«Más se perdió en Cuba». Racismo y xenofobia a la española

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Emigrar es, probablemente, una de las decisiones más duras y definitivas que tiene que tomar cualquier persona. Conocemos las razones de quien se va pero pocas veces hablamos de lo que se enfrenta ya cruzada la frontera. El fenómeno de la migración te sobrepasa por más que lo proyectes, por más que vayas sola o en pareja, con o sin familia, con estatus regular o no, como estudiante o exiliado. Emigrar te cambia la vida, te arranca de raíz y probablemente estas palabras resultan conocidas a la mayoría de lectores que tendrá este texto.

En mi caso, España fue el lugar. Años de desgaste, inversiones y un inhumano sol frente al consulado en La Habana. Atrás dejé mi casa, mi novio, mis libros, mi país… lo de tantos. Hice de Madrid mi hogar y en el proceso me di cuenta de que mis problemas se iban transformando. Tenía comida pero no tenía casa, tenía estudios pero no tenía trabajo, tenía sueños pero no tenía tiempo.

Intenté seguir el consejo de tantos: «no te empieces a mezclar con el cubaneo», decían, pero la sociedad española comenzaba a parecerme hostil. Yo entendía que Cuba era racista, pero descubrí que aquí esa palabra tiene otro contenido, otras texturas. Retorné entonces a aquel consejo de «huirle al cubaneo» y lo hice añicos, me arropé con la historia de los 20 000 que somos en Madrid, el cuarto de millón que somos en toda España, y me sentí aliviada. Saber que mis problemas no eran exclusivos me permitió descansar, superarlos en comunidad fue mi método. Comencé entonces a reconstruir mi red social, casi toda de emigrados, y eso me salvó.

Yo entendía que Cuba era racista, pero descubrí que aquí esa palabra tiene otro contenido, otras texturas.

Son tantas las historias que no basta un texto ni dos. Viene a mi memoria una noche en la que me lanzaba a conocer Barcelona, a solas, atravesando el Passeig de Gràcia, y decidí meterme en una callejuela bastante pintoresca. Quise entrar a cierto bar, llegué al umbral y el portero me detuvo, me preguntó si tenía reservación, yo le dije que no «pero de todas formas sería rápido, podía quedarme en la barra», mientras señalaba las sillas vacías. El chico se echó a reír y apenas sin mirarme me dijo que imposible «y vestida así, mucho menos». Con un gesto me pidió que me moviera de la puerta, un gesto de franco desprecio. Recuerdo que me sentí mareada, perdida, vulnerable. Retorné al Passeig de Gràcia llorando amargamente, buscando en los cristales qué de malo tenía mi aspecto, no encontré nada pero me vi, eso sí, muy sola, completamente ajena.

Claro que me han pasado cosas mucho más importantes, desde la espera injustificada por mi licencia para ejercer Medicina, hasta la imposibilidad de acceder a ciertos servicios. Claro que me han dicho en múltiples ocasiones que me devuelva a mi país, que he tenido personas que no me dirigen la palabra si escuchan mi acento, claro que algo en mí duele si atravieso El Retiro y encuentro a la Marianne republicana erguida sobre el agua, con su sobrio llamado «A Cuba», e inmediatamente al General Martínez Campo, una inmensidad de bronce y piedra caliza, «modelo de patriota y soldado».

Marianne Cuba

Sin embargo, los peores episodios de racismo y xenofobia que me ha tocado vivir no han sido contra mí, sino frente a mí. Trabajo como enfermera en una clínica a la que cada día van cientos de mujeres de todos los orígenes, colores y acentos. Mis compañeras me buscan a mí para que sea quien atienda a las mujeres africanas, a las musulmanas, a las latinas, a las gitanas. Mis compañeras rocían con alcohol las habitaciones cada vez que una mujer negra se acuesta en las camillas, les llaman «negritas» para referirse a ellas, se ríen de sus nombres y apellidos, se ponen doble guante para tocarlas, despotrican de sus olores, les cuelgan el teléfono. El dolor ante estos episodios puede ponerte en situaciones de mucha fragilidad, enfrentarlo una y otra vez significa poner en peligro tu trabajo, el que te resuelve el techo y te da de comer. Entonces, te sientes una mierda dos veces, por presenciarlo y por no hacer nada al respecto; acaso un terrible silencio.

Y sí, es cierto, España tiene tipificado en su Código Penal los actos de discriminación. Las leyes españolas protegen los derechos fundamentales, la incitación al odio basado en criterios tales como el origen étnico o la nacionalidad. La Ley Orgánica 4/2000 sobre derechos y libertades de los extranjeros complementa las medidas contra la discriminación, asegurando derechos a los inmigrantes. Además, por supuesto, de las tantas normativas internacionales.

¿Y qué?

Las voces de los otros

«La mayor parte del tiempo que llevo en España (dos años y medio) he trabajado en hostelería», me cuenta Laura Bustillo, cineasta, mudada recientemente a Barcelona, desde Madrid. «Gran parte de los empleados del sector son inmigrantes, es un trabajo brutal, mal visto y mal pagado que casi siempre es cubierto por extranjeros con o sin papeles. La tasa de alcoholismo en España es la segunda más alta de Europa. Hago esta acotación porque trabajar en servicios implica lidiar con clientes en estado de embriaguez constante. He trabajado siempre en bares de zonas caras de Madrid y con una clientela de “españoles de bien”, como les gusta llamarse a sí mismos. Gente que proviene de familias acomodadas, tienen asientos reservados en el Bernabéu y van a misa los fines de semana. De parte de todos ellos he experimentado maltrato con carácter xenófobo. Una vez que ya no están sobrios y se permiten abandonar los protocolos comienzan a despotricar contra el que viene a “vivir de sus impuestos”.

»Recuerdo en una ocasión que un grupo de señores de alrededor de 60 años hablando sobre cómo ya las mujeres no atendían a los hombres como antes y cómo eso atenta contra la estructura familiar católica. En el grupo de señores había dos mujeres, una era mi entonces jefa y la otra una amiga suya. La respuesta de la amiga fue: “búscate una cubana para que te haga las cosas”. La señora a la que yo le había estado poniendo tragos toda la noche sabía perfectamente de dónde yo era».

Una vez que ya no están sobrios y se permiten abandonar los protocolos comienzan a despotricar contra el que viene a “vivir de sus impuestos”.

Me cuenta Alejandro Escobar, escritor cubano asentado en Galicia, que él no recuerda algún episodio en el que se haya sentido víctima de un acto de racismo o xenofobia, «sin embargo, el matrimonio que me recibió aquí en Ourense [Galicia], durante la espera de un trámite comentaban acerca del clima al que estamos desacostumbrados los cubanos y la persona que los atendía respondió algo así como “para qué viniste entonces”. La empleadora de este matrimonio, que es gallega, les comentó que fácilmente si lo deseaban podían acusar a esta persona por su comentario, lo cual también es un medidor de que, si bien existen personas con prejuicios o comportamientos racistas o xenófobos, también hay mecanismos legales para castigarlos».

Milene Medina, periodista y comunicadora que vive en Madrid, lo percibe diferente. «Yo siento mucho el hecho de ser una persona migrante cuando tengo que hacer trámites, cuando por ejemplo, no entiendo nuestro proceso para el NIE (número de identificación extranjera). Nosotros para ese plástico tenemos que someternos a un proceso de documentación extrema, autogestionado, y luego de la demora de tantos meses para una resolución, tienes que volver a pedir una cita (a sus tiempos) para recogerlo. Sin embargo, una persona que sí es española, que tiene el mismo documento plástico que nosotros, saca una cita y ese mismo día obtiene su documentación. Ya eso para mí es un índice de marginación contra personas migrantes: jugar con los tiempos, las incertidumbres».

Milene cuenta que uno de los momentos más incómodos que le tocó vivir fue precisamente en una comisaría gestionando su número de identidad: «hice los pagos necesarios desde mi teléfono y cuando voy a hacer el trámite, el oficial me dice que yo no lo había pagado, que me lo estaba inventando. Básicamente me dijo que necesitaba más comprobación que esa, que saliera y pidiera otra cita. Yo le dije que ni iba a volver a pagar, ni me iba a ir, ni iba a pedir otra cita. Pero nada, tuve que hacer todo de nuevo. Para colmo, no me podían dar la otra cita en horario de la tarde, tenía que ser obligatoriamente en la mañana y en un plazo tan corto como dos días. Yo tuve que volver a faltar al trabajo, volver a pedir permiso, arriesgándome a todo por ir a ese lugar, otra vez».

Hice los pagos necesarios desde mi teléfono y cuando voy a hacer el trámite, el oficial me dice que yo no lo había pagado, que me lo estaba inventando.

Alberto Toledo Cazorla, habanero, de 34 años, vivió sus primeros años en Teruel, un pueblito al sur de Aragón cuya población escasamente sobrepasa las 30 000 personas. Alberto cuenta que allí es bastante peor que en Madrid: «es una población muy rural, envejecida, prejuiciosa. Teruel ha sido una experiencia bastante chocante. Recuerdo una vez que tuve una oferta de trabajo y la única casa [para rentar] en la que aceptaron siquiera a entrevistarme, cuando se percataron de que yo era extranjero comenzaron a buscar excusas para no alquilarme. Tuve que decirle directamente “usted no me quiere alquilar porque soy extranjero”. La señora, entre aliviada y apenada me dijo “sí, es que no me fío”».

Cuando se percataron de que yo era extranjero comenzaron a buscar excusas para no alquilarme.

Todos los entrevistados coinciden en la dificultad de buscar piso siendo inmigrante, sobre todo en ciudades tan densamente pobladas como Madrid y Barcelona, cuya deplorable situación de vivienda es mundialmente conocida. Incluso teniendo ahorros suficientes, si eres recién llegado las posibilidades de vivienda digna prácticamente son nulas, tanto por cuestiones burocráticas (cuentas bancarias, nóminas laborales, arraigo) como por el miedo irracional de los dueños de pisos a que seas un «okupa». Pero, ¿cómo vas a tener casa si no tienes nómina?, ¿cómo vas a tener nómina si no tienes cuenta de banco?, ¿cómo vas a tener cuenta de banco si eres ilegal?.

Gente sin casa, casa sin gente

«Paradójicamente en la búsqueda de vivienda pude resolver en cuestión de días, teniendo en cuenta la gran dificultad que supone este aspecto a la sociedad incluso nacional. Jamás por mi procedencia se me puso obstáculo o reparo alguno. Importante el detalle: la experiencia y la suerte no transcurre del mismo modo para todos. Vivir en una ciudad pequeña ha ayudado», dice Alejandro Escobar sobre su ciudad en Galicia, sin embargo, no es así para la gente de Madrid. En el caso de Laura Bustillo, cuya situación legal es irregular, la vivienda se le complejiza en extremo: «recuerdo haber hablado telefónicamente con una persona que rentaba una habitación y al escucharme lo primero que me preguntó era mi lugar de procedencia (antes de poder hablar de pagos, estatus, tiempo de renta, etc.), le cambió el tono completamente y de inmediato terminó la llamada».

En 2024 solo, la Comunidad de Madrid superó el millón de residentes latinoamericanos, número que supone un hito y pone al gobierno español en una situación compleja, incluyendo la alta demanda de viviendas. El estatus migratorio y la discriminación llegan entonces como primer obstáculo: la situación administrativa irregular dificulta la obtención de contratos de alquiler formales, limitando el acceso a vivienda digna y volviéndose caldo de cultivo para «pagos en negro», espacios inhabitables, trasteros oscuros, sin ventilación y con precios exorbitantes.

«Me viene a la mente la historia de una pareja amiga que presentó todos sus papeles, dijeron que podían adelantar los pagos, lo habitual. Cuando se presentó finalmente ante la dueña a cerrar contrato ella se echó para atrás y dijo que no, que directamente no aceptaba cubanos». Me dice Leandro Ávalos, cineasta cubano residente en Madrid, que a su vez tuvo que pagar cuatro meses de adelanto a la dueña de la renta en la que vive hace un año con su pareja, como garantía del cumplimiento a su palabra, o sea, todos sus ahorros.

Cuando se presentó finalmente ante la dueña a cerrar contrato ella se echó para atrás y dijo que no, que directamente no aceptaba cubanos.

«Una de las cosas que más me ha sorprendido de saberme extranjera es que me pone en una situación muy vulnerable. Si tengo que llamar a un piso y concertar una visita porque estoy interesada en esa habitación, básicamente tengo que lidiar con el hecho de que soy inmigrante, por lo tanto problemática, una mierda de persona que vengo a este, su país, a coger cosas “y si te alquilo a ti corro el riesgo de que no me pagues el alquiler” y demás» cuenta Milene Medina.

Según Cadena SER, «el 72,5 % de extranjeros han sufrido en algún momento discriminación absoluta, es decir, el bloqueo total en el acceso a una vivienda. En cuanto a la discriminación relativa, la que trata el aumento de requisitos específicos en el acceso a la vivienda el 81,8% lo ha sufrido».

Las políticas de Madrid respecto a la vivienda son una puja constante entre la especulación inmobiliaria, la turistificación, la falta de control de los alquileres. Al gobierno de la Comunidad, liderado por el Partido Popular, no le interesa hacer concesiones que pasen por encima de la empresa privada. Añadido a esto, los representantes de la derecha española alimentan constantemente los discursos de odio contra la comunidad emigrada.

«Transitar por España siendo una mujer blanca, de ojos verdes y seis pies de estatura es bastante fácil. No entras en el estereotipo de latina que desde su racismo y xenofobia conciben… hasta que abres la boca. Ahí depende de qué tan interesante le resultes, te preguntan tu origen y rematan con un ¡pero no pareces cubana!, seguro que hay algún español en tu familia». Así me dice Laura Bustillo, que primero vivió en una habitación de dos cuartos, junto a su pareja y otra compañera, igualmente cubana, en una buena zona de Madrid, y luego se mudó a Vallecas, durmió par de semanas en un sofá y compartió casa con cuatro personas, hasta que decidió mudarse a Barcelona.

Cada cual a su oficio

Otro de los grandes obstáculos de quien emigra es la desprofesionalización. Las estadísticas señalan que la mayoría de cubanos que llegan lo hacen por tres vías: cruzando fronteras, fundamentalmente desde Serbia, Grecia o Rusia; gracias a la Ley de Memoria Democrática o por los programas de posgrado. Aunque no existen estadísticas oficiales que indiquen el número exacto, se ha observado un aumento significativo en la cantidad de estudiantes cubanos que buscan oportunidad académica en España, tanto por los bajos precios (si se compara con otros destinos académicos) como por la afinidad cultural, los programas de becas de la Fundación Carolina y otras iniciativas que ofrecen apoyo financiero para cursar estudios de posgrado en instituciones españolas.

Claro, que vengas a estudiar a España no garantiza que puedas trabajar, mucho menos quedarte. Ahí empieza la batalla.

«Tengo una amiga filóloga de 24 años que vino a hacer una maestría. Obviamente decidió quedarse. En su tránsito como emigrante ha trabajado en varias cosas, entre ellas la limpieza. En una de las casas que tenía que limpiar le prohibieron tomar agua del refrigerador (agosto en Madrid) y le vetaron hablar dentro de la casa porque no les gustaba su voz. Llegó a este país a través de la RAE pero aparentemente no está calificada para hablar castellano… o hablar en absoluto», cuenta Bustillo.

En una de las casas que tenía que limpiar le prohibieron tomar agua del refrigerador (agosto en Madrid) y le vetaron hablar dentro de la casa porque no les gustaba su voz.

Otro ejemplo es el de Milene: «en mi primer trabajo, cuando me iban a hacer mi contrato indefinido, que de eso dependía mi estancia en el país y pasar de un estatus no de estudiante sino ya de trabajadora por cuenta ajena, me puse en contacto con Recursos Humanos de la empresa. Esta persona empieza a dudar si me puede o no hacer el contrato porque supuestamente yo no tenía estudios superiores. “Claro que sí tengo estudios superiores”, le digo, “sí, pero son en La Habana, esto no cuenta”, y yo tener que explicarle que además de la Universidad de La Habana, soy Master en Medios de Comunicación por la Universidad Carlos III y que en mi expediente estaba la documentación. “Pero de todas formas esto hay que verlo, porque tiene que estar muy bien justificado”, me repita ella».

«De repente esa extraña lógica: si no tenemos nada, no aprendemos nada, somos inferiores», me dice Leandro. «Y es verdad que no teníamos nada, pero sí aprendimos y muchos de nosotros incluso mejor porque al no tener recursos potenciamos la creatividad, el margen de respuesta, aprendimos a ser resolutivos, etcétera. Me ha pasado en los rodajes: de repente me dicen “cómo dominas esto si en Cuba no lo hay”. Yo domino casi todas las cámaras del mercado, incluso las de gama alta porque las he estudiado al detalle, porque tuve la posibilidad de usarlas fuera de Cuba. Me siento a nivel de los españoles en el manejo tecnológico, sin embargo, ellos no lo valoran o concluyen que no, sin preguntar. Creo incluso que he tenido bastante más preparación que personas que en una producción están jerárquicamente por encima de mí y, como tal, actúan. Eso acentúa el sentimiento de inferioridad que llevamos a cuestas».

De repente esa extraña lógica: si no tenemos nada, no aprendemos nada, somos inferiores. Me dicen “cómo dominas esto si en Cuba no lo hay”.

La desprofesionalización es un obstáculo obligado para quien emigra. Hay carreras en peor situación que otras, por su posibilidad de ejercicio o su remuneración. Los de peor solución suelen ser los artistas y los graduados de humanidades, por ejemplo. Para que ellos ejerzan y vivan de sus carreras tienen que verdaderamente dar un golpe de suerte. En igual situación estamos los profesionales sanitarios, que tenemos que esperar años por la habilitación de nuestra licencia médica, de nuestra colegiatura, mientras nuestras habilidades se anquilosan entre la burocracia y la marginalización. Reinventarse en la migración, más que una virtud es la máxima para salir adelante.

Sin embargo, hay matices; la propia Katherine se siente privilegiada: «la condición de blanca, universitaria y con herramientas sociales fortalecidas para enfrentarme con algo de fluidez en esta sociedad clasista, racista, colonialista y en extremo conservadora, me colocan en una posición de privilegios en relación a mestizos, negros, personas no universitarias entre otros. Pero la nostalgia monárquica, supremacista blanca de la sociedad española a la que me he visto obligada si bien no a aceptar, al menos a lidiar constantemente, hace que incluso con mis privilegios sienta mis capacidades limitadas o sobrepasadas».

La contribución de los inmigrantes al Producto Interno Bruto de España, en especial de la Comunidad de Madrid, ha sido significativa sobre todo después del 2020. En el tercer trimestre de 2024 la economía española creció un 0,8%. La parte que de ello corresponde a lo privado se debe, entre otros factores, a la entrada de población inmigrante, lo que ha dinamizado la demanda interna y la disponibilidad de fuerza de trabajo. El país ha experimentado un crecimiento económico del 5,7% desde el año 2019, superando el promedio de la Eurozona, y la integración de migrantes en sectores laborales críticos como la agricultura y la construcción, ha sido fundamental para este avance. Igualmente ocurre si miramos específicamente a la Comunidad de Madrid, cuyo crecimiento en el primer trimestre de 2024 ha superado incluso a Cataluña como la mayor economía regional.

Del 1 al 10…

¿Cuánto sientes que la sociedad española es racista/xenófoba?

«Diez. España es un país hermético, por más que deseen mostrar lo contrario. Entienden el nacionalismo desde la raza más que desde las fronteras geográficas», dice Bustillo, «en España nadie habla de los miles de refugiados ucranianos que se acogieron desde el inicio del conflicto con Rusia en febrero del 2022. Varios españoles fueron incluso hasta Ucrania a buscar personas; a todos les otorgaron asilo de manera inmediata y ayudas. No he escuchado a nadie quejarse aún sobre ello ni decir que es un mal uso de sus impuestos. Madrid es una ciudad hostil en donde viví dos años y a la cual escojo no volver».

A Katherine le parece un nueve, si tiene que valorar, prefiere dejarle un punto a la pequeña parte de la población que considera excepcional: «no podría afirmar que España toda lo sea, pues hay muchas comunidades que no he visitado, aunque intuyo que sí. Hace dos días participé como parte de la audiencia, en una charla de antropología y descolonización desarrollada por el programa Cataluña antirracista en el Instituto de Estudios Catalanes. Allí me enteré de una festividad organizada por la oficina de turismo de Begur, Girona, también conocida como la Fiesta del Mojito. Las imágenes hablan por sí solas». Ella considera que este tipo de celebraciones son incoherentes con el discurso estatal en favor de la inclusión, «demuestra la nostalgia colonial, la ligereza en el abordaje de ese pasado por las instituciones, por los ciudadanos y la supremacía de lo comercial ante los valores en los que una sociedad debería enfocar sus esfuerzos en pleno siglo XXI».

Pero Alejandro Escobar, desde su Galicia adoptiva, lo ve diferente. «Por edulcorada que te parezca la respuesta, para mí es cero —afirma sin asomo de duda—, no percibo a la sociedad española como racista. Por supuesto, siempre hay comportamientos clasistas o reprochables como los ejemplos que te cité anteriormente, pero en general no siento a los españoles como xenófobos o racistas. En particular, aquí en Ourense, la gente es tan amable que uno, proveniente de la hosquedad de la situación cubana, siente un poco de extrañeza por la manera de ser suya con desconocidos».

Por su parte, Alberto recuerda una escena en específico: «Yo tuve a una señora en la Plaza de Teruel que por algún motivo intentaba explicarme qué era un impuesto, tuve que decirle a la señora que yo soy Licenciado en Derecho y tengo un posgrado en Comercio internacional, tuve que explicarle, además, que en Cuba existen los impuestos, que no era un invento exclusivo del «primer mundo».

Yo tuve a una señora en la Plaza de Teruel que por algún motivo intentaba explicarme qué era un impuesto, tuve que decirle a la señora que yo soy Licenciado en Derecho.

«Yo le doy un once, un doce. Es un país muy racista, muy xenófobo –dice Milene– sobre todo con colectivos migrantes que proceden de otros lugares como ecuatorianos, peruanos; son muy cerrados ante este tipo de colectivos y a la hora de tratarlos tienen muy en cuenta esta distinción de sus orígenes. España es tan racista que un nacional no puede entablar una conversación sin preguntar “¿pero tú de dónde eres?”, no ya por tu acento sino por tu físico. Si tienes rasgos más indígenas, más achinados, el pelo afro, ya dan por sentado que no son de aquí, y resulta que muchas veces sí lo son. Total, que cuando comienzo un diálogo con alguien por primera vez, la primera pregunta es “¿eres canaria?” [acentos y vocabulario bastante similar], lo siguiente es opinar sobre Cuba; siempre tienen algo que opinar, ya sea asociado al romanticismo revolucionario o al exotismo que tiene una solo por ser de esa isla. Se les hace la boca agua. No sé por qué sucede pero por ser de ese pedazo de tierra en el mar Caribe nos asocian a cierta “autenticidad” que no tienen otros países de América Latina. Puedo interpretar que está asociado a la Revolución cubana y todo lo que eso trajo, el recorrido de la educación, la medicina, el deporte, la cultura y otros elementos que nos ubicaron “en el mapa” de cierta manera. Ah, eso sí, para darnos visado, abrirnos las puertas, todo eso se olvida».

***

Llegados hasta aquí la situación se presenta como insalvable pero, por algún mecanismo emotivo, psicológico y/o social y, muy importante, con algo de tiempo a tu favor, todo mejora. Mucha gente construye su camino mientras tropieza. Hay tropiezos que no duelen tanto, otros que te atraviesan el alma y otros que directamente deben ser castigados. Pero todos deberían cambiar de una vez y por todas, incluso más en una tierra cuya mayor riqueza es la diversidad, la multiplicidad.

Cómo enfrentar entonces esos problemas que tan nuevos nos resultan. Lo cierto es que no hay método preciso. La migración es un viaje en soledad, una tarea de introspección en la que sentirás que no puedes darte el lujo de parar, de quejarte, incluso de regresar. Debes saber que es habitual y que la incertidumbre suele menguar con el tiempo.

13 COMENTARIOS

  1. Es la experiencia del emigrado Adriana, en muchos lugares. En el caso de los paises industrializados la experiencia tiende a ser más amarga, pues sobre el racismo y la xenofobia pesa además todo el fardo supremacista y colonialista. Tu te has referido a Espania, país cuya lengua al menos hablamos, lo cual en todo caso al menos nos permite articular nuestras razones con lujo de detalle. Pero yo llevo más de una década viviendo en otro país, también europeo, de habla no-hispana, y esto puede hacer la experiencia aún más enajenante. El mundo occidental, al cual vemos desde Cuba como un objetivo (distorsionado por las falsas espectativas y la desinformación, incluyendo al gobierno cubano y sus miembros) a alcanzar, está viviendo, además, un período de extrema derecha, dónde formaciones políticas con esta línea idológica están ganando gran parte del electorado en todas partes. En otras palabras, el fenómeno que comentas en tu artículo probablemente se agudice en los próximos tiempos.

    Si bien siempre el occidente desarrollado ha cojeado de la pata del racismo, pues es parte natural de su génesis como entidad civilizatoria (lo cual también se refleja en nuestros aficionados locales del tercer mundo, particularmente Latinoamérica) el momento actual es sin precedentes, dada la virulencia con que se está manifestando. Para muchos cubanos, que han salido en busca de una vida mejor, y para muchos que, como tú, intuyo, salieron además buscando aires más progresistas y democráticos, esto va a ser un desafío serio. Pues lo cierto es que nunca nos han visto por estos lares cómo parte de la familia. Naturalmente, las experiencias varían de persona a persona, y en estos asuntos existe una carga importante de subjetividad. Sin embargo, es un hecho incontrovertible el de la existencia, y aumento, de los males que describes. Yo, por mi parte, no puedo sino corroborar tus palabras.

    También presenta otros desafíos interesantes para nuestra comunidad cubana más reciente, pues la persona que observa o experimenta estas discriminaciones se ve obligado, de una forma u otra, a posicionarse. Algunos de los que sufren menos el fenómeno van a tender a ignorarlo o ha bloquearlos, pues a ellos les va bien. El resultado es que irán cad vez adoptando posiciones políticas más conservadoras, pra tratar de «encajar» aún más y demostrar que ellos ya se han asimilado. Otros, en cambio, adoptarán posturas más progresistas, pues la experiencia les irá mostrando quiénes son los que los aceptan en realidad y con ello el verdadero color de las cosas. Sobre todo para estos últimos, es importante que reflexionen sobre cómo ven a Cuba después de estas experiencias. Hay cosas de estos lares que no desearíamos para nuestra nación, ya lastrada por tantos males, pero hay otras cosas que si podrían ser útiles. Para cubanos como tú, que están viendo directamente (y no con la latencia y la distorsión de Cuba) cómo funciona el mundo, es necesario desarrollar un juicio crítico sobre las cosas que pudiéramos aportar a nuesrro país. Pues, querida amiga, lo cierto es que si queremos vivir como nos gusta a nosotros, tendremos que construirlo.

    No es nada raro que una buena parte de los próceres independentistas y nacionalistas procedentes de las antiguas colonias, hoy denominados países en desarrollo (Bolivar, por ejemplo), hayan madurado su experiencia política después de haber vivido en las metrópolis, y después de haber tratado de encajar en ellas creyendo que su posición así lo ameritaba, sólo para descubrir con tristeza, pero determinación, que cualquier esfuerzo era infructuoso.

    • Corrección: ideología en lugar de «idología», a bloquearlos en lugar de «ha bloquearlos». Hay otros gazapos menores, resultado siempre de la premura. Una disculpa por ellos.

  2. Esa experiencia la vivi en mis primeros años en Suriname. Soy de piel blanca, y experimente racismo de mis jefes de origen indio. Vivi situaciones de las cuales no me he recuperado del todo. Por suerte, de parte de las instituciones no he recibido ningun tipo de discriminacion, donde quiera que he ido me han tratado bien. Y bueno en sentido general aca tienen buena opinion de los cubanos, tenemos fama de ser gente que trabaja duro, en contraste marcado con los locales que no son precisamente dados a trabajar. Ya llevo 5 años aca, y hace tiempo deseche la idea de irme a España, y luego de leer esto, me convenzo mas.

  3. Su texto me resulta familiar, por demás también soy cubana y vivo en España hace 4 años. De ellos 3 en Tenerife y el resto en Coruña, Galicia. Mi experiencia ha sido similar, no obstante a tener la ciudadanía española, ser Doctora en Filosofía, ser blanca, de ojos verdes, etc… Me han espetado en el rostro «que no tienes estudios», aunque el título está legalizado y apostillado en el Consulado de La Habana y esto no es a nivel de relaciones interpersonales, sino en las instituciones a las que se acude a solicitar empleo.
    En la isla no percibí manifestaciones de racismo hacia los cubanos, pero la desprofesionalización es humillante en casi todos, por tanto la discriminación laboral presupone que a nivel social estás en la escala más baja, por ser subcontratado o sencillamente trabajar en «negro».
    La lista de personas en condiciones de vulnerabilidad en España sería interminable porque este país se sustenta en un entramado de estructuras rígidas que responden a los cánones propios de la metrópoli.
    Su imaginario sigue siendo el de un imperio, por lo que los emigrantes seguimos siendo súbditos….

  4. Bueno, después de treinta años viviendo en Usa, declaro que es difícil soportar culturas y costumbres de otras etnias. Creo que no por ser tuya hay que aceptar la cultura que te agobia en en un país ajeno.
    Vivo en un barrio negro en la Florida y la música, el alto volumen de las discusiones, la presencia diaria de las drogas, entre otras cosas, son muy desagradables.
    Sin embargo, prefiero tener vecinos negros que vecinos portorriqueños o cubanos.

  5. Yo también emigré, hace ya 42 años. La autora suena mal agradecida. No tiene nada bueno que escribir del país que la acogió? Si hay tanto racismo allí, porqué no prueba en otro lugar de Europa, o de Sudamérica? Le va mejor que cuando estaba en Cuba, o peor? Sería bueno que tuviera un poco de perspectiva.

  6. Me parece excelente tu texto Adriana. No he tenido personalmente la experiencia pero son comunes a todos los cubanos emigrantes que he conocido en mi deambular diplomático de muchos años. Te felicito y lo comparto

  7. A todos excepto Alexis:
    La ingratitud es la peor de las características humanas.
    Cuando emigras debes tener en cuenta que tu primer deber era resolver los problemas particulares tuyos luchando contra los problemas socio políticos que te pudieran aquejar en tu país, no exigiendo condiciones en el que te acoge.

    • Adriana está pidiendo justicia Bautista; no es mucho pedir. Si uno está en el país de uno también la pide. Pero si uno va a otro lado, y respeta sus reglas, y aún así se siente la injusticia y el trato diferenciado, entonces es legítimo sentirse maltratado. Quizás sea el último aldabonazo que muchos connacionales necesiten para constatar que para vivir como a uno le gusta probablemente el mejor sitio sea la casa de uno; y si la casa está mal, entonces habrá que componerla.

      Pero, por otro lado, el asunto de la migración no es una calle de una sola dirección. Quiénes fueron los primeros que llegaron a otro país sin ser invitados, y a exigir condiciones a los que allí vivian? Cómo se puede negar el hecho de que una buena parte de la prosperidad de aquellas tierras se deba a las condiciones que sus antepasados exigieron a los nuestros? Solamente en el 2018, a propósito de una visita de Pedro Sánchez, regresó la silla de Antonio Maceo a Cuba, la cual había sido botín de guerra de Wayler… y regresó en forma de préstamo.. Es decir, debía irse otra vez a ser exhibida en un museo en Palma de Mallorca, la tierra de nacimiento del reconcentrador. Hay que sentir gratitud por el préstamo? Bueno, depende de cómo se mire. Pero lo cierto es que también hay una evidente injusticia. En Cuba tenemos nuestros botines de guerra también. Quizás un trueque funcione. Pero entonces, dónde empiezan las condiciones y dónde terminan? A estas alturas, las posesiones, tradiciones y emociones están tan entrelazadas que ya ni se sabe. No es tan simple. De hecho, haber reconocido la complejidad de estos asuntos es lo que ha justificado, desde hace mucho tiempo, la existencia de ideas como el cosmopolitismo, la ciudadanía mundial e incluso los derechos humanos. Todos sabemos las razones que provocaron la declaración universal de los derechos humanos en 1948. No es ingratitud percibir la injusticia, ni en el suelo de uno, ni en ningún otro. Para estar seguros, la ingratitud existe, pero en mi opinión no es sinónimo de aguantar injusticia.

      Por supuesto, hay muchos detractores de estas nociones de ciudadanía mundial y demás, las cuales también han sido criticadas a lo largo de la historia, con más fuerza cuando a la gente le va mal. Va sucediendo desde siempre. Pero nada de eso significa que el legado de un país sea sólo de él. Ahí está Roma, como la gran defensora y articuladora de estas ideas. Por otro ldo, con echarle un vistazo al origen de la mayor parte de las tradiciones progresistas norteamericanas, por ejemplo, tendremos la evidencia necesaria. Nosotros en Cuba tampoco podemos decir mucho. Para decir cubano hay que mencionar también a Máximo Gómez, a Carlos Roloff, a Henry Reeve y a un montón más de nombres, incluyendo, naturalmente, a todos los esclavos sin nacionalidad que decidieron morirse por obtener la cubana, aún sabiendo que no tendrían otra opción que ser internacionalistas, porque nadie lo hace todo sólo. Eso es a lo que yo llamo gratitud. De modo que, cuando hay una injusticia, hay que desenmascararla.

      • Breve corrección: En la ùltima oración del segundo párrafo faltó la palabra «gratitud». Donde dice «pero en mi opinión no es sinónimo de aguantar injusticia» debió decir «pero en mi opinión gratitud no es sinónimo de aguantar injusticia».

  8. Hola, soy Frances y acabo de leer con muchisimo interes el articulo y sus comentarios. Por casualidad, este mismo dia habia leido un articulo de Pais sobre el «regreso» a España de los hijos de migrantes españoles a America Latina. Nunca mencionaban racismo o prejuicios. A menudo tenian la sensacion de «cerrar un bucle» su trayectoria es totalmente distinta. La mayoria no huya nada.

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Adriana Fonte Preciado
Adriana Fonte Preciado
Graduada de Medicina por la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana. Escritora. Colabora con medios de prensa independiente

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