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El 20 de enero de 2025, tercer lunes del año y día de Martin Luther King, se produjo la investidura del presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump. Sin dudas, un contraste perturbador para activistas y defensores de los derechos cívicos.
El ascenso de la derecha trumpista y su clima inaugural, posee connotaciones variadas para la lucha de clases a nivel global. No es difícil imaginar su impacto como fenómeno político en las confrontaciones que derivan de la expropiación y precarización de la vida de obreros, mujeres, disidencias de género y personas racializadas; basta con una breve ojeada al discurso de apertura del nuevo gobierno.
Inevitablemente, este capítulo obliga a reorganizar el escenario de la resistencia y la consideración de procesos de diálogo y alianzas entre los movimientos sociales que buscan romper los ciclos acumulativos de la opresión; en un sentido nefasto también estimula la receptividad del pensamiento y la prédica conservadora de las élites de poder al interior de las naciones. En países como Cuba es una realidad la existencia de círculos que aplauden los intereses de la nueva derecha estadounidense, que esperan el cambio político a propósito de esta e incluso, la simpatía de espacios como algunas iglesias con el fundamentalismo neoliberal y biologicista de Donald Trump.
En países como Cuba es una realidad la existencia de círculos que aplauden los intereses de la nueva derecha estadounidense
«Seremos una nación llena de excepcionalismo», se le escuchó decir al mandatario durante el discurso de toma posesión en el Capitolio de Washington DC. La criminalización y patologización de los no sujetos del sistema que Trump pretende fortalecer —inmigrantes, personas no binarias, radicales, izquierdistas—, hicieron acto de presencia en sus palabras, siendo lapidaria la expresión: «es la revolución del sentido común».
Unos días después, el 2 de febrero, se desarrolló la ceremonia de los Grammys, donde el símbolo de la cultura afroamericana, Kendrick Lamar, resultó uno de los artistas más premiados gracias al tema «Not like us». Los cinco galardones que al talentoso rapero le fueron entregados (entre ellos mejor canción rap, canción del año y mejor video musical), se sumaron a una larga lista de reconocimientos que ha venido acumulando desde el 2014.
El domingo 9 de febrero Trump y Lamar coincidieron en la Super Bowl LIX, el campeonato de la National Football League. El show de medio tiempo corrió a cargo del rapero, quien ofreció un polémico espectáculo que rápidamente se posicionó como el más visto en toda la historia del certamen. De acuerdo con espectadores, las banderas de Sudán y Palestina aparecieron en un breve instante de la actuación, se produjo una analogía al sistema socio político como juego que envuelve a todos en la coreografía y la estructura en X del escenario, Samuel Jackson interpretó al Tío Sam y sostuvo un diálogo infructuoso con el hombre de la noche para corregirlo y ponerlo en su lugar con la «tradición» de América: «No seas demasiado guetto», Sam. «La revolución será televisada», Lamar.
En el «(they) Not like us» y otros temas de Lamar hay una propuesta hermenéutica esencial, sin ánimo de absolutizar, que gira en torno a los elementos que tradicionalmente hicieron del rap una de las formas musicales más influyentes de protesta, inconformidad y crítica social. El racismo sistémico, las relaciones de poder entre unos individuos y otros, y la desacralización de símbolos religiosos, han sido tópicos frecuentes. El rap ha resultado un género canalizador de la narrativa negra, antirracista, y antipatriarcal también, para las mujeres que lo han hecho suyo. No deja de ser violento y misógino, no podríamos tapar el sol con un dedo, pero al menos por esta vez, prefiero quedarme y apelar a la reserva de sentido que todo texto tiene por su relación con el ambiente social que lo pare.
El racismo sistémico, las relaciones de poder entre unos individuos y otros, y la desacralización de símbolos religiosos, han sido tópicos frecuentes.
Serena Williams, por ejemplo, en el show del medio tiempo, extrajo e iluminó contextos no previstos por el organizador. Para algunos era la ex de Drake, derrotado en el beef contra Lamar, para otros, una revancha y otro triunfo de la narrativa de la comunidad afroamericana de los «suburbios» de Compton y sus mujeres, con su polémico crip walk, por el que fue cuestionada durante su carrera como tenista y el cual ejecutó en los Juegos Olímpicos de Londres de 2012.
Hay un espectáculo político de gran envergadura tanto en la interpretación de «Not like us», un título que destaca en clave de pluralidad, como en el discurso de investidura de Donald Trump. Hay una propuesta antropológica, cultural, en ambos. Pero antes que todas las cosas, difieren por el modo en que se proponen: el lenguaje de la resistencia siempre es colectivo, el del poder es exclusivista.
Lo «colectivo» frente a la élite o la casta, remite por un lado a la necesidad de establecer alianzas entre diferentes grupos para la emancipación, y del otro, al reverso del poder y a los vínculos que se producen entre las diferentes formas de ejercerse. Para el activismo y la academia ha sido un punto de partida básico y revelador entender estas relaciones, lo mismo para explicar la política sexual como la explotación obrera y la expropiación racial.
…
En esta hora de la derecha supremacista norteamericana y su influencia global, solo asumiendo como premisa que el poder actúa y es posible por la interseccionalidad o la capacidad de establecer alianzas, se podrá comprender la naturaleza de los privilegios que unos pocos defienden y las formas de hacerle frente. Para el activismo de las mujeres y las disidencias sexuales, representaciones políticas en las que nos centraremos, asumirlo ha sido básico para aspirar a un cambio político y cultural.
Estamos ante un frente reaccionario que no teme proyectar su hegemonía ni pavonearse de forma fascista, xenófoba, machista y homofóbica, y como recurso no solo discursivo, es abiertamente fundamentalista. Reconocer la capacidad del poder para fundir la substancia de unas relaciones de dominación en las de otras, es una limitación que históricamente se ha manifestado en un amplio sector de las izquierdas y en las actuales gramáticas de lucha que parecen no reconciliarse en su propia multisectorialidad, pero que al fin y al cabo tendrán que apelar con nuevos bríos al recurso del que más rehúye la extrema derecha: el diálogo.
Estamos ante un frente reaccionario que no teme proyectar su hegemonía ni pavonearse de forma fascista, xenófoba, machista y homofóbica.
De un modo muy particular, a quienes asumían que dentro del feminismo, el ecologismo, el antirracismo, los movimientos por la diversidad, y en parte del pensamiento crítico que nació con la segunda mitad del siglo XX, se encontraba disuelta la noción del sujeto y de esta forma, poco podía contribuir a la emancipación de todos, pues no les será muy fácil descifrar los códigos con que una élite blanca y masculina supremacista pretende dar rienda suelta a la acumulación de capital contra toda regulación y gestión democrática, y al mismo tiempo, justificar su agenda con un aparato categorial hegemónico que enclaustra al sujeto bajo límites físicos y espirituales opresivos.
Dentro de la estrategia política de esta élite supremacista trumpista, no son iguales los blancos y blancas procedentes de Europa a los mestizos que cruzan el Río Bravo y que ocupan el bloque históricamente racializado y expropiado. Aunque suplen las mismas necesidades una bailarina gogo colombiana, hondureña, mexicana o cubana en un club nocturno en Chicago que una eslovena que ha posado en dos ocasiones desnuda para las revistas de adultos GQ y Max Magazine, pues, no se presentan como la misma cosa.
Igualmente, los problemas con Europa son otros. Mientras, a Latinoamérica hay que enseñarla a «cultivar la democracia y la libertad» que no supo asimilar acríticamente de Occidente. Latinoamérica debe responsabilizarse de la desigualdad y la deformación estructural de su economía, generada por el colonialismo y la división internacional del trabajo. Pero el performance de la política del Norte no lo planteará en tales términos; dirá a los deportados «resuelvan los problemas que ha provocado la corrupción en sus países», desvinculándose de cualquier compromiso político o económico en el asunto.
Latinoamérica debe responsabilizarse de la desigualdad y la deformación estructural de su economía, generada por el colonialismo y la división internacional del trabajo.
Pese a todo, este performance sigue teniendo un carácter transnacional, imperialista, si no es para ahora se lo tiene guardado para otro momento, pero para que la democracia liberal estadounidense y europea funcione, Latinoamérica y África deben estar colmados de «Estados fallidos» o «Estados que se portan mal».
Sirvan estas escenas para presentar el racismo y el machismo inherente a la política depuracionista del momento. Este racismo no es solo un marco teórico elaborado a partir de la simple percepción de las diferencias entre una anatomía y otra; tiene su esencia en la propia correlación de fuerza que se establece entre los pueblos y los criterios que como resultado se elaboran de una etnia o una ascendencia en particular dentro de la cultura popular y todas las esferas políticas que mediatizan la sociedad.
Ahí también se origina una misoginia de gran escala contra las mujeres y las disidencias sexuales negras y latinas, pues no se debe obviar que de la erotización de los cuerpos racializados el sistema se ha mantenido usufructuando hasta hoy y muchas personas en riesgo de deportación, sin permiso de trabajo o a la espera de algún estatus legal, han encontrado acogida en clubes nocturnos o cualquier otra variante del trabajo sexual.
Tampoco debemos olvidar los servicios que por bajo costo realizan las latinas en el sector doméstico estadounidense, y el modo en que cada inmigrante ha tenido que adaptar sus narrativas a los modelos de socialización de ese país, para no ser mal vistas en los centros donde han sido contratados.
Así, no podemos asumir la cuestión racial ni sexo genérico, como problemas periféricos en la crítica al capital y mucho menos como elocuencias de Trump o Elon Musk, el padre que ha renegado de una hija transgénero. La oda al capital va de la mano de una actualización de la política sexual y la política hacia los pueblos que continuamente son expropiados; de hecho, nunca estas esferas han podido estar separadas.
No podemos asumir la cuestión racial ni sexo genérico, como problemas periféricos en la crítica al capital y mucho menos como elocuencias de Trump o Elon Musk.
Ahora, detengámonos en una parte de la narrativa de la resistencia ante la imposibilidad de simplificarlo todo, y a la vez, ante la necesidad de contribuir a la explicación de los nexos entre los tentáculos del poder bajo una mirada feminista.
¿Por qué aparecen por aquí y por allá declaraciones que defienden a ultranza la división sexual del trabajo y la familia nuclear, el discurso esencialista y biologicista sobre la existencia de dos sexos y por tanto dos psicologías posibles, la crítica a la baja natalidad y el control de los úteros de las mujeres frente a cualquiera de sus reivindicaciones como el derecho al aborto y el acceso a medios anticonceptivos, la satanización de esas «zonas inhabitables» de la sociedad —como le llamaría la filósofa estadounidense Judith Butler— o los denominados cuerpos abyectos, no reconocidos y sancionados por existir fuera de los márgenes de la cisheteronormatividad…?
El capitalismo, para sobrevivir, tiene que salvar la cultura, el relato, en fin, las tradiciones sociales que le permiten reproducirse, y una organización normativa y patriarcal de la vida no le es indiferente, sino que contiene en sí misma la condición de posibilidad de la acumulación de capital.
Jamás deberíamos obviar que un sistema de relaciones económicas es más que eso, es un sistema de relaciones políticas y sociales. Sería suficiente con solo recordar algunos de los procesos que antecedieron al sistema de relaciones sociales que las revoluciones burguesas terminaron por perpetuar durante el siglo XVIII: la racionalización de la cultura europea a la que contribuyó la reforma protestante a partir del siglo XVI en medio del desplazamiento de poderes económicos y políticos, contribuyendo a una relación especial en torno al trabajo productivo; los cercamientos y expropiaciones a mujeres de la Europa Medieval (s. XIV y XVII); la exclusión de la mujer de las esferas de reflexión y producción de conocimientos; la extensión de una perspectiva antropocéntrica, eurocéntrica y androcéntrica del mundo durante la colonización y expropiación a otras tierras, evidenciando que el nuevo sistema que debía extenderse más allá de las fronteras nacionales solo era posible bajo una lógica de control de los cuerpos y la naturaleza.
La idea de una supremacía blanca, intelectual y burguesa de Occidente, esencialmente de Europa y posteriormente de Estados Unidos, contribuyó a una concepción holística de los cuerpos y su lugar dentro de las instituciones sociales adecuadas para sostener el sistema de relaciones capitalistas. El cuerpo también ha sido permanentemente un espacio disciplinado y colonizado.
La política sexual frente a la derecha cristiana conservadora
Las feministas socialistas han defendido la premisa de que las políticas de mercado alcanzan respaldo en la política sexual del patriarcado y una retaguardia en las zonas des-mercantilizadas de la vida —la familia, la maternidad, la paternidad, las redes de afecto en el hogar—. Para ello, el capitalismo debe continuar haciendo valer la bivalencia público-privado que en el seno de la política liberal es homologable a la dicotomía político-social, así como la bivalencia política-economía, originando entre ambas la familiarización y naturalización dentro de las funciones de la mujer, de un tipo de trabajo no asalariado, pero esencial en la producción de plusvalía: el trabajo de cuidados.
Unas han nombrado este sistema como capitalismo patriarcal, o capitalismo cisheteropatriarcal para hacer mucho más evidente el aparato ideológico interesado en el control de los deseos y las identidades del ser humano.
Ahora… ¿Cómo hablar de la política sexual sin que parezca reiterado en el contexto de la llegada a la Casa Blanca de la administración Trump?
La noción de política sexual es conflictiva en el extenso debate que se ha producido entre feministas radicales y feministas socialistas. En mi criterio, es un margen que se produce muchas veces, porque evidencia la preferencia por unos temas en particular dentro de los análisis de un grupo y otro.
La noción de política sexual es conflictiva en el extenso debate que se ha producido entre feministas radicales y feministas socialistas.
Para Kate Millet, feminista radical estadounidense, el sexo es una categoría impregnada de política y la norma sexual se reproduce por un sistema de violencia simbólica. A partir de esta tesis, defendió desde los años 70 su teoría sobre el Patriarcado, y llamó la atención sobre la necesidad de concebir una teoría política que estudiase «las relaciones de poder… en función del contacto y de la interacción personal que surgen entre los miembros de determinados grupos…: las razas, las castas, las clases y los sexos» (Millet, 1970)[i].
La política sexual como una categoría clave para comprender la lógica disciplinadora y productora de discursos del poder en estos tiempos, remite a aquellas acciones encaminadas a racionalizar el dominio de los valores masculinos sobre los femeninos y la necesaria representación de otredad de la mujer, la condición de marginalidad de quienes difieren de las lógicas culturales básicas contenidas en esta dualidad y la necesaria distinción naturaleza-cultura, pragmatismo que intenta salvar y argumentar la ideología patriarcal misma[ii].
Esta derecha cristiana conservadora que en los Estados Unidos se hace más influyente, no por casualidad, a partir de los años 70s, orienta su discurso excluyente y machista por presión de la propia resistencia que determinados grupos y organizaciones del momento estaban oponiendo al establishment sexual. Las principales figuras de la nueva administración estadounidense constituyen un eslabón esencial de continuidad dentro de esta tendencia, y no debiera resultar en una novedad que en este discurso aparezcan más entronizados los fundamentos de la política sexual para una nueva era.
Ante la crisis del sistema capitalista actual —17 años ya de la recesión económica de 2008 y sus efectos políticos en todo el mundo—, será común la emergencia global de proyectos políticos conservadores y ultra liberales en detrimento del espacio cívico y participativo. El nacionalismo reaccionario antiinmigrante y la misoginia inseparable de estas tendencias evidencian, como ya referí, que ante la posibilidad de que la clase dominante pierda el consenso, debe depurar el terreno para evitarlo.
Ante la crisis del sistema capitalista actual, será común la emergencia global de proyectos políticos conservadores y ultra liberales en detrimento del espacio cívico y participativo.
La polarización y la incertidumbre de las clases trabajadoras, como resultado de la crisis de las organizaciones tradicionales de la izquierda y la derecha, puede seguir inclinando la balanza hacia figuras como Donald Trump o Javier Milei en todo el mundo; sin importar que se dupliquen la explotación del trabajo obrero y las prestaciones que se realizan en el medio doméstico.
Se habla de Gaza, Ucrania, de la política antiinmigrantes, la política arancelaria, como de los sexos, todo ello en el comprimido: «make America great again». No es simple apatía; evidencia con total claridad que el ADN del poder responde a una política de castas. Todo el micelio y el cómo se distribuyen los contrapesos concéntricos de la opresión en los hombros de cada cual, se manifiesta en las condiciones desiguales de partida de cada grupo expropiado, racializado y sexualizado.
Libertad y capital, una paradoja para los derechos de las mujeres y las disidencias sexuales
El concepto de libertad defendido por el sistema de relaciones capitalistas siempre ha encerrado una gran contradicción en materia de derechos sexuales, reproductivos y contraceptivos. Si bien el capitalismo inaugura un nuevo concepto de libertad que beneficia a las mujeres y los hombres con preferencias sexuales homoeróticas o con identidades diversas —revolucionario con respecto a su antecesor—, las disidencias de género no escalan al centro de relaciones políticas que las sostengan como sujetos de todos los derechos; siquiera lo logran luego de acontecimientos realmente importantes como la Segunda Guerra Mundial y la crisis del matrimonio como institución social rígida e inviolable.
Como parte del capitalismo cisheteropatriarcal, se pondera la condición de los cuerpos objetos de deseo que la noción de libertad liberal no logra disolver, a la vez que convive con la patologización y medicalización de las personas con identidades no normativas que se ha mantenido hasta la actualidad. También es conflictiva la centralidad de la familia nuclear, hegemónicamente comprendida desde el lugar cimero de los afectos heterosexuales, en tanto institución clave para la reproducción de la fuerza laboral, el control de los medios de reproducción de la vida por parte de los hombres —con mayor capacidad de ingresos dentro de la sociedad— y como espacio donde se invisibiliza el aporte de las faenas desarrolladas fundamentalmente por mujeres a la producción de plusvalía.
Hoy puedes llevar una vida al margen de lo cisheteronormativo aun cuando la ética, la moral y la ideología dualista hombre-mujer (masculino vs femenino) son el centro del establishment sexual, pero esto no implica una garantía de seguridad para todos los sujetos. Ante cualquier contexto de crisis, los derechos de las disidencias y las mujeres serán de los primeros en ser vulnerados.
En la estructura piramidal que se establece entre las relaciones patriarcales y capitalistas, aquellos sujetos con mayores garantías de estabilidad física y emocional, son esencialmente hombres blancos con determinado poder adquisitivo que han podido acumular bienes materiales y garantías espirituales. Tan sencillo como que Scott Bessent, elegido como Secretario del Tesoro y quinto lugar en la línea sucesoria presidencial, es abiertamente gay y junto a su pareja se encarga de paternar dos hijos por gestación subrogada, pero un lugar al que este sujeto pudo llegar según sus declaraciones a un medio de prensa de la Universidad de Yale, porque «en determinado nivel económico, ser homosexual no es un problema». De esta forma, si tu fortuna se ubica en los mil millones de dólares o algo parecido —tal como especulan algunas revistas financieras sobre los bienes de Bessent—, no estarás en iguales condiciones de desventaja que otras personas, frente a la política sexual.
En la estructura piramidal que se establece entre las relaciones patriarcales y capitalistas, aquellos sujetos con mayores garantías de estabilidad física y emocional, son esencialmente hombres blancos.
En otra arista, la bivalencia público-privado será siempre un factor de riesgo en el pensamiento liberal a la hora de hacer valer otras condiciones de los sujetos víctimas de opresión. Las relaciones políticas entre los cuerpos sexuados no son entendidas como relaciones de poder-dominio, y cierra por tanto la posibilidad de denunciar con mayor integridad e incidiendo en sus causas: la violencia, la discriminación, el acoso, la desigualdad social.
Este nudo de la política sexual patriarcal no asume la correlación proactiva que debe existir en el triángulo familia, comunidad y Estado, al encerrar la primera en el feudo de lo privado, y por medio del sentido común de la segunda, —con su moral clasista, sexo-genérico— individualizar las responsabilidades en torno a los problemas sociales con relación a la familia. Se corta el paso a la implementación de políticas públicas representativas de las necesidades de todas las personas mientras se enarbola una visión de los derechos excluyentes. Bueno, qué es el Estado sino la consumación de la conciencia de quienes lideran la correlación de fuerzas que se da en el tejido social.
Por otra parte, la distinción de roles con apego a la sexualización de los cuerpos, hace vulnerable a las mujeres en mayor proporción que a los hombres. Sus funciones laborales en el hogar aparecen desvalorizadas y el aporte de sus prestaciones públicas es minimizado aun entre dobles y triples jornadas laborales. Muchas tienen que contratarse y ocupar puestos en los servicios o esferas productivas menos regulares e informales, para continuar siendo eficientes en sus funciones «tradicionales».
La distinción de roles con apego a la sexualización de los cuerpos, hace vulnerable a las mujeres en mayor proporción que a los hombres.
La política sexual niega que el trabajo reproductivo en las condiciones actuales sea un momento esencial para la producción capitalista; a propósito de un sistema que no coloca en el centro las dependencias del trabajo de cuidados sino el mercado.
La desprotección de la que son víctimas las mujeres y disidencias, se produce porque un considerable número de prestaciones sociales básicas —lavar, cocinar, planchar, cuidar enfermos— son naturalizadas en ellas pese al papel que cumplen en el ciclo económico que sostiene la vida, y porque un conjunto de problemas sociales que se originan de la negación de los derechos de ambos grupos, no son entendidos como políticos en la construcción de las leyes y las políticas, sino como personales, individuales, privados….
Escenario para la resistencia
Interpretando a la filósofa estadounidense Judith Butler, la matriz excluyente que forma y define los sujetos dentro de un sistema requiere pues la producción simultánea de una esfera de seres abyectos, o los no sujetos, pero que forman el exterior constitutivo del campo de los sujetos. De aquí surgen los deseos legítimos y no legítimos, las agencias hegemónicas y contrahegemónicas de unos grupos y otros…La sociedad se mueve, al fin y al cabo, en sus tendencias y contra tendencias.
Resulta representativo el modo en que el deseo de libertad es demandado por unos y otros. Dentro de la ideología capitalista, la libertad o la liberación, muy difícilmente puede ser defendida como un proyecto para todos, aunque es presentado como su mayor dádiva. Dentro del Patriarcado es indiscutiblemente limitado y excluyente.
Los grupos que han acumulado una resistencia considerable a las relaciones de poder, necesariamente lo presentan como un grito y un proyecto humanista, dignificador, sobre todas las cosas colectivo. Nadie habla en su propia voz sino en la de muchos, y esto necesariamente comienza por el acto de nombrar los no sujetos, traerlos al centro de las relaciones políticas. Un ejemplo perfecto aparece representado en la figura de Mariann Edgar Budde, la obispa episcopal que incomodó a Trump al pedir clemencia por migrantes y personas LGTBIQ dentro de su propio liderazgo cristiano, quien no presentó una lectura exclusivista de los mismos valores cristianos bajo los cuales el presidente electo prometió elevar mesiánicamente la nación a las estrellas. El sentido común que busca inocular la correlación de poderes en el escenario mundial, es inseparable del sentimiento de indiferencia e individualidad…
La mirada mística y apocalíptica del mundo ha aumentado en los últimos meses, y lo que pudiera ser un fenómeno risible y desprovisto de sustancia para el análisis sociológico y no confesional de la academia, es una clara demostración del resentimiento de la humanidad como parte de la vorágine de los cambios civilizatorios, la acumulación desproporcionada de capital y poder, unido al constante ciclo de adaptabilidad y construcción de nuevos mecanismos de dominación dentro de un contexto de crisis de referentes y paradigmas.
Como alternativa, si lo que percibimos es una amenaza a lo que las luchas sociales han buscado revertir con relación al sentido común de la opresión capitalista, racista y cisheteropatriarcal, a la misoginia y la alienación fundante del actual orden, la agencia emancipatoria tendrá que responder con una alianza entre las fuerzas que defienden la dignidad del ser humano y posicionar la idea de un sujeto colectivo crítico, agente de la liberación individual y colectiva, no abstracto ni revestido de otra vocación universalizante, consciente de que la libertad solo es posible cuando se defiende como un proyecto colectivo.
[i] En su libro Sexual Politics.
[ii] Por la que se definen los límites de lo natural y antinatural al nivel de la sociedad y la individualidad en relación con principios biologicistas que funcionan como fuente de legitimación.


Por lo menos paró la castración de niños y mutilación de niñas en nombre de las pseudo «afirmaciones» de género.
Estoy de acuerdo con tus conclusiones Laura. Creo, al igual que tú, que sin una alianza entre los grupos que defienden la emancipación en sus diversas variantes no es posible liberación alguna. Se trata necesariamente de un proyecto colectivo, en el cual el actual frente reaccionario internacional dificilmente juegue algún rol constructivo.
También coincido en la necesidad de continuar defendiendo los derechos de grupos preteridos en el pasado y en el presente, lo cual es consustancial a cualquier proyecto emancipatorio. Del mismo modo, estoy de acuerdo con la afirmación de que la noción de libertad dentro de la ideología capitalista es una necesariamente excluyente.
Sin embargo, precisamente por estas, y otras, razones, creo que la mayor crítica en todo este asunto debe recaer sobre las fuerzas izquierda, y progresistas en general. Tu reflexión hace alusión a esto, pero creo que debe hacerse de modo más explícito y singularizado. En mi opinión, la responsabilidad de la extrema fragmentación de grupos en términos de identidad, en lugar de su afinidad de clase, recae sobre las fuerzas progresistas. Estas fuerzas, que siempre han sido necesariamente una coalición de disímiles idearios, aceptaron las premisas neoliberales, aderezadas con tintes postmodernos, y hoy, décadas más tarde, vemos el resultado. El mal, parafraseando la frase atribuida a Edmund Burke, solo triunfa cuando el bien no hace nada.
Los hechos han demostrado que esta lógica identitaria puede ser seguida por cualquiera, sin que esto tenga necesariamente una razón emancipatoria. De hecho, la identidad blanca, racista y heteronormativa es una de las más viejas y fundacionales dentro del contexto occidental. Pero es que dentro de dicha identidad se pueden seguir extrayendo micro-identidades, con su set particular de derechos, ad infinitum. Por ejemplo, hoy, una buena parte de las clases pobres de raza blanca en Estados Unidos, Reino Unido y Europa continental, se ha ido con el frente reaccionario siguiendo esta lógica identitaria, incluso a desdén de sus propios intereses. Y es aquí donde la izquierda debe reflexionar y mirar las cosas con todo el tono autocrítico que la gravedad de la ocasión demanda.
Lo cierto es que dentro de los miembros blancos movimiento obrero, particularmente de filiación izquierdista e incluso socialista, siempre hubo racistas y machistas, que sin embargo también son parte de las clases preterídas y deben ser parte de este frente amplio, pues también merecen justicia. En particular en los Estados Unidos, una buena parte de la población de afronorteamericana y de origen latino, en su mayoría también de clase obrera, se suscribe a tradiciones culturales conservadoras, todo esto dentro del ambiente individualista del capitalismo. Pero sería un sinsentido excluirlos. Sin embargo, mientras estos grupos clamaban justicia, lo único que ofrecía la izquierda, o los que tomaban el micrófono a nombre de la misma, eran lecciones moralistas sobre como pronunciar pronombres.
Pero es que incluso dentro de la tradición feminista radical en occidente hay serias e influyentes vertientes clasistas, misándricas y racistas. Figuras absolutamente fundacionales de esta tradición, y con mérito reconocido y merecido, como Susan B Anthony, Elizabeth C Staton, Rebecca Ann Felton, Charlotte Perkins y Gilman Beatrice Webb, por citar sólo algunos ejemplos, son también reconocidas por sus diatribas racistas y misándricas (contra el hombre negro). Dichas diatribas representan elemento inseparable de las premisas originales de este movimiento, premisas que han sido transmitidas y asimiladas acríticamente por posteriores olas feministas. Esto incluye, perturbadoramente, al feminismo negro de bell hooks y Kimberlé Crenshaw, así como a su noción de interseccionalidad. Sin embargo, quién las puede excluir de la lucha por la justicia? El punto es que la identidad, vista en su variante culturalista, idea favorecida además por un sector importante de la izquierda, particularmente los movimientos feministas y antirracistas, si bien importante en algunos casos, no es un punto de partida sólido en ningún proyecto colectivo. Algo similar se podría mencionar de los movimientos LGBTQ+, donde identidad no necesariamente correlata con emancipación.
Nada de esto ha hecho ningún favor a la idea de la liberación, y sin embargo hay quienes se han servido y beneficiado de esta distorsión. Estas son complejidades que la izquierda debe asumir con responsabilidad histórica y claridad conceptual: los de abajo (the underdog) no tienen que ser necesariamente un sujeto emancipado. Líderes preogresistas como el asesinado Fred Hampton (con su Rainbow coalition) entendieron muy bien estas cosas. Hay nociones mucho más abarcadoras, más allá de la identidad. La tarea de incluir a los de abajo en la justicia, codo a codo con aquellos con los que comparte opresión, a pesar de no necesariamente entenderlos, está en manos de la izquierda. Y esta última ha fracasado estruendosamente en el particular, sobre todo en las últimas cinco décadas.
Todo esto, dicho sea de paso, es muy relevante para países de periferia, como el nuestro, dónde la mayor parte de las veces estas lógicas se absorben y reproducen de modo absolutamente acrítico, lo cual implica importar asuntos y contradicciones que refuerzan nuestras propios desafíos locales. En Cuba, esto sucede.
Corrección: Penúltimo párrafo, primera oración: en lugar de «Nada de esto ha hecho ningún favor..» debería decir «Nada de esto ha hecho algún favor…»
Antepenúltimo párrafo, segunda oración: en lugar de «Charlotte Perkins y Gilman Beatrice Webb» debería decir «Charlotte Perkins Gilman y Beatrice Webb». La «y» fue colocada accidentalmente en el sitio incorrecto.
Disculpas por estas erratas, y por las que puedan aparecer, siempre resultado de la premura.