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La victoria de Yamandú Orsi por el Frente Amplio en Uruguay consolida el ascenso de las izquierdas en América Latina, en medio de un contexto mundial donde la extrema derecha disputa el poder político con una fuerza y popularidad no vistas desde los tiempos de la Guerra Fría.
El presidente electo de Uruguay por el Frente Amplio, representa la continuidad de la tradición política de Pepe Mujica, quien no solo lo respaldó durante su campaña, sino que también lo formó políticamente desde sus inicios. Profesor de historia y antiguo intendente de Canelones, Orsi combina una trayectoria marcada por su cercanía a la gente con la capacidad de negociación que caracteriza a los líderes del Movimiento de Participación Popular. Aunque con un carácter mucho más sobrio que su mentor, Orsi ha demostrado una notable habilidad para articular intereses diversos y consolidar apoyos en una coalición tan amplia como exigente. Su triunfo supone un retorno del Frente Amplio al poder y un desafío para continuar el legado de Mujica, adaptando sus principios a los retos contemporáneos de la región y de un Uruguay que busca reducir desigualdades sin comprometer la estabilidad económica.
Aunque las izquierdas gobiernan hoy la mayor parte del continente, tanto en términos de extensión territorial como de cantidad de Estados, esto no significa que las derechas estén derrotadas. En un entorno profundamente polarizado, las derechas continúan ganando bases populares, ocupando los espacios que los movimientos y partidos de izquierda dejan vacíos, y articulando discursos efectivos en plataformas digitales que dominan con más fuerza que nunca, especialmente desde la compra de la antigua Twitter por Elon Musk.
Con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025, este mapa político podría cambiar drásticamente. Los partidos de extrema derecha que buscan llegar al poder mediante las urnas —como ya sucedió con La Libertad Avanza en Argentina— contarían con un fuerte respaldo político desde un país percibido como paradigma del desarrollo en la región. En caso de no lograrlo y optar por vías golpistas, como lo intentaron los bolsonaristas en 2023, también podrían beneficiarse del apoyo o el silencio complaciente de una administración republicana en Estados Unidos.
La supuesta ventaja de las izquierdas en la región solo podrá hacerse sostenible si los distintos partidos y movimientos avanzan hacia una verdadera integración. Sin embargo, este proceso enfrenta múltiples retos y contradicciones. La primera es la gran diversidad de enfoques internos dentro de estos movimientos y partidos, que abarcan desde posturas socialdemócratas hasta posiciones comunistas tradicionales. La segunda, la marcada desigualdad económica en el continente.
Entre las principales contradicciones entre los diversos movimientos y partidos de las izquierdas destacan la relación con el capital y las concesiones a grandes empresas transnacionales o nacionales, las diferentes maneras de entender la democracia, y la postura frente a los autoritarismos y las violaciones de derechos humanos, particularmente cuando estas ocurren en países con gobiernos que se identifican con la izquierda.
Hace dos años, el recién electo presidente uruguayo en una entrevista se refirió a las excelentes relaciones entre potencias occidentales y Estados autoritarios como Qatar o Arabia Saudita, a pesar de sus evidentes violaciones de derechos humanos. Al mismo tiempo, criticó la exigencia que se hace desde estos polos a romper relaciones diplomáticas y políticas con otros países como Cuba, Venezuela y Nicaragua, cuando sus gobiernos tienen muestras de autoritarismo o violan derechos humanos. Este doble estándar sigue marcando las relaciones internacionales y políticas entre los diversos partidos y Estados en la región.
Asimismo, si bien la democracia liberal presenta múltiples signos de crisis, las formas en que se ha intentado superarla no han estado exentas de mecanismos inoperantes que han terminado perpetuando los autoritarismos, sin garantizar el poder popular.
El rechazo a este autoritarismo ha llevado a buena parte de las bases populares a apoyar movimientos de extrema derecha, que presentan el neoliberalismo como la única forma de garantizar la «democracia». Además, estos movimientos aíslan las tendencias más radicales de izquierda, utilizándolas para sembrar miedo bajo el falso argumento de que toda postura de izquierda, tarde o temprano, derivará en autoritarismo. Por tanto, aunque la integración desde la diversidad debe ser un principio fundamental, quienes militamos o nos identificamos con las izquierdas no podemos renunciar a promover valores democráticos, ni a ejercer la crítica y la autocrítica en nuestros entornos o movimientos cuando adoptan posturas autoritarias y extremistas.
En un mundo cada vez más convulso, marcado por la crisis de las democracias occidentales, la desafección ciudadana hacia la política tradicional y el auge de posturas extremistas, las izquierdas en el poder tienen una gran oportunidad, pero también un enorme desafío: unirse desde la diversidad que caracteriza sus filas, con tendencias democráticas y autoritarias, evitando ignorar las contradicciones que las atraviesan.
El reto de construir consensos desde la pluralidad sin rehuir los debates difíciles, e integrarse respetando la discrepancia en las zonas en las cuales este consenso no sea posible, solo puede llevarse a cabo a través de esta madurez política que permita, además de consolidar un proyecto de integración, ser un escudo para enfrentar los embates de las derechas en un entorno global cada vez más hostil. Este momento de «ventaja» en el continente para las izquierdas debería ser aprovechado para caminar en este sentido.
La victoria de Orsi, mediante una coalición que aúna varios partidos y movimientos de izquierdas, no solo representa un logro electoral para el Frente Amplio, sino también un recordatorio de que el camino hacia una izquierda fuerte y unida en América Latina pasa por el reconocimiento y la gestión de sus diferencias. La región necesita liderazgos que prioricen el diálogo y la construcción de alternativas frente a los desafíos globales como la adaptación al cambio climático, la reducción de las brechas de inequidades y el fortalecimiento de la democracia. Solo con una agenda común, basada en el respeto mutuo y la defensa de los derechos humanos, será posible transformar las oportunidades actuales en un futuro más justo e inclusivo.

