Nuevos episodios de censura y sospecha en la cultura cubana

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Por estos días, distintos sucesos en Cuba ponen al descubierto los rasgos más torpes de una política cultural que no logra desprenderse de su vocación de control y censura, ni asumir la libertad artística como una expresión legítima de la vida social.

El episodio que mayor atención provocó fue la cancelación del homenaje a Celia Cruz que Teatro El Público y Fábrica de Arte Cubano realizarían para celebrar el centenario de la artista, previsto para este domingo.  

La nota oficial que comunicó la suspensión fue opaca, sin explicar razones artísticas ni logísticas, y sin mencionar siquiera el nombre de Celia Cruz, una de las figuras más universales y queridas de la cultura cubana.

El hecho, en medio de la Jornada por la Cultura Nacional, reaviva las tensiones entre las instituciones culturales y la memoria de una artista cuya trayectoria fue durante años silenciada en la Isla.

La investigadora y ensayista Rosa Marquetti, una de las más importantes conocedoras de la obra de Celia Cruz, escribió en su perfil de Facebook: «La prohibición del tributo… agrega un capítulo más a la historia de la censura y la aplicación de métodos de comisariado político dentro de la cultura cubana». Señaló además que «algunos de los implicados en esta sentida iniciativa tras días de ensayos y trabajo, cuentan incidentes de citaciones personales, órdenes inapelables y amenazas».

Por su parte, el teatrólogo, dramaturgo y crítico Norge Espinosa expresó: «la nota publicada por el Centro Nacional de la Música Popular anunciando la suspensión de la presentación programada en Fábrica de Arte Cubano como tributo al centenario de Celia Cruz es un ejemplo más de la torpeza, y no solo informativa, que nos agrede y acosa por estos días. El acto, amén de evocar a la Guarachera de Cuba a través de anécdotas de su vida y varios de sus éxitos, no pretendía otra cosa que subrayar lo innegable: la vigencia de su legado musical, y el valor icónico de esa mujer que en Cuba y fuera de ella representó a lo cubano en una dimensión que escapa a cualquier recelo y política estrecha». 

No fue el único caso. Recientemente el cineasta Kiki Álvarez hizo pública su desvinculación del ICAIC, tras descubrir que la institución había declarado su «renuncia voluntaria» sin su consentimiento. «Te has ido vaciando de cineastas como se ha ido vaciando el país de muchos de sus mejores hijos», relató el director de cine y miembro del grupo de representantes de la Asamblea de Cineastas Cubanos.

Estos hechos confirman la continuidad de una política cultural basada en la censura y la fractura, una línea que mantiene las mismas zonas de silencio de hace décadas.

El Ministerio de Cultura encarna hoy una de las gestiones más desacertadas de la institucionalidad cultural cubana. Decisiones políticas torpes, nombramientos improvisados a funcionarios sin trayectoria, preparación, ni reconocimiento en el ámbito artístico e intelectual, se suman a una visible incapacidad para dialogar con los creadores a los que debería representar.  

La falta de reconocimiento a la Asamblea de Cineastas Cubanos también es otra expresión de esa crisis: un colectivo que nació para repensar las políticas culturales desde el diálogo y la inclusión, como una práctica legítima de participación y pensamiento crítico dentro del gremio. Sin embargo, la actitud indiferente del ICAIC frente a sus reclamos muestra la resistencia dentro de las instituciones para aceptar la autonomía de los creadores y entender la pluralidad como una condición necesaria del arte.

La deriva actual del ICAIC contrasta con el espíritu fundacional de Alfredo Guevara y Julio García Espinosa, quienes, aunque no estuvieron exentos de críticas por acciones erradas, entendían el cine no solo como instrumento de la Revolución, sino como su conciencia crítica. En aquellos años sesenta los debates eran duros, las diferencias profundas, pero existía la convicción de que el arte debía interpelar, no obedecer. 

Hoy, esa relación entre artistas e instituciones se ha degradado hasta el punto de la exclusión sistemática, que se combina con un debilitamiento de las instituciones culturales, y un abandono paulatino de sus funciones de promover, financiar y acoger procesos artísticos. El resultado: cines, teatros y salas de concierto cerradas, más artistas emigrando y una producción artística cada vez más escasa. 

El escritor Antón Arrufat, al recibir el Premio Nacional de Literatura en el año 2000, mencionó que «en cualquier momento de la historia, la relación inevitable del artista con el Estado o el poder no ha sido suave ni placentera». Lo grave, en el presente cubano, es que esa tensión necesaria ha sido reemplazada por la asfixia institucional, por una lógica que condena la diferencia en lugar de dialogar con ella.

Esa censura acentúa la distancia entre creadores y Estado, y debilita la legitimidad misma de las instituciones. Como dijera Fernando Pérez en el podcast La Sobremesa, «el arte sin límites, sin muros, es lo que puede contribuir a esa diversidad de miradas, a entender al otro, a saber por qué los demás piensan de una manera que no tiene que ser necesariamente la mía».

Rectificar esa línea es, además de un acto de coherencia con la mejor historia cultural cubana, una condición para el futuro. Una política sin diálogo, sin autocrítica y sin libertad creativa acaba por mutilar el impulso creador y con ello la posibilidad misma de imaginar un país distinto, más libre, más emancipado.

5 COMENTARIOS

  1. Todos los TOTALITARISMOS tienen esa condición. Manejan su propia concepción del derecho afirmando que solo existe un derecho, el del ESTADO sobre ABSOLUTAMENTE TODO, es decir, que no existen derechos naturales en las personas, por el solo hecho de ser personas y para ello siempre tienen presente los mismos elementos constitutivos, la ideología, el partido único, el dictador, y el terror.

    Pretender que algo cambie, funcione de diferente manera, acepte diálogo y debate como parte de su proceso de dominio, es ir en contra de su propia naturaleza. 

    Buen fin de semana para todos.   

  2. Desde hace años, cuando converso con amigos o conocidos y sale a colación la situación del país en general, digo repetidamente: «Estamos en modo Chacumbele». Y no soy el único en hacerlo…

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Redacción
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