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Ariel Camejo es doctor en ciencias literarias, grupos sobre intermediaciones e imaginarios sociales, narrativas urbanas y estudios del Caribe. En torno a ello gira su quehacer profesional. Lleva escribiendo desde hace mucho sobre el uso coloquial de la lengua en Cuba. Rescatando vocablos y expresiones que forman parte de nuestro patrimonio emocional, diría yo. Hace un par de semanas conversamos, yo desde Galicia y él desde el sur de Portugal —donde vive actualmente— sobre algo más que el lenguaje como hecho social o herramienta académica. Fue inevitable, en cualquier caso, entrar en lo que muchos denominan como retóricas del poder y formulaciones ideológicas que se disfrazan, desde lo discursivo, de políticas y formas democráticas de gobernabilidad. Este texto que a continuación se despliega, es la transcripción de un amago de podcast que pongo a disposición para quienes no tengan la opción de escucharlo.
Antes de abordar esta construcción que son los currículos, y antes de entrar en la Facultad de Artes y Letras, quisiera preguntarte sobre tu inclinación por las letras, sobre esta vocación por el lenguaje como herramienta académica.
Las letras siempre fueron un espacio importante en mi formación y en mi casa de manera general. Nosotros venimos de Pinar del Río, o sea, una ciudad de provincia. Mi madre era, bueno…, es profesora de español y literatura, aunque está retirada todavía lo ejerce. Mi padre se especializó en psicopedagogía, específicamente en el ámbito de la educación especial. Siempre hubo muchos libros, no solo de literatura, sino también de historia, de fisiología, de anatomía. Después, cuando mi hermano Luis Enrique se fue a estudiar solamente con 14 años a la ENA, al universo del libro comenzaron a incorporarse también catálogos de pintura y libros sobre historia del arte. Más tarde, a inicios de los noventa, mi hermano Iván Camejo, que es el segundo en la línea de descendencia, también se fue a estudiar filología en La Habana. Así que otra hornada de libros y revistas sobre crítica y teoría literaria fueron a parar a mi casa en Pinar.
Yo podía pasar perfectamente de una novela a un libro de historia de Roma o historia de Grecia o a otro de anatomía fisiológica que usaba mi padre para asesorar a las logopedas de las escuelas. Leí a Balzac, bastante joven, era un autor que me cautivaba, también Stendhal, o sea, era una mezcla bastante rara y yo creo que eso se reflejó un poco en mi propio proceso formativo (…) Te hago esta larga historia para decirte un poco que llegué a la filología como una especie de carambola. Fui rodando hasta llegar a la carrera.
Ya después, dentro de la facultad, hay áreas de especialización que a uno lo van cautivando. Creo que en ese sentido los cursos de narratología y análisis literario que tuve la oportunidad de hacer con Walfrido Dorta, Mirta Suquet, y sobre todo con Teresa Delgado, que era una referencia en aquellos momentos, me marcaron de manera especial. Hay dos cursos que yo recuerdo con mucho cariño de la carrera. Uno fue ese curso de narratología con Teresa y el otro, aunque parezca increíble, fue el curso de morfología y sintaxis con Ofelia García Cortiña. Conocer a Chomsky, a Martinet, toda la teoría lingüística, sobre todo en esa área específica, la morfología y la sintaxis, a mí me enamoró porque era un área muy abstracta, muy analítica al mismo tiempo.
Al terminar la carrera, tuve la oportunidad de seguir no solamente la línea de estudios teóricos y narratológicos, sino de entrar en el universo del Caribe, que para mí era un mundo absolutamente nuevo, una línea de investigación que después pude seguir con Yolanda Wood, que es una persona a la que yo le tengo que agradecer muchísimas cosas, y sobre todo los años que compartimos juntos en Casa de las Américas.
Veo que es usted un muchacho muy exigente, muy exigido, como los personajes de Balzac y de Stendhal. Antes de proseguir con estos grupos de estudio en Casa de las Américas, bajo el paraguas de Yolanda Wood, quiero lanzar una tangente, y es que siempre que tengo la posibilidad de hablar con quien ha hecho toda su carrera estudiantil y profesional en La Habana, pero que no es de La Habana, o sea, siempre que tengo un guajiro a la mano, o dizque un guajiro, le pregunto cómo fue su llegada a la capital. Y te lo pregunto sobre todo por ese provincianismo que se le achaca desde La Habana a todo lo que no es La Habana.
Bien sabes que esa es una idea muy interesante. Y el enfoque muchas veces tiene que ver con desde dónde se posiciona quien pregunta. Por lo general, quien siempre ha vivido en La Habana, tiende a preguntarle al que viene de fuera por la idea de lo guajiro y eso tiene muchas capas y horizontes a medida que te vas desplazando fuera de La Habana. Por supuesto, cuando una persona habanera le pregunta a un pinareño por su identidad guajira, el pinareño, por lo general, tiende a esgrimir el argumento de que «no, yo no soy guajiro porque yo soy, o yo era de la ciudad, yo no, yo no tenía nada que ver con el campo.» Y cuando vas al territorio de Pinar del Río, esa polémica entonces pasa a ser entre los habitantes de la ciudad de Pinar del Río y los que viven en otros municipios. Y cuando vas al municipio es entre los que viven en la cabecera del municipio y los que viven en entornos rurales, y así sucesivamente. Por eso digo que es una pregunta con muchas capas.
En Pinar siempre era un debate quién era guajiro o no, y todo dependía de si habías nacido o si vivías en un espacio urbano o rural. Hay muchas diferencias, he de comentarte. Ya viéndolo incluso desde el punto de vista lingüístico, en Pinar del Río se podía conocer perfectamente quién era, por ejemplo, de San Juan o de San Luis; quién era de Candelaria o de Los Palacios, o de Las Minas o de Viñales.
Ya la idea de lo guajiro yo creo que es un poco más polémica. Entramos, te digo, en ese espacio de diferenciación un poco problemático en el caso cubano, que es la diferencia entre lo urbano y lo rural, sobre todo cuando en los últimos años la ciudad cada vez se ruraliza más: recibiendo migrantes, incorporando dinámicas también que han traído los procesos de crisis económica de los territorios tradicionales de la agricultura a la ciudad. En fin, hay un proceso ahí de contaminación que cada vez hace más porosa las diferencias o las delimitaciones entre lo rural y lo urbano, incluso dentro de la propia Habana.
¿Y cómo te recibió La Habana?
No recuerdo ningún tipo de aspecto negativo con la idea del tránsito de la provincia a La Habana, sino todo lo contrario. Además, en el caso de los hombres que tenemos que salir del servicio militar, era una experiencia reconfortante encontrarse con ese otro espacio nuevo. Y después del servicio llegar a La Habana, y no solo a La Habana —y creo que ese es un sentimiento compartido por todos los estudiantes de las facultades que estaban, por ejemplo, en un edificio como F y 3ra— era llegar a un lugar icónico, un lugar sentimental para muchas generaciones. La idea de estar en el Vedado, pero estar además al lado de Casa de las Américas, ese tránsito directo hacia la universidad a través del Parque de G; en fin, F y 3ra tenía una mística especial, sobre todo los pisos de los estudiantes de Artes y Letras.
Pero también los pisos de periodismo, donde, por ejemplo, la noción de la homosexualidad era absolutamente desprejuiciada. En mi piso más de la mitad de las personas que vivían eran gays, vivían con sus parejas y dormían juntos. Estamos hablando de inicios del siglo XXI, en que todavía este era un tema tabuizado. No vamos a pensar en el escenario de hoy, en el que está mucho más relajada la perspectiva en torno a estos asuntos, al menos en los entornos urbanos. Pero llegar a F y 3ra y encontrarse con ese mundo, era encontrarse con las fiestas, con los festivales de cine, la gente andaba en manadas a ver películas. Empezábamos al final de la mañana y regresábamos de madrugada a la beca.
Háblame, háblanos de estos cambios que mencionabas, de esta ruralización de la ciudad, en este caso de la ciudad de La Habana, con una fisonomía tan característica y con una idiosincrasia, La Habana, tan popular y al mismo tiempo tan burguesa.
Dentro de los estudios de arquitectura y urbanismo en Cuba hay como una especie de instinto de preservación, de esa idea de que La Habana es una ciudad atípica dentro de América Latina y el mundo colonial de manera general, porque es la ciudad que no perdió su capacidad de transmitir la evolución histórica como sí sucedió con otras capitales coloniales latinoamericanas. En Cuba no se destruyó para construir sobre, sino que la ciudad fue creciendo por capas sucesivas, de manera que si uno avanza desde La Habana Vieja hacia Playa, o se mueve en dirección hacia el sur, tiene como una especie de recorrido histórico-cultural. Y podemos decir que hay un celo en la tradición arquitectónica y urbanística cubana, en preservar esa capacidad narrativa de la ciudad que tiende a ser rota, que tiende a ser disuelta por la aparición de estos nuevos usuarios, por la aparición de estas nuevas prácticas ajenas a una idea de continuidad histórica de la ciudad. Y yo creo que cuando Coyula habla de ruralización de La Habana, está hablando de esos nuevos actores que vienen a perturbar una dinámica histórica, pero yo creo que también una cierta coherencia cultural de lo urbano.
Recuerdo que había otra persona que hablaba mucho del tema, en una variante un poco más jocosa, que era Nara Araújo. Ella se sorprendía mucho con aspectos de su vida cotidiana que desajustaban esa idea de una antigua Habana que funcionaba bajo códigos muy claramente pactados en el entorno de la civilidad. Y era, por ejemplo, el hecho de que vinieran personas del campo a ofrecerle productos directamente a su casa. Nara tenía una anécdota muy graciosa en ese sentido y era alguien que le llevaba queso a su casa semanal o quincenalmente, no recuerdo bien, y el vendedor de queso le dijo a Nara que si le conseguía un ejemplar de El Diablo Ilustrado le daba un queso gratis a cambio del libro. Cuando uno lo piensa como dinámica, evidentemente no tiene nada que ver con el funcionamiento tradicional de la ciudad, en el que hay espacios que están muy bien delimitados para la idea de la transacción económica, del intercambio, de los flujos.
Desde los años noventa para acá esas dinámicas se han trastornado considerablemente. En primera instancia por el flujo migratorio; el más fuerte ha sido de las provincias orientales, lo cual responde a un desequilibrio histórico de la economía y de la sociedad cubana, de un oriente empobrecido frente a un occidente con mayor capacidad económica y unas mejores posibilidades también en términos de nivel de vida; pero migraciones que han venido de prácticamente todas las provincias. Todos esos nuevos actores traen sus propias dinámicas, ya te decía, sus medios de transporte, sus formas también de usar la ciudad, que entran a buscar también un espacio de conciliación dentro de la trama urbana. Cosas que pueden ser muy usuales en una ciudad de provincia o una cabecera municipal, como andar con el torso desnudo, en el caso de los hombres, por ejemplo, en las tardes o durante el verano… eso era prácticamente inconcebible para una ciudad como La Habana y hoy es algo que te encuentras con bastante frecuencia. La idea de este mercado informal, esa especie de trueque que rige la adquisición de determinados bienes y servicios en cualquier espacio de Cuba y que llegan con mucha más fuerza a la ciudad. Esos mundos eran muy claramente divisibles hasta finales del siglo XIX, pero el siglo XX un poco acelera también los contactos. Yo creo que La Habana no los había vivido con tanta intensidad como comenzó a vivirlos en la década de los noventa, sobre todo con el contexto de crisis que suele poner de relieve muchos espacios diferenciales que además habían sido absolutamente pavimentados, silenciados por el… vamos a decirlo así, por el relato nacionalista de la revolución, ¿no?
(…)
Por lo general, todo proyecto social tiende a convertir la ciudad capital en una suerte de símbolo de su éxito, de su programa de desarrollo, y en ese empeño tiende a silenciar discursos que más que contribuir a la homogeneidad tienden a heterogeneizar la realidad nacional. Y esa idea del unitario no puede fragmentarse y por lo tanto tiene que ser silenciada. Queda así silenciado el mundo de la prostitución, el mundo del mercado negro, el mundo también de los migrantes irregulares y es precisamente el contexto de crisis de los noventa el que vuelve a sacar o hace aflorar nuevamente todos esos fenómenos en la cotidianidad habanera que habían sido escasamente representados; quizás en algún momento por el cine de Sara Gómez, de la documentalística de Guillén Landrián, elementos así muy aislados dentro de la literatura y el arte pero que por lo general no tienen una fuente de representación.
Habría que ver después, lo que pasa con los años noventa, y cómo el cine y la literatura regresan precisamente a esa idea de la desestabilización de una imagen tradicional de la ciudad. Uno piensa en películas como Madagascar, en algunas novelas cubanas que están enfocadas precisamente en la idea de la destrucción, la pérdida de ese aura de lo habanero, que está siendo hasta cierto punto atacada o destruida por esa invasión de los otros, de los que vienen de fuera, de los que no conocen la historia de la ciudad, los que no conocen su cultura, los que no participan de su proceso de legitimación. Y eso es muy interesante en términos de la representación habanera, que fue un poco el asunto de investigación de mi tesis de doctorado.
Sí, la década de los noventa marca una década en la que se puede reescribir otra parte de la historia de Cuba. Yo tendría diez, tú un poco menos. Era el inicio de muchas cosas. El inicio de una crisis, de un llamado a pérdida especial y a colación de esta palabra crisis —crisis como fuente de verdad, donde afloran realidades silenciadas sobre las que se imponen discursos más unitarios, como dicen— quería recordar algo que parece que pasó hace mucho tiempo y no, y es la pandemia, acompañada a su vez, de esta mascarilla, que puede ser vista de una manera simbólica en un contexto de muchas manifestaciones civiles en el continente. Al respecto quería saber cómo lo habías vivido tú, cómo había sido tu experiencia, aunque siempre que digo experiencia personal, me refiero tanto a la singularidad de experimentar algo, pero nunca sin dejar de tener en cuenta la convivencia con los otros, los vínculos con los demás.
Crisis es un concepto al que se le tiene mucho miedo en la política y en el espacio del gobierno en Cuba, lo cual es comprensible, pero al mismo tiempo creo que disminuye muchísimo la capacidad de negociación, precisamente desde la retórica, desde el discurso, con contextos que presentan determinados problemas, sobre todo para la ciudadanía. Y te decía que es muy interesante lo que pasa con todo este proceso de la covid y la pandemia a nivel global. Es un poco distintivo el gesto intelectual. Fíjate que casi a inicios de la pandemia, una de las cosas que lo acompaña en términos del mundo de las ciencias sociales es esta antología, si no recuerdo mal el título, Sopa de Wuhan. Este libro reunía las principales voces de los filósofos, sus percepciones alrededor de la pandemia, del encierro, de la comunicación. Las ciencias sociales no pierden la oportunidad para inmediatamente convertir determinadas cosas en un objeto abstracto a partir del cual pueden comenzar a producir nuevo conocimiento, nuevas ideas, nuevas zonas de discusión y de productividad, lo cual yo creo que es una especie de vicio asumido de las lógicas y las dinámicas del cambio tecnológico.
El mundo de la tecnología constantemente está modificando sus pautas. Cada dos o tres meses hay un nuevo avance, hay un nuevo dispositivo, hay algo que hace todavía más veloz la capacidad de procesamiento de datos, de informaciones, de influir en la vida cotidiana. Creo que las ciencias sociales han seguido un poco esa dinámica, tratar de adaptarse y de ajustarse constantemente a la producción de nuevos asuntos, al punto de que producen asuntos que ya no le interesan a nadie, salvo a los propios cientistas sociales.
Y creo que eso fue interesante para mí, justo el momento este de la pandemia, esa idea de que era un momento también de regreso, de regreso a los otros y de regreso al mundo. La pandemia puso en suspenso la capacidad de socialización y eso hizo que de alguna manera regresáramos también al sujeto, regresáramos a la familia, incluso en espacios en los cuales la familia estaba cancelada por las propias dinámicas de lo social. Reinventarse cómo sobrevivir, sobre todo en un entorno como el cubano, por ejemplo. Yo estoy seguro de que fuera de Cuba había muchas maneras de paliar ese encierro que tiene que ver con el acceso a internet, con el acceso a determinados sistemas de almacenamiento de la información y del entretenimiento, que en Cuba son una realidad bastante distante.
En el caso personal fue fuerte porque nosotros teníamos un niño pequeño y por supuesto había que lidiar con esa idea del encierro y que fuera lo menos traumático posible. Por suerte teníamos acceso a una azotea y eso nos permitía subir, contemplar la ciudad, jugar allá arriba y también evitar la pared como límite. Pero evidentemente fue una circunstancia muy dura. Sobre todo porque los niveles de precarización se acrecentaron. Entornos que ya vivían una situación de precarización de la vida cotidiana y que vinieron a encontrarse con un panorama todavía más complejo del que aún no sale la sociedad cubana.
Para mí una de las cosas interesantes tiene que ver precisamente con esta idea de cómo enfrentaron los gobiernos de diferentes países, la cuestión del descontento social que tenía que ver con el acceso a la salud pública, la alimentación, la educación, etc. Y lo que vimos fue una reacción enconada a nivel global contra esos movimientos sociales y Cuba no estuvo ajena a esta cuestión.
Se ha escrito mucho sobre el 11 de julio y la protesta popular y que tiene que ver con un sistema de articulación ideológica que está siendo cuestionado desde una fuerza que era lateral al Estado desde finales de los años 80 y principio de los 90, que era la fuerza, digamos, del discurso intelectual. Los intelectuales en Cuba, sobre todo desde finales de los 80 hacia acá, se han convertido en una especie de voz alternativa a la articulación política y yo creo que hasta inicios de los años 2000, quizás los primeros cinco años del siglo XXI, hubo ciertas dinámicas de articulación de esos espacios que sin tocarse podían llegar a negociar y podían llegar a implementar determinadas cuestiones y alianzas incluso en algunos puntos para la resolución de espacios de diferencia. Esos espacios fueron progresivamente cancelados, al punto de que hoy están en una zona de no resolución y de no reconocimiento, que yo creo que es peor todavía. Es decir, tenemos una institucionalidad ocupada por una burocracia prácticamente inoperante, que simplemente lo que hace es replicar, vamos a decirlo así, formulaciones de la ideología, para no generar política.
El asunto de lo político y la política en Cuba, yo creo que está en un estado de indigencia en estos momentos, que explica muchas de las cuestiones de por qué no se solucionan los problemas que tienen que ver con el gobierno. Muchas veces se confunde la política, que es el arte del gobierno, con un sistema de preservación de la ideología que ya no tiene sentido, además. Y eso hace que el contexto de crisis sea mucho más complejo, sobre todo si le sumas estas circunstancias de una pandemia de alcance global, que nos pone además en contacto con un contexto de crisis económica generalizada. Se trata de una sumatoria de problemas que es realmente complejo. Creo que tienen en el fondo cuestiones políticas detrás que tienen que ver con la gobernabilidad y los enfoques también de lo estatal y de lo social en Cuba, pero también un contexto que tiene que ser leído en términos globales, que tiene que ver con un descontento generalizado de las minorías frente a las formas de gestión de esa crisis. Por eso decir el concepto de crisis es tan importante y si no aprendes a lidiar con ella, si no generas los mecanismos para resolverlo, para de alguna manera generar soluciones, es muy difícil que pueda haber un debate público, que pueda llegar una resolución feliz, por eso yo creo que la crisis tiene que ver en primera instancia con la capacidad política del reconocimiento de un contexto de crisis.
Bueno Ariel, vamos llegando al final. Creo que es muy pronto para hablar en tu caso de nostalgia, pero jugando un poco a los imaginarios de los que no escapamos ningún humano, la pregunta sería ¿cuál, según tú, es esa Cuba deseada, al menos la deseada por ti, y por otra parte? ¿Cuál es esa Cuba del presente que estás viviendo desde la diáspora?
Yo creo que una Cuba deseada, una Cuba del regreso, si es que eso es posible, tendría que ver esencialmente al menos para mí con los amigos. Si no están las personas, si no están los momentos, si no están las vivencias, desear el lugar es como una especie de novela que uno se inventa, sobre todo porque uno suele establecer esas conexiones sentimentales con determinados lugares y que a veces son más el producto de una ficción para darle una especie de predicado a la vida.
Por lo demás, este viaje, esta transformación ha implicado también un descanso de la academia, que es un mundo que también está viviendo otras complejidades y la posibilidad, por lo tanto, de conectar también con proyectos que estaban ahí detenidos, este proyecto que tiene que ver con las narrativas en los nuevos entornos digitales, que a mí me interesa mucho, ese espacio de empoderamiento, de democratización que son las redes y cómo se está escribiendo la Cuba de hoy desde esos nuevos territorios: otro elemento a considerar para esa expresión tan grandilocuente que puede ser el futuro de Cuba. Y que tendrá que ver con la idea de una Cuba diaspórica que cada vez agrupa más y más gente. Esa Cuba diaspórica ha tenido que —o implicará a— sujetos que están participando de la construcción de lo político fuera de la política.
Entendía esa política con mayúsculas, como la política de Estado, como la política del gobierno. Porque la política, esa política central que de alguna manera rige los destinos del gobierno y del ejercicio de lo social en un territorio geográficamente delimitado, como puede ser la República de Cuba, ya no Cuba como construcción cultural, sino la República de Cuba, eso que tiene que ver con la Isla, con un límite preciso, diseñado legalmente y políticamente; pues fuera de esos territorios hay sujetos que están construyendo una idea de lo político. Y una idea de lo político que no necesariamente tiene que ver con esas nociones capitales que rigen el territorio de la Cuba legal o de la Cuba política, sino que tiene que ver con la Cuba cultural, con la Cuba como construcción. Y hay disímiles sujetos que están participando de nociones de lo político que tienen que ver con problemáticas estrictamente cubanas, pero en ocasiones no.
Te puedo nombrar una diversidad de asuntos en los cuales hay una construcción de un relato político que tiene que ver con tipologías de sujetos: la comunidad LGTBI a nivel global, por ejemplo. Ese es un discurso político, pero que no tiene que ver estrictamente con Cuba y, sin embargo, hay personas cubanas que están participando de ese debate y que están construyendo relatos e ideologías desde un entorno que afecta a lo local, pero que tiene que ver con una dimensión global. Algo similar con las cuestiones raciales, con cuestiones económicas, con cuestiones civiles. Pudiéramos mencionar muchos espacios en los que hay ciudadanía, ciudadanía afectiva, que está construyendo una noción propia políticamente argumentada fuera del gran relato político del gobierno cubano.
Y esa es, vamos a decirlo así, una variable que habrá que considerar para el futuro de Cuba. Porque directa o indirectamente todos tributamos a ese futuro, a esa sociedad que vendrá. Sea desde el punto de vista económico, sea desde el punto de vista cultural, sea desde el punto de vista político o desde la dimensión que queramos entenderlo. Y creo que la política con mayúscula también tendrá que estar atenta a esas señales y no preocuparse solamente por las cuestiones de índole económica que parecen ser hoy el centro del foco de atención, sino también por cómo se están formando políticamente y culturalmente esos ciudadanos que están fuera y que de alguna manera influyen en las dinámicas de la vida social cubana.


Rolando y rodando choj9ocaremos con la realidad.
Crisis? Franca decadencia, declive, deterioro: enfermedad crítica no es sinónimo de crisis.