|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Mickey 17 (Bong Joon-ho, 2025) no ha causado, ni muchísimo menos, el impacto de la película anterior del realizador coreano, Parásitos (Gisaengchung, 2019), que arrasara en los Oscars de ese año. Como era de prever, las expectativas en torno a su nueva pieza eran altísimas, pero con todo y contar también con dosis de terror, humor negro y crítica social, aquella no ha logrado convencer a la mayoría de los críticos, y menos al público. La opinión generalizada es que no rebasa lo superficial y va empeorando según avanza.
Bueno, pues a mí me encantó. No diré que supera a Parásitos, no es para tanto, pero sí que emplea un tono y saca a la palestra algunas ideas que entroncan con las corrientes de pensamiento que la ciencia ficción literaria lleva más de un siglo desarrollando.
Mickey Barnes es un individuo modélicamente anodino que debe escapar de la Tierra por deudas, y para ello no se le ocurre nada mejor que ofrecerse para una plaza de prescindible en una expedición colonizadora a otro planeta. En este contexto, prescindible significa convertirse en carne de cañón, en ser designado para misiones suicidas con el consuelo de que la información de tu Yo está guardada en un disco duro, así que pueden reimprimirte una y otra vez: mueres y vuelves a vivir (no a nacer, claro, sino que retornas al punto en que lo dejaste, como una película o una canción en tu ordenador) y ya estás listo para la inmolación que sigue.
Pero los Mickeys no son exactamente iguales, lo que resulta palmario cuando el 17 no fallece en unas circunstancias en que se esperaba dicho desenlace, y he aquí que de pronto coexiste con el recién impreso 18 (lo que, por cierto, me recordó Moon [Duncan Jones, 2009] con un Sam Rockwell múltiple abocado a parecida crisis de identidad): si el 17 es sumiso y no demasiado brillante, el que le sigue es duro y enérgico. Ambos, por otra parte, tienen otra cosa en común más allá de la información almacenada: no quieren morir. Ahora bien, Marshall, el jefe de la misión (interpretado por Marx Ruffalo) no es un tipo que se caracterice por escuchar a los demás, y sí en cambio por un ego inflado y una vomitiva arrogancia. Marshall exige matar a uno, y matar también a los creepers, una forma de vida nativa que, según 17, es inteligente…
Bueno, no voy a seguir contando. Mickey 17 me reconcilió con Robert Pattinson, un tipo que hasta ahora yo veía como un galancillo del montón. Su actuación, junto a la de Ruffalo, es sólida y convincente: basta mirar al decimoséptimo Pattinson para diferenciarlo del decimoctavo, y leer la gestualidad del Marshall de Ruffalo para equipararlo a cierto presidente norteamericano desgraciadamente activo. Las actuaciones femeninas son todas estupendas: Toni Collette como la retorcida esposa del máximo líder, la británica Naomi Ackie como Nasha, la sensual novia de 17 —y, llegado el momento, también de 18—, la rumano-francesa Anamaria Vartolomei (a quien vimos hace poco en Le Comte de Monte-Cristo [Matthieu Delaporte, Alexandre de La Patellière, 2024] como Kai, la agente de Seguridad) …
Otro aspecto notable de la más reciente pieza del coreano es la puesta en escena, la grandiosidad de los escenarios, que me recordaron simultáneamente la Dune de Villeneuve (2021, 2024) y la paisajística oriental, algo en la cuerda del japonés Hokusai. Igualmente, me sedujo el humor negro que impregna esta reflexión sobre la individualidad y la muerte, esta sátira agridulce sobre el capitalismo expandido a escala cósmica y la necesidad de enfrentarlo.
Con The gorge (Scott Derrickson, 2025) y pese a la participación de Miles Teller, Anya Taylor-Joy y la veterana Sigourney Weaver, me sucede, en cambio, lo que la gente le achaca a Mickey 17: empieza bien, pero luego se hace tan hollywoodense que repugna.
La premisa es sumamente atractiva: en un país que nunca se define existe un misterioso desfiladero en cuyo fondo se esconde algo innombrable, y dos francotiradores (él, Levi, norteamericano; ella, Drasa, lituana, en la órbita rusa) son enviados a ambos lados del abismo para vigilar que nada entre y, sobre todo, que nada salga. No son los primeros, pues relevan a sus respectivos predecesores, que al parecer vuelven a su vida normal una vez terminado su año de servicio. Al parecer, dije. Durante ese tiempo, los vigilantes no pueden tener contacto con el mundo… No sé a ustedes, pero a mí esa situación se me hace interesantísima como punto de partida.
Al cabo de un tiempo, empiezan a comunicarse de un lado a otro, y llega un momento en que necesitan la proximidad física, vencer el abismo que los separa. Los abismos, de hecho. Y lo consiguen. Hasta ahí, todo iba bien. Sin embargo, pasado ese punto se estropea una magnífica oportunidad de desarrollar una metáfora de la incomunicación, se desdeña la magia y se cae en la habitual narrativa de acción y tiroteos con ridículo (e improbable) final feliz incluido. Si en Mickey 17 los creepers resultan ser buenos y tener comportamientos humanos pese a su condición alienígena, aquí los monstruos son malos y quieren acabar con la feliz pareja, que consigue escapar, pese a que nadie antes supo cómo hacerlo, intactos y apenas radiactivos.
Siempre es un placer ver a la Taylor-Joy en acción, y a la Weaver aunque no es mucho lo que hace aquí. La puesta en escena es espléndida… antes del descenso al abismo. Aunque haya enigmas, se pierde el misterio.
The electric state (Anthony Russo, Joe Russo, 2025) es todavía peor. Desde luego, disponía de buenas cartas, como la presencia de Millie Bobby Brown y Chris Pratt, una exitosa novela gráfica desde la cual levantar la arboladura cinematográfica, y dos directores duchos en facturar, eh, productos Marvel. Por si fuera poco, contaba con 320 millones de dólares.
El punto de partida, aunque trillado, tenía lo suyo: en una realidad alternativa, los robots más o menos antropomorfos están presentes en la vida doméstica desde mediados del siglo XX. Llegados a un punto (comienzos de los noventa) se rebelan para obtener sus derechos. Pierden. Los sobrevivientes (término interesante, aplicado a la inteligencia artificial) son confinados en campos de concentración. Una chica (MBB) descubre de pronto que su hermano menor, a quien tenía por víctima de la guerra, puede estar vivo todavía, y sale a buscarlo… Vale, no es exactamente Dante Alighieri o Cervantes, pero se diría que bastaba para sacar algo en limpio.
La película se abarata (otro término curioso en este contexto) cuando empieza a moverse en un indefinido territorio a medias entre el Disney más ramplón y una pretendida hondura filosófica. La Brown empieza a repetirse peligrosamente, y el desempeño de Pratt es, en esencia, intercambiable por el de casi cualquiera de sus películas anteriores. Hay, además, algunos tirones argumentales. Sí, los millones invertidos se notan en los CGI, en el minucioso diseño de los robots individuales y los diferentes escenarios, vistosos donde los haya, pero, aunque puedas vestir a Marco Rubio con atuendo de monje benedictino, no conseguirás sino un monje poco convincente.
Está visto que, por más que Isaac Asimov nos halara insistentemente las orejas, no aprendemos con la IA. Herramienta utilísima, qué duda cabe, pero que se nos puede ir de las manos. Y aunque otras voces siguen alertando al respecto, pareciera que no nos importa.
Habría que ver entonces quiénes son los monstruos.


Oiga profe, muchas gracias otra vez por compartir sus apreciaciones y marcar una ruta para el análisis o el acercamiento a éstas películas. Respecto a la IA. Aún no se han explotado todos sus recursos, creo yo, y ya me tiene saturada por el uso tonto pá cualquier cosa.