Nostalgia de las matazones

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Aclaro que por «matazones» me refiero a los estupendos molotes que se formaban para casi cualquier tanda, en casi cualquier cine, durante pasadas —y ojalá que no irrepetibles— ediciones del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Uno llega a extrañar incluso la incertidumbre, las puertas rotas, la policía organizando el acceso (como lo narra el humorista Omar Franco en un clásico monólogo escrito por el cineasta Arturo Sotto), la sensación de haberse ganado el Paraíso cuando por fin accedías a la sala oscura… Después la película podía ser una mierda, pero el ritual había valido la pena.

El problema del Festival que recién termina no se reduce a la frustración generada por los apagones, aunque aquella no sea precisamente nimia. Desde mi punto de vista, hay una relajación generalizada en todo el mecanismo. Llegabas a un cine poco antes de la primera tanda, sobre todo en los últimos días, y aún la programación no estaba disponible, ni los propios trabajadores del cine tenían idea, hasta bien avanzada la mañana, de qué iban a presentar. Las funciones nocturnas desaparecieron, el evento se encogió para limitarse a la calle 23.

Y hablando de 23, el concepto mismo de cerrar el tramo frente al ICAIC e instalar una pantalla donde se proyectaban películas, una tarima donde se presentaban artistas, un puñado de kioscos con ofertas gastronómicas normalitas y un par de cabinas para aliviar urgencias fisiológicas (justo al lado de una hermosa galería de Arte que, se rumora, vive sus últimos días), es cuanto menos discutible, y más se aviene con unos carnavales que con un evento como el FINCL. Bueno, si todavía hubiese funcionado, uno se resignaría al pan-y-circo, pero es que encima no lo hizo: rara fue la presentación cinematográfica en que vi a más de cinco personas frente a dicha pantalla. O a cualquier otra. Quise comprar un sándwich en uno de los kioscos hasta que descubrí que se reducía a dos pedazos de pan con dos lascas de jamonada de tres átomos de grosor adentro. Y ya. Llamar sándwich a eso es como considerar exitoso este 45 Festival.

La muestra cubana fue notablemente magra y, de acuerdo con la lista de trabajos publicada con anterioridad por la Asociación de Cineastas, no porque la producción del año hubiera sido escasa. También hubo exclusiones inaceptables, evasivas y censura. En fin. Aprender de los errores tendría que ser una asignatura obligatoria en la enseñanza media.

Pasemos a las películas. Es imposible, en un evento de tamaña envergadura, abarcar siquiera una tercera parte del material presentado, pero puedo recomendar algunos títulos, en competencia o no, premiados o no.

Lo que quisimos ser (Alejandro Agresti, 2023): Los trabajos de este director argentino constituían una presencia regular en el Festival. Más de uno recordará títulos como Buenos Aires viceversa (1997), Una noche con Sabrina Love (2000) y la muy hermosa Valentín (2002); él mismo se desempeñó como profesor en la EICTV de San Antonio de los Baños. Después de varios años sin filmar, regresa con esta obra minimalista, centrada en dos actores y casi siempre en interiores. A la salida de una función de cine clásico (His girl Friday [1940] de Howard Hawks) en una sala vacía excepto por ellos, un hombre y una mujer de mediana edad se detienen a fumar, conversan, van a un café, deciden no contarse sus vidas e inventarse sendas biografías basadas, precisamente, en lo que quisieron ser y no fueron: astronauta él, escritora ella. El punto de partida recuerda Une liaison pornographique (1999) de Frédéric Fonteyne, en que Sergi López y Nathalie Baye asumen un acuerdo parecido, pero a diferencia de aquéllos los personajes de Agresti no se besan, no se tocan siquiera más allá de una ocasional mano en el hombro. El amor se centra en el misterio que, muy a su pesar, va cediendo ante la invasión de la realidad cruda. Una película sencilla, imperfecta, de madurez, con unos idóneos Luis Rubio y Eleonora Wexler.

El jockey (Luis Ortega, 2024): Esta película argentina se alzó con varios premios en el 45 FINCL, como había hecho ya en otros certámenes. Nos cuenta las peripecias de Remo Manfredini y Abril (interpretados por Nahuel Pérez Biscayart y la española Úrsula Corberó) en el mundo de las carreras de caballos, los purasangres y la mafia concomitante. Pero, en realidad, nos hablan de identidad, de autorreconocimiento, de libertad. Me recordó, estilísticamente, el universo de Wes Anderson, con ese humor metafísico, esa sensación que equivale a las caídas sin fin que padecemos en sueños. Una película rara, como Dios manda.

La cocina (Alonso Ruizpalacios, 2024): La otra gran ganadora en La Habana. Un par de conocidos me la recomendaron, de modo que la vi con las consecuentes expectativas… y no salí defraudado. Es una obra conducida con tal maestría que, si percibí algo que me pareció un error —por ejemplo, que la chica que desde el principio nos venden como protagonista se diluye en la trama— inmediatamente asumí que el problema era mío y no de la película (algo que un crítico cinematográfico nunca admitiría, pero yo no soy un crítico cinematográfico).

La incertidumbre ante el destino personal, las relaciones con ambos sexos y múltiples nacionalidades, el racismo, el machismo, la poesía… todos están ahí, todos están donde deben estar en este reparto coral donde destacan Raúl Briones como Pedro, Eduardo Olmos como Luis y la enigmática Rooney Mara como Julia (aunque tal vez la manera en que los demás ven y describen su personaje no se avenga del todo con las características de la actriz). Sin embargo, lo que más me impresionó fue una serie de planos secuencia que rozan lo imposible, que se extienden en el espacio y el tiempo y te dejan pasmado por la precisión e imaginando los minuciosos ensayos tras las coreografías. El uso del blanco y negro, roto solo en un par de momentos justificadísimos, acentúa la precariedad del contrato social, lo frágil de la paz que a cada segundo está a punto de romperse, nos recuerda lo ilusorio de los colores con que nos pintan el mundo.

Pepe (Nelson Carlo de los Santos, 2024): Probablemente el artefacto más extraño en todo el Festival. Para empezar, buena parte de la historia la cuenta en off un… hipopótamo. Un paquidermo que, encima, está aprendiendo a hablar, y lo demuestra con vocalizaciones no tan humanas como bestiales. Confieso que a los 20 minutos consideré seriamente largarme del cine, teniendo en cuenta que hay otros temas y fenómenos en el mundo que me interesan más que los recuerdos de un artiodáctilo con sobrepeso. No me fui, y me alegro. Resulta que la historia va de los animales que Pablo Escobar importó para su finca-imperio a comienzos de los 80, y que luego fueron dejados a su aire, con serias consecuencias para el ecosistema y para los nervios de los pescadores locales que de pronto veían emerger del río una bestia desconocida de tres toneladas. Narrada a guisa de collage (es evidente que el hipopótamo no podía presenciar escenas domésticas o en contexto militar, así que el director optó por hacer patente la diversidad de voces y formatos), termina demostrando que las peores bestias somos nosotros, cuando el Ejército es llamado para eliminar a tiros a varios descendientes de los primeros animales secuestrados en África…

Aquí me detengo. Hubo otras películas interesantes (El ladrón de perros [Vinko Tomicic, 2024], Simón de la montaña [Federico Luis Tachella, 2024], Lluvia [Rodrigo García Saiz, 2023] etcétera), pero nunca se puede ver todo, y es sabido que pasado el Festival no es tan fácil agenciarse películas latinoamericanas como el último blockbuster de Marvel. Esperemos que para el 2025 el Festival tenga más organización y menos carnaval. A estas alturas, es uno de los pocos eventos culturales con que la gente aún se identifica, sobre todo cuando hay estrenos de películas cubanas.

Ah, aquellas credenciales falsificadas por un socio… aquel faltar al trabajo o a las clases para ir al cine…

Those were the days, my friend.

6 COMENTARIOS

  1. suspiros de un nostalgico por las moloteras y los tumultos creados por un sistema que probadamente no sirve para nada bueno.
    increible como ciertos seres humanos añoran con nostalgia enferma los sucesos que le hicieron sufrir.
    si el autor fuese judio de 1940 posiblemente estaria deseando volver a los campos de concentracion.
    hay enfermedades mentales que son incurables, e imposibles de entender.
    digno representante.

  2. …pues «las matazones» para mi, aunque otros las vean de una manera diferente, eran el reflejo de un festival vivo y palpitante, hacían evidente la existencia de un público interesado en historias y realidades diferentes. También extraño ése tiempo, espero que se vaya retomando el camino por la salud de un festival que no podemos darnos el lujo de perder, no obstante, carencias y dificultades objetivas algunas (muchas) y subjetivas (muchas también) otras. Gracias por compartir su punto de vista profesor.

  3. Muy buena la reseña. Seguro que no es casualidad que, al menos en mi caso, sea la primera vez que vemos a alguien mencionar lo que cualquiera que haya querido ver películas del Festival sabe muy bien: Conocer la programación era frecuentemente tarea imposible. Las películas de las 10:00 am, especialmente hacia el final del Festival, eran anunciadas después de las 10:00am. Por qué nadie mencionó esas y otras carencias específicas en su encuentro con la máxima dirección del gobierno publicado en YouTube? Tal vez x la misma razón que tampoco se dicen otras muchas cosas.
    Desde La Habana, aquellos tiempos en que entrar para ver algunas películas podía convertirse en una suerte de batalla campal se recuerdan y extrañan de maneras muy saludables. Desgraciadamente hay muchos que desde dentro y fuera de Cuba (y desde dentro y fuera de ambos gobiernos) insisten en vulgarizar la cultura cubana a toda costa.
    Aunque sé que es difícil que desistan, vale la pena recordarles que es inútil. Aunque La Habana ahora se sienta, en más de un sentido, vacía.

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Eduardo Del LLano
Eduardo Del LLano
Escritor, guionista y director de cine cubano

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