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Donald J. Trump acaba de obtener una victoria arrolladora en las pasadas elecciones del 5 de noviembre, la que se extendió también a la Cámara de Representantes y el Senado, dinámicas no previstas por la inmensa mayoría de los grandes medios masivos de comunicación, analistas, políticos y encuestadoras.
Las cifras son bien elocuentes y superan con creces el éxito electoral de Trump en el 2016. Ahora gana la presidencia con amplísimo margen (gana el voto popular por primera vez, gana el Colegio Electoral por 301 frente a 226 Kamala Harris), gana el Senado (52 republicanos frente a 46 demócratas) y gana igualmente la Cámara de Representantes por 213 los republicanos frente a 200 los demócratas; le faltan sólo 5 posiciones para alcanzar una mayoría dominante en esta instancia).
Todavía quedan algunos conteos en varios distritos electorales, siendo los cálculos actuales que se inclinarán mayoritariamente a favor de los republicanos. Mientras, el pánico ha cundido entre los demócratas, con toda suerte de acusaciones contra Biden y Kamala, culpándolos por la derrota, tratando de encontrar una explicación frente a tamaño revés. Muy pocos advirtieron oportunamente que la actual sociedad norteamericana se ha estado modificando sustancialmente en muy diversos planos, con un grado de polarización social y política nunca antes visto.
El pánico ha cundido entre los demócratas, con toda suerte de acusaciones contra Biden y Kamala, culpándolos por la derrota.
Trump se enfrenta a una situación interna particularmente compleja. Una frontera con México desbordada y descontrolada con cientos de miles de inmigrantes ingresando al interior de EE.UU. y una economía con muy diversas y complejas situaciones, entre ellas, una deuda pública que pasó de 3 mil millones a 73 mil millones, una inflación creciente afectando el consumo diario, un redespliegue de múltiples industrias hacia economías con costos menores de producción como China y México, elevados niveles de desempleo y otras tensiones económico-sociales no menores.
Unido a ello, el magnate neoyorkino deberá enfrentarse con un escenario internacional con grandes conflictos armados (Rusia/Ucrania, Medio Oriente) y tensiones no menores con China e Irán, una urgente reformulación de sus prioridades en América Latina… En fin, un marco interno e internacional que reclamarán de su administración los venideros cuatro años conducirse con máxima eficacia simultánea en múltiples escenarios. Para lidiar exitosamente con tan compleja agenda le hará falta, por lo menos, una varita mágica y una gestión de eficiencia máxima y rápida. En sus pasados cuatro años se quedó corto en no pocas de sus promesas. Esta vez requiere un margen mucho mayor de realización exitosa. Tendremos que seguir atentos…
¿Y Cuba?
Meses antes de lanzar su primera candidatura en el 2016, Trump envió a uno de sus ayudantes a explorar las posibilidades del mercado cubano en materia turística y hotelera. Eran los tiempos en que casi un millón de turistas norteamericanos se paseaban por La Habana y el país recibía casi cinco millones de turistas. Advirtió posibilidades promisorias, pero muy pronto sus asesores políticos más cercanos desaconsejaron cualquier iniciativa de su parte en esa dirección, argumentando la gran importancia del voto cubano-americano y de la maquinaria republicana en el Estado de la Florida con sus 30 votos actuales para ganar la batalla en el Colegio Electoral.
Desde entonces, este componente de la ecuación (Florida/cubano-americanos), se ha convertido en algo de especial importancia para sus aspiraciones políticas. En sus cuatro primeros años como presidente, Trump emitió 246 acciones ejecutivas que desmantelaron por completo los avances en las relaciones USA-Cuba bajo la administración de Barack Obama: redujo los nexos con la Isla a su mínima expresión, transformó el embargo o bloqueo en una verdadera guerra económica y culminó su agresividad reincorporando a Cuba en la lista de Estados promotores del terrorismo, lo cual dañó sensiblemente el ámbito de las relaciones de Cuba con las principales potencias de la Unión Europea (UE), Canadá y otros países con nexos comerciales con La Habana y que pudieran ser fuente de inversiones y financiamientos extranjeros.
Trump emitió 246 acciones ejecutivas que desmantelaron por completo los avances en las relaciones USA-Cuba bajo la administración de Barack Obama.
Asimismo, la presencia de Susie Wiles como jefa del gabinete que Trump forma actualmente, así como de los congresistas Scott y Rubio, de Díaz-Balart y María Elvira Salazar y otras figuras políticas del Estado de la Florida en la órbita cercana a Trump, descarta cualquier hipótesis de normalización negociada y aseguran la vigencia del conjunto de medidas que adoptara Trump en su primer mandato.
¿Qué se puede esperar entonces? Como han apuntado algunos especialistas norteamericanos, las prioridades de Trump en política exterior se dirigen hacia el manejo cuidadoso de los grandes conflictos internacionales antes apuntados, en los que ha prometido desenlaces negociados. No por casualidad los gobiernos de Rusia, Irán, China y hasta la organización palestina HAMAS han expresado su disposición al diálogo constructivo. En tanto, en el ámbito latinoamericano las dos prioridades de mayor gravitación bilateral son las relaciones con México (principal socio comercial de EE.UU.) y con Venezuela (caso especialmente importante por los múltiples nexos e intereses de las grandes compañías petroleras norteamericanas con el mercado petrolero venezolano). No por casualidad la presidenta de México y el presidente Maduro han enviado mensajes claramente alentadores con vistas a una negociación satisfactoria de sus diferencias.
Por su parte, Cuba no encaja en este marco de prioridades. Ya desde su primer mandato Trump agotó su «artillería» contra la Isla. Ahora la visión dominante en Washington es que el gobierno en Cuba podrá desplomarse por su propio peso, sobre todo a partir del estallido del 11 de julio. Ni rusos ni chinos podrán aportar soluciones «salvadoras». Sus prioridades actualmente son otras y tanto en Beijing como en Moscú prevalece el criterio de que la dirigencia cubana se obstina en no avanzar en una dirección de reformas integrales urgentes, lo que hace poco viable cualquier proyecto importante de ayuda para un país que se ve desintegrarse, sin que se avizore recuperación alguna.
Cuba no encaja en este marco de prioridades. Ya desde su primer mandato Trump agotó su «artillería» contra la Isla.
En este sentido es muy atinada la opinión editorial de La Joven Cuba de que «La esperanza de que una alianza entre Trump y Putin pueda salvar a Cuba es irreal».
En un análisis reciente (BBC News Mundo, 7/11/24) el académico Michael Shifter, ex-director de Diálogo Interamericano y actualmente profesor en la Universidad de Georgetown, subrayaba que «La política hacia Cuba ya está muy dura. No creo que vaya a intentar algo militar. Entonces esperará que siga el status quo. No espero grandes cambios en la política hacia Cuba». Y enfatizó que en el caso de Cuba «no existen los incentivos que sí existen con Venezuela».
El posible cambio para beneficio del pueblo cubano no está en Washington, Moscú o Beijing. Descansa en lo que la actual dirigencia cubana decida hacer en una u otra dirección, alejándose del rumbo suicida que distingue su recurrente y sostenida sordera y ceguera, amparada en seguir culpando al «imperialismo» por la actual hecatombe en la que sucumbe el pueblo cubano.
Si no hay un cambio visible en la forma de conducir el país, Trump no tendrá que añadir nuevas medidas, la actual dirigencia cubana se encargará del resultado final.


Estoy de acuerdo. En 2016, Cuba representaba además el «cerebro pensante» de una izquierda latinoamericana unida que hoy se fragmenta y pierde empuje debido a la necesidad de coalicionar con otras fuerzas políticas, a los errores internos y a la sed de poder de sus caudillos.
También siempre he sido de la opinión de que parte de la estrategia ha sido ofrecerse como nuevo paradigma del bananerismo y dar la imagen del socialismo que a EEUU les conviene: zafio, inepto y al borde de implosionar. Como diciendo: «No tienes que hacer nada más que profitar y cogernos de material de estudio, mientras esperas a que esto caiga por sí solo».
Pensemos que el que escribe, Domingo Amuchástegui es según una búsqueda rápida Licenciado en Historia por la Universidad Pedagógica. Máster en Educación por la Florida International University (FIU). Doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad de Miami. Fue Jefe de Departamento en el Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX) y en la OSPAAAL. Se desempeñó como analista de inteligencia y profesor de Historia en la Universidad Pedagógica y el Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI). Muy esclarecedor a futuro estas dos ideas concadenadas.
– “la actual dirigencia cubana decida hacer en una u otra dirección, alejándose del rumbo suicida que distingue su recurrente y sostenida sordera y ceguera, amparada en seguir culpando al «imperialismo» por la actual hecatombe en la que sucumbe el pueblo cubano.”
– “Si no hay un cambio visible en la forma de conducir el país, Trump no tendrá que añadir nuevas medidas, la actual dirigencia” “prevalece el criterio de que la dirigencia cubana se obstina en no avanzar en una dirección de reformas integrales urgentes, lo que hace poco viable cualquier proyecto importante de ayuda para un país que se ve desintegrarse, sin que se avizore recuperación alguna.”
Mas claro imposible, no es lo que pueda o no pueda hacer Trump en el caso de Cuba en este su segundo y último mandato constitucional, es lo que decidan hacer los históricos dirigentes que dominan el juego político en una u otra dirección para poder evitar el sonado colapso que se está viviendo.
Muy buen escrito, espero ver qué opina el profesor Carlos Alzugaray otro profundo conocedor del tema.
livio tienen la pelota en sus manos .de Mr Carlos no mucho.esta dentro de cuba para dar su opinion .ademas que el no la vive mal .el es de los que apuestan por milagros.
Del profesor Alzugaray precisamente por estar dentro de Cuba es más sintomático y de respeto la opinión, porque hoy para vivir en Cuba, teniendo un mínimo de posibilidades de escapar de ese colapso visible, HAY QUE CREER EN MILAGROS.
Tengo la impresión de que la cantidad de turistas estadounidenses en este artículo son muy exagerada,en ese año no llegaron ni a 300 mil, fue en el 2017 con Trump, cuando llegaron a la isla algo más de 600 mil turistas ameriacanos,eso de casi un millón es falso,y entre el 2017 y el 2018 las exposiciones de alimentos a Cuba desde los EEUU fueron superiores que con Obama, y según el Banco Mundial, el PIB de Cuba en el 2018, fue el mas alto de la historia de Cuba, con algo más de 100 mil millones de dólares,según estas estadísticas a Cuba le fue mejor con Trump que con Obama.