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Importación de automóviles más «accesible»: ¿solución al problema del transporte en Cuba?

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Autos importados en Cuba / Imagen de Referencia / Foto: Jorge L. Valdés Bartutis en X

La noticia es que el gobierno cubano ha aprobado una actualización de la política de comercialización de automóviles que aún espera por decretos concretos, pero que se supone contribuya a que más personas tengan acceso a un vehículo.

Según declaraciones del ministro de Transporte, Eduardo Rodríguez Dávila en el programa Mesa Redonda, se bajará el impuesto que se paga por importar carros; el llamado impuesto especial que podía rondar entre el 200 y el 300 por ciento por vehículo, ahora será del 30 por ciento, no importa si quien lo compra es una persona jurídica o una persona natural.

También afirmó que los automóviles que cumplen su ciclo en la renta en divisa, que antes se vendían en MLC, ahora se venderán en moneda nacional en una política que no queda clara aún, pero que según titular priorizará a atletas, médicos, científicos, maestros y trabajadores, que no tienen acceso a divisa.

Además, afirmó que los impuestos se dedicarán a un fondo para el mejoramiento de la infraestructura vial y para fortalecer el muy deprimido transporte público.

«Aspiramos a reorganizar los tributos asociados a esta actividad de modo que estimulen la industria nacional, las energías limpias y el transporte colectivo a la vez que se recauden fondos para el transporte público», afirmó el ministro.

Sin embargo, también dijo que «ahora no se puede invertir en más vehículos, sino en el transporte público que está muy deteriorado», lo cual es evidente si se pasa en casi cualquier horario por paradas de ómnibus en la capital, por ejemplo.

Entre las novedades que pueden resultar en alivios para varias familias es que se restaura la posibilidad de la importación de carro o la compra en Cuba para personas que cumplan misiones en el exterior, un derecho que se eliminó y ahora vuelve a ser posible.

También se autoriza el traspaso de propiedades de personas jurídicas a personas naturales, aunque con el pago de un impuesto en divisa, lo cual significa que carros importados por mipymes podrán ser traspasados a personas naturales, y también será posible de empresas estatales a personas naturales, aunque requerirá una autorización por parte del gobierno.

Las nuevas disposiciones liberan la posibilidad de importar ciclomotores y motocicletas de combustión interna, así como importar directamente un auto de uso o nuevo, pagando siempre los aranceles en divisas convertibles.

No obstante, importar autos será solo posible a través de importadoras estatales. Si una persona natural quiere adquirir un vehículo importado debe hacerlo a través de las únicas empresas autorizadas para hacerlo: Impexport S.A., Cimeq S.A y MCV, que recientemente han sido aprobadas también para ofrecerle servicios a personas naturales.

Esta nueva política significa un intento estatal de flexibilizar el acceso a tener un vehículo. No obstante, habrá que ver qué termina escrito en los documentos aprobados, ya que según el ministro «se encuentran en proceso de conciliación y ajustes las normas jurídicas, que incluyen un decreto y 14 resoluciones de diferentes organismos, esperamos que todo esté en vigor antes de que concluya el mes de octubre».

Significa también que, de varias maneras, la política intenta destrabar varias limitaciones aunque se mantienen otras relacionadas con la forma de implementación, y con la falta de claridad y transparencia en temas claves.

Por ejemplo, los vehículos cedidos por la renta en divisa que serán vendidos a «trabajadores cubanos», no se sabe en manos de quién terminarán y si habrá un mecanismo claro y trasparente para elegir a los beneficiados, lo cual deja un gran espacio de discrecionalidad y potencial corrupción.

En otro orden, el ministro no explicó en ningún momento cómo será el pago a los proveedores internacionales de automóviles, una pregunta que también queda sin responder en el reciente paquete de medidas sobre el sector privado, en el que no se explica tampoco cómo se efectuarán los pagos en las operaciones de importación, si será directo al proveedor en el exterior, o a los bancos cubanos, que, por cierto, no se han pronunciado tampoco.

Las medidas intentan hacer más accesible o menos discrecional el hecho de tener un vehículo, un asunto complejo históricamente en Cuba. Sin embargo, está lejos de resolver los problemas de movilidad de las grandes mayorías en el país, que utilizan el transporte público que se encuentra en una de sus peores crisis en la historia, entre otros aspectos, por la poca inversión estatal en este renglón.

En este sentido esta semana varios medios dieron a conocer que siete años después de su concepción, Rusia ha reactivado su plan de modernización ferroviaria en Cuba, que busca reducir el tiempo de viaje entre La Habana y Santiago de Cuba de 20 a 12 horas.

El referido proyecto, presentado originalmente en 2017 y firmado en 2019, incluye la renovación de más de 1,000 kilómetros de vías, la creación de un centro de control de tráfico y la capacitación de personal. Aunque el plan había sido suspendido en 2020 por dificultades económicas y la pandemia, ahora Rusia espera firmar un nuevo contrato antes de que termine el año.

A pesar del tiempo transcurrido, el proyecto se mantiene prácticamente inalterado, cuyas inversiones en su momento se estimaron en 1,880 millones. Además del transporte de pasajeros, también se espera mejorar la capacidad de carga. No obstante, persiste la incertidumbre sobre si esta vez el proyecto será completado, dado que varios acuerdos anteriores fracasaron por la falta de cumplimiento de Cuba.

Nuestra opinión es que adquirir automóviles debería ser una posibilidad y un derecho para aquel que pueda pagarlo, y es labor del Estado ayudar con determinados subsidios a personas que lo merezcan y necesiten, si no pueden adquirirlos con los precios del mercado internacional.

No obstante, cabe preguntarse si la visión recaudatoria terminó, lo cual no queda claro. Hasta ahora la autorización de la importación, o la compra y la renta tenía precios y/o impuestos especiales que encarecían los carros exponencialmente, en lo que muchos leían una intención recaudatoria del Estado cubano, y un abuso de su poder como ente regulador de la entrada y la venta de autos, en un mundo en el que comprar un auto es un derecho de todo el que puede pagarlo. Parece que esta posibilidad acerca a Cuba a esta lógica.

La visión recaudatoria y de control dejaba sin opciones a muchas personas que podían comprarse un carro y no se les permitía, como a médicos con misiones en el exterior o diplomáticos. Sin embargo, se sigue poniendo al descubierto la depreciación de los salarios del sector público, en un país en el que es imposible para un cirujano o un bioquímico creador de terapias contra el cáncer comprarse un automóvil para el disfrute propio y de su familia. ¿Dónde caerán esos subsidios que se planifican?

Por otro lado, si bien es elogiable que se eliminen las trabas para la compra de autos privados, esta no es una alternativa sostenible —ni económica ni ecológicamente— para garantizar la movilidad diaria de las mayorías hacia sus empleos o centros de estudios.

Incluso varios países desarrollados —principalmente en Europa— han apostado por un fortalecimiento del transporte público masivo como una opción mucho más eficiente, al menos para el movimiento cotidiano. En cambio, a falta de ómnibus en muchas capitales provinciales de la Isla, la única alternativa posible para moverse en largas distancias es el alquiler individual o colectivo de autos, los cuales pueden transportar muy pocas personas en cada viaje.

Mientras tanto, la posibilidad de estimular las formas de gestión no estatal para que generen negocios de transporte masivo sigue estando bien lejos. No se trata de sustituir el transporte público estatal, sino buscar alternativas para aliviarlo, que pueden ir desde más vehículos personales, hasta mipymes o cooperativas que establezcan rutas de ómnibus a precios liberados que les permitan ser rentables y crecer. A la población siempre le saldrá más barato que alquilar un auto o comprarse uno.

Ojalá y el entusiasmo comunicacional y de intercambio constante que ha demostrado el ministro Rodríguez Dávila continúe, y contribuya a que se perfeccione una política que debe responder a una demanda lógica, natural e imprescindible, si se quiere algún tipo de prosperidad: que llegar al trabajo por la mañana no sea una pesadilla y una sorpresa la puntualidad.

La libreta vacía

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libreta de abastecimiento
Foto: Granma

La noticia es que la canasta básica normada, la red de racionamiento de alimentos subsidiados para las grandes mayorías en Cuba, la llamada coloquialmente como la libreta, se aleja cada vez más de cumplir las necesidades más básicas de alimentación de los cubanos.

Una conclusión a la que se puede arribar tras escuchar la conferencia de prensa colmada de malas noticias que ofreció la ministra de Comercio Interior de Cuba (Mincin), Betsy Díaz Velázquez.

Después de un verano con pocas razones para ir a la bodega, septiembre llega con la certeza de que no vendrá aceite, café, y el arroz está siendo cubierto con donativos y con reservas en almacenes, debido a que, según se informó públicamente por primera vez, están los barcos en el puerto pero no se pueden descargar porque el país no ha pagado a los proveedores.

Tres buques con arroz esperan en los puertos de La Habana y Santiago de Cuba, mientras que también faltan productos tan básicos y antiguamente disponibles con facilidad en el país como el azúcar y la sal, y otros como el pollo ya dejaron hasta de esperarse. La ministra informó que habrá que importar azúcar, en un país otrora líder en la región en la producción de este endulzante.

¿Qué significa esto para las familias cubanas? Las principales fuentes de acceso a los alimentos de las familias cubanas son, en primer lugar la llamada «libreta», luego las tiendas en CUP para las que se ofrecen turnos de acceso específicos en días de la semana y que cada día tienen una oferta más reducida, las tiendas que comercializan en MLC para los que puedan acceder a esta moneda electrónica, los agromercados y las tiendas privadas surtidas por las mipymes, estos tres últimos con precios inaccesibles para quienes viven de un salario o pensión estatal.

No obstante, ya no es posible decir que «la libreta» previene de la hambruna al hogar cubano. No responde ya ni a las necesidades más básicas de grano, puesto que los frijoles o el chícharo escasean también. Por ejemplo, según el Órgano oficial del Partido en La Habana, la distribución de los productos normados en la capital solo incluye por consumidor: 5 libras de arroz, 2 libras de azúcar, 10 onzas de frijoles, 30 onzas de chícharos, compotas (14 cajitas para niños de 0 a 2 años, 11 meses y 29 días), y sal.

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Productos de la libreta de abastecimiento de agosto / Foto: Tribuna de La Habana

La ministra señaló que las dificultades en el acceso de los alimentos a través de la canasta básica no solo se deben a la disponibilidad de los productos, sino a problemas de mala distribución, dificultades logísticas, y problemas con el combustible para mover los alimentos. Más de una vez durante su intervención señaló problemas organizativos en los territorios, pero no mencionó cómo se solucionarán esos problemas, quiénes son los responsables, y quién responderá por las consecuencias de las entregas tardías de productos en almacenes, mientras tantas personas comen poco o mal.

La alta funcionaria confirmó que agosto ha sido un mes difícil, por la tardanza de los barcos con granos, la falta de electricidad, y lo que ella llamó «la falta de una mejor estrategia en la organización de las operaciones».

El arroz disponible, mientras se paga el que está en puerto, es el donado por China, que prometió enviar más de 20 mil toneladas del cereal a Cuba durante este año, una parte en avión y otra por barco. Según reportes, Vietnam, aunque ha seguido donando arroz a Cuba, cerró hace dos años su programa de apoyo a la producción de este alimento en el municipio de La Sierpe, en Sancti Spíritus, agravando así la ya deprimida producción, imprescindible en la mesa cubana.

Durante las sesiones del parlamento, el primer ministro Manuel Marrero Cruz anunció una política de incentivos a los productores de arroz que incluía el pago en divisas de una parte de la cosecha como una forma de sustituir importaciones y favorecer al campesino local. Era algo que venían recomendando varios economistas, sin embargo, hasta el momento no ha habido reportes de que se haya aplicado.

Los comentarios en el reporte de Cubadebate sobre el tema revelan la indignación de muchos. Un usuario llamado JManuel se cuestiona: «Y el pollo y huevos sin comentario alguno?», haciendo referencia a que ya no se ofrece razón de dónde conseguir fuentes de proteína altamente subsidiadas, y por tanto, accesibles a los salarios de la gran mayoría de la gente.

Otro usuario se mete en lo hondo:

«No es cosa del estado regular precios ni hacer comercio, solo cobrar impuestos y dejar la economía en manos privadas, todos los experimentos fracasarán, no porque no se hagan de buena gana, es que ya está probado. China es un ejemplo, allí hay empresarios millonarios que con su talento han aportado mucho al desarrollo del país. Qué impide que en Cuba pueda hacerse».

En otro comentario se afirma que en Camagüey no han dado ni «una libra de arroz, y hay que oír en la televisión que se está dando el arroz».

Esta semana fue desmentida por medios estatales una noticia falsa sobre presuntas medidas anunciadas por la titular del Mincin que supuestamente alargaba los ciclos de distribución de varios productos normados. Si bien estas declaraciones nunca se produjeron, lo cierto es que en la práctica entre retrasos y faltantes estos productos están cada vez más inestables.

La funcionaria puede decir que se está distribuyendo, pero si depende de la disponibilidad estrecha de combustible de un territorio, puede tardar semanas en llegar lo que se anunció como entregado, lo cual profundiza la falta de credibilidad en las autoridades. La distancia entre el Ministerio y la bodega es eternamente larga.

Nuestra opinión es que la severa falta de divisas que sufre el país, más el peso de las sanciones que hace todo más difícil para Cuba, y que le impide acceder a créditos internacionales, además de las muchas disfuncionalidades de los sistemas internos de distribución, ponen a la siempre salvadora libreta en su más austero momento de la historia.

A la vez sobresale un esquema de inversión y una serie de señales que no indican que esto tendrá solución en el mediano plazo, porque las inversiones en agricultura son prácticamente inexistentes, y las crisis con el combustible y los fertilizantes, sumado a la falta de incentivos a los productores, ponen al campo cubano en su época más infértil.

Si esto se combina con la aprobación de un nuevo paquete de medidas que limita las capacidades importadoras del sector privado y la indefinición sobre cómo podrá ser el pago a proveedores, invita a pensar que podría presentarse una contracción de las importaciones, y por tanto, un desabastecimiento en las próximas semanas y el alza de los precios, lo cual podría resultar en unos próximos meses más difíciles aún para los cubanos.

Los hits del reparto y su transversalidad en la sociedad cubana

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El reparto ya es masivo. Ha dejado de ser un fenómeno musical de nicho para convertirse en un símbolo que desde sus inicios mostró una popularidad meteórica. Todo comenzó con el reguetonero Elvis Manuel en 2006, cuyas canciones sonaban en bonches y fiestas urbanas, lejos de las discotecas exclusivas. El contexto cubano en el que surgió era particular; incluso en un país con limitado acceso a internet, el reparto encontró su camino hacia el imaginario musical de la gente.

Fue solo a partir de junio de 2013 que el gobierno permitió el acceso público a internet mediante un centenar de salas de navegación, con tarifas que resultaban prohibitivas para muchos. Más tarde, en diciembre de 2018, llegó la posibilidad de conectarse a través de datos móviles, un avance significativo, pero todavía insuficiente para explicar cómo y por qué el reparto ya había calado tan hondo en la cultura popular.

No sabemos con certeza qué factores hicieron de este una forma estética arraigada, pero sí podemos identificar sus anagramas. Chocolate MC, una de las figuras más influyentes y creador del género, dominó la escena entre 2010 y 2018. Sus letras y ritmos comulgaban con la identidad barrial y aún conectan con la realidad cotidiana de las comunidades de extramuros.

La distribución del Paquete Semanal (también conocido como el internet de los pobres) contribuyó y fue el vehículo de los procesos de escucha de los conocidos palos reparteros. Sin embargo, después de la pandemia, el discurso comenzó a cambiar: lo que antes era una celebración de la vida en el barrio se transformó en una aspiración por el lujo y el estatus.

La distribución del Paquete Semanal contribuyó y fue el vehículo de los procesos de escucha de los conocidos palos reparteros.

Esta expresión social y cultural, no solo cuenta la historia de una música, sino la de una nación que ha pasado por grandes cambios. La apertura a la comunicación digital, la expansión del acceso a internet, y la mayor ola de emigración en la historia del país han sido factores que han impulsado al reparto a nuevos horizontes; su narrativa conquista más allá de las fronteras de la Isla. Actualmente se ha convertido en la banda sonora de la Cuba que enfrenta grandes desafíos sociales, políticos y económicos.

El Protorreparto (2006-2010) vio los primeros intentos de independencia del subgénero respecto al reguetón clásico, con Elvis como figura central en la definición de un estilo propio. Durante la etapa del Morfa (2011-2017), el reparto consolidó su identidad, se separó definitivamente del reguetón y adquirió características distintivas, sobre todo en el plano musical. El Reparto Moderno (2018-2020) alcanzó la masificación y el gusto popular con códigos ya establecidos y reconocibles, evidenciados en su autonomía sonora, pero se vio truncado por la pandemia de la covid-19.

Finalmente, el Neorreparto (2021-presente) ha traído transformaciones progresistas, integrando a mujeres y nuevos herederos de la práctica, adaptándose a una generación que vive en un universo digital, donde el reparto sigue siendo un elemento central de su identidad. Ahora bien, ¿qué historia cuentan estas etapas?

Varias generaciones todavía recordarán La tuba (2007) de Elvis Manuel, una canción cuya letra muestra la sexualidad y la insinuación en un tono lúdico, utilizando el doble sentido con la palabra tuba[1] como eufemismo. Elvis Manuel es considerado el Pionero del Protorreparto que inspiró a generaciones reparteras posteriores, fundamentalmente a Chocolate MC, quien luego de la trágica muerte de aquel lo convirtió en bandera y estandarte de su música.

Elvis Manuel es considerado el Pionero del Protorreparto que inspiró a generaciones reparteras posteriores.

De Chocolate y del Úniko corresponde la autoría de Prapapampam (2010), también conocida como El campismo, una canción que se presenta como un hito al ser la primera en popularizarse y en emplear todos los elementos del pedal repartero: la clave del guaguancó a contratiempo con palmadas que ejemplifican este ritmo. Este tema aborda la promiscuidad juvenil con una letra que indica que una adolescente de 13 años se enamora de los dos autores, mucho mayores que ella, y aunque aparentemente la respetan por códigos de (supuesta) hombría, parecen encontrar diversión en este asunto, un tema hoy naturalizado en la vida de los barrios cubanos periféricos.

En el Morfa destacó un tema que revela una profundidad mucho mayor de lo que se percibe a simple vista, Guachineo (2015), de Chocolate MC, quien ya en esta etapa era considerado como El Rey del reparto. Sobresale por ser una de las primeras en emplear el término repartir como sinónimo de bailar reparto, que en esa época se refería probablemente a bailar guachineo[2]. Antes de Guachineo, canciones como La tuba de Elvis Manuel usaban la expresión «tú reparte» para indicar que la mujer, sujeto lírico de la canción, compartía algo tangible, lo cual contrasta con el adjetivo tacaña, sugiriendo que ella no es avara ni reservada, sino generosa y abierta. Pero en Guachineo el término comienza a hacer referencia no solo a acciones físicas, sino también al estilo de vida y comportamiento propios del reparto.

La segunda canción más popular en esta etapa también fue de Chocolate MC: Mi palón divino (2017), con un precoro: «soy negro, soy feo, pero soy tu asesino, no es la cara ni el cuerpo, es mi palón divino». Se puede decir que a partir de esta se perdió el doble sentido heredado del reguetón, y todo lo que vendría después sería explícito y crudo.

Históricamente una de las caras que ha tenido el racismo es asociar a las personas negras con rasgos de potencia sexual que en la cultura popular no pocas veces se entrelaza con el orgullo racial y viril. Aquí se emplea para reducir la identidad del hombre negro exclusivamente a su potencia sexual, lo que contribuye a la esencialización de su identidad en lugar de nombres propios, y contribuye a la reproducción del estereotipo.

En la etapa del reparto Moderno se destacan La diabla (2019) del Chulo, también conocido como el Presidente del reparto y Bajanda de Chocolate MC, otra vez en la cima de la élite repa. La diabla aborda la compleja relación entre una prostituta y un proxeneta, el narrador cantante, el chulo. Musicalmente la canción destaca por su estructura y ritmo, que incluye las palmadas de la rumba a contratiempo, pero aquí se asemeja más a la timba que a las del reguetón clásico, y los efectos percutivos son agresivos.

Por su parte, Bajanda (2018), aunque inicialmente parece una canción festiva y bailable, es una representación musical de las violencias y tensiones que se viven en las calles de Cuba, especialmente en La Habana. Dentro del lenguaje simbólico que representa esta lucha por la dominación y el poder, se encuentran varias alusiones religiosas, como la mención del Itanga y el Entunakua, títulos de los Abakuá, una sociedad secreta masculina de origen afrocubano con una fuerte conexión con las prácticas religiosas. Esto plasma la complejidad y las capas de la vida social de los barrios donde la violencia, la lealtad y la jerarquía desempeñan roles en la supervivencia y el respeto.

En estos periodos la llamada vulgaridad es intención comunicativa. El uso de esta en el arte puede desempeñar un papel de válvula de escape, según las ideas del musicólogo Alan P. Merriam[3], quien analiza la función de la música como una forma de expresión emocional. El arte existe porque satisface una necesidad social no cubierta por otras actividades culturales, a lo que él llama «función de válvula de escape». Además, la sociedad y el artista perciben la expresión pura como aceptable en cuanto a su forma, aunque su contenido pueda ser controvertido.

El reparto puede actuar como una válvula de escape social que implica un compromiso, y puede ser rechazado en cuanto a su intención y contenido. Permite al artista expresar, y al público percibir lo prohibido bajo ciertas condiciones: primero, la sociedad debe reconocer la expresión artística como arte; segundo, el contenido debe estar subordinado a la forma; y tercero, la expresión artística debe considerarse potencialmente rechazable.

El reparto puede actuar como una válvula de escape social que implica un compromiso, y puede ser rechazado en cuanto a su intención y contenido.

En este género se suelen identificar los temas tabúes expresados en el arte en tres categorías: los tabúes humanos generales, como el incesto y el homicidio; los tabúes específicos de cada cultura, ejemplificados por el sexo en sociedades puritanas; y los tabúes individuales, representados por deseos reprimidos debido a neurosis.

Además, es esencial la percepción que el artista tiene de sus propias reglas y las estrategias que emplea para transformar su obscenidad, rebelión o blasfemia en arte. Todos los temas tabúes están presentes en el reparto, lo cual resalta la habilidad de los reparteros para manejar estos elementos. El virtuoso debe ser hábil en «patinar sobre una fina capa de hielo»; es decir, cuanto mejor domine su técnica, más podrá expresar los temas tabúes sin perder el afecto del público. De modo que la vulgaridad encuentra su razón en estos criterios a pesar de todas las barreras internas y externas que intentan ubicar el género en un espacio de artesanía barata y no de arte.

Hasta junio de 2024, las canciones más destacadas del Neorreparto fueron La triple M (2023) de Mawell y Por ustedes (2022), también conocida como Por nosotros 2, interpretada por Fifty Ordara & Ja Rulay, Wampi y WowPopy. La triple M logró un éxito comercial sin precedentes, acumula más de 75 millones de reproducciones combinadas en Spotify y YouTube. Sin embargo, este triunfo no ha estado exento de polémica. La canción ha sido objeto de críticas por su contenido, incluyendo acusaciones de plagio y citación indebida. Su letra, que sexualiza y cosifica a la mujer con un estribillo repetitivo que dice: ahora le dicen la triple M, más dura, más buena, más level, también describe a una mujer que ha pasado por múltiples cirugías estéticas y que disfruta de un estilo de vida lujoso, viajando desde discotecas exclusivas en La Habana hasta Miami, algo impensable para la mujer original del reparto, caracterizada por su clase social baja y limitaciones económicas.

Esta desconexión se manifiesta igualmente en Por ustedes, que también se aleja de la realidad de la mujer de barrio en Cuba, mientras proyecta un ideal aspiracional, poniendo de relieve la crisis de identidad que enfrenta el reparto actualmente. En gran medida, este trance ha sido provocado por la decisión de sellos discográficos como Planet Record de internacionalizar el reparto, optando por un enfoque más comercial y suavizado, que diluye la esencia cruda y auténtica que originalmente definía al género. La identidad, que siempre ha sido el corazón del reparto, se ve ahora amenazada por esta tendencia hacia una versión más edulcorada y desconectada de sus raíces.

La música popular repartera es un espejo y un modelador de la identidad cultural, la expresión emocional y la memoria colectiva. Ofrece una plataforma para la autodefinición y la identificación, que nos permite a su vez encontrar un lugar en diversos grupos sociales y culturales. Este proceso no solo implica la inclusión en ciertos colectivos sino también la delimitación de lo que no se identifica con ellos, lo cual crea fronteras culturales y sociales.

Silvia Rivera Cusicanqui (2015), en su obra Sociología de la imagen: Miradas ch’ixi desde la historia andina[4], describe la frontera cultural como una tonalidad gris jaspeado que se visualiza en cada una de las culturas no dominantes. Aunque se podría pensar que, desde el punto de vista institucional, las primeras dos etapas, Protorreparto y Morfa, se ubicaban en la frontera cultural, un ámbito de empobrecimiento y marginalidad, en contraste con las siguientes etapas, Moderno y Neorreparto, donde esta ideología fronteriza parece expandirse hacia el núcleo cultural.

En Cuba, el sector llamado marginal de la sociedad ha crecido en paralelo con la intensificación de la crisis sistémica, lo que podría ser un indicador del deterioro socioeconómico y político de la Isla. Aunque inicialmente este crecimiento parece reflejar y alimentarse de dicho deterioro, también puede interpretarse como un vehículo de resistencia y adaptación frente a las adversidades. En este sentido, el reparto, en su evolución y expansión desde los márgenes hacia el núcleo cultural, no solo evidencia las crisis y desigualdades, sino que también representa una forma de supervivencia y afirmación identitaria para las comunidades más afectadas.

El sector llamado marginal de la sociedad ha crecido en paralelo con la intensificación de la crisis sistémica, lo que podría ser un indicador del deterioro socioeconómico y político de la Isla.

Es innegable que el florecimiento del reparto ha capturado con precisión las complejidades y contradicciones de una Cuba en crisis. Sin embargo, su expansión y normalización presentan un desafío: en lugar de ser únicamente un reflejo de la marginalidad, en ciertos contextos, podría estar consolidando las mismas dinámicas de desigualdad y empobrecimiento que pretende criticar. Al resaltar la vida en los márgenes y celebrar discursos de violencia y supervivencia, este género no solo refleja una realidad existente, sino que también puede influir en la percepción colectiva, integrando y a veces exaltando situaciones de precariedad. Esta no es una crítica a la expresión cultural en sí, sino una llamada a entender cómo y por qué estos discursos resuenan tanto en la sociedad cubana.

Por ende, el éxito y la popularidad podrían estar reflejando, más que alimentando, la fragmentación y las tensiones sociales que han caracterizado la historia reciente de Cuba. No se trata de ver estas expresiones como una amenaza en sí mismas, sino que es crucial comprender el contexto social y económico que ha permitido que estas narrativas de vida en los márgenes, violencia y supervivencia se conviertan en un signo de identidad y resistencia para muchos. Además, este fenómeno no se limita a los segmentos más empobrecidos de la población; su presencia en bares y espacios frecuentados por sectores medios y altos de la sociedad cubana sugiere una apropiación que trasciende clases sociales. Un análisis más profundo debe, por tanto, enfocarse en entender cómo esta expresión cultural actúa como un medio para navegar y resignificar la realidad cubana, sin estigmatizar la pobreza y reconociendo las múltiples capas de significado y apropiación que este género implica.

Un análisis más profundo debe, por tanto, enfocarse en entender cómo esta expresión cultural actúa como un medio para navegar y resignificar la realidad cubana.

Lo innegable resulta ser que el reparterismo ha trascendido su origen periférico para convertirse en un símbolo musical y estético, un fenómeno que, a través de sus distintas etapas, ha sabido mostrar las realidades de un pueblo que busca sobrevivir, resistir y, en muchos casos, superar sus circunstancias. Desde los ritmos de Elvis Manuel hasta las letras provocativas de Chocolate MC, el fenómeno ha sido tanto un refugio como un altavoz para las voces que no son escuchadas en los círculos de poder.

Su evolución no solo evidencia una irrupción en los gustos musicales, sino que también revela las transformaciones sociales y culturales de la Isla. Lo que comenzó como un subgénero musical ha crecido hasta convertirse en la banda sonora de una república en constante cambio, enfrentando desafíos y adaptándose a nuevas realidades. El reparto, con su cruda sinceridad y su conexión con las vivencias cotidianas, sigue siendo la expresión de ese instinto de la lucha por la dignidad y la identidad en un contexto de profundas crisis.


[1] Real Academia Española (2023), Tubo, Diccionario de la lengua española, [en línea] https://dle.rae.es/tubo [Consultado 13/06/2024].

[2] Planas, Justo (2018), «Ella guachinea. Chocolate y los objetos abyectos del reggaetón cubano» The Graduate Center, CUNY, [en línea] https://lljournal.commons.gc.cuny.edu/ella/ [Consultado 13/06/2024].

[3] Merriam, Alan Parkhurst (1964), «Usos y funciones», en Francisco Cruces y Sociedad de Etnomusicología (eds.), Las culturas musicales: lecturas de etnomusicología, Madrid, Editorial Trotta, págs. 275-296.

[4] Rivera Cusicanqui, Silvia (2015), Sociología de la imagen: Miradas ch’ixi desde la historia andina, Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Tinta Limón.

Algunos apuntes sobre empleo y protección laboral en Cuba

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Ilustración: Félix M. Azcuy

Los recursos humanos de un país son sumamente importantes. Sobre todo, si ese país es Cuba, que no cuenta con grandes riquezas naturales para desarrollar su economía. En este escenario, lo que puedan producir con sus manos e inteligencia las personas que formen parte de la nación es un asunto crucial.

La Isla no ha podido construir, en ninguna de sus etapas históricas, una economía autosuficiente. Siempre dependió de la potencia económica de turno o de aliados estratégicos para satisfacer, de forma general, las necesidades del país. A partir de 1959, la revolución cubana ofreció un empleo a cada persona que quisiera trabajar. Muchos sectores de los menos favorecidos en la república liberal, como las personas negras y las mujeres fueron, poco a poco, ganando en representación en el acceso a los estudios profesionales y empleos de mayor calidad. Aunque también es cierto que siguieron existiendo grandes brechas en la desigualdad. No obstante, de forma general, el gobierno aseguró siempre trabajo a quien lo necesitara durante casi tres décadas.

Muchos sectores de los menos favorecidos en la república liberal, como las personas negras y las mujeres fueron, poco a poco, ganando en representación en el acceso a los estudios profesionales.

A partir de la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del Campo Socialista, la Isla entró en una nueva etapa socioeconómica llamada Período Especial en Tiempos de Paz, de la cual no se ha salido aún.

En esos años se autorizó, por primera vez desde 1968, a que algunas personas trabajaran de manera autónoma sin pertenecer al Estado. No obstante, fue una cifra muy pequeña con respecto al porciento de la población que trabajaba para la maquinaria estatal. Incluso en condiciones sumamente difíciles para la economía, se aseguró también el empleo a los trabajadores. Sin embargo, entre otros efectos negativos, esto determinó que en muchos de los casos las empresas fueran ineficientes, debido a no poder contratar ni disponer de forma dinámica de los recursos humanos.

A fines de la primera década del siglo XXI y a partir de la llegada al poder de Raúl Castro hasta hoy, se impulsó una serie de cambios significativos en materia de políticas y se sucedieron varios eventos que impactaron el empleo en el país. Se enunciaron los Lineamientos del Partido Comunista de Cuba, la fallida apertura con la administración Obama en los Estados Unidos, la llegada de Donald Trump al poder, la nueva Constitución de la República, los efectos de la devastadora pandemia de covid-19, la Tarea Ordenamiento, la autorización de empresas privadas y el extraordinario éxodo de población. Estas son algunas de las transformaciones donde el análisis de los recursos humanos se vuelve esencial.

Si durante años casi la totalidad de la Población Económicamente Activa (PEA) laboraba solo para el Estado, ya esa no es la realidad hoy. La Encuesta Nacional de Ocupación de 2022, publicada por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (Onei) muestra que la PEA en ese año fue de 4 765 628 y decreció respecto al 2020 en 4, 28% (212 860 personas), dado que crece la desocupación.

Los economistas llevan años aconsejando una reforma integral en pos de que las fuerzas productivas se desaten y aumente la riqueza producida y distribuida en la sociedad. Por muchas razones esto no ha ocurrido.

¿Todo el mundo cuenta?

Para administrar una economía de manera eficiente hay que tener acceso a información estadística de calidad sobre la población y sus características.

En las sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, desarrollada en julio del 2024, se reveló que más de un millón de personas había emigrado fuera del país en menos de tres años. Eso quiere decir que en territorio nacional quedan algo más de 10 millones de habitantes, e incluso, un investigador muy reputado calcula que la cifra es mucho menor y está sobre los 9 millones. Dentro de esos datos, se conoce que la gran mayoría de las personas que emigraron formaban parte de la PEA. O sea, ciudadanos que podían aportar al desarrollo económico nacional con su trabajo porque están en edad laboral.

se conoce que la gran mayoría de las personas que emigraron formaban parte de la Población Económicamente Activa.

Sea como fuere, es una cantidad lo suficientemente considerable como para trastocar todos los planes de economía desde un municipio hasta a nivel de país. Y no por menos visible, también debe tenerse en cuenta el desplazamiento acelerado de personas del campo a la ciudad y de Oriente a Occidente. 

A este nebuloso escenario hay que agregar que hace varios años el país tiene uno de los índices más altos de envejecimiento poblacional del continente y uno de los más bajos índices de natalidad. Esto quiere decir que llegan muchas más personas a la vejez y nacen cada vez menos niños; un fenómeno que se da casi siempre en países de alto nivel de desarrollo y que en Cuba ha tenido lugar por el efecto de aplicación de políticas públicas a todos los niveles. Sin embargo, abre una serie de complejidades: si disminuyen las personas para producir, la economía se resiente aún más y existen menos recursos para los cuidados de un creciente número de ancianos.

La cuenta no da

La economía cubana tiene graves problemas estructurales. En La Joven Cuba varios expertos han disertado sobre el tema. La Isla importa cerca del 70% de los alimentos, cifra que se traduce en 2 000 millones de dólares anuales, como consecuencia de las trabas que persisten en la agricultura y la falta de incentivos para la producción. Las falencias en las exportaciones de los principales rubros impiden que se recupere el gasto generado por la importación. Asimismo, la caída del número de visitantes en el turismo y la reducción del envío de remesas por parte de la comunidad en el exterior afectan también la entrada de divisas al país, por lo que lo recaudado no alcanza.

Por otro lado, hasta hace unos años, Cuba había graduado casi un millón de universitarios, lo que representaba el 10% de su población total. Sin embargo, los bajos salarios, la inflación galopante, la casi nula competitividad de las empresas estatales, las trabas a las formas de gestión no estatales, la falta de créditos, las diversas tasas de cambio de divisas, la ausencia de mercados mayoristas, el arrecio de las medidas unilaterales desde Trump hasta el día de hoy y un rosario más de dificultades, han determinado que gran parte de los mejores graduados de universidades cubanas, incluso, la mayoría de los jóvenes, no tenga un proyecto de vida en la Cuba de los próximos años.

Tampoco quienes no ostentan estudios superiores u oficios de alta calificación, quieren trabajar para el Estado, en muchos casos. Y menos si es aportando en los sectores más necesitados, como la agricultura y la industria.

En palabras del director del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana, Antonio Aja Díaz: «tenemos una elevada proporción de empleados en el sector terciario de la economía, unido a la decreciente participación en la industria y el estancamiento de la agricultura». A lo que añade, «si tenemos un campo despoblado y envejecido es muy difícil plantear una estrategia que dé como resultado producir más alimentos, lo cual tiene que ver con la movilidad de la población, la migración y el desarrollo…».

Trabajar ¿Para qué?

Uno de los temas que actualmente discuten los expertos es la necesidad de los incentivos para que las personas trabajen. Algunos tienen aproximaciones más punitivas y otros, más persuasivas. En una emisión del programa televisivo Hacemos Cuba, se debatió acerca de la situación del trabajo. Ante la pregunta del presentador y miembro del Comité Central, Humberto López, acerca de si era una obligación o no trabajar en Cuba, Ariel Fonseca Quesada, director general de Empleo del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS) y uno de los invitados al programa, respondió que «no es una obligación; pudiera decirse que es una obligación moral, pero no legal».

Por su parte, Iliana Gómez Guerra, magistrada y presidenta de Sala del Tribunal Supremo Popular, afirmó que si las personas que no trabajan ni estudian tienen «ciertas conductas que infringen las normas de convivencia social, pueden ser objeto de control por parte de la policía y otros órganos competentes». Estas y otras proyecciones similares en medios de comunicación estatales podrían indicar que hay una probable intencionalidad de los medios del aparato ideológico de crear una matriz de opinión en la que se tomen acciones legales que obliguen a la ciudadanía a trabajar.

Hay una probable intencionalidad de los medios del aparato ideológico de crear una matriz de opinión en la que se tomen acciones legales que obliguen a la ciudadanía a trabajar.

La percepción extendida en la sociedad cubana de que no es necesario trabajar para vivir, es altamente preocupante y para revertirla se debe, en primer lugar, promover una cultura laboral que incentive a los ciudadanos a involucrarse en las transformaciones socioeconómicas del país y que ello se refleje de forma material y espiritual en su calidad de vida.

Por su parte, en entrevista en el programa Cuadrando la caja, la máster en Sociología e investigadora del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas Mirlena Rojas Piedrahita, dijo que la crisis económica que atraviesa Cuba provoca un aumento de la informalidad laboral, «debido a la insuficiencia de los salarios para satisfacer las necesidades de los trabajadores y sus familias».

Dicha práctica pone en riesgo a los ciudadanos al no establecer contrato de trabajo ni protecciones legales básicas como la seguridad social, pero muchos prefieren exponerse o no les queda otro remedio para asegurar el día a día, ante el encarecimiento del costo de la vida y la pérdida de valor del dinero.  

La experta subrayó que la informalidad abarca también prácticas relacionadas con representaciones sociales, elementos sociopsicológicos y la cultura del trabajo. «Es fundamental considerar las condiciones laborales, los salarios y el sentido de pertenencia de los trabajadores para comprender por qué optan por prácticas informales».

La informalidad abarca también prácticas relacionadas con representaciones sociales, elementos sociopsicológicos y la cultura del trabajo.

Fonseca Quesada aseguró que no existe legislación específica en Cuba sobre el tema de la informalidad, sin embargo «se está trabajando en una reforma legislativa que incluirá un nuevo Código de Trabajo, el cual debe regir durante los próximos años». Dicho documento posibilitará un «enfoque más inclusivo que reconozca y proteja los derechos de los trabajadores tanto en el sector estatal como en el no estatal, incluyendo el empleo informal». También reveló que en la próxima Encuesta Nacional de Ocupación de la Onei deben incluirse las estadísticas de los índices de trabajo informal en Cuba.   

La tasa de actividad económica de los hombres es de 77% y la de mujeres de 55%, añadió el funcionario del MTSS. Esto indica que las principales reservas para incorporarse al empleo están en el sexo femenino. Las brechas existentes entre hombres y mujeres están relacionadas con el machismo, el embarazo adolescente, la educación, y las diferencias en el desarrollo de las distintas zonas (urbanas y rurales) y regiones en el país. Hay una cifra significativa de mujeres que cumplen un rol como cuidadoras de niños, ancianos o enfermos y no reciben una remuneración económica por esta labor. Tampoco existe una infraestructura generalizada que les permita incorporarse al trabajo de manera eficiente.

El Estado cubano continúa siendo la principal fuente de trabajo. En el 2022 la ocupación estatal representó el 72.3% de la ocupación total y la no estatal el 27.7%. Estas son cifras extraídas de la Encuesta Nacional de Ocupación que seguramente se han modificado atendiendo a la drástica emigración en los últimos años.

Para la economista y doctorante en Políticas Públicas Tamarys L. Bahamonde, «el salario medio del sector estatal no resulta suficiente para garantizar el consumo de bienes y servicios básicos para un individuo, ya no una familia. El salario en el sector no estatal, aunque superior, viene acompañado de otros elementos de precariedad: jornadas laborales que duran más allá de 40 horas semanales, descansos no retribuidos, desprotecciones laborales para trabajadores vulnerables —madres solteras, personas con enfermedades crónica—, y no tan velados elementos de discriminación de género y racial, que por ser sutiles resultan difíciles de combatir».

Se requiere, por tanto, una política laboral integrada con la política económica a diferentes niveles, atendiendo a las particularidades de los indicadores demográficos. Cuba tiene programas y políticas sociales que precisan de voluntad para su puesta en práctica, pero, sobre todo, debe aplicar con urgencia una reforma integral de la economía para garantizar que el trabajo se convierta en la principal motivación del ciudadano. Si realmente se pretende salir de la grave crisis actual, estos son asuntos insoslayables.

Sistema de Atención a la Familia: ¿qué comen los deSAFortunados en Cuba?

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Sistema de Atención a la Familia
Ilustración: Félix M. Azcuy sobre imágen de Alba León Infante

Alberto Cortez cantaba que «la vejez es la más dura de las dictaduras, la grave ceremonia de clausura de lo que fue la juventud alguna vez y que está a la vuelta de cualquier esquina… Antesala de lo inevitable». Confieso que no conocía la canción ni al famoso cantautor argentino cuya vida cambió drásticamente luego de una caída en el baño, pero estremece la melodía con su atinada y jodida letra. Di con ella por el post en Facebook de un dilecto profesor de mis años universitarios, quien desde una pedagogía socrática ―nada común en las aulas de hoy― suele expresar verdades como el Partenón. Lo mismo que en la composición musical que colgó en su perfil, quizás a modo de espejo, el Profe «con unas hebras de plata tiene ya pintado el poco cabello, es gran decidor de consejos y lleva un par de anteojos para sufrir las noticias».

Si bien era un secreto a voces, la noticia divulgada por la ONEI de que la población efectiva en Cuba no llega a 10 millones ―un estudio independiente considera sobrestimada la cifra institucional― y que casi la cuarta parte del total de habitantes ―o sea, el 24,4 %― rebasa el umbral de los 60 años, vino a confirmar el comprometido escenario demográfico de una isla que ha visto mermada su población debido a un éxodo sin precedentes, una crisis económica insufrible, bloqueos externos e internos, y un decrecimiento natural caracterizado por la contracción de los nacimientos respecto a las defunciones. Sin fórmula mágica para revertir a corto ni mediano plazos esa tendencia, la sociedad seguirá marchando, como trillo de hormigas, al envejecimiento. ¿Qué futuro nos espera?

Envejecer es un drama humano. Hablar del envejecimiento poblacional, o mejor dicho, de cómo envejecemos en las circunstancias actuales del país supone una misión complicada y resbaladiza. No solo por la multidimensionalidad conceptual del dilema, que pasa por analizar si envejecemos con calidad y dignidad, sino por la inconsistencia de muchas fuentes a la hora de dar un panorama fiel del asunto, y por los discursos oficiales que henchidos de florituras acaban teniendo a nivel de suelo un eco disruptivo, más que correspondencia. En general, las demandas apremiantes e insuficiencias recurrentes de los ancianos cubanos giran en torno a alimentación, medicamentos, pensiones, vivienda, movilidad, marginación, atención a necesidades especiales, participación social y programas de asistencia.

Ancianidad en situación de pobreza y vulnerabilidad en Cuba
Ancianidad en situación de pobreza y vulnerabilidad en Cuba 2024 / Foto: Alba León Infante

Consecuencia de ese contexto: gerontólogos y geriatras ensayan curar enfermedades crónicas y degenerativas propias de la edad provecta con de todo «en falta» como en farmacia; mientras organismos gubernamentales bajo el lema «nadie quedará desamparado», a tenor con el artículo 68 de la Constitución, trazan políticas orientadas a la protección de adultos mayores sin ingresos ni recursos suficientes, incapacitados para trabajar y carentes de familiares en condiciones de garantizarles bienestar. El Sistema de Atención a la Familia (los llamados SAF) constituye una de las maneras en que se implementan esas estrategias de asistencia social. Sin dudas se trata de un programa muy sensible y necesario, pero que a juicio de no pocos «favorecidos» ha resultado infelizmente conducido.

Viejos asuntos

Mal empezamos, ¿no?, cuando la propia denominación de la entidad está lejos de ser el anillo al dedo de su esencia. El Sistema de Atención a la Familia, surgido en 1998, se ha destinado básicamente a ofrecer, en unidades gastronómicas amparadas por el Ministerio de Comercio Interior, servicios de alimentación a personas mayores y en situación de discapacidad censadas por el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social bajo el cuño de «asistenciados» o «vulnerables» (para algunos la más «delicada» forma de mentar «pobreza» en el reino de los eufemismos). Así las cosas, el SAF responde en su mayoría a individuos que no tienen familia funcional o viven segregados de ellas. Tampoco funciona con la debida articulación de un sistema, a juzgar por los eslabones sueltos en la cadena, y la susodicha atención se reduce en la práctica al acto de ofertar un poco de comida. ¿Y de qué embrollada manera?

«Mire usted mismo lo que sirven. Se supone que aquí están las dos comidas de hoy. Dos no hacen una ración normal. ¿Después de malo no llegan? ¿Desde cuándo aquí no dan pollo o huevo, ni un potaje de chícharo siquiera? Vaya a un SAF en el Vedado o Playa para que vea si en la tablilla hay menos de cinco ofertas. Sabemos que la situación está difícil, porque ni a la bodega viene nada, pero encima ¿no pueden elaborar bien lo poco que nos dan?», cuestiona Germán a la salida de un SAF en el municipio habanero de Cerro. Tiene los ojos azul cristalino, como si se le hubiera metido el mar adentro. «Fui electricista naval y trabajé desde el año 67 en la construcción de barcos hasta en Japón. Ahora, a punto de cumplir 80, la chequera no me alcanza ni para merendar. Por eso estoy obligado a venir aquí, aunque no quiera», refunfuña en tono de marinero embarcado en tierra. Y se va, escorando a babor y estribor. Dando tumbos.

Comida proporcionada en los SAF
Comida proporcionada en los SAF / Foto: Alba León Infante

Aunque marineros son todos y en el SAF se encuentran ―con permiso del dictum original―, Carlos, de 81 años, no opina igual que su colega de trajines. Aun cuando ambos cargan el mismo arroz y picadillo en sendas cantinas verdes facilitadas gratuitamente a cada asociado gracias a una donación china que incluyó vajilla metálica, jarras y útiles de cocina, como parte de un plan para elevar la calidad del servicio. «La atención es aceptable, los trabajadores muestran buen trato, cocinan bien y a veces el precio no pasa de 20 pesos. No se puede pedir pollo todos los días para como está la situación», agradece frotándose la barba hirsuta. Es de los que prefiere destacar el salvavidas, si bien apunta que «la cuenta no da»; su ropa de tan manchada y zurcida oscila en la delgada línea entre un atuendo y un harapo.

La vía para asociarse al SAF es una donde no faltan la burocracia y los intermediarios. Las solicitudes pueden llegar a través del delegado, el trabajador social de la comunidad, la Juventud o el Partido. Aun así, no todas las personas que optan por el servicio son admitidas, ni con la celeridad imaginada, y pueden pasar a integrar una suerte de lista de espera o escalafón.

La vía para asociarse al SAF es una donde no faltan la burocracia y los intermediarios. Las solicitudes pueden llegar a través del delegado, el trabajador social de la comunidad, la Juventud o el Partido.

Algo así le sucedió a Enrique, un abuelo de 83 años residente en Arroyo Naranjo. A pesar de su resistencia inicial «a verse comiendo en un comedor público», cuando le apretó demasiado el cinto solicitó a su delegada de circunscripción el trámite para un SAF al doblar de la esquina. «Pero me registraron en un comedor distante a un kilómetro de casa, pues fue donde apareció la capacidad. Allí tenían por método no vender ambas comidas juntas, así que normalmente solo cogía una de las dos. La distancia y la magra calidad no me animaban a dar el segundo viaje. Hubo días que preferí ni ir. Agradezco que ya me reubicaron aquí cerca».

A solo tres cuadras del SAF asignado vive Juan, vecino de Plaza de la Revolución, el municipio más avejentado del país, y sin embargo demora en llegar casi 20 minutos de ida, y un poco más de vuelta, pues se convierte en subida. Buscar sus dos comidas del día se vuelve un suplicio. Con la ayuda de un bastón arrastra penosamente el hemisferio derecho del cuerpo engarrotado por una apoplejía. La aguda miopía tampoco le permite andar más rápido que un caracol agobiado por el calor y el polvo. Endeble cruza aceras rotas y una avenida bajo pitazos de choferes sin conciencia.

«Aquí no hay trabajadores sociales o mensajeros que nos brinden el servicio a domicilio, cuando para personas como yo significaría un gran alivio. En mi condición debo venir bajo este sol inhumano. ¿Qué voy a hacer, mijo?», lamenta con ademán de quien implora una tregua divina en medio de un desierto; una desteñida gorrita azul de equipo Cuba no alcanza a tapar el desaliento plomizo de su mirada.

Política y realidad no se sientan a la mesa

El descrédito en cuanto a la calidad integral de este servicio no es algo nuevo. A la sombra de la reducción de subsidios y la Tarea de Ordenamiento, uno de los procesos económicos más señalados de las últimas décadas en Cuba, el 1 de enero de 2021 los asistentes a los SAF «se desayunaron» con que almuerzo y comida habían multiplicado diez veces su valor. Ese día inaugural el alimento costó 10 pesos, y en los siguientes se catapultó hasta tarifas de 30 pesos.

El aumento de precio impensado generó un profundo malestar y asiduos al servicio dejaron de acudir en masa a los centros de alimentación. Todavía se recuerda a Murillo, rostro del fallido ordenamiento, tildando aquel incremento de arbitrario e injustificado en tanto los insumos correspondían a precios e inventarios anteriores. En respuesta a las inconformidades, las máximas autoridades «se dieron a la tarea» de reafirmar que «los SAF serán siempre una prioridad» y aprobaron un «plan de medidas para rescatar los principios fundacionales» de dicha prestación.

Con el fin de realizar el estudio diagnóstico, en La Habana, por ejemplo, fue movilizado en zafarrancho un grupo de jóvenes universitarios e interruptos que en los días de la pandemia de covid-19 aplicaron encuestas a 16 714 beneficiados de los 15 municipios, de acuerdo con una nota divulgada por la prensa estatal entonces. A cada entrevistado se le preguntó la frecuencia con la que recibía el servicio, su cota de satisfacción y opiniones generales con respecto a la calidad.

Sistema de Atención a la Familia
Sistema de Atención a la Familia / Foto: Alba León Infante

La información obtenida arrojó un pobre índice de aceptación de 25 %, en lo fundamental por la baja correspondencia entre cantidad de alimentos, calidad del servicio y precios, además de mala elaboración de los comestibles, lejanía de los locales e ineficiente gestión administrativa. Lo más lamentable es que semejante esfuerzo no se haya traducido en beneficios tangibles sostenidos en el tiempo. La vida sigue igual.

«Algún día me iré a vivir a Teoría, porque en Teoría todo está bien», rumia la Mafalda de Quino o Quino a través de su Mafalda. La dicotomía entre el discurso institucional y la realidad cotidiana también es una de las inquietudes a flor de labio de las personas consultadas para este reportaje. Entienden que el Estado realiza «un gran esfuerzo para mantener la cobertura de alimentos en medio de una situación adversa a nivel global», pero «una cosa es lo que se dice arriba y otra la que llega a abajo».

«Yo no quiero que me ayuden con una cajita de comida. Quiero una jubilación decorosa que me permita sustentar mis necesidades, como merece quien ha dado la vida en el ámbito laboral. Para eso trabajé 45 años», opina Mercedes. «A mí ni me pregunte. Mejor no digo nada», reniega otro veterano de mala gana. «Y no es que tenga miedo porque lo que pudiera decir se lo digo a Fidel, pero si esta gente se entera luego la cogen con uno y al final nada va a cambiar. No quiero jodienda con nadie. Pero lo cierto es que esto es insostenible».

La vejez implica también ser víctima de temores y resignación, a partir de la asunción por parte del anciano de una psicología de inferioridad o supeditación inducida por la generación que ejerce el poder de la edad. Mas no debería olvidarse que los jóvenes de hoy serán los viejos de mañana.

Ancianidad en Cuba
Ancianidad en Cuba / Foto: Alba León Infante

En su rendición de cuentas a la Asamblea Nacional de julio pasado, la titular del Mincin explicó que el Sistema de Atención a la Familia, quinto en la lista de seis programas que atiende el organismo vinculados a la dinámica demográfica, beneficia con dos comidas por día a 64 mil personas en 1 448 establecimientos en todos los municipios del país. La ministra sostuvo que «las mayores dificultades se concentran en la estabilidad de proteínas, viandas, vegetales y frutas; con soluciones en algunos territorios mediante la vinculación con las formas productivas y la autogestión efectiva». Admitió además que «no se ha logrado generalizar las buenas prácticas ni diversificar las ofertas gastronómicas», y que «es imprescindible depurar a los administradores de la red y designar profesionales con alta sensibilidad»; seguro en referencia a que ante cierto descontrol administrativo hay quien esté haciendo su agosto.

La voluntad y aptitudes gerenciales resultan decisivas. Se ha dado el caso de dos unidades en el mismo municipio con resultados abismalmente opuestos. Si se pregunta a administradores contestan que no son convenientemente abastecidos con recursos o que no disponen de las condiciones idóneas para el servicio; pero que hasta sin aceite, condimentos ni sal «ponen todo su amor y dedicación para ofrecer una atención con profesionalidad». Eso pudiera responder a que la defensa es permitida y que todo análisis es cuestión de perspectiva. No obstante, a veces parece que en Cuba se va legitimando con pasmosa vehemencia la desmoralización cívica y la justificación de la chapucería, en detrimento de la objetividad y la autocrítica. La desazón frisa lo insultante cuando se impone la práctica de sacudirse abiertamente responsabilidades.

Comida del SAF
Comida del SAF / Foto: Igor Guilarte Fong

Es comprensible que los SAF del noticiero tengan una imagen favorable, atendiendo a la matriz de opinión que interesa a autoridades, sin descartar que no es lo mismo un SAF en Mantilla o Jesús María, que uno en Miramar apadrinado por una entidad hotelera o el de Quisicuaba, por solo citar dos casos publicitados a bombo y platillo por pantalla nacional.

Sin intención de absolutizar, la localización geográfica no será por regla discriminatoria, pero en buena medida incide en la equiparación de condiciones y oportunidades. Hay SAF con magnífica higiene, decoración y esmero en el servicio que semejan restaurantes. Nadie me lo contó. Lo vi, en Uñas, un poblado perdido en el mapa holguinero. Y hay otros deprimentes, con el hollín trepando paredes, hedores desagradables y desamor ambiente. Nadie me lo sopló. Lo olí, en Gibara.

Otros aspectos que no pueden ser desdeñados al margen de las escaseces son la cualidad de las elaboraciones y el valor nutritivo de un menú acorde a los requerimientos dietéticos del grupo etario. La presencia de huesillos o pellejos en los «aporreados» es un riesgo para personas que suelen presentar condicionamientos visuales; ingerir arroz sin grasa y semicrudo o viandas y granos duros puede conducir a padecimientos digestivos. Lo mismo que se descuida el balance nutricional a falta de frutas o vegetales frescos, y exceso de carbohidratos y embutidos para comensales que en buena medida son hipertensos y diabéticos. Un servicio de calidad dirigido a la tercera edad implicaría no desatender esos principios de salud pública.

Un paso ético

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Sistema de Atención a la Familia / Foto: Alba León Infante

En Cuba se habla en números. Flaco favor hacemos al vociferar que tenemos «una esperanza de vida de primer mundo», Código de Familias y un manojo de resoluciones para bienestar del adulto mayor cuando en la concreta propósitos, estadísticas y letras terminan diluidos en un torbellino de desidias e improcedencias.

El SAF no puede desdecirse repartiendo o (mal)sirviendo un poco de comida y ya. Sabemos cuáles son las causas de la decadencia. Es imperdonable seguir dilatando el rencauzamiento o la aplicación en rigor de las políticas de cuidado con una verdadera concepción sistémica, sincero sentido humanista y mayor justicia social. Estaríamos dando un tratamiento ético a una generación que sostuvo el país por décadas.

¿Quién debe fiscalizar o velar por que la actividad del SAF se cumpla con apego al deber ser? ¿Quién responde por lo que se está haciendo mal? ¿A dónde hemos lanzado la humanidad? Mientras no aceptemos con transparencia la magnitud del problema, no estaremos en condiciones de trabajar por una solución ni perfeccionar los mecanismos. Con la vista gorda se corre el riesgo de caer en el pecado vergonzoso advertido por García Márquez, cuyas novelas reivindican la vejez como una etapa esencial del ser: «El problema es que la sociedad, fingiendo veneración y respeto, termina por volvernos viejos a la fuerza». La sociedad contemporánea ―hiperconectada, superficial y atomizadora al mismo tiempo― se lleva la vida por delante.

¿Quién debe fiscalizar o velar por que la actividad del SAF se cumpla con apego al deber ser? ¿Quién responde por lo que se está haciendo mal?

Atender pertinentemente a personas en situación de vulnerabilidad significa que la sociedad ha aprendido a respetar, asimilar y trabajar esas peculiaridades. Los ancianos, sobre todo los que no reciben dólares ni tienen corazas ante las fauces draconianas de la inflación, son los que más sufren la precariedad en Cuba. No omitamos que en número mayoritario han sido «vulnerabilizados» por factores ajenos a su voluntad. Hoy acceden a una alimentación e higiene de calidad mínimas, consiguiendo apenas solventar con sus pensiones las tasas del SAF, canasta básica, tarifa eléctrica y otros gastos del hogar.

En tesis sobre la ancianidad, Simone de Beauvoir dejó claro que inclusión y exclusión están relacionadas con el factor económico, reflexionando que al consumir sin producir, los adultos mayores son vistos como un estorbo y la vejez acaba siendo rechazada.

Urge dirigir la mirada a los factores que inciden en la persistencia de esas condiciones extremas para quienes están ante la frontera de lo inevitable. Desde la escala gubernamental hasta la base hay que fomentar la empatía y acciones que afiancen la intersectorialidad.

Al frente de un SAF debe estar quien sepa manejar los hilos desde la cultura de servir, la sensibilidad, la filantropía y la capacidad de establecer alianzas. En Cuba no son pocos los ejemplos de empresas estatales y privadas que se han integrado a la comunidad con aportes en ese sentido. Hay que promover la autogestión y el pensamiento sin esperar que «manden todo de arriba». Determinados insumos como sazones, dulces y refrescos pueden ser conseguidos por vías alternas si se pone empeño y se sabe conquistar la comprensión ajena. Conmueve que productos agropecuarios se pudran a la vista pública en tarimas de mercados ―por no bajarle dos pesos―, en vez de ser pactada su donación o adquisición en favor del SAF más cercano. ¿Cuántos nichos de ese tipo ameritan ser revisados?

Al frente de un SAF debe estar quien sepa manejar los hilos desde la cultura de servir, la sensibilidad, la filantropía y la capacidad de establecer alianzas.

Los SAF deben ser epicentros del buen juicio y del óptimo servicio, con trabajadores que garanticen una correcta atención a sus clientes. Esos que más allá de vacíos sustanciosos y materiales tienen múltiples carestías afectivas y espirituales. Dichos establecimientos pueden convertirse en espacios de socialización e iniciativas que privilegien el diálogo, la inclusividad y el bien común, apelando a recursos tan sencillos como juegos de roles, actividades participativas, charlas educativas, chequeos periódicos de salud, hasta un día de abrazos.

Como elemento estructurador es factible revisar las relaciones de propiedad, la responsabilidad de los entes que participan, costos y precios, definir fuentes de financiamiento y esquemas de abasto. Como construcción simbólica es menester las relaciones de vecindad, económicas y sociopolíticas del territorio donde esté insertada la unidad SAF. Interiorizar la responsabilidad del Consejo de Administración Municipal (CAM) y el papel de la comunidad a la hora de percibir una realidad colectiva puede estimular un apoyo compartido.

La idea es lograr una integralidad de acciones que reconozcan a este sector poblacional como objeto y sujeto del desarrollo, y mantengan la interconexión con las políticas centralizadas que inciden en la dinámica demográfica; entiéndase economía, salud, educación, cultura, medioambiente, lo jurídico, comunicacional y social en general. Nada de lo humano nos debe ser ajeno, parafraseando el proverbio de Terencio que repitió Marx. El con todos y para el bien de todos de Martí.

Concluye Germán que envejece mal. «Todo se vuelve problemas y cada vez son más grandes; pero seguimos buscando la luz del faro». Mantiene vivos buenos recuerdos. Es nostálgico. Como él, una legión de desafortunados aspira a que nadie le quite la ilusión y exige el derecho, cantaba Cortez, «de reposar sobre un colchón de laureles que ellos mismos se ganaron a pulso».

Nuevo curso escolar, mismos problemas: una mirada crítica al entorno educativo cubano

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Ilustración: Félix M. Azcuy

Todos los años se repite. Ya casi parece un ritual que cada inicio de curso los medios se llenen de fotos de pioneros felices que retornan a las aulas y noticias de algunas figuras públicas (políticas) que se involucran en este primer día. Después del entusiasmo de la arrancada, como tema de debate en la agenda mediática estatal suele diluirse la reflexión de en qué condiciones transcurre, una vez más, otro período lectivo en las escuelas cubanas. Pudiéramos restarle importancia si no fuera por la deterioradísima infraestructura, la falta de maestros, la imposibilidad de cubrir algunas asignaturas, los salarios bajos de los docentes, los uniformes que no alcanzan o los almuerzos de arroz y chícharo, y pan en días de suerte.

¿Existirá algo que escape de la crisis económica que vive Cuba? Difícilmente. Hoy las autoridades reconocen que «la situación es compleja» y por supuesto que tiene su impacto en el sistema educativo. La comparecencia en la Mesa Redonda de Naima Trujillo Barreto, ministra de educación, y los reportes del noticiero estelar han hecho alusiones a ese «estado de cosas», aunque prevaleciendo siempre la óptica optimista —cuando menos— y triunfalista —cuando más— a la que ya estamos acostumbrados.

El discurso se ha centrado sobre todo en la implementación del Tercer Perfeccionamiento y los cambios que implica, estrategias ante la falta de maestros, el trabajo político ideológico, la descolonización y la vinculación estudio – trabajo.

Sin embargo, poco o nada se dice de las condiciones de los centros escolares. De sobra es sabido que, más allá de la decoración de murales, la iluminación, la pintura, o el arreglo de ventanas, en la práctica todo esto depende de las capacidades agenciales de madres y padres, y no precisamente del Ministerio de Educación.

Las escuelas no producen valor monetario, no venden productos, no recaudan fondos, de manera que recae sobre el Estado el peso de sostenerlas y garantizar que el espacio que debe ser de crecimiento y desarrollo esté aclimatado para ello. No se trata de pedirle peras al olmo por la situación del país, pero sí urge que se exploren vías para contrarrestar el deterioro de cada vez más centros docentes. Por esta razón cuesta entender que las partidas del presupuesto estatal destinadas a invertir en educación ocupen siempre un lugar tan en lo último, y como contraparte, no haya en el entorno público una estrategia palpable, y con tiempos y objetivos definidos, encaminada a  revertir el panorama.

Urge que se exploren vías para contrarrestar el deterioro de cada vez más centros docentes.

Por supuesto que una de las vías para revitalizar la escuela pudiera ser mediante alianzas público privadas, tal como hizo el bar paZillo con el círculo infantil Albas del Mañana, según informó el medio estatal Cubadebate, en un publirreportaje. «Bar» y «círculo infantil» suenan lo suficientemente desconectados para ganarse la crítica de buena parte de la ciudadanía, la misma a la que el Estado le ha prometido brindar servicios públicos gratuitos y de calidad, que cada vez cuestan más y garantizan menos.

En este caso al menos un círculo infantil ha logrado un vínculo donde son beneficiados niños, padres e institución. Y si bien eso indica que en este tipo de alianzas hay posibilidades de resolver asuntos relacionados con las condiciones para el aprendizaje de manera puntual, también deja entrever la inequidad de posibilidades entre territorios, pues no es casual que este pacto se haya producido en uno de los municipios más favorecidos del país. ¿Qué hace el círculo infantil de un entorno periférico que no encuentre un privado con suficiente capital como para realizar una inversión en sus áreas? Si bien las alianzas público-privadas pueden ser una alternativa para resolver asuntos medulares relacionados a infraestructura, no lo resuelve todo, ni para todos; menos aún en un sistema que durante mucho tiempo renegó de estas formas de propiedad, y hoy la acepta a regañadientes y con múltiples trabas que limitan su crecimiento.  

Si bien las alianzas público-privada pueden ser una alternativa para resolver asuntos medulares relacionados a infraestructura, no lo resuelve todo, ni para todos.

Corresponde entonces al Estado y sus instituciones incentivar alianzas con otros actores que repercutan de manera positiva en los centros escolares, pero desde una mirada que comprenda las desigualdades socioeconómicas que impactan a los ciudadanos y que busque reequilibrar las fracturas territoriales.

Se entiende que Cuba no pueda proyectar hoy instituciones donde el diseño y la arquitectura estén optimizados para el proceso educativo, pero no pueden naturalizarse los baños sucios, sin privacidad, con mal olor y tazas que no descargan, las paredes descascaradas, aulas mal iluminadas, las ventanas, mesas y sillas rotas, el calor porque los padres no pueden garantizar un ventilador, y los almuerzos que están lejos de suplir las necesidades proteicas que requieren las primeras edades.

En medio de ese panorama, es comprensible que el sector de la educación no sea atractivo para atraer personal. «Yo lo que quiero es jubilarme —se queja una maestra procedente de Granma que ahora trabaja en la capital—. ¿Tú crees que esto es para que esté así? A nadie le importa nada, los padres no cooperan, y los niños na ma hablan de irse pal yuma».

«La educación es gratuita pero cuesta», y cada vez más

En la actualidad, el costo no se trata únicamente de financiamiento, sino también de cómo el presente estado de cosas moldea las subjetividades de los estudiantes. La cuestión de que se asocie el socialismo con pobreza y necesidad constante de resistencia, y capitalismo con horizonte de posibilidades y sueños cumplidos, no va a solucionarse simplemente con hablar de descolonización cultural en las escuelas, o «reforzar» el trabajo político ideológico. Primero porque tiene que ver con el imaginario popular; ya sabemos que la escuela no educa sola, sino que ella se inserta en un entorno con circunstancias particulares que incide en cómo los sujetos interpretan su cotidianidad, forman creencias e imaginan futuros.

Lamentablemente, el descontento por las condiciones de vida, las precariedades o dificultades en sentido general, que impacta hoy los hogares cubanos no deja intactos a niños y adolescentes. Ellos también escuchan, saben, perciben, sienten.

Tampoco el trabajo político ideológico tal y como se concibe hoy resolverá la carencia de maestros o las insatisfacciones de muchos padres con la realidad de las escuelas.

No obstante, no todos los casos son iguales, «la escuelita Frank País [Cerro] tiene las plazas docentes cubiertas como ya no suele ser común, y mejor, en su mayoría son maestras de cierta edad y experiencia, lo que se traduce en calidad de enseñanza», cuenta un papá visiblemente aliviado. «La maestra de mi hija da muy buenas clases. El año pasado llegó una niñita que estaba en una escuela donde no tenía maestra y por tanto recibía una clase de pascuas a San Juan, cuando a alguien se le ocurría o un maestro podía entrar al aula. La niña vino aquí con muchas lagunas, como es de suponer, apenas sabía calcular o leer, y ha adelantado cantidad».

Nibia*, sin embargo, afirma que su hijo durante todo tercer grado en la primaria Josué País (Boyeros) no recibió clases de inglés. «Como madre, me preocupa que los niños no aprendan, lo que obliga a muchos padres a tener que calzar esas deficiencias con maestros particulares que no todos podemos pagar».

Algo que se repite mucho estos días es que el Tercer Perfeccionamiento incluye actualizaciones importantes sobre el entorno digital y el énfasis en el aprendizaje de idiomas, pero lo cierto es que muchas escuelas no tienen capacidades para educar en ninguna de esas áreas. Así lo cuenta el padre de una alumna de la escuela primera Pedro Véliz, del Wajay: «Ni en tercero ni en cuarto tuvo maestro de inglés. El inglés que sabe se lo he enseñado yo» afirma tajante y agrega en tono irónico: «Imagínate, si da más resultado irse pal turismo que estar pasando trabajo frente a una pila de muchachos».

Ya no tiene sentido vanagloriarse de televisores en las aulas y teleclases cuando los niños no tienen cómo aprender computación porque las computadoras están rotas, y en caso de arreglo, resultan obsoletas. El Inglés y las habilidades para el espacio digital son parte del skill set que cualquier profesional debe tener, no ya en el futuro, sino en el presente, sin embargo, son conocimientos que las escuelas no pueden cubrir, sencillamente, porque no tienen las capacidades.

Ya no tiene sentido vanagloriarse de televisores en las aulas y teleclases cuando los niños no tienen cómo aprender computación.

Claro que siempre habrá quien pueda tener tablet, computadora, horas online —aunque no necesariamente aprovechadas—, y en consecuencia la posibilidad de desarrollar habilidades. También quien pueda pagar maestros particulares. De cualquier forma, implica que parte significativa del conocimiento que deberían recibir en centros educativos, se está completando fuera de ellos.

Esta problemática no solo sedimenta accesos desiguales para niños y niñas que dependen de la economía de sus hogares para adquirir habilidades básicas que necesitarán para su desempeño educativo y profesional, sino que termina duplicando el proceso docente, y por tanto, obliga, a quienes tienen la posibilidad de asistir a repasos privados, a emplear tiempo que debería ser de juego y esparcimiento en aprender lo que debieron enseñarle en horario escolar.

En resumen, la educación es gratuita, pero cuesta, y nos está costando a todos.

El sistema educativo que queremos: un debate público

Una de las críticas que se le hace al sistema educativo cubano tiene que ver con la carga ideológica y política que tienen los programas curriculares. Sobre esto hay que decir, en primer lugar, que no hay sistema educativo exento de ello; la enseñanza y las elecciones sobre pedagogía y aprendizajes están sustentadas en sistemas de ideas y matrices ideológicas. Decir otra cosa es pecar de ingenuos, más allá de que el caso cubano tenga particularidades propias que dan para un texto en sí mismo.

Ahora bien, con el Tercer Perfeccionamiento del Sistema de Educación, sorprende que a las alturas del siglo XXI los cambios en estos programas no conduzcan a un debate público. Por solo poner un ejemplo, no hace mucho el caso de México ocupaba titulares y fervientes polémicas que trascendían más allá del país. ¿Por qué las decisiones sobre los conocimientos socialmente necesarios que deben incluirse en la formación educativa no ameritan un debate entre expertos seguido abiertamente por los medios? ¿Por qué la polémica y el intercambio de ideas para llegar a un consenso no tributa a la formación misma de opiniones en la ciudadanía? ¿Acaso es utópico, descabellado, pensar siquiera en esa posibilidad?

Por el contrario, la comunicación que acompaña al Tercer Perfeccionamiento es meramente divulgativa: «están los libros para tales grados», «se avanza con tales estudiantes», «llegaron los materiales», pero no existen espacios de diálogo sobre qué educación queremos y necesitamos como país  

Sin embargo, sí hubo otras noticias relacionadas a actualizaciones del sistema educativo que merecen atención, pues según Karenia Marrero Arrechea, directora general de Educación en La Habana, se ha organizado una estrategia específica relacionada con el cambio «que tenemos que lograr en el estudiante» para el vínculo del estudio y el trabajo.

«Estamos retomando una escuela en el campo diferente —explicó—, donde el estudiante se sienta vinculado a tareas de impacto. Vamos a iniciar con octavo, onceno, segundo año de la ETP, en un periodo de 15 días, donde el estudiante, además de trabajar en organopónicos del municipio, va a estar vinculado al trabajo en tarjas, monumentos». Además, pueden incluirse labores de higienización o trabajo en SAF, lo cual estaría diseñado de manera diferente entre municipios, pero el estudiante siempre estaría dentro del radio de acción de su propio territorio.

A Rolando, padre de Cristina* (octavo grado) le anunciaron que su hija estaría trabajando en el organopónico de su barrio de 8 am a 10 am. «Si tres décadas atrás no funcionaron las escuelas al campo, ¿por qué ahora tiene que ser diferente? ¿Con qué cuenta el país para que sea diferente? No entiendo por qué tiene que trabajar en un organológico que no sirve, no tiene ninguna estructura de siembra, no vende y no produce. Es pura yerba. ¿Qué piensan? ¿Levantar el organopónico con los niños? Una niña de 13 años debería estar aprendiendo materias. El trabajo de los niños de 13 años es estudiar. No otro».

Si tres décadas atrás no funcionaron las escuelas al campo, ¿por qué ahora tiene que ser diferente? ¿Con qué cuenta el país para que sea diferente?

El énfasis Marrero Arrechea en la Mesa Redonda en la vinculación estudio – trabajo, más allá de enfocarse en cómo se implementaría, careció de fundamentación, de explicar en primer lugar la necesidad del cambio, por qué los grados seleccionados para comenzar y cuáles serían los indicadores de su efectividad, preguntas clave para formarse una opinión sobre la nueva medida.

La flexibilización en el currículo, el espacio para la innovación, la posibilidad de ajustes dentro de las propias instituciones para que el hecho educativo suceda, son, en teoría, buenas nuevas para el sistema educativo cubano, que lo necesita, y constituyen piezas fundamentales del Tercer Perfeccionamiento, según la ministra. Pero falta por ver en el tiempo si las alianzas entre diferentes actores sociales que mejoren el estado de las escuelas podrá convertirse  en regla para dejar de ser excepción, cómo la carencia de oportunidades para estos vínculos será atendida por el Estado para evitar que mientras algunos centros mejoran no se profundicen las desigualdades que ya existen entre territorios citadinos y periferias, o a partir de cuándo y cómo podrá aumentarse el presupuesto estatal que se dedica a educación.

La flexibilización en el currículo, el espacio para la innovación, la posibilidad de ajustes dentro de las propias instituciones para que el hecho educativo suceda, son buenas nuevas para el sistema educativo.

También es importante recordar que en Cuba existen escuelas internacionales para hijos de personal diplomático y residentes de otros países con un altísimo nivel, y cuyos maestros no son extranjeros; en algunas incluso las clases se dan en inglés y hay posibilidades de estudiar otro idioma. Quizá pueda argüirse que es una comparación desleal porque la matrícula tiene un costo altísimo, impensable para la mayoría de los cubanos, y por tanto cuentan con muchísimas condiciones para su efectividad, pero evidencia que una parte importante del problema tiene que ver con incentivos monetarios y recursos destinados al desarrollo de la educación.

Por las interrogantes que aún quedan sin responder, y porque es un asunto medular para el desarrollo de Cuba y sus familias, debatir sobre el sistema educativo en conversación franca y abierta no debería ocurrir solo en momentos puntuales o únicamente para difundir avances y noticias positivas, sino que resulta un asunto para atender de cerca por medios, autoridades y ciudadanía en espacios fértiles para el diálogo y el cuestionamiento, tan saludables y necesarios para el progreso de un país.

Debatir sobre el sistema educativo en conversación franca y abierta no debería ocurrir solo en momentos puntuales o únicamente para difundir avances y noticias positivas.

Al final, cada inicio de curso escolar evidencia que de un año a otro hay una serie de urgencias no resueltas, y a pesar de los intentos por implementar mejoras y ajustes, la falta de recursos, la creciente profundización de la crisis económica y las desigualdades que de ella se generan, siguen impactando negativamente la calidad del entorno educativo.

Mientras estos problemas permanezcan insolubles, los alumnos cubanos enfrentan graves limitaciones para su aprendizaje y para capacitarse con conocimientos y habilidades socialmente necesarios en el mundo actual. Lograr un cambio que sea sostenible en el tiempo y que aborde el entorno y el hecho educativo de manera integral, depende sobre todo de que las autoridades lo conviertan en prioridad, y más allá de en discursos, en políticas, financiamientos y estrategias efectivas para revitalizar el sector. Solo así podrá garantizarse que las transformaciones sean perdurables.

Nota: Los nombres que tienen un asterisco (*) fueron cambiados para proteger la identidad de las personas entrevistadas o aludidas.

Festivales: cine rico, cine pobre

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Ilustración: Brady

Una vez sostuve un Óscar en la mano.

En 1993, la cineasta norteamericana Barbara Trent ganó la estatuilla por su documental The Panama deception, que indagaba en las motivaciones ocultas detrás de la invasión norteamericana a ese país, presentada a la opinión pública como una operación para detener al general Noriega y terminar con el narcotráfico. En diciembre de ese mismo año la realizadora fue invitada al FINCL de La Habana, exhibió la película y dialogó con los espectadores. Yo era una porción particularmente magra y escuálida del público (transcurría el momento más duro del Período Especial, y soy alérgico al huevo, de manera que pasaba más hambre que cualquiera), pero tenía, creo recordar que por primera vez, una flamante credencial de delegado. Al terminar el encuentro, me acerqué a la cineasta… y he aquí que sin más explicaciones me tiende el Óscar y empieza a hablarme con la familiaridad con que se interpela a un viejo conocido.

Un rato más tarde, en los jardines del Hotel Nacional, se me acerca un tipo con acento sudamericano que se presenta como estudiante de cine y me pide que, profesionalmente hablando, le «ponga la piedra» con Barbara, porque evidentemente yo tenía mucha guara con ella. «A ver, yo no la conozco, me habrá confundido con alguien o tendrá fantasías sexuales con flacos melenudos, pero jamás la había visto», le juré al tipo, que igual no me creyó y debió sospechar que yo quería monopolizar a la norteña, porque se molestó visiblemente con mi negativa.

Rememoro esta anécdota para ilustrar mi punto en el presente artículo: por lo general, el proletariado del cine no va a los Festivales para ver películas, eso es cosa del público. Se asiste a dichos eventos, en primer lugar, para conseguir contactos, establecer relaciones, sentir que te codeas con los grandes, hacerles preguntas estúpidas en las conferencias de prensa. Acudes a proyecciones y charlas, pero solo a las imprescindibles, porque ese es un tiempo que le robas a tu objetivo prioritario. De hecho, conozco a algunos que no se adentran ni una vez en la sala oscura mientras dura el certamen. Y es lógico, o más bien humano, que así sea, porque los directores y actores famosos son apenas la punta del iceberg: el grueso de quienes se dedican al cine tiene entre manos un proyecto que un día, cómo no, marcará un antes y un después en el séptimo arte.

Pero en los Festivales hay más que cineastas y público. Por alguna razón, los críticos cinematográficos creen que dichos eventos se conciben para ellos, y que sus reseñas del día siguiente ejercerán alguna clase de efecto educativo en las masas ignorantes, que esperan su veredicto como un gusano jugoso los pichones en el nido. Los funcionarios complican las cosas para tener que viajar ellos en la próxima delegación, los dirigentes agradecen, generalizan y prometen.

Mi primer Festival fuera de Cuba había sido en septiembre de ese mismo año. En el terruño campeaba la epidemia de neuritis hemorrágica, que ya le había hecho los honores a algún que otro conocido y, dada mi alergia arriba mencionada, yo tenía todas las papeletas para ser la próxima víctima. De pronto, ¡zas!, voy por 10 días en Innsbruck, Austria, para participar en el IFFI, un pequeño evento centrado en el cine tercermundista, con Alicia en el pueblo de Maravillas (1991) de Daniel Díaz Torres: el realizador tenía otro compromiso en esa misma fecha y me propuso, en mi calidad de coguionista de la película, ir en su lugar, así que me sacrifiqué y fui. Si se ven las fotos de mi estancia en el certamen tirolés, se nota la diferencia (tres o cuatro kilos) entre el primer día y el último. Más importante aún, ahí establecí contactos gracias a los cuales volví a Innsbruck una decena de veces en los años que siguieron, ora con películas cuyo guion escribí, ora en una beca de creación, alguna vez incluso como jurado. Y no solo al IFFI austriaco, sino a otros Festivales europeos.

Volvamos al FINCL. Por La Habana han pasado figuras esenciales del cine internacional, tanto directores como actores, que resultaría muy largo enumerar aquí. En un país como el nuestro, aislado del mundo en muchos sentidos (y ejerciendo a un tiempo una notable fascinación sobre él), asistir al Chaplin o el Yara a ver una película foránea sabiendo que el director estará allí para presentarla, y tal vez alguno de los actores, comentarle algo a la salida, hacerse una foto a su vera, es un pequeño ritual mucho más significativo que lo que puede llegar a ser en otras latitudes. No solo con los extranjeros, es evidente la admiración del público nacional por los artistas locales, pero aquí no hay star system, un actor famoso puede vivir agregado y a un director eminente derrumbársele el techo de la casa, en tanto las figuras del más allá están aureoladas con el fulgor de las divinidades.

Si en el FINCL la gente de cine va a los hoteles y conferencias de prensa en busca de glamour y oportunidades, y el público genérico a las salas oscuras para ver películas, en el Festival de Cine Pobre de Gibara las barreras tienden a difuminarse. Allí no abundan las estrellas de fama mundial, pero los espacios son un tanto más democráticos.

He participado en tres ocasiones en el evento de Gibara (2009, 2019, 2022), pero estuve antes en una ocasión en dicha localidad costera, con motivo de un encuentro literario en Holguín, y puedo dar fe de la diferencia que marca el Festival. Durante aquella primera visita, Gibara me pareció un pueblo fantasma al estilo del western spaghetti. Aunque la efervescencia que trae consigo la cita cinematográfica se esfuma en buena medida con el último día, algo permanece allí, material y espiritualmente.

En Gibara todo está cerca y casi todo es accesible. Las películas y los conciertos atraen a muchísima gente, los hoteles están al nivel del suelo, los participantes son fáciles de abordar en plena calle porque van caminando al cine. Atendiendo a la definición misma del Festival, muchas de las obras en concurso son ajenas al mainstream, independientes, realizadas con pocos recursos (aunque en ocasiones eso puede resultar bastante elástico), lo que convierte en habitual el milagro de ver a un buen número de habitantes de un sencillo pueblo costero del noreste de Cuba, para quienes hasta poco antes los entresijos del cine constituían un arcano para elegidos, disfrutando de un cortometraje uruguayo, un largo iraní o la conferencia de un director de fotografía del País Vasco.

Este año no pude ir a Gibara. El próximo no me lo pierdo.

La palabra

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Ilustración: Brady

Conocí a Manolo en el año setenta, en plena zafra. Él era un tipo de estos que aunque te pases veinte años sin verlo no se te olvida nunca. Ni gordo ni flaco, estatura media y con una cara cuadrada que cualquiera que la viera diría que se la hicieron con regla.

Cuando acabó aquella zafra dejé de verlo muchos años. No sé cómo averiguó mis coordenadas, pero la cosa fue que se me apareció en la oficina. Mi secretaria entró y me dijo que me buscaba un amigo mío, que decía llamarse Manuel Valdivia.

Enseguida lo recordé, incluso hasta el apellido que no dijo: Quintero. Le dije a mi secretaria que lo mandara a pasar, y me senté a esperarlo. Reflexioné en lo inconcebible del hecho de haberme acostado con varias mujeres hermosas y no recordar sus nombres, y en cambio, saberme el de Manolo de memoria con sus dos apellidos.

Él había cambiado bastante desde la última vez. Estaba casi completamente calvo y tenía bolsas debajo de los ojos, pero mantenía íntegro el aspecto de comemierda que siempre fue su sello distintivo. Hay personas que parecen comemierdas y no lo son, y otras que lo son sin parecerlo. Manolo lo parecía y lo era. Por eso cuando entró en mi oficina y se sentó, me preparé para oír cualquier barbaridad.

 —Sé que eres estadístico —me dijo después de los saludos—. Necesito que me ayudes con una investigación, porque creo que he hecho el descubrimiento del siglo.

Las palabras le salieron de la boca como ráfagas de ametralladora. Se veía que las había practicado muchas veces, sin éxito, claro está. Su voz sonaba artificial, de tal modo que lo imaginé en uniforme de escuela recitando de memoria un poema sobre hombres desconocidos. Me divirtió la imagen, lo que provocó que me demorara en contestar, y cuando fui a hacerlo, Manolo volvió a recitar:

 —Este es el protocolo de investigación —dijo al tiempo que me tendía dos sobres— y este es mi currículo. No tienes que responderme ahora. Léetelo todo con calma y bueno, me llamas y me dices. El teléfono está ahí anotado.

—Manolo —empecé—, no sé si tenga tiempo. Tengo mucho trabajo atrasado.

—Por favor, necesito que me ayudes. Sólo te pido que te leas lo que te dejo. Yo sé que piensas que soy un comemierda vestido de paisano… No, no importa, yo también lo pienso. Pero creo que esta vez un comemierda va a cambiar el destino de la humanidad.

Esta toma de conciencia de Manolo me tomó desprevenido, y fue parte por eso y parte por lástima que saqué su currículo del sobre y miré la primera hoja. Según decía allí, Manolo era bioquímico, hablaba alemán y había trabajado sintetizando fertilizantes a partir de excrementos de conejo, comparando excrementos de distintas razas de ganado vacuno, y aislando gases de excrementos humanos en descomposición.

–Óyeme, Manolo, veo que la mierda juega un papel fundamental en tu vida –le dije jocoso, tratando de aliviar la tensión, y adelanté la mano en un ademán de coger el sobre de la investigación. Manolo me sujetó por la muñeca.

 –Me voy. Ábrelo después y me llamas.

Se levantó y se fue, sin añadir una palabra, y al salir le dio un tirón a la puerta. Lo hizo con naturalidad, sin intención, como hacen los comemierdas.  

Habían pasado dos semanas desde la visita de Manolo y yo no me había ocupado de su asunto. Ni siquiera había vuelto a pensar en él, hasta que una tarde, muerto de cansancio, corrí un grupo de papeles del buró para recostarme un rato. Cayeron casi todos al piso, y frente a mí quedó el sobre de Manolo. Sin meditar lo que hacía, lo rasgué y extraje de su interior una sola hoja, tipo A4, que tenía una única palabra escrita a lo largo. Me pareció un vocablo de algún idioma eslavo. Lo leí varias veces para familiarizarme, y cuando creí estar apto, lo pronuncié en voz alta. De repente la curiosidad y el cansancio pasaron a segundo plano. Tenía un problema mucho más importante: me había cagado en los pantalones.

Pasó otra semana antes de que Manolo me llamara. La llamada llegó en el peor momento, cuando iba saliendo a almorzar. Sólo un estúpido de la talla de Manolo podía ser tan inoportuno.

–Oigo.

–Oye, Alberto, soy yo. Han pasado unos días y como no me llamabas… Me dije, bueno, le doy un timbrazo y le recuerdo. Dime, ¿pudiste ver algo de la investigación?

–Manolo, estoy saliendo a almorzar, no puedo hablar ahora. De todas formas, no pude hacer nada porque no me dejaste el protocolo. El sobre que dejaste lo que tiene adentro es un papel con una palabra rara escrita.

 –Esa palabra, Alberto, es mi investigación. Esa es mi obra maestra. ¿La pronunciaste? ¿No te pasó nada?

–Chico, que yo recuerde, no. Y te dejo, que me cierran el comedor.

 –Alberto, dime la verdad, ¿no te cagaste?

Sin saber exactamente por qué, empecé a sudar frío.

–No entiendo qué me quieres decir.

–Eso mismo que dije. ¿Te cagaste o no?

–Bueno, sí, me cagué, pero no me vayas a decir que fue porque leí tu palabra.

–Porque la leíste no, porque la oíste. Alberto, he descubierto una palabra que el que la oye, se caga. Necesito que me diseñes un experimento que pruebe ese hecho estadísticamente. En estos momentos, toda investigación, como tú debes saber, tiene que estar respaldada con estadística, de lo contrario no la aprueban.

–Manolo, atiéndeme un segundo –dije volviéndome a sentar–. Yo me cagué, pero porque tenía problemas de la barriga, eso le pasa a cualquiera, estás loco si te piensas que me voy a creer que fue por oír tu cabrona palabra –le dije un poco molesto– y está bueno ya, que yo no tengo tiempo para esto.

–Espérate, no cuelgues, vamos a hacer una cosa, vuelve a pronunciar la palabra, y si te cagas de nuevo, entonces me ayudas.

–Está bien –le dije, y acto seguido rescaté la hoja del cesto de la basura. La tomé en mis manos y tuve miedo. Por un lado me parecía ridículo hacerle caso al comemierda de Manolo, y por otro lado, tenía puesto mi mejor pantalón. Manolo esperaba al otro lado del teléfono y yo no me atrevía a pronunciar la palabra.

En ese instante entró mi secretaria y dejó un bulto de papeles sobre la mesa.

 –Aquí le mandan desde la universidad, los vienen a buscar el lunes.

Sin oír apenas lo que me decía, le hice una seña, y le pedí:

–Damaris, ¿serías tan amable de leer en voz alta esta palabra que está escrita aquí?

Damaris pronunció la palabra con voz melodiosa de secretaria incompetente. Cuando acabó la última sílaba su rostro cambió de repente. Comprendí de inmediato.

–Damaris, ¿te sientes mal?

–No, no tengo nada. Alberto, ¿usted cree que me pueda ir para la casa? –me dijo casi con lágrimas en los ojos–. Me ha surgido un problema personal.

Autoricé a la secretaria a tomarse el día, cogí el teléfono y le dije a Manolo:

–Te creo, ven para acá ahora mismo –y colgué sin esperar respuesta.

Le creía, no porque estuviese seguro de que mi secretaria se había cagado al pronunciar la frase, sino porque, cuando la pronunció, yo la oí, y me cagué también, nuevamente.

Manolo entró en mi oficina con una sonrisa dibujada en la cara. Se sentó y me dijo que él estaba seguro que yo no le iba a fallar, que desde un principio supo que podía contar conmigo. Lo corté y le dije:

–Mira, Manolo, vamos a establecer tres pautas. Primero, esa palabra no se pronuncia nunca más en esta oficina, ni en mi presencia. Segundo, esta butaca, la mía, la lavas tú, porque la peste que tiene es culpa tuya y tercero, cuéntamelo todo desde el principio.

Cerca de media hora le llevó a Manolo lavar la butaca a la vez que contaba su historia: me dijo que había estado leyendo manuales de hechicería celta, de vudú haitiano y de filosofía clásica alemana, y que había encontrado aplicación de estas materias en el procesamiento de señales de audio digital, y en temas de fisiología relacionados con la pérdida de control de los esfínteres. En este punto lo interrumpí, y le pregunté cómo era posible que si él era bioquímico estuviera trabajando en todas esas cosas. Contestó preguntando que cuándo yo había visto un universitario cubano que trabajara en lo que estudió. Me quedé callado. Manolo me parecía cada vez menos comemierda. Le estaba cogiendo cariño.

Me contó que había sido una investigación solamente suya, que había gastado muchísimo dinero en papel sanitario y pantalones carmelitas para disimular el resultado de los ensayos y que su descubrimiento tenía un defecto grave, que consistía en que cuando se pronunciaba la palabra, el efecto no era selectivo y experimentaba el fenómeno todo el que oyera el vocablo.

–Manolo, tienes que probar tu descubrimiento a gran escala, los casos individuales no son garantía de nada. Sabemos que funciona, pero no tiene rigor científico. El experimento debe hacerse con más de mil personas a la vez, es el tamaño muestral adecuado.

–Lo voy a hacer en una marcha por el Primero de Mayo –dijo–, ahí va mucha gente.

–No sería conveniente –contesté–. Se podría malinterpretar como un acto de mala voluntad, y es todo lo contrario. Además, para este experimento se necesita que los individuos estén en el lugar del experimento por voluntad propia. Yo te sugiero que lo hagas, por ejemplo, en un concierto de algún grupo de salsa. Sería ideal, porque la palabra se confundiría con la canción. Entraría como algo subliminal. Sin hablar de que se podrían hacer algunas investigaciones alternativas. Por ejemplo, analizar cómo influye oír la palabra, en la letra de la canción que se esté cantando en ese momento.

Manolo me interrumpió emocionado.

– ¡Podría publicar un artículo que se llamara: «Las heces fecales y su papel en las letras de las canciones de grupos de salsa cubana», y déjame decirte, eso coge premio donde sea!

Le diseñé a Manolo su investigación y le prometí que podía contar conmigo. Quedamos en vernos la semana siguiente. Salió de mi oficina y volvió a tirar la puerta, como solo los comemierdas saben hacerlo. Hay cosas que no cambian nunca.

Manolo no fue a la cita acordada, ni a la otra, ni a la otra de más arriba. Me lo encontré por la calle, como a los seis meses. Había perdido el brillo en los ojos que le había notado en nuestro último encuentro. Ahora tenía una expresión franca y saludable. Había vuelto a ser el mismo comemierda de siempre.

Me pidió disculpas por no haber ido a verme más. Me contó que había hecho el experimento, y había puesto a cagar a todo el Salón Rosado de la Tropical. Me contó también que llevó su trabajo, respaldado por el experimento creado por mí, al comité científico de su centro de investigaciones. Y que no se lo aceptaron.

–El presidente del tribunal me dijo que mi investigación no procedía, no me dijo por qué, solo pronunció las palabras «no procede» como si no tuvieran respuesta posible de mi parte. Pero sí tenían respuesta, y yo se la di, le dije la palabra y él se cagó, y yo también. En los dos meses siguientes fui a ocho comisiones, y las ocho me rechazaron, y en las ocho pronuncié la palabra. Se volvió una rutina llegar cagado a la casa. Ahora estoy bien, puse una consultica por cuenta propia para curar el estreñimiento y me busco mis quilitos con eso.

Quedamos en mantenernos en contacto pero nunca más hablamos. Supe por un amigo común que Manolo había desaparecido de su casa y hacía dos años que no se sabía nada de su persona. Hasta hoy, que me cayó en las manos este ejemplar de El País y me llamó la atención una noticia que describía cómo durante unos enfrentamientos en las afueras de Bagdad las tropas de la resistencia iraquí sufrieron una diarrea colectiva. No hubiera hecho la asociación, pero al final del artículo decía que el Departamento de Defensa de EE.UU. se vanagloriaba de haber usado un arma química, llamada Manny Valdivius. Y bueno, yo no me acuerdo de los nombres de la mayoría de las mujeres con que me he acostado, pero el de Manolo, ese me lo sé de memoria, con sus dos apellidos.