacidad para analizar los procesos y reaccionar ante el reto de cada contexto, en vez de alimentar un desfasado culto a la personalidad que no tiene ningún chance de avivar la lealtad de una ciudadanía, la cual—aunque una parte asista a las convocatorias de actos políticos— cada vez encuentra menos puntos en común con el proyecto de país que él prometió.

Como sociedad, nos debemos un debate profundo y sincero sobre cuáles aspectos de su pensamiento y actuar políticos deberíamos desechar y cuáles aprovechar, si de verdad se quiere continuar su legado.

 

Más digitales cada día

Y es noticia, además, que Cuba sigue dando pasos hacia la necesaria y polémica bancarización.

En 2024, empezará a funcionar un centro de operaciones tecnológicas que optimizará el trabajo de Servicios de Pago Red S.A. (Redsa), la entidad a cargo de más del 70% de las operaciones bancarias digitales que se realizan en el país.

Además de la anunciada modernización de Redsa, se supo esta semana que la plataforma Transfermóvil, usada para realizar todo tipo de pagos por 4,5 millones de cubanos, lanzó una versión que incorpora varios servicios nuevos.

Los pagos digitales cada vez son más comunes, aunque a menudo las condiciones técnicas de las redes dificulten las operaciones.

Esta semana también fue noticia, tras una comunicación de Juan Carlos García, el ministro de Turismo, en sus redes sociales, que las tarjetas rusas MIR ya pueden usarse en Cuba, incluso en cajeros automáticos de algunos bancos.

Esto significa que la digitalización de las transacciones es un proceso imparable en el país, a pesar de las obvias limitaciones tecnológicas. La intención, por testaruda e inoportuna que parezca a muchos usuarios, es una solución que contribuirá a la eficiencia y, en general, al desarrollo de Cuba.

No obstante, según se reconoció en el programa televisivo Mesa Redonda, hasta el momento sigue incrementándose el efectivo que se retiene fuera de las instituciones bancarias. Asimismo, ha provocado otras distorsiones —también informadas en el espacio— como diferenciaciones de precio en dependencia del mecanismo de pago utilizado.

Nuestra opinión es que el sistema bancario cubano y sus empresas subsidiarias carecen de recursos para llevar coherentemente el proyecto de digitalización a todas las regiones del país. Buena parte de los municipios cubanos no posee los servicios de un solo cajero automático. Advertimos de un riesgo: las pequeñas economías podrían quedar a la zaga y profundizarse las desigualdades económicas regionales. La digitalización de las transacciones monetarias debe potenciarse como una opción más, pero nunca como una sustitución impositiva del efectivo.

 

Los medicamentos que no se exportan

Fue noticia este 25 de noviembre, luego de una transmisión del programa televisivo Mesa Redonda, que la empresa estatal BioCubaFarma no exporta medicamentos escasos en el país.

«Es una política de nuestro país no exportar un producto que esté en falta en el sistema de Salud nuestro; eso es inviolable», dijo Eduardo Martínez, el presidente de la empresa.

Según el directivo, la empresa actúa en más de 60 países y exporta más de 300 productos farmacéuticos. También declaró que tienen la intención de crecer como parte de la estrategia de desarrollo del país.

Hasta aquí las buenas noticias. Martínez también detalló que la carencia de materias primas y otros insumos son responsables del 95% de las faltas de medicamentos en las farmacias cubanas. El 5% restante se debe a paradas en las plantas de producción.

Esto significa que, más allá de cualquier rumor o noticia sensacionalista, al parecer, BioCubaFarma posee una norma, no sabemos si escrita, que prioriza el abastecimiento del país.

Opinamos que la crisis de los medicamentos fue una de las primeras en manifestarse. Su última fase no data de la contracción económica de estos años, comenzó en 2015-2016, en pleno «deshielo» de las relaciones con Estados Unidos, no obstante, en esta etapa se ha hecho más visible y prolongada, y ha venido aparejada de otras dinámicas como un notable incremento del mercado informal de este producto, con los peligros que puede traer aparejado.

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La explicación de BioCubaFarma siempre ha sido la misma desde entonces: falta de liquidez para importar recursos.

Como ha hecho con otros rubros (Ley de Soberanía Alimentaria y Seguridad Alimentaria, 2022), el gobierno debería tener una política y una estrategia declaradas para resolver el problema de la falta de medicamentos en Cuba. Se trata de una de las carencias más trágicas y que más afecta la vida de los cubanos actualmente.  

 

Lo que falta para acabar con la violencia de género

También es noticia la atención que mereció este 25 de noviembre en Cuba el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

«Cada acto de violencia contra la mujer, es una herida en la conciencia humana, es un retroceso en la evolución de la especie, es un insulto a quienes nos dieron vida», escribió el presidente Miguel Díaz-Canel en sus redes sociales.

A partir de esa fecha y hasta el próximo 10 de diciembre, las entidades de Naciones Unidas radicadas en Cuba desarrollarán una campaña para denunciar la violencia de género como parte de su estrategia global.

Esto significa que la violencia de género se ha convertido en un tópico del discurso oficial, en parte como reacción a las demandas internacionales de trabajar en la solución de este problema.

A pesar de ello, los reportes de feminicidios no paran de crecer. El observatorio ciudadano independiente YoSíTeCreo en Cuba informó esta semana dos nuevos crímenes que acabaron con la vida de mujeres, en ambos casos, los comisores fueron sus exparejas, y al menos en uno, había múltiples precedentes de violencia de género antes del suceso.

Opinamos que, a pesar de que el gobierno cubano ha dado pasos para proteger a las mujeres con algunas leyes recientes y el Programa Nacional para el adelanto de las Mujeres —adoptado en 2021—, la violencia de género necesita acciones más específicas.

El activismo feminista independiente, y también el afiliado al Estado, no ha parado de plantear demandas que no han sido resueltas. La más unánime es una Ley Integral contra la Violencia de Género que sigue pospuesta en el calendario legislativo.

Junto con las plataformas feministas, pensamos que elaborar un protocolo específico para las desapariciones de mujeres y niños, lo mismo que abrir refugios temporales para víctimas de esta violencia, son estrategias básicas que corresponden al Estado.

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Cómo debe ser el cine tercermundista

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cine tercermundista
Ilustración: Brady

En septiembre de 2006 me habían contratado por segunda vez en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños como asesor de guion. En sustancia, mi misión consistía en leer los trabajos de los estudiantes para su corto de graduación (un ejercicio de diez minutos), opinar y dar consejos. Recuerdo que la mayoría de los muchachos acogía con respeto mis sugerencias, con independencia de que más tarde decidieran aplicarlas o no, pero había un chileno absolutamente impermeable. Su guion constaba de planos lentos y fijos de alguien mirando por una ventana, un caballo estoico pastando en lontananza, una escena sin diálogos tras otra… En un punto concreto el guion decía algo como «fulano pasa por debajo del árbol y lo mira. El árbol le devuelve la mirada».  Con toda la elegancia de que fui capaz le pregunté cómo pensaba hacer eso, pues si lo que tenía en mente era emplazar la cámara entre las ramas apuntando abajo, como una subjetiva del árbol, cualquiera pensaría que se trataba de alguien escondido en el follaje y no de que la entidad vegetal contemplaba al caminante… El chico me dio una respuesta vaga, que aproximadamente podría transcribirse como «usted no entiende, weón, esto es muy elevado». En fin, su corto no duró los diez minutos obligatorios, sino casi media hora, pero igual se graduó. Probablemente hubo más de un suspiro de alivio. A algunos estudiantes, me comentó con amargura un profesor de la Escuela, habría que esconderles los cassettes de Tarkovski.

En un puñado de ocasiones he sido jurado de festivales, tanto en Europa como en el terruño. Es un honor y una oportunidad de compartir ideas con profesionales, por lo general, mucho más avezados que yo. Ahora bien, invariablemente hay al menos un colega que parece concebir el cine como una refinada forma de aburrimiento, y que te mira con superioridad si sugieres premiar, o al menos considerar, una película absorbente, en tanto él propone otra que nos hizo echar una cabezada a casi todos (algunos lo disimularon; yo no), y que no se sabe bien si es un documental críptico o una ficción desdramatizada. Si tu apuesta es por una comedia, peor aún, porque ya se sabe que la comedia para los auténticos snobs es una forma inferior de arte, y que hay algo obsceno en el hecho de ver reír a un tercermundista…

Cuento todo esto porque algunos críticos (europeos, sobre todo) parecen creer que es esa la única dirección correcta para nuestro cine, la que nos toca en el reparto mundial de estilos y cosmovisiones, pues las culturas periféricas somos más interesantes si narramos así; que tal es el arte profundo que merece reconocimiento, que sufrimos tanto que sería demasiado pedirnos hacer las cosas bien, si en definitiva ya están ellos para emocionarse y filosofar sobre los misterios de la existencia… Y claro, si así lo ven los europeos, allá van nuestros críticos a pensar lo mismo (y no pocos directores a darles el gusto), porque si hay que tener un pensamiento derivativo, es mejor que copie a los europeos, que son más intelectuales…

Por otra parte, hay países y camadas de directores que súbitamente se ponen de moda en esos cenáculos culturales del Viejo Continente. Desde que el mundo occidental descubrió Rashomon a mediados del siglo pasado, el hechizo asiático ha estado ahí, y para bien, mostrando que hay más de una forma de despellejar un gato (es una frase hecha, no la tomen conmigo).  En las últimas décadas, los chinos e iraníes resurgen en ciclos. Y su cine es por lo general estupendo, pero lo que entonces sucede es que los críticos miden a todo el mundo por el estilo, la forma de narrar de aquellos.

El resultado visible de todo lo anterior es que a menudo ganan en festivales (europeos) y parecen indicar la dirección correcta para el cine tercermundista, obras que sigan al menos uno de estos derroteros (o, mejor aún, los combinen):

a– Con narración lenta y planos eternos (hace unos años, en el Festival de La Habana, padecí una inolvidable escena en que ciertos personajes dicen «vamos a pasear por el prado cinco minutos», se bajan del carro y se alejan; la cámara se queda dentro del coche con otro personaje… y el plano sigue por espacio de ¡cinco minutos, fijo y sin corte! durante los cuales aquellos no solo anunciaron su propósito y se alejaron, sino que jugaron, mataron el tiempo y regresaron.

b– Con abundante miseria, violencia difícil de ver, denuncia social generalizada y atmosférica, un par de personajes grotescos. La cosa funciona mejor con unas cucharaditas de la densidad inherente al procedimiento a.

c– Haciendo gala de un desprecio tan arrogante como gratuito por la edición, los movimientos de cámara, el ritmo y, sobre todo, el interés del espectador. Haciendo cine pobre… y que se note.

d– Cuando el director es capaz de pronunciar correctamente el nombre del director tailandés Apichatpong Weerasethakul (si no correctamente, al menos con aplomo. En definitiva, nadie fuera de su patria sabe a derechas cómo se pronuncia). Y decir que lo adora.

Vamos a ver, lo aquí expuesto no es exclusivo del cine tercermundista: ahí están el húngaro Bela Tarr, el norteamericano Terrence Malick, el canadiense Xavier Dolan, con su jolgorio inherente. Y no sucede siempre, ni mucho menos: digamos que el fenómeno tiene flujos y reflujos, como el oleaje que trae a la orilla sargazos y tablas semipodridas. Quede claro, además, que tampoco estoy abogando por un cine escapista, de mero entretenimiento, al estilo que predomina en Hollywood: solo digo que entre uno y otro extremo hay un rango amplísimo de posibilidades, y que tenemos tanto derecho y motivos para hacer cine de género como cualquier cineasta del Primer Mundo, de narrar historias fluidas y divertidas si nos viene en gana (y conseguimos el dinero) y no ceñirnos al cine tedioso y primitivo que complace a los snobs europeos. Ya bastante dura es nuestra vida sin esas películas.

Sin embargo, sospecho que el árbol espía del estudiante chileno debe haber ganado algún premiecillo allende el océano.

Experimento social en el transporte público, basado en hechos reales

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transporte público en Cuba
Foto: Néster Núñez

Voy de Varadero a Matanzas en una guagua de trabajadores del turismo; pero da igual que sea un camión urbano o rural, lleno de ruidos y de humos. Que afuera esté lloviznando o que haya 40 grados a la sombra también es irrelevante. Lo único necesario es que imagines este típico transporte colectivo lleno de gente que regresa a sus casas, tras un larguísimo día de trabajo.

Para la mayoría de ellos, trabajar significa pasar horas haciendo algo cuando menos insípido y descolorido a cambio de un salario que no alcanza. Vamos a decir, solo por contextualizar, que todos son cubanos. Por alguna extraña razón (los cubanos somos una raza alegre y extrovertida) los pasajeros de este transporte tienen caras largas, por no decir molestas, preocupadas, apesadumbradas, angustiadas o hastiadas.

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Foto: Néster Núñez

Igual, pudiera ser mi percepción errónea nacida del dolor. De ese dolor que me provoca el tubo del pasamanos que me aprieta las costillas y no me deja casi respirar. Justo en un frenazo repentino, y cuando uno de esos hastiados sin motivo grita: «¡Chofe, los que vamos aquí no somos vacas!», logro adaptar mi cuerpo flaco a un rinconcito entre una ventanilla y un asiento, y aspiro una bocanada de aire contaminado, que me salva.

A lo largo de los años y a partir de los palos (y de los tubos en las costillas y de los cuchillos en el cuello) que me dio la vida, he desarrollado ciertas y efectivas estrategias de sobrevivencia. Guardar la cámara, el teléfono y la billetera en lo más profundo de la mochila, por ejemplo. También he aprendido a «tener sentido del momento histórico» y a «cambiar todo lo que debe – y puede- ser cambiado», empezando por mi propio estado de ánimo. En momentos como estos, de puro estrés negativo, me evado.

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Foto: Néster Núñez

Aunque mi cuerpo permanece en el ambiente hostil del fallido transporte público en Cuba a las seis de la tarde, mi mente vuela primero hacia una ceiba en el monte, y luego hacia una caleta de aguas azules y rocas rosadas. El sonido de las olas, el olor a mar, la luz y la compañía son mágicas. Ubicado en ese lugar y momento donde la felicidad pudo ser, sonrío. Luego regreso a la guagua un poco más optimista de lo que me es habitual, y pronuncio para mis adentros una frase como de fe y de reafirmación que he concebido en los últimos tiempos: «Se va a dar».

Los rostros de los pasajeros están ahora recogidos, concentrados en sus teléfonos móviles, lo cual no deja de parecerme triste. El humo, la opresión y el cansancio son los mismos de antes, pero en las pantallitas de varias pulgadas acontecen todo tipo de historias divertidas, curiosas, cursis… Son como brevísimas telenovelas brasileñas o turcas, como pelis hollywoodenses que te ayudan a no tener que pensar en lo que estás haciendo con el tiempo que se te regaló y que llamamos vida. Es evadirse también, con la pequeña diferencia de que son historias ficticias o, en el mejor de los casos, vividas por otros.

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Foto: Néster Núñez

En esta existencia real, el chofe vuelve a frenar con violencia y lanza un insulto a un transeúnte que cruza la calle mirando el teléfono. Un improperio del tipo: «¡Comemier…, atiende lo que haces!» Después de recuperarme del impacto contra la muchacha que está sentada delante de mí y de ofrecerle disculpas, pienso que está bien llamar a la reflexión a los que van por la vida como extraviados, pero que en este caso la forma es tan, o incluso más, importante que el contenido.

La muchacha sentada me mira por primera vez y me hace un gesto para que le dé la mochila, probablemente para evitar que vuelva a pegarle en la cabeza con la cámara y con todo lo que llevo dentro. Le digo que no se moleste y coloco el bulto en el suelo, debajo de su asiento. Antes, por alguna desconocida razón, extraigo el móvil. Ella regresa al suyo propio, a esos pedazos de vida ajena que transcurren en calidad HD o superior, y yo quedo como colgando del color azul de sus ojos, que me trasladan de nuevo al cielo y al mar de la caleta.

Puede haber sido por eso o por mi optimismo y mis ansias locas de cambiar lo que debe ser cambiado, de ser parte de la solución y no del problema, que vencí mi timidez innata y comencé a escribirle un texto en el blog de notas. También pudo ser porque el viaje me aburría o porque «de los cobardes no se ha escrito nada» o porque vi, intuí o me hice la idea de que esa muchacha en específico tenía dentro una felicidad contenida, y que sería hermoso que saliera.

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Foto: Néster Núñez

Escribí apurado y nervioso en lo que repetía inconscientemente mi especie de plegaria de autoayuda: «Se va a dar. Se va a dar».   

Hola, muchacha. ¿Tienes alguna justificación para aceptar el número de teléfono de un fotógrafo? Una justificación pueden ser mascotas, hijos, padres, sobrinos o amigos que deseen hacerse una sesión de fotos. El fotógrafo soy yo. Mi nombre es NN. No soy malo haciendo eso que hago. Por lo menos lo intento y lo disfruto.

Y si crees que nunca necesitarás tener el número de teléfono de un fotógrafo, quizás necesites tener el contacto de un plomero, un albañil o un taxista o el número de alguien a quien llamar una tarde cualquiera para conversar y pasar un rato agradable…

Bueno, ya. Disculpa la molestia. Mi número es: 537×68993 NN, fotógrafo. 537×68993 NN plomero. 537×68993 NN albañil, carpintero, taxista, jardinero…

No te pido tu número porque no tengo idea de cómo podrías ayudarme. Claro, si no te conozco y ni siquiera sé tu nombre. Ahora voy a serte sincero: de albañilería y plomería y del resto de los oficios no sé nada. Ah, y que no tengo carro es evidente.

En el resto de las cosas no hay trampas. Acuérdate: fotos o sentarnos a hablar un rato. En esas dos soy bastante bueno. 537×68993 NN.

Anótalo, anda, por si acaso. O escríbeme aquí abajo el tuyo. Y ya. Disculpa otra vez.

Me entregó de vuelta el teléfono y se bajó del ómnibus en esa misma parada. Todavía resuena en mis oídos su carcajada volátil mientras caminaba por el pasillo. Y en mi cabeza, durante días, lo mismo: su risa y el «Se va a dar». Pero nunca me escribió un mensaje ni me hizo una llamada. Quise regresar a la misma guagua en el mismo horario para encontrármela y volver a escuchar su risa espontánea, como en una película de Hollywood. Serendipia. Sin embargo, mi correcta noción del momento histórico me hizo cambiar de idea.

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Foto: Néster Núñez

Ya mencioné que he desarrollado ciertas efectivas estrategias de sobrevivencia. En este caso decidí no intentar regresar al lugar donde una vez fui feliz. Es decir, repetí el experimento, pero con otras muchachas desconocidas. La raza, el tamaño, la edad, el color de los ojos… el físico, en definitiva, no importaba. Solo tuve en cuenta un par de variables. La primera, que el lugar fuese siempre un transporte público lleno de gente que regresa a sus casas después de un larguísimo día de trabajo. La segunda, que la muchacha en cuestión estuviese pegada al teléfono. Lo de la felicidad encerrada es algo que todos llevamos dentro.

Los resultados obtenidos fueron:

  • Siete de ellas manifestaron alegría espontánea: sonrieron o soltaron sus carcajadas.
  • Dos me dieron sus números de teléfono.
  • Tres anotaron mi número de teléfono (ninguna me llamó una tarde de lluvia).
  • Cinco de ellas manifestaron ira: me estrellaron el teléfono en el pecho o tuvieron reacciones similares.

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Foto: Néster Núñez

Pese a que los frutos estaban siendo positivos, con doce reacciones felices y cinco en contra, el experimento se vio interrumpido accidentalmente. La última muchacha (no importa el tamaño, la raza, la edad, ni el color de los ojos) dejó caer mi teléfono con el frenazo y en la confusión desaparecieron ambos: mi teléfono y ella (que llevaba botas, medias negras y minifalda de cuero marrón).

Me queda un viejo reproductor de música que utilizo ahora. Observo bien las expresiones cansadas y hastiadas o aburridas y escojo la canción que me parece oportuna. Sobrevivir implica reducir los riesgos. Después de la última mirada matadora que me dedicaron, ya no les pongo los audífonos directamente al oído. Solo les acerco el equipito, como sin querer, con el volumen un poco alto, y dejo que la música haga su magia. No llevo las estadísticas, pero he visto que mi experimento social en el transporte público ha sido todo un éxito: antes de terminar el viaje los rostros se aflojan, cambian.

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