La generación del centenario no quiere retirarse 

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Murió Ricardo Cabrisas. Tenía 88 años y una «penosa enfermedad», según la nota oficial. Con él se apaga una voz de esa gerontocracia tropical que gobierna la isla: un caribeño Consejo de Ancianos que se resiste a escuchar el reloj, aferrado a los cuentos de la Sierra y los ecos de la Guerra Fría, como si el pueblo comiera de historias.

Figura omnipresente de la economía y la política cubana durante las últimas décadas, Cabrisas fue hombre de confianza de los tres últimos gobernantes y de todo el statu quo partidista; en esa carrera de obstáculos que es la política sobrevivió a varias generaciones de cuadros con perfiles más prometedores.

Como el dios romano Mercurio —patrón del comercio y mensajero de los dioses—, Cabrisas fue hábil negociador y portavoz de aquellos que habitan ese Olimpo habanero que es el Palacio de la Revolución. Quienes conocen la política cubana mencionaban desde hace tiempo sus padecimientos y su supuesta intención de retirarse. No obstante, el geronte continuaba moviéndose entre cancillerías aliadas con la misma fe con que otros declaman consignas: una visita a Moscú, otra a Pekín, otra a Hanoi. Granma registraba religiosamente cada viaje, cada renegociación de la deuda —siempre creciente— o cada nuevo crédito como una promesa de desarrollo. El pueblo se empobrecía, pero el mensajero seguía viajando.

Lo más revelador de la nota necrológica no es su tono piadoso, sino el detalle administrativo: Cabrisas murió en funciones, todavía como viceprimer ministro, como si el cargo se prolongara en antesala del más allá. Su desaparición deja un vacío difícil de llenar en el laberinto de acreedores, créditos y aplazamientos que sostiene la economía cubana; más aún tras el deceso del general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, la otra figura relevante de las finanzas cubanas.

Cabrisas murió en funciones, todavía como viceprimer ministro, como si el cargo se prolongara en antesala del más allá.

Por increíble que parezca, Cabrisas no era un caso aislado. A sus 93 años, el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez —también viceprimer ministro— es, aparentemente, aún muy joven para disfrutar la jubilación, como si la Revolución fuera una promesa de inmortalidad.

La Generación del Centenario —que pronto cumplirá su propio siglo— vive atrapada en una curiosa paradoja. Por un lado, no duda en mantener su autoridad con las consabidas frases del catecismo revolucionario: «Tú no habías nacido cuando yo ya estaba…» o « lo que pasa es que tú no viviste cuando…», incluso recitadas ante jefes de Estado visitantes. Con ellas marca una distancia con los más jóvenes mortales y reclama privilegios con una historia que ya se deshace entre los dedos. Persiste en ocupar presidencias y tribunas, a veces sin el pulso ni la vista necesarios, insistiendo en utilizar toda una nación para el epílogo de sus biografías. Por otro lado, sirve de boya simbólica a los nuevos líderes nominales que repiten de memoria los dogmas partidistas y carecen de otro recurso imaginativo que no sea aferrarse al recuerdo épico de la lucha contra una dictadura extinta hace casi setenta años, mientras en su propio mandato ha visto caer, uno tras otro, los indicadores de bienestar en la isla.

La Generación del Centenario —que pronto cumplirá su propio siglo— vive atrapada en una curiosa paradoja.

No se trata de juzgar a un político solo por su edad. Lula, con sus 79 años, sigue activo como presidente de Brasil manteniendo una agenda política intensa; y la Reina Isabel II del Reino Unido con 96 años cumplidos continuaba recibiendo embajadores y primeros ministros. No obstante, mientras que al primero se le ve frecuentemente practicando deportes y combatiendo el sedentarismo, la segunda cumplía un rol meramente representativo, simbólico, apartado de toda decisión política.

Aquí en Estados Unidos —en esta misma ciudad capital— también sobreviven reliquias de la Guerra Fría que resisten el llamado del tiempo. Los nombres se escuchan a uno y otro lado del pasillo legislativo: Pelosi, Norton Holmes, Grassley, Sanders, Schumer… Trump. Sin embargo, mientras en Estados Unidos existe un debate público sobre el relevo generacional —a veces brutal, véase la reacción tras el fiasco de Joe Biden en su último debate presidencial—, en Cuba el tema es evitado. Aquí los medios y votantes cuestionan abiertamente la edad de sus líderes, con mayor o menor éxito; en La Habana, los dirigentes prefieren esperar que la naturaleza resuelva lo que la política no se atreve a abordar.

Mientras tanto, la respuesta al envejecimiento fue la más previsible: el gatopardismo cambió la ley para no cambiar nada. El Parlamento cubano recientemente modificó la Constitución y eliminó el límite constitucional de 60 años para ser presidente. Un mero ajuste técnico que, en realidad, consagra la inmovilidad: para cumplir ese mandato se hubiera necesitado una renovación de cuadros que permitiera a figuras jóvenes ascender al punto de convertirse en presidenciables. Pero eso no ha ocurrido.

Así transcurre la vida nacional: entre discursos envejecidos, métodos caducos, almendrones exhaustos, baches eternos y termoeléctricas asmáticas del siglo pasado.

En 2028, cuando el actual presidente haya cumplido su límite de dos mandatos, la mayoría de las figuras de la élite política cubana ya tendrán más de 60. El primer ministro Manuel Marrero Cruz —presidenciable por descarte— también los tendrá. Cuba envejece no sólo en su población, sino en su imaginación política.

En 2028, cuando el actual presidente haya cumplido su límite de dos mandatos, la mayoría de las figuras de la élite política cubana ya tendrán más de 60.

Esperar tres años por el elegido puede parecer una eternidad para un país acostumbrado a la espera. También la experiencia enseña prudencia: basta recordar la Boda Roja de marzo de 2009 —aquella reestructuración del Consejo de Ministros que barrió a medio gabinete. Pero desde ahora todo indica que el próximo presidente tampoco será una persona joven.

En un país fatigado por una crisis que ya dura tres décadas —una crisis que no es solo económica, sino moral, institucional y anímica—, los cubanos necesitan menos símbolos y más gobierno, menos conmemoración y más administración eficaz. El país necesita menos comisiones, informes y lineamientos que se olvidan de una legislatura a otra. Necesita resultados tangibles que mejoren permanentemente la calidad de vida de los ciudadanos. No hacen falta tantos héroes de museo ni custodios del pasado, sino gestores capaces de reparar lo que aún puede ser reparado y de construir algo nuevo sin invocar constantemente las ruinas de ayer.

La permanencia de las mismas figuras —inquilinos perpetuos del poder— se ha convertido en caricatura nacional. Cuba sueña con democracia, con progreso, con modernidad, pero continúa gestionando la escasez con los mismos manuales de otro siglo. El noticiero gira en círculo, hipnotizado por su propia inercia, mientras sus jóvenes —y los no tan jóvenes— emprenden, en silencio, el viaje más político de todos: la emigración.Conviene no olvidar una última advertencia, tan válida en La Habana como en Washington: al final, todos los héroes terminan siendo aburridos; de nada vale inventar caras nuevas si las ideas siguen siendo igual de viejas.

5 COMENTARIOS

  1. Como siempre, preciso y con las palabras exactas para describir la situacion magistralmente. Una pena que personas tan sagaces ahora mismo no esten al rescate de un pais en caida libre por el precipicio.

  2. Pienso diferente, en 2028 la inmovilidad será mayor de lo que avisora este artículo. Sucederá lo siguiente: «el pueblo pidió la permanencia de Díaz-Canel…». Ya verá Ud señor escribidor….

  3. La inmutable Cuba… donde el poder se perpetúa y se reparte entre un grupúsculo… Donde se presentan recetas de antaño como mecanismos nuevos para dirigir la economía y redistribuir la miseria… Lo increíble es q pareciera q existe un pacto en el q el divorcio del gobierno con el pueblo es tolerado por ambas partes… En fin quien no la vive en la calle no comprende la sicología de la gente, tan acostumbrada a recibir q mientras tenga la libreta tiene esperanzas … Aunque apenas venga algo de vez en cdo…ahora son los cigarros q por su alto precio dan un respiro a la pobreza… Mañana algo habrá … Y si no hay, la gente lo esperará…

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Luis Carlos Battista
Luis Carlos Battista
Jurista y politólogo. Doctorante en la Universidad de Salamanca.

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