La contrarreforma

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Reformar, revolucionar, seguir donde estamos, regresar al pasado… vuelve a ser el debate de orden, esta vez traído por los rezagos del estalinismo, que en los últimos años ha sumado algunos pocos adeptos a sus filas.

El término «centrista» ahora ha sido trasmutado al de «reformista», pero con el mismo objetivo de eliminar a cualquiera que no reproduzca acríticamente la línea mensaje de volver al pasado. Y aunque esta idea se siga intentando pintar de revolucionaria, basta rascar un poco para ver que es la de una clase conservadora intentando mantener su estatus y privilegios.

Algunos de sus rostros más públicos dicen que la «reforma» fue la que nos trajo hasta acá. Que fueron «los reformistas» quienes nos han convertido en el país que somos hoy, con personas «disfrazadas de mendigos» pidiendo dinero en las calles, sin medicinas en las farmacias, y con una población que ha decrecido en más de un millón en los últimos años.

Sin embargo, la reforma que ellos tanto señalan como la causante de nuestros males, y que llaman a contrarrestar, es como el babujal[1]: solo existe en la mente retorcida de quienes quieren verla, o usarla para asustar a los demás.

Una reforma, en términos conceptuales, requiere un carácter integral, con acciones, tiempos y procedimientos claros. Idealmente debe estar precedida por una consulta a expertos y a la ciudadanía, y sucedida por evaluaciones y ajustes que permitan corregir con rapidez las distorsiones que pueda traer por el camino.

Una reforma, en términos conceptuales, requiere un carácter integral, con acciones, tiempos y procedimientos claros.

Por tanto, lo que se ha hecho en Cuba no han sido reformas, sino medidas aisladas, la mayoría tomadas en momentos de desesperación y porque no ha quedado otro remedio.

Así sucedió con la ampliación al sector privado, promovida desde los Lineamientos del Sexto Congreso del Partido Comunista en 2011 y su actualización de 2016, y refrendada luego en la Constitución de 2019.

Ocurrió algo parecido con el llamado Ordenamiento, que eliminó el CUC, pero no logró una unificación cambiaria sostenible y derivó en una multiplicidad de tasas de cambio —formales y de facto—, junto con una mayor dolarización parcial de la economía. Así mismo sucedió con la autorización de las mipymes, en los meses posteriores a las protestas que estremecieron a la Isla, en medio de un desespero provocado por el desabastecimiento de alimentos y bienes básicos, en un contexto con claro predominio estatal en los canales formales de distribución.

Pero ninguna de estas medidas, si bien han cambiado varias lógicas de vida, ha destrabado los nudos gordianos de la política económica interna cubana, que siguen intactos: la falta de autonomía y la burocratización de la empresa estatal, y, en paralelo, las trabas y los controles excesivos que pesan sobre el sector privado.

Como consecuencia tenemos una producción nacional cada vez más exigua, un mercado dependiente de la importación de productos acabados, y una inflación galopante que mina a diario la capacidad de compra del cubano.

La Ley de Empresas era una de las soluciones para el primer nudo, y sigue pospuesta indefinidamente. En la última sesión de la Asamblea Nacional ni siquiera se habló de ella. A la par, el sector privado sigue sometido a los vaivenes de decretos que salen y luego son engavetados, y de mercados cambiarios, que se proclaman, pero llegan llenos de letras pequeñas y restricciones.

Por otro lado, el llamado plan para «corregir distorsiones», que supuestamente llevaba un año en implementación —y que de alguna manera constituía un intento de reforma—, cuando por fin se publicó recibió tantos señalamientos de economistas y ciudadanos que el propio gobierno se vio obligado a abrir una consulta popular para, literalmente, corregir distorsiones… en un plan para corregir distorsiones.

Otro de los supuestos que se enarbolan por estos días es que quienes apostamos por una reforma integral de la economía no damos contenido a esa reforma. Pero, por solo poner un ejemplo, en 2025, La Joven Cuba publicó un dossier en el que colaboraron nueve economistas con múltiples cosmovisiones, que hicieron variadísimas propuestas.

En ese material se formularon acciones concretas como eliminar la subordinación ministerial de las empresas; instaurar sistemas de precios duales; reordenar la inversión pública desde el turismo hacia la agricultura, manufactura e infraestructura energética; reducir impuestos a los productores de alimentos, quitar intermediarios, además de otorgarles créditos blandos, entre otras. Igualmente, en revistas como Economía y Desarrollo o Ekotemas, editadas por instituciones estatales, hay muchísimas otras.

Entonces es falso que los problemas que hoy tenemos en Cuba se deban a las propuestas de los llamados ahora reformistas. Las voces de la contrarreforma quieren ir contra una reforma inexistente. Los problemas que tenemos —además de por una guerra económica externa contra la que no podemos hacer nada— son, justamente, por no hacer las reformas de manera integral, y, en cambio, tomar medidas desesperadas cuando el agua llega al cuello.

Es falso que los problemas que hoy tenemos en Cuba se deban a las propuestas de los llamados ahora reformistas.

Incluso, en el lenguaje de los políticos cubanos más visibles hay suficientes ejemplos de un discurso reformista. Cuando Miguel Díaz-Canel habla de «cambio de mentalidad» o de «hacer las cosas diferentes», ¿a qué se está refiriendo? Pero claro, nuestros contrarreformistas no son tan valientes como para enfrentarse a personas con poder político; prefieren atacar a intelectuales y periodistas, a quienes suponen con menos capacidad de defenderse.

No fueron los reformistas quienes sugirieron destinar una porción desproporcionada de la inversión estatal a construir hoteles vacíos en medio de la crisis; tampoco propusieron dolarizar las tiendas estatales donde se vendían productos de primera necesidad a la población, y mientras prácticamente se extinguía la oferta en pesos cubanos.

Ni fuimos los supuestos «centristas» quienes mandamos a parar la Ley de Empresas, ni hicimos un Ordenamiento con múltiples fallas en su diseño e implementación, en el peor momento sanitario y económico. Todo ello con el silencio cómplice de los supuestos ultrarrevolucionarios; para ellos, en aquel momento todo eso estaba «dentro de la Revolución». Algunos, incluso, tacharon de «contrarrevolucionario» a quien lo criticó.

Y acá voy a analizar el último punto de su cruzada. Repiten que la Revolución es la mejor alternativa a la reforma. Y claro, el eslogan ¿Reforma o Revolución? suena muy bonito y radical en un «encuentro de paradigmas emancipatorios». Pero quienes enarbolan el cartel de la Revolución en Cuba casi nunca la llenan de contenido y forma. ¿De qué revolución hablan? Porque la Revolución de 1959 construyó un nuevo Estado, institucionalizado, con una nueva Constitución y representación —como Estado, no como Revolución— en organismos multilaterales.

Quienes enarbolan el cartel de la Revolución en Cuba casi nunca la llenan de contenido y forma. ¿De qué revolución hablan?

¿Entonces acaso quieren eliminar el Estado actual? ¿Revolución de quiénes contra quiénes? ¿Revolución para cambiar qué y cómo? Son preguntas cuyas respuestas huyen de cualquier problematización.

Incluso la autora de esa frase Reforma o Revolución, Rosa Luxemburgo, aunque asumía la revolución como fin, también reconoció el papel de la reforma para mejorar las condiciones de vida de las bases. Y además, debe tenerse en cuenta que su obra se escribió en un contexto donde el fin del capitalismo parecía inminente, algo que la historia ha demostrado que no era tan así. Trasladar mecánicamente frases descontextualizadas de su pensamiento a la Cuba de hoy es un acto de deshonestidad intelectual.

Hasta la pensadora alemana, que fue enfática en las limitaciones de la reforma, la entendía como la escuela política del proletariado y un muro de contención contra la barbarie del capitalismo desregulado, que, si bien no resolvía el problema, creaba mejores condiciones para su solución final.


[2]Por tanto, negar la reforma hoy en nombre de una pureza ideológica, cuando no se tiene una alternativa verdaderamente revolucionaria que ofrecer, no es defender el socialismo, es seguir condenando al pueblo a la miseria bajo el cínico disfraz de la resistencia.

Por otro lado, gobiernos abiertamente reformistas como el de Lula da Silva en Brasil o el proyecto de Morena en México —aun con sus limitaciones y contradicciones dentro del capitalismo— han logrado, mediante políticas públicas, aumentos salariales y programas sociales —herramientas clásicas de la reforma—, mejorar de manera sensible las condiciones de vida de sectores amplios de la población. ¿Entonces habría que condenarlos por «no ser revolucionarios»?

Los de la contrarreforma también dicen que ante los problemas, «más socialismo». Pero tampoco especifican: ¿a qué socialismo se refieren? ¿Al que copiamos de Europa del Este y derivó en un capitalismo autoritario? ¿O al de Asia que, mediante reformas, ha logrado perfeccionarse y convertir a países del sur global en potencias económicas que están desplazando a las occidentales?

Resulta paradójico que Vietnam celebre los preparativos de su Congreso consolidando su política de Doi Moi y exhibiendo resultados macroeconómicos sostenidos, mientras que el Partido Comunista de Cuba se ve obligado a posponer el suyo, porque la crisis es de tal magnitud que no puede mostrar nada creíble para llenar titulares triunfalistas.

En el estado en el que se encuentra Cuba, quedarse sin hacer nada, o actuar de manera lenta, desarticulada y reactiva, es lo peor que puede hacerse. Hay un consenso, en toda la población, incluso en parte de la dirigencia política, de que no puede hacerse lo mismo y esperar resultados diferentes. Sin embargo, la cuestión es hacia dónde nos movemos y cómo. Y en esto no valen etiquetas vacías como «al socialismo», si no se llena de contenido ese camino.

Pero para moverse se necesita también consenso y mecanismos democráticos para la toma de decisiones. Si no, todo se queda en una guerra entre facciones. Y lo cierto es que los intentos desde la institucionalidad de «revolucionar» (para no decir reformar) la «revolución» (para no decir el Estado) también han fracasado. La prueba está en que los espacios creados o permitidos para este fin,como fueron La Comuna o Los Pañuelos Rojos. Ni siquiera con su depurada selección —que excluyó de facto a socialdemócratas, trotskistas y otras expresiones incómodas dentro del campo del progresismo cubano—,  pudieron sostener su articulación, y mucho menos impulsar cambios en la política interna del país.

Por tanto, para una reforma económica también se necesita una reforma política, y esto no tiene que ser necesariamente transitar hacia un modelo pluripartidista en las condiciones actuales, pero sí abrir los espacios de participación y deliberación, no solo «consultando» a la ciudadanía, sino creando mecanismos sostenidos para vincular sus propuestas a la toma de decisiones. Pero claro, esto no les gusta nada a quienes hoy están muy cómodos haciendo políticas desde sus oficinas o sus autos con las ventanillas subidas.

Entonces, a quienes han sido excluidos, ignorados y afectados solo les queda, desde las redes o los medios, fiscalizar y señalar los resultados nefastos de las políticas implementadas. Y sí, seguiremos proponiendo la reforma como único camino para, en medio de la creciente adversidad internacional, devolverle un poco de esperanza y dignidad al pueblo cubano.

Lo otro, quedarnos donde estamos, es hundirnos en el abismo de manera más lenta o más rápida, pero sin posibilidad de salvación. Pues lo peor que le puede pasar a un discurso supuestamente revolucionario es que sea la justificación para aupar las políticas conservadoras o inmovilistas que hoy nos tienen donde estamos.

Si uno busca una analogía histórica, la contrarreforma de los neoestalinistas se parece, en su lógica, a la Contrarreforma de la Iglesia católica frente a la Reforma luterana. No se trataba solo de una discusión teológica, sino de una operación de poder para preservar autoridad, disciplinar disidencias y fijar los límites de lo decible.

La diferencia es que nuestros contrarreformistas no tienen hoguera. Por eso recurren a su equivalente contemporáneo, que son la mentira, la difamación y la manipulación, con la esperanza de que el Estado active sus mecanismos de represión contra los supuestos reformistas.

No buscan debatir, sino acallar. Y lo hacen porque en el terreno de las ideas, los argumentos y la evidencia práctica salen claramente perdiendo. Así que apuestan a desplazar el conflicto desde la razón pública hacia la sanción política.

Pero Cuba no está en condiciones de seguir desgastándose en guerritas de facciones. Mientras todo esto ocurre hay personas con dos horas de corriente diarias y un fascista esperando a que el sistema político cubano caiga por su propio peso, o por los empujones que puedan dársele desde afuera.

Si de verdad se pretende «defender el socialismo» o simplemente salvar el país, el camino no pasa por fabricar enemigos internos para volver al pasado, sino por asumir responsabilidades, discutir soluciones viables y abrir espacio a cambios que puedan ayudar a edificar un futuro donde podamos pasar de la sobrevivencia al prometido bienestar.


[1] El babujal es un espíritu maligno en la creencia popular campesina cubana. La leyenda se volvió especialmente conocida porque aparece en la aventura televisiva Los pequeños fugitivos, donde los protagonistas se enfrentan al babujal, que terminó siendo un hombre disfrazado para generar temor entre los habitantes de la zona.

[2] «¿Es posible que la socialdemocracia se oponga a las reformas? ¿Podemos contraponer la revolución social, la transformación del orden imperante, nuestro objetivo final, a la reforma social? De ninguna manera. La lucha cotidiana por las reformas, por el mejoramiento de la situación de los obreros en el marco del orden social imperante y por instituciones democráticas ofrece a la socialdemocracia el único medio de participar en la lucha de la clase obrera y de empeñarse en el sentido de su objetivo final: la conquista del poder político y la supresión del trabajo asalariado».  Rosa Luxemburgo, Reforma o revolución (1900), transcripción: “Célula 2”, Marxismo.org (PDF), p. 37.

1 COMENTARIO

  1. Mire,profesor….en realidad ,cuba hoy necesita solo dos cosas :
    -liberalizar el trabajo y los mercados
    -darle la oportunidad a decidir al pueblo cubano.Eso lo puede hacer el actual gobierno,un gobierno de coalicion con los «patriotas,leales,etc» o un gobierno interventor de USA {si se negaran los dos primeros….Cuba fue ocupada por los USA y no paso nada y hoy,millones de cubanos y sus descendientes viven «anexados» a los USA y todo bien…lo mismo se expresa Harold,Lopez- levy que Eliecer,Ferrer y todos votan.
    En el desbarajuste ,que ha sido el final de todos los _socialismos reales+ es de donde hay que salir rapido.Si la izquierda,en vez de apoyar al Regimen ,hubiera puesto de su parte,quizas,en vez de USA,hubieran podido hacerlo >

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Rubén Padrón Garriga
Rubén Padrón Garriga
Licenciado en Comunicación Social por la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Colaborador de diversos medios de prensa. Comunicador social por formación. Periodista por afición

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