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La noticia de su fallecimiento conmovió a muchas personas en diversos lugares del mundo. Casi escribo: «desde otro mundo», como el título de una de sus canciones, porque estoy seguro de que apenas supimos de la muerte de la gran compositora cubana Marta Valdés, esas estrofas, entre muchas otras posibles, debieron atravesar nuestra memoria.
«Voy a morir sin ver la nieve / pero te miro cuando llueve. / Yo sé que hay en el mundo / palacios y castillos, / no me lo digan más…», decía ella en esa «Canción desde otro mundo», que tantas veces he oído en la voz de Miriam Ramos, una de sus intérpretes más fieles. Y es que la palabra fidelidad, por desusada que esté en los últimos tiempos, es la que mejor define el modo en que varios cantantes, hombres y mujeres de distintas generaciones, han defendido lo que esta autora tan genuina y singular nos legó: algo más que canciones, más bien declaraciones de fe que ahora, tras su despedida, podemos repetir los que apelamos a ellas como una contraseña para seguir aferrados a otras fidelidades, por extrañas que puedan parecer a otros.
Las composiciones de Marta Valdés aparecen en el álbum, ya lo he dicho, de los gustos adquiridos. Desde su juventud, algo en ella la ponía en un sitio algo distante, en una esquina de esa imaginaria foto grupal donde otros compositores de su tiempo iban ganando éxitos y popularidad. Integrante de lo que se ha llamado la «segunda generación del filin», ella, junto a Frank Domínguez y otros colegas, comenzó a crear canciones tan insólitas como «En la imaginación» cuando apenas rebasaba los 20 años.
Entre las influencias que recibió están las del cancionero nacional, de la trova y el bolero, pero también del repertorio mexicano. Era todo lo que la radio difundía a toda hora, y aquella joven, nacida en La Habana de 1934, absorbía con el gozo de quien imagina estar a las puertas de ese universo que terminaría por asumirla entre los nombres de figuras tan respetadas. No siempre le fue fácil en su trayectoria, pero tuvo el espaldarazo de Vicentico Valdés y de Elena Burke, quienes elegían sus canciones para incluirlas en los discos de sus trayectorias ascendentes. «Y con tus palabras» y «Tú no sospechas» se hicieron clásicos inmediatos. Cuando llegó 1959, ese mundo sonoro ya advertía que entre los compositores dignos de atención estaba, sin dudas, Marta Valdés.
El 19 de abril de 1960, en el escenario de la sala Talía, ocurrió una velada que confirma lo dicho. Esa noche, a las 9 y media, subieron al estrecho escenario del Vedado varios de los intérpretes ya comprometidos con la música creada por Marta Valdés. El dúo integrado por Nelia Núñez y Renée Barrios ocupó una parte del concierto, en el que además Doris de la Torre y Miguel de Gonzalo añadirían otras piezas de la autora y de sus colegas. Renée y Nelia cantaron «En la imaginación», «No es preciso», «Tú dominas», «Deja que siga sola» y la infaltable «Tú no sospechas». Entre las que se escucharon como estrenos estaban «Juego a olvidarme de ti» y «No hagas caso».

Cuando el «sentimiento» era sospechoso
Para muchos jóvenes lectores, quizás los nombres de los intérpretes antes mencionados no signifiquen demasiado, lo que es solo un síntoma de cuánto se debe recuperar de nuestro acervo sonoro. Miguel de Gonzalo, hoy apenas recordado, fue, según el especialista Cristóbal Díaz Ayala, el primero en asumir el estilo interpretativo del filin en sus grabaciones, con notable éxito. Doris de la Torre grabaría un LP llamado Tú dominas, precisamente, que incluía varios temas de Marta Valdés, y que hoy es una auténtica joya de coleccionista. Renée Barrios, tras disolverse su dúo con Nelia Núñez, se radicó en Puerto Rico. Allí, en Santo Domingo y en Miami, siguió confirmándose como una de las mejores voces que regresaban al repertorio de Marta Valdés. Pensar en la compositora, ahora que su fallecimiento nos exige un repaso cabal del mundo que ella protagonizó, significa también recuperar todas esas presencias, silenciadas u olvidadas por demasiado tiempo.
Ese silencio también afectó a Marta Valdés, a pesar de los elogios y la fama que rodeaban su nombre. Los compositores afiliados al filin (apropiación del inglés feeling, sentimiento) se vieron de pronto acusados de crear música «de enfermitos». Las largas madrugadas acompañadas de música, el espíritu bohemio y el tono confesional e intimista de muchas de esas canciones levantaron las sospechas y los recelos de algunos de los nuevos ideólogos, que fueron a la carga contra ese tipo de composiciones que estaban a la moda.
Uno de los grandes enemigos del feeling o filin, fue el doctor Gaspar Jorge García Galló. Como bien recuerda la investigadora Rosa Marquetti en una de las entradas de su blog Desmemoriados, Historias de la Música Cubana, García Galló publicó un panfleto en el que no se anduvo con miramientos. En «Nuestra moral socialista», publicado en 1963 por el Sindicato de Trabajadores de la Educación, el extremista que fue Galló no duda en explayarse contra esos autores, atacando desde el origen inglés de la palabra que habían tomado para identificarse, hasta el contenido de sus letras. Especialmente, se ensañó con Ela O´Farrill, autora de «Adiós, felicidad» y «Ya no puedo llorar», cuyo supuesto pesimismo le parecía en todo sentido incompatible con el espíritu de lo verdaderamente revolucionario.
El extremista que fue Galló no duda en explayarse contra esos autores, atacando desde el origen inglés de la palabra que habían tomado para identificarse, hasta el contenido de sus letras.
La anécdota, narrada luego por la propia Ela, cuenta que ella se encontró con Fidel Castro y le habló acerca de esos ataques, obteniendo una respuesta que parecía aplacar tales diatribas. Lo cierto es que ese diálogo no fue casual, sino que ella lo buscó por toda La Habana, acudiendo a los sitios donde por aquel entonces el líder solía aparecer y hablar desenfadadamente con la población que lo saludaba. No menos hizo Raquel Revuelta, quien apeló a la misma búsqueda hasta localizarlo, cuando supo que desde el Consejo Nacional de Cultura se proyectaba fundir a Teatro Estudio con otros grupos para crear un gran Conjunto Dramático. Rosa Fornés también tuvo que hacer algo parecido, aunque buscó el auxilio de Celia Sánchez Manduley, cuando su éxito «Llorando en la capilla» fue suspendido de las emisoras por su título de referencias religiosas. Eran los primeros presagios de un problema mayor.
Para tratar de conciliar los extremos del debate, se celebró un Fórum del Feeling, en abril de 1963, donde intervino Alejo Carpentier acerca del género de moda, pronunciando palabras que solo algunas décadas después serían publicadas en La Gaceta de Cuba. El evento, convocado por la UNEAC, incluyó paneles, ponencias y, por supuesto, apariciones de corte musical. En la Biblioteca Nacional y en la Unión de Escritores y Artistas, se discutió y se cantó. Aunque César Portillo de la Luz, uno de los máximos exponentes, ya había aclarado en el diario Revolución, en enero de ese año, el sentido que él y sus compañeros daban a la palabra feeling, al decir: «Musicalmente hablando, la palabra “feeling” —extraída del idioma inglés— es un recurso empleado en la escritura musical para indicarle al instrumentista (saxofonista, trompetista o pianista) que dentro de lo que está escrito en el pentagrama haga una versión a gusto o a placer como no es posible indicar mediante la escritura musical», el recelo perduraba.
Entre los asistentes y ponentes al Fórum estuvieron Odilio Urfé, Argeliers León, Adolfo Guzmán, Doris de la Torre, Rosendo Ruiz, Félix Guerro, Vicente González Rubiera (Guyún)… y Marta Valdés.El concierto de cierre de dicho Fórum parecía ser una defensa cerrada al feeling y a otros grandes momentos de la música cubana: Bola de Nieve, Doris de la Torre, Frank Emilio, Enriqueta Almanza, Elena Burke, César Portillo y José Antonio Méndez estuvieron en su programa.
Podría pensarse que con ello se sellaba la polémica, pero Ela O´Farrill dejó saber al periódico Revolución, el 8 de abril de ese 1963, algunas interioridades del evento, al decir que había participado en él, a pesar de «aquellos embates contra esta tendencia como extranjerizante, ajeno a lo cubano, con una serie de criterios absurdos. Incluso, durante el evento Roberto Fernández Retamar se me acercó y me pidió que me parara para contar lo que me había pasado con “Adiós, felicidad”, pero lo eludí, no me atreví, no quería buscarme más problemas. Y no canté en ese foro, como se ha dicho».
Como bien apunta Rosa Marquetti en su repaso a estos hechos, quedarían en pie sospechas nada románticas respecto a esta música y a sus cultores. Y a la autora de «Tú no sospechas», tanto como a Ela O’Farrill, eso se les confirmaría posteriormente.
«Salvada» por la escena
En 1964 Marta Valdés comienza a aparecer en los programas de mano de varios espectáculos teatrales, una labor en la que hallaría protección y refugio por mucho tiempo, en particular dentro de Teatro Estudio, el grupo fundado en 1958 por Raquel y Vicente Revuelta, donde trabajaría hasta finales de la década de 1980 como asesora musical y compositora. A ella se deben las bandas sonoras, los arreglos vocales y las composiciones originales que acompañaron muchas de las mejores puestas de esa agrupación, la más importante, sin dudas, de buena parte del periodo de la historia teatral posterior al triunfo revolucionario.
Uno de sus primeros empeños en este sentido viene de la mano de Roberto Blanco, quien, probándose ya como director, dirigió en 1964 Pasado a la criolla, a partir de unas escenas escritas por José Ramón Brene, que se hilvanaron en forma de espectáculo con ese título, sugerido por el propio Blanco. En el elenco de la puesta, que integraron figuras del Conjunto Dramático Nacional y Teatro Estudio a manera de coproducción, estaban Asseneh Rodríguez, Adolfo Llauradó, Luis Otaño, Alicia Bustamante, Florencio Escudero, Raúl Eguren, Flora Lauten, Pedro Rentería, Iván Tenorio, René de la Cruz, Leonor Borrero y muchos otros nombres de valía. En el programa de mano aparece Berta Martínez como asistente de dirección, junto a ella, Marta Valdés trabajará en las más importantes puestas de su catálogo como directora, y en Don Gil de las calzas verdes, Todos los domingos, ¿Quién gritó auxilio?, Macbeth, Bodas de sangre, La zapatera prodigiosa… Esa unión entre la directora y la compositora nos legará resultados notables, en un diálogo de feliz complicidad creativa que alcanzó muchos matices.
Pero habría que hablar de su desempeño, también, como responsable de la música de El becerro de oro, el montaje con el cual Armando Suárez del Villar resucitó y descubrió entre nosotros al gran comediógrafo Joaquín Lorenzo Luaces. La puesta, estrenada en 1968, reconstruía una idea del teatro colonial, al tiempo que inducía una visión de matices contemporáneos en la representación. Marta Valdés, para seguir la línea argumental y confabularse con la idea del director y de Antón Arrufat, asesor de la obra, creó parodias de la ópera de la época en que se desarrolla la trama, que también resultaron eficaces en la exitosa puesta. A lo largo de su trabajo en la compañía, fue parte del equipo creativo de creaciones de Raquel Revuelta, Vicente Revuelta, Abelardo Estorino, Guido González del Valle, Héctor Quintero, Luis Brunet, entre otros. En una rara aparición cinematográfica, el elenco femenino de casi todo Teatro Estudio se deja ver en Lucía, el filme de Humberto Solás de ese mismo año, entonando un fragmento de la criolla «Aunque no te vi llegar», una de sus más hermosas composiciones.
No solo creó lazos de trabajo allí, con esas figuras. En 1966 fue una de las asesoras de Unos hombres y otros, espectáculo presentado por Lillian Llerena a partir de relatos de Jesús Díaz, que integraban Los años duros, el libro de cuentos con el que dicho autor mereció el Premio Casa de las Américas. Y en 1967 crea la música para Pinocho, puesta en escena de Pepe Carril que estrenó el Teatro Nacional de Guiñol, conducido en esos años por la tríada que integraban el propio Carril y los hermanos Pepe y Carucha Camejo. Fiel a su sentido autocrítico, no quedó satisfecha con ese trabajo, como relató en la entrevista de la cual se incluye un fragmento en Mito, verdad y retablo…, el volumen que junto a Rubén Darío Salazar escribí para restituir a la historia de nuestro teatro el legado innegable de esos tres fundadores.
Si a los Hermanos Camejo y Pepe Carril el fuego de la parametración iba a atormentarlos, a partir de la clausura del I Congreso Nacional de Educación y Cultura, y lo que se estableció como normativa a partir de ella, lo mismo sucedería con muchos otros creadores en gran parte de las compañías del país. Poco a poco fueron llegando a sus desdichados destinatarios los temidos telegramas que los convocaban a una reunión, donde se les informaba que por no cumplir los «parámetros» revolucionarios, quedaban fuera de sus oficios y sus grupos.
Escritores, pintores, actores, actrices, diseñadores, coreógrafos, cantantes… fueron víctimas de ese procedimiento, que los comisarios del Consejo Nacional de Cultura, especialmente el temido Armando Quesada, cumplían con un orgullo ejemplarizante. Se cuenta que a Teatro Estudio llegaron los telegramas durante una temporada de La casa de Bernarda Alba, precisamente, dirigida por Berta Martínez en 1972, montaje en el cual Marta Valdés fue una de las asesoras. Raquel Revuelta echó mano a su prestigio artístico y político —pues había colaborado con los rebeldes en la época de la clandestinidad—, y eso le permitió proteger a muchos de los parametrados, aunque tuviera que alterar a partir de entonces la línea estética que había predominado en el repertorio.
Raquel Revuelta echó mano a su prestigio artístico y político —pues había colaborado con los rebeldes en la época de la clandestinidad—, y eso le permitió proteger a muchos de los parametrados.
Se impuso, durante varios años, la moda de los recitales, suerte de cantatas que unían poemas y canciones, a falta de argumento propiamente dicho, que trataban de sintonizar con el gusto de esos comisarios y políticos de la cultura. La historia de Cuba, las luchas de otras naciones contra el capitalismo y sus desmanes, las batallas por la liberación de naciones hermanas… eran el punto de partida de espectáculos como Caminando y cantando, Tiene la palabra el camarada Máuser, Días y flores, etcétera. Gracias al trabajo musical de Marta Valdés, el elenco pudo cantar y trabajar con arreglos corales que hacían menos densas esas propuestas.
Por suerte, en medio de esos empeños y sus presagios, la relación con el elenco, dramaturgos y directores también sirvió de inspiración a varias canciones notables del repertorio de la compositora. Mientras viejos y nuevos éxitos suyos y de varios colegas contemporáneos se ausentaban de la radio y la televisión, ella crearía temas tan hermosos como «José Jacinto» o «¿Hacia dónde?». Asimismo, José Milián, poco antes de ser parametrado, al estrenar en 1970 con Teatro Estudio La toma de La Habana por los ingleses, le dedicaba esa obra justamente a Marta Valdés, como reza en el programa de mano, por ser «la autora de mi tonada favorita».

«Juego a (no) olvidarme de ti»
Tras la desaparición del Consejo Nacional de Cultura y la creación del Ministerio de Cultura en 1976, poco a poco la opacidad de ese periodo gris se fue aclarando. Marta Valdés ganó en 1978 el Gran Premio de la primera edición del concurso Adolfo Guzmán con «Canción eterna de la juventud», y recibir el ostentoso trofeo del certamen implicó, ante las cámaras de la televisión nacional, una suerte de rehabilitación. Aparecieron discos suyos, y cantantes como Miriam Ramos y Elena Burke le dedicaron grabaciones fundamentales para los amantes de su repertorio.
Parecían quedar atrás esos años en los que se le ignoraba, mientras ella creaba música para los espectáculos que se programaban para público adulto o infantil en la sala Hubert de Blanck. En el patio de la Casona de Línea, sede de ensayo del grupo, Marta Valdés también alentó una célebre peña, a la sombra de una mata de zapotes, por la cual pasaron, como prueba de fuego o confirmación, muchos artistas que allí también hallaron amparo, incluida esa cantante, de voz privilegiada, que es Gema Corredera, y que con los años se convertiría en otra gran deudora y defensora del repertorio de la creadora de «Canción desde otro mundo».
Parecían quedar atrás esos años en los que se le ignoraba, mientras ella creaba música para los espectáculos que se programaban para público adulto o infantil en la sala Hubert de Blanck.
En 1989, el nombre de Marta Valdés aparece entre los responsables del trabajo musical, junto a Juan Piñera, de El boticario, las chulapas o celos mal reprimidos, la célebre zarzuela que muchos conocen, simplemente, como La verbena de la paloma. Berta Martínez la dirigía en Teatro Estudio como una oportunidad de poner al día los recursos de la zarzuela, la comedia musical y el humor criollo que releía aquella galería proveniente de la España del género chico, y vaya si lo logró con éxito. Fue una de las últimas colaboraciones de Marta Valdés con la compañía. Los años restantes que vivió, hasta su fallecimiento en este 2024, fueron de homenajes, tributos, galardones (como el Premio Nacional de la Música, que recibió a sus 73 años en el Amadeo Roldán), y de regreso a su oficio de cronista musical, excelente labor que se ha recogido en varios libros como Donde vive la música y Palabras, ambos publicados por Ediciones UNIÓN.
Cuando se haga el repaso a la historia teatral de estas décadas que corren desde los 60 del pasado siglo, el nombre de Marta Valdés tendrá que estar en ella. Hizo su trabajo para la escena sin alarde, con el rigor que la caracterizó, y desde la sensibilidad y la cultura que fueron siempre sus grandes aliadas. Al conocerse este 3 de octubre su muerte, a los 90 años, numerosos artistas expresaron su dolor, inclinándose ante la gran compositora que fue, y el extraordinario ser humano que hemos perdido.
En las redes y otros sitios, no son pocas las anécdotas que ahora rememoran actores y actrices que trabajaron con ella en diversos espectáculos, dando fe de su carácter y de lo que ella iluminó en esas experiencias. Poetas, narradores, pintores, colegas de la música, coreógrafos, diseñadores, bailarines… son muchas las personas que han evocado a Marta Valdés como una presencia que no olvidarán, y a la que deben mucho. No pocos se acercaron en la mañana del sábado 5 de octubre al patio de la Casona de Línea, donde ella protagonizaba esa peña, para rendirle tributo, convocados por parientes y amistades, aunque ya no esté ahí el árbol de zapotes, pero sí perdure de algún modo lo que ella y sus fieles imaginaron en ese lugar, por encima de contratiempos y a favor de otras tantas esperanzas.

En las voces de Renée Barrios, Doris de la Torre, Bola de Nieve, Elena y Malena Burke, Miriam Ramos, Argelia Fragoso, Pablo y Haydée Milanés, Gema Corredera, las españolas Martirio o Silvia Pérez, y tantísimos más, sus canciones regresan a nosotros. Esas canciones que fueron tildadas de difíciles, y que hoy, desde esas «mil formas» en las que logran traspasar modas y géneros, resuenan desde su propio valor poético y memorable. Oírla cantar, con el acompañamiento de Chano Domínguez, esa balada salida de sus andanzas teatrales que es «¿Hacia dónde?» nos llena de otras certezas, acaso menos retumbantes de lo que hubiesen querido aquellos comisarios que intentaron alguna vez apartarla, y de los que ahora apenas se habla. Apartarla es imposible, porque ella ya se había creado, a conciencia, un mundo aparte, en el que sin embargo tenemos sitio los que la abrazamos en cada palabra, y en su manera de hacernos permanecer en ellas y desde ellas. «Quiero esta isla donde a veces / el año dura tantos meses / y tropezar por donde voy / pero saber quién soy», afirmaba como cierre en su Canción desde otro mundo. Desde ese cardinal misterioso y único que nos legó Marta Valdés, otra vez, como si subiera al escenario, la honramos y la aplaudimos.


Muy buen comentario, como siempre.
Gracias, Norge memorioso y siempre justo. Un abrazo
Gracias poeta por la evocación y la memoria.
disfruto mucho sus escritos pero este ha sido especialmente bello!
Norge es un emotivo repaso de una enorme trayectoria. Agradezco la vasta información y en particular la que se refiere a su vida en el teatro. Me uno al dolor de su ausencia desde México.
Excelente reseña. Grande Marta, humilde, laboriosa, fina en su hacer. Gracias.