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La Joven Cuba comparte la transcripción de la entrevista al intelectual, ensayista, crítico e investigador literario Roberto Zurbano, a propósito de la serie de entrevistas por los 10 años del anuncio del 17 de diciembre de 2014.
La llamada «normalización» de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos durante el gobierno de Obama benefició mucho a todo el universo gubernamental institucional cubano. Porque, en principio, nosotros somos una sociedad muy verticalizada. No hay que pensar que ese impacto va a ser instantáneamente sobre la horizontalidad del país, sobre las comunidades, etcétera. En ese tipo de intercambio se benefició mucho el país. Yo diría la nación, porque también los cubanos que estaban fuera de Cuba se beneficiaron; desaparecieron determinados tabús, prácticas y leyes de carácter migratorio que veían al cubano de fuera como un «subcubano», un cubano de tercera categoría.
Voy a poner un solo ejemplo. Cuando llegó el primer crucero y salieron aquellas muchachitas de Tropicana bailando en tanguitas con la bandera cubana, (que fue muy criticado y todo eso), en las instituciones y en los bares de La Habana Vieja, se acabó el ron, el agua y el tabaco. Los coches de caballos se llenaron de gente. Los cocheros decían: «50 $ hasta el Prado», y lo pagaban.
La gente de los carros, la gente de la sobrevida, es decir, los revendedores, la gente que tenemos en Cuba, que no son legales, pero que es legítima esa búsqueda de una vida mejor, pues salieron a la calle y se beneficiaron. Hubo una especie de alivio, pero también hubo impactos muy jodidos, como el impacto ambiental.
Tuve un amigo coreógrafo y me iba en las noches de mi juventud a descubrir una Habana que muy poca gente conoce. Yo me iba con Harold Williams, mi difunto amigo, y descubría que venían todas las semanas aviones enteros a Cuba, nada más que a bailar. De Europa, solamente a bailar. Entonces hay una interacción. Evitamos que exista esa interacción y tratamos al turista como una cosa homogénea. No. El turismo es algo donde si participáramos más, pudiéramos generar mucho más intercambio con estas personas, o sea, que el visitante se convierta en un agente de la amistad, del reconocimiento y no ese turismo depredador que es el que tenemos y el que amamantamos para que se siga reproduciendo.
Despojarse de prejuicios: el camino hacia un intercambio legítimo
Nuestros niveles de preocupación, de intercambio, de ir hacia allá y venir hacia acá, deben despojarse de muchos prejuicios. Cierto que los prejuicios son de ambos lados y las taras políticas están ahí, no se pueden negar. Pero hay mucha gente rompiendo eso todos los días en Estados Unidos. Gente amiga de Cuba, o gente que no es amiga de Cuba, pero que eso le parece injusto o que no forma parte de su lógica en su realidad, porque no es una sociedad vertical. Y mucha gente puede pensar fuera de esa verticalidad; pensar, actuar, generar cosas, producir, intercambiar.
Cuando tú estás descubriendo una realidad junto a un colega que no tiene las limitaciones que tú tienes para investigar, para llegar a una biblioteca, para leerte un libro, para acceder a tal conocimiento, etc., tú creces, pero le das a ellos otra dimensión: la dimensión de cómo tú ejerces esa práctica en tu país y cómo puedes reflexionar, pensar y crear otra realidad dentro de tu propio país. Se sigue generando todavía, y produciendo nuevas realidades.
La realidad de la gente que ha ido a estudiar a los Estados Unidos, jóvenes músicos cubanos que estudian, digamos, en la Juilliard School, que es una de las grandes escuelas de música del mundo. O la realidad de discos, la realidad de los premios, de los dos Grammys que pueden participar, o de ir a algunas disqueras, o de cantar en el Lincoln Center en más de una oportunidad. La oportunidad de grandes delegaciones cubanas de hacer eventos, encuentros, juegos de pelota… Estas son cosas que se dan en el tiempo, no son contextuales. Yo creo que eso ha estado contribuyendo a un mejor reconocimiento de ambas orillas, de ambas propuestas.
Las políticas creo que tienen respuestas reducidas, respuestas limitadas ante estos fenómenos. Yo creo que las políticas siempre se han quedado por debajo de las posibilidades de estos espacios sociales, de estos espacios naturales, comunitarios, religiosos, culturales, etc., porque apelan a intereses determinados y están mirando otras cosas. Han sido más conservadoras, de allá y de aquí, en ese sentido. Y las apuestas culturales han sido otras mucho más abiertas, sin menos fórceps para realizarse. Y eso sí ha estado cambiando determinadas cosas.
Las realidades políticas, a no ser las emergencias, como estas cosas de un robo de un avión, o la llegada de 400.000 personas a Estados Unidos en menos de dos años. Todas estas cosas que perturban mucho una realidad, y alguien se saca una política, una estrategia del bolsillo, debajo de la manga para quedar bien, para lucir bien con sus votantes, para hacer determinadas cosas. Eso es lo contextual, eso es coyuntural.
Lo otro no es coyuntural. Cuando tú estás investigando con alguien para introducir una vacuna para los pulmones o para el cáncer, o para algo con un instituto de investigación de Estados Unidos, eso se ha desarrollado durante mucho tiempo y puede seguir generando otras cosas en los términos culturales, los términos religiosos. Lo que pasó entre los cristianos de Miami y La Habana, cómo se fueron acercando. Eso fue un proceso y esos procesos casi siempre son irreversibles.
Trump como huracán: prepararse para lo inevitable
Lo que ocurrió con Trump es que usó a la Florida y a la politiquería de la Florida como una herramienta para su trabajo y para su discurso. Y cuando no tenía un tema importante en el mundo global o quedaba mal en términos internacionales, lo cual ocurrió dos o tres veces, entonces se viraba para las pequeñas cosas, para lo que podía entretener a la gente. Se viraba para Cuba y hacía esto y lo otro, con la retórica suya. Se polarizó el ambiente Cuba-Estados Unidos en muchos sentidos, en el sentido de la política.
Existieron algunos eventos complicados y, en el sentido, digamos, de las propias relaciones familiares, hubo una polarización muy fuerte, durante el periodo covid y post-covid, donde las redes sociales tuvieron una altísima participación y calentaron mucho la problemática cubana.
Yo recuerdo aquel momento que se llamó «la coyuntura», que se hacían los chistes y los memes que siempre hacemos sobre nuestra realidad, son memes dolorosos que hacemos contra nosotros mismos. Pero en ese momento de «la coyuntura» aparecieron no sé cuántas medidas, que no se podían hacer determinadas cosas.
Entonces fue un caos, porque en la manera en que desde aquí se responde a esos fenómenos no es una manera muy creativa, no es una manera muy orgánica, no hay participación de mucha gente, no hay muchas ideas y sigue siendo una manera muy vertical de enfrentar un fenómeno que está sufriendo mucha gente. No solamente lo está sufriendo tú. Por tanto, no eres solamente tú quien tiene que responder. Deja que otras personas creen también sus propias expectativas, sus propias respuestas, sus propias soluciones.
Pero Trump es un desastre. Lo volverá a hacer, y tendremos que encontrar las respuestas a un fenómeno que tenemos ahí. Tendremos que hacer con los Trump como hacemos con los huracanes. Prepararse para eso.
Los sueños y ambiciones de quienes se quedan
Ese diálogo desprendido de toda esa cobertura mediático-politiquera que le hace mucho daño a esa especificidad, es el que tiene que surgir. ¿Por qué? Porque tiene que haber otras organizaciones. Nuestra realidad es una realidad nueva. Necesita nuevas instituciones, nuevas leyes, nuevas organizaciones, nuevas dinámicas sociales.
Y esa dinámica de la sociedad civil no es una dinámica como siempre se ha visto, como enemigo del gobierno o algo por el estilo. Aquí hay una visión muy antigubernamental de la sociedad civil, del activismo, de lo que puede hacer la gente con su misma autonomía, etc. Nuestra realidad tiene que ser menos reactiva, más creativa, más pensando en términos del largo plazo, de la longevidad, de una larga duración.
Porque si queremos que nuestro proyecto sea sostenible, tenemos que pensar en larga duración, no en términos de la comida para hoy, que es muy importante. Eso es básico. Pero tenemos que pensar en los proyectos de la larga duración, y en esos proyectos de larga duración están los sueños de la gente, las ambiciones de la gente y la cotidianidad. Cómo resolver la cotidianidad de la gente que se ha quedado en Cuba.
Hay mucha preocupación por el éxodo. Yo estoy más preocupado por los que nos quedamos. Y la diáspora cubana tiene que tener mayor conciencia de la situación cubana a nivel de la familia. Tiene que tener más conciencia de ese tipo de cosas. Es una exigencia, una demanda que yo le hago a la diáspora negra.
No vengan con maletines llenos de ropa para su familia, que a los tres meses ya esos pulóveres y esos vestidos no sirven para nada. Traigan en la maleta ideas, capitales con lo que ellos puedan construir cosas que generen posibilidades, incluso para ustedes mismos que no viven en Cuba. Vamos a hacer eso y vamos a ser agentes de cambio en un país o para el país, que al final es para la nación. Nosotros tenemos más posibilidad de hacerlo que el propio gobierno.
Claro, como diría Roberto Cantoral, el compositor chileno: «¡Si nos dejan!»

