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Cuando dejemos de centrarnos en la posición simplista de «los hombres son el enemigo» nos vemos obligadas a analizar los sistemas de dominación y nuestro papel en su mantenimiento y perpetuación.
bell hooks
Desde edades tempranas escuchamos frases como: ¡los hombres no lloran! o ¡A las niñas se les da besitos y regalan flores! Estas no son más que expresiones integrantes de un bombardeo ideológico inscrito en los patrones de la cultura machista/patriarcal que se reproduce y naturaliza con el paso del tiempo.
Varios de los denominados estudios de género que parten desde los feminismos resaltan la importancia de complejizar el análisis en torno a las masculinidades nacidas de los valores centrados en el hombre heterosexual y con masculinidad hegemónica que impuso sobre el imaginario social la modernidad capitalista. Sin embargo, resulta casi imposible escapar —sin hacer abstracción— de esa racionalidad globalizada que permea gran parte de las relaciones humanas.
Las ideas permanecen incrustadas en el inconsciente colectivo, dada su infinita reiteración desde las primeras etapas de la vida. Los mandatos de género que impuso al mundo periférico la colonización europea para facilitar sus labores de producción extractivas, enajenaron la libertad de los seres sometidos a la servidumbre explotadora, mediante la división sexo-racial del trabajo. Además, destruyeron las formas existentes de sociabilidad, creencias religiosas y costumbres ancestrales, expropiadas junto a la posibilidad de realización afectiva, material y espiritual de las poblaciones sometidas. Todo ello, con la misma intensidad con la que se desplazaban hacia las urbes metropolitanas, los recursos naturales de las tierras saqueadas.
A pesar del fin de la esclavitud, aún perduran los efectos del racismo, el sistema moderno/colonial de género y la dominación patriarcal como resultado de la acumulación desigual de riquezas. Dada la solidificación de estructuras socioeconómicas favorables a las masculinidades, las lógicas de diferenciación respaldan en el imaginario ideológico la homo/transfobia asociada a la otrificación de las sexualidades e identidades fuera de la norma, junto a prejuicios y otras prácticas discriminatorias, alejadas de los modos de interacción existentes en las culturas de pueblos originarios de África y América Latina (Abya Yala)[1].
En tal sentido, el presente texto ofrece un acercamiento contrario a las lógicas del separatismo de género como trampa insustancial de liberación en el movimiento feminista. Asume un posicionamiento crítico ante las corrientes que proyectan un discurso que redunda en la misandria, el esencialismo (neo)liberal y el énfasis en los estudios interseccionales e identitarios sin análisis de clase. Por tanto, adoptar una postura crítica contra la expansión de estas corrientes es imprescindible para las causas de emancipación, puesto que dificultan la posibilidad de construir alternativas sistémicas dirigidas a derribar el andamiaje poscolonial de las sociedades contemporáneas.
Por una masculinidad anticapitalista, antirracista y descolonial
Especialistas en estudios feministas y de género, acuñaron el término heterosexualización forzada al conjunto de ideas, comportamientos y preceptos incentivados tanto por la sociedad como por los aparatos ideológicos del Estado, que asumen dicha orientación como natural o innata en la especie humana. El hecho, además de significar una forma de violencia simbólica, contribuye a la represión de la libre sexualidad en las personas.
De tal modo, el agravio a la satisfacción del placer queda inscrito en los mecanismos tradicionales de coerción para perfeccionar los instrumentos de control y facilitar intereses de dominación desde las esferas de poder. Sobre ello, reflexionó la teórica descolonial e intelectual dominicana afrofeminista Ochy Curiel en su clásica obra La nación heterosexual:
La nación se ampara, precisamente, en instituciones como la familia, la maternidad, la pareja heterosexual, el derecho masculino y patriarcal, la representación de los hombres con privilegios sobre el resto de la nación, el patrimonio y la filiación. Los mismos conceptos universalizantes de mujer y hombre, siempre dependientes uno del otro, definidos desde la producción y la reproducción, necesitan el patriarcado heterosexual para sostenerse. Haber planteado algo diferente hubiese significado una ruptura fundamental con el modelo del Estado nacional, lo cual hubiera podido significar la no inclusión en su proyecto.
Acorde a tales normativas, las masculinidades resultan coartadas por los valores patriarcales de la reproducción, el sustento material y la visión estereotipada deshumanizante que los coloca como «sexo fuerte» en su condición biológica. Desde esa perspectiva, se omiten las numerosas expresiones que puedan existir en el despliegue de su sexualidad y relaciones sociales, que van más allá de los criterios disciplinantes de la corporeidad masculina.
De ahí que contribuir a la deconstrucción de patrones anti-masculinos en el seno del movimiento feminista, sea una de las premisas axiomáticas fundamentales a la hora de plantearse con seriedad la batalla por la completa emancipación. La propuesta exige ante todo el desmantelamiento de la estructura que construye relaciones jerárquicas de poder, como elemento que también sustenta el racismo y otras formas de discriminación. Por ende, debe considerarse que el régimen globalizado establece políticas de diferenciación basadas en la reproducción de asimetrías económicas.
Es importante resaltar que portar determinado genital asociado a la identidad de la mujer, no implica per se la existencia de subalternidad. En ello inciden otros factores estructurales como la «raza», la clase social, la situación geográfica o el origen étnico-cultural. En numerosas comunidades la población masculina padece las consecuencias de la marginación social, la pobreza económica, la racialización y la violencia institucionalizada. En tal sentido, resulta útil destacar que debido a las propias lógicas patriarcales, los hombres tienen menor esperanza de vida al nacer, ya que presentan mayores índices de muertes por accidentes de trabajo, disputas en regímenes penitenciarios y decesos en conflagraciones bélicas, entre otras situaciones de violencia extrema.
En numerosas comunidades la población masculina padece las consecuencias de la marginación social, la pobreza económica, la racialización y la violencia institucionalizada.
Un estudio de la ONU publicado en 2014 demuestra que el 80 % de las víctimas por homicidios en el mundo y el 95 % de los agresores son hombres. Sin embargo, aunque la tasa general se sitúa en 6.2 por cada 100 mil habitantes, la situación en América Central y el sur de África es mayormente complicada al colocarse esa cifra cuatro veces por encima del registro internacional, lo cual devela cómo componentes geopolíticos pueden incidir directamente en el fenómeno.
El informe sostiene además que: «a nivel mundial, la tasa de homicidios masculinos es casi cuatro veces mayor que la de mujeres (9.7 frente a 2.7 por 100 000 [habitantes]) y la más alta en las Américas (29.3 por 100 000 hombres), donde es casi siete veces mayor que en Asia, Europa y Oceanía (todos por debajo del 4.5 por cada 100 000 hombres)».
Una actualización de esos datos realizada por las propias Naciones Unidas en 2023 asevera que solo en 2021 se registraron 458 mil homicidios en todo el mundo, lo cual representa la existencia de 52 muertes violentas cada hora y casi una por minuto. Mientras la tasa mundial de homicidios en igual año fue de 5.8 por cada 100 mil habitantes, el 81 % de víctimas fatales resultaron ser hombres. En ese indicador América ocupó la tasa de homicidios más alta del mundo con un valor de 15 muertes por cada 100 mil habitantes.
La tasa mundial de homicidios en 2023 año fue de 5.8 por cada 100 mil habitantes, el 81 % de víctimas fatales resultaron ser hombres.
Por otro lado, África posee la cifra absoluta más alta para un estimado de 176 mil decesos solo en el año fiscal 2021. El estudio arroja además que entre 2019-2021 el crimen organizado provocó la muerte de 440 mil personas, situación que tiende a agravarse en América Latina puesto que mientras el indicador mundial de las muertes violentas ocasionadas por grupos armados es del 22 %, en el subcontinente esa cifra se eleva hasta el 50 %, comparada con las 94 mil víctimas fatales que generaron en igual término los conflictos armados.
Según otros datos relevantes de la investigación, las mujeres son afectadas de manera desproporcional por los casos de violencia doméstica, al representar un 54 % en estos espacios, provocadas por su pareja o algún familiar cercano. Sin embargo, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes entre la población masculina fue de 9.3 casos, mientras que entre las mujeres esta cifra alcanzó el registro de 2.2. Los jóvenes varones entre 15-29 años resultaron ser los principales afectados y también los autores mayoritarios de estos actos, con una tasa de 53.6 víctimas por cada 100 mil habitantes; el doble del continente, que cuenta además con un registro de 27 muertes violentas por cada 100 mil personas, varias veces superior al 9.3 del dígito global.
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El constructo de «virilidad» en los varones que predomina en los medios de comunicación, el sistema educacional y las nociones de familia conservadora, permanece anclado a preceptos binarios y heteronormativos que reducen las identidades de género solo a dos opciones entendidas como opuestas; por tanto, laceran las posibilidades para la experimentación de otras formas de identificarnos, expresarnos y relacionarnos afectivamente.
De esta forma se rechaza a las diversidades existentes en la construcción de «lo femenino» y «lo masculino» mientras se censura a las personas trans. Estas últimas son entendidas como contrarias a los valores tradicionales impuestos desde una cultura eurocentrada, al tiempo que se pretende «higienizar» todo lo que se contraponga con la «moral cristiana» y la «decencia civilizatoria». Dicho corpus ideológico, proveniente de la modernidad occidentalizante, contribuye a la invisibilización de identidades no hegemónicas, al censurar las formas plurales en el ejercicio pleno de la sexualidad, sometida a los mandatos coloniales.
La apuesta por un proyecto de sociedad alternativo, que involucre un nuevo pacto democrático capaz de superar la concepción del Estado moderno, —permeado por la ideología individualista del capital— implica el cuestionamiento integral a sus dispositivos de enajenación sistémicos. En consonancia con dicha propuesta, el teórico puertorriqueño Ramón Grosfoguel, asevera que:
(…) la descolonización y la liberación no pueden ser reducidas a una sola dimensión de la vida social. Requiere de una amplia transformación de las jerarquías sexuales, espirituales, epistemológicas, económicas, políticas, raciales y de género en el mundo moderno/colonial. La perspectiva de la «colonialidad del poder» nos reta a pensar en alternativas de cambio y transformación social de una manera no reduccionista. Descolonizar el mundo implica la transformación del mundo entero, no solo a la periferia sino también de los centros.
Ese argumento ratifica la necesidad de articular estrategias a nivel mundial contra los efectos del sometimiento. Estos deben ser impulsadas como parte de una vanguardia política posicionada frente a las consecuencias de mantener el statu quo existente que regula el ejercicio cotidiano de las vidas en el planeta, ya sea mediante el adoctrinamiento o directamente a través de la violencia más tradicional.
Semejante realidad forma parte del proyecto de relaciones humanas intrínseco al capitalismo, precedido por el ciclo extractivo al que fueron sometidas las civilizaciones milenarias, como parte del proceso de acumulación que interrumpió el normal desarrollo de las tradiciones de estos pueblos.
Las culturas dominadas en sus prácticas de sociabilidad fueron suplantadas por las lógicas corporativistas de las tecnologías innovadoras, el crecimiento exponencial, así como de la industria contaminante para garantizar los ascendentes y desiguales niveles de consumo de la población mundial; a pesar de los numerosos focos de resistencia, aún palpables en varias regiones del planeta, entre grupos poblacionales que se aferran a su historia, costumbres ancestrales y tradiciones.
Es esencial entender tales dinámicas desde un posicionamiento feminista, alejado de las poses conservadoras/academizantes que pretendan su instrumentación para el sostenimiento de una ideología mainstream (neo)liberal; la cual, no sólo suele excluir a las masculinidades de la lucha contra el sexismo, sino que además impone una visión sobre ellos que los enmarca como potenciales violadores o agresores sexuales, con especial enseñamiento sobre aquellos que se encuentran en situación de marginación por su color de piel, nacionalidad o clase social.
La comprensión transdisciplinar de esas manifestaciones discriminatorias es de una validez primordial para no incurrir en los preceptos del feminismo blanco, que reduce las violencias y opresiones a un conflicto entre «hombres» y «mujeres», siendo incapaz por tanto de darle solución a la complejidad de las problemáticas surgidas en las comunidades racializadas y marginadas.
¿Qué tipo de feminismo y para qué?
La exclusión de los hombres formó parte de los mecanismos empleados por exponentes del feminismo lésbico durante el siglo XX bajo el slogan de: el feminismo es la teoría y el lesbianismo la práctica. Dicha corriente entendía a las mujeres como víctimas absolutas de la dominación patriarcal y las violencias machistas. Este discurso impedía, además, la participación en la lucha contra el sexismo de las mujeres heterosexuales, así como de otros grupos también discriminados como homosexuales masculinos y mujeres trans. A su vez, ejerció la tachadura y el borrado de la memoria colectiva sobre aquellos hombres que batallaron contra el colonialismo, la esclavitud y la explotación.
Detrás de ello, persistía un sofisticado racismo que reclamaba sororidad con las feministas negras, mientras desconocía sus problemáticas de vida, les negaba participación en los eventos y posibilidad de protagonismo; al tiempo que subordinaba a un segundo plano sus intereses políticos. Esa narrativa excluyente resultó funcional a los intereses de promover una concepción «feminista» homogenizante, que no repara en el análisis de otros factores que acentúan la condición subalterna, mientras invisibiliza las profundas contradicciones al interior del movimiento por razones políticas.
En el lado alterno a dicha perspectiva es posible situar la posición anticapitalista de la afrofeminista estadounidense Angela Davis quien, desde una militancia marxista radical, jamás renunció a sus posturas revolucionarias contra el orden sistémico-global, sin incurrir en la trampa de excluir a los hombres del ámbito político.
Davis reconoció sin recelos la importancia de figuras destacadas en el enfrentamiento a la dominación de clase y el colonialismo interno, como fue el caso del líder negro Frederick Douglass, quien padeció los horrores de la esclavitud y se incorporó a la lucha emancipatoria desde una concepción inclusiva de la democracia con enfoque feminista. Sobre su personalidad exclamó:
Frederick Douglass, el abolicionista negro más importante del país, también fue el defensor masculino de las mujeres más destacado de su época. En varias ocasiones, fue públicamente ridiculizado a causa de su apoyo convencido al controvertido movimiento de mujeres. En aquella época, la mayoría de los hombres que encontrara cuestionada su hombría se había erguido, automáticamente, para defender su masculinidad.
En igual sentido, dado que la violencia patriarcal no es territorio exclusivo de los hombres, la también teórica afrofeminista estadounidense Gloria Jean Watkins, más conocida como bell hooks, insistía en evitar análisis simplistas y descontextualizados en el uso y reivindicación de las categorías políticas, cuyas perspectivas sesgadas conducían al antagonismo entre sexos.
En consecuencia, la pensadora alertó sobre la necesidad de que «las mujeres activas en el movimiento feminista desarrollen nuevas estrategias para incluir a los hombres en la lucha contra el sexismo». Desde esta visión, proponía de manera enfática convocar a la sumatoria de masculinidades a que se incorporasen al enfrentamiento contra los mecanismos de dominación patriarcales, al decir:
Las feministas con visión de futuro siempre han entendido que es necesario incluir a los hombres. Es un hecho que si todas las mujeres del mundo se hicieran feministas pero los hombres siguieran siendo sexistas, nuestras vidas seguirían estando limitadas. La guerra de géneros seguiría siendo la norma. Las activistas feministas que se niegan a aceptar a los hombres como compañeros de lucha —que temen de forma irracional que las mujeres empeoren si los hombres se benefician de alguna manera de la política feminista— han ayudado a que la gente mire al feminismo con sospecha y desprecio (…) Es urgente que los hombres alcen la bandera del feminismo y desafíen al patriarcado. La seguridad y la continuidad de la vida en el planeta requiere que los hombres se hagan feministas.
Alternativas globales desde los márgenes feministas
La batalla contra el sexismo exige el cuestionamiento a los aparatos neocoloniales y mecanismos de subyugación imperial que lanzan a los márgenes a quienes enfrentan o simplemente no encajan en los paradigmas civilizatorios occidentales. La liberación colectiva no puede implicar el separatismo sectorializado ni el enfrentamiento entre sexos, dado que esa lógica significa la reproducción de las estrategias coloniales empleadas por los grupos dominantes contra los sectores relegados.
En su reconocida obra El feminismo es para todo el mundo, bell hooks asegura que ante los planteamientos excluyentes que desea asumir la corriente hegemónica del feminismo, resulta necesario la búsqueda de estrategias de lucha comunes, junto a los que se posicionan frente al patriarcado y la explotación de clase.
De igual forma, la pensadora entendió como valiosas en su concepción a todas las voces radicales que rechazaran los dispositivos de academización desde cómodos espacios de poder institucional, desconectados de la movilización popular, los cuales invisibilizan el activismo por los derechos de las mujeres; en tanto promueven una ideología de rechazo a la masculinidad, en defensa de una visión cuasi perfecta de la feminidad. En disenso con semejante maniobra, afirmó con lucidez y severidad:
Las mujeres con conciencia feminista revolucionaria, muchas de las cuales eran lesbianas y de clase trabajadora, con frecuencia y a medida que el movimiento recibía más atención, perdieron visibilidad. Pero una vez que los estudios de la mujer arraigaron en las facultades y universidades, al fin y al cabo estructuras corporativas conservadoras, se vieron totalmente desplazadas. Cuando el aula de estudios de la mujer reemplazó al grupo de conciencia feminista y de estrategia de cambio social, el movimiento perdió su potencial de masas.
El sostenimiento de esa narrativa reaccionaria como programa político, no sólo afecta la credibilidad del movimiento, también resulta desmovilizadora. Es importante no perder de vista que la batalla contra el sexismo no debe estar apartada de la lucha de clases frente al andamiaje de explotación. Por tanto, la apuesta por un nuevo orden estructural (des)jerarquizado, igualitario y humanista, requiere las voluntades conjuntas de todos los actores que, inspirados en anhelos de justicia, sueñan con la instauración de ese nuevo régimen que supere el capitalismo como modelo que acentúa las inequidades entre los poseedores de los medios de producción y las clases/sectores desposeídos; al tiempo que compromete la supervivencia de la especie ante el colapso del planeta por la sobreexplotación de recursos naturales para mantener los elevados niveles de producción y consumo que demanda el sistema.
A esta apuesta tributan las contribuciones filosóficas del marxismo libertario, el ecosocialismo, el anarquismo, el republicanismo democrático, la praxis de la educación popular y los aportes de la teoría descolonial. Tales herramientas constituyen de manera conjunta, poderosas fuentes epistemológicas ante los desafíos del presente histórico, que reclaman de una militancia proactiva, estratégica e integral, para materializar ese anhelo de sociedad anti/poscapitalista.
Los desafíos desde Cuba
Como resultado de las propias normativas patriarcales, los hombres en Cuba poseen menor esperanza de vida ante los sacrificios del rigor laboral y deterioro en su calidad de vida, en particular aquellos de tez negra, como refleja el economista y demógrafo Juan Carlos Albizu-Campos en sus investigaciones sobre la muerte y el color de la piel. Las dinámicas sociales reclaman que una parte importante de su composición asuma responsabilidades desde edades tempranas con la economía familiar, lo que compromete sus potenciales de superación, junto a otras variables de carácter estructural que limitan sus anhelos de satisfacción y plenitud humana.
Si bien la población carcelaria cubana es mayoritariamente masculina (95 %), los hombres negros y mestizos en particular poseen una acentuada sobrerrepresentación (54 %). Incluso, entre el sector multirreincidente presentan entre ambos una proporción del 32 % en relación al 21 % de blancos; lo cual denota las dificultades que afrontan en la sociedad para romper los ciclos de subalternidad[2].
Si bien la población carcelaria cubana es mayoritariamente masculina (95%), los hombres negros y mestizos en particular poseen una acentuada sobrerrepresentación (54%).
Las masculinidades enfrentan el valedero desafío de encontrar espacios adecuados en los núcleos de activismo feminista, para sumar sus voces a la causa emancipatoria contra el machismo y la dominación patriarcal. En tal sentido, resultan escasos los ámbitos en el contexto de luchas sociales y apoyos institucionales, que hagan énfasis en la importancia de promover valores enfocados en prevenir comportamientos que puedan derivar en violencias de género.
De igual forma, sería de gran utilidad la apertura de un debate más amplio relativo al campo jurídico que fomente las prédicas anti-punitivas; ya que algunos especialistas y estudiosas como Mikaelah Drullard consideran a las cárceles como el régimen neo-moderno de plantación esclavista, dado que persiste a su interior una alta presencia de población racializada.
Por tanto, el punitivismo que tanto predomina en medios estatales cubanos, al asumir como un logro que se aumenten las penas contra delitos signados por la violencia feminicida, no solo resulta poco reparador con sus víctimas; sino que detrás de esa postura se encuentra el sustento de un discurso amparado en el imaginario policial racista, que potencia la criminalización y judicialización estereotipada, llevadas a cabo principalmente contra quienes acometen este tipo de actos en escenarios de pobreza y exclusión social.
Detrás de esa postura se encuentra el sustento de un discurso amparado en el imaginario policial racista, que potencia la criminalización y judicialización estereotipada.
Acorde a lo anterior, es posible resaltar a la grupa Orgía de Aramburu, integrado por mujeres negras, transgénero, disidentes sexuales y antirracistas, quienes se suman al conjunto de publicaciones (Subalternas, Afrocubanas, Afromodernidad), proyectos colectivos (Nosotrxs, Afrodiverso, Casa Tomada MirArte, Wenilere Cardenense) y organizaciones (Articulación Afrofeminista Cubana), que con una proyección antipatriarcal, nuclea el ejercicio del activismo crítico en la Isla, junto al análisis multidisciplinario de otros vectores como la clase social, la identidad de género y/o la orientación sexual en el discurso feminista. Detrás de ello predomina la voluntad de una misión histórica, enfocada en la transformación predominante de la figura masculina y el pensamiento cis-hetero-normado, como ejes fundamentales que suelen definir los espacios sociopolíticos en Cuba.
El valor epistémico de las interpelaciones que sostiene su colectividad[3] posee un notable valor organizacional dentro del escenario antillano posrevolucionario e independiente. Su actuar está alejado de las posturas acomodadas y conservadoras predominantes en varias de las instituciones que inciden directamente sobre la violencia de género; así como también de la visión simplista y sensacionalista con la que a menudo es trabajado el fenómeno desde algunos grupos de la oposición liberal, quienes responsabilizan al Estado cubano por no implementar políticas efectivas para su erradicación, en tanto desconocen su conexión con otros procesos como el colonialismo que a día de hoy sigue afectando a la Isla.
Las feministas cubanas que integran los colectivos antes referidos en sus demandas esgrimen una serie de puntos temáticos que quiebran las máximas asumidas por gran parte del activismo relativo a los derechos de los sectores excluidos por el proyecto de dominación nacional. La validez de sus planteos quebranta las prioridades en la agenda del feminismo clásico, para establecer una relación dialógica afectuosa con las masculinidades negras que padecen el flagelo del racismo, la pobreza y la colonialidad.
En su posicionamiento, reivindican el derecho a la mayor visibilidad de sus cuerpos, discursos e historia para luchar contra los factores de discriminación representados en su doble condición de mujeres negras y disidentes sexuales. A la sociedad cubana le urge que sus reclamos sean escuchados, pues incluyen el reconocimiento de la obra y aportes intelectuales al pensamiento, la retribución económica por el ejercicio del trabajo no remunerado en los hogares, así como la participación política consciente de los grupos sociales históricamente marginados.
El cumplimiento de estas demandas es imprescindible para el establecimiento de una sociedad más armónica con enfoque de género. Desde esa perspectiva descolonizadora su propuesta de integración política merece toda la admiración y el respaldo, en función de establecer puentes dirigidos a consolidar un paradigma democrático-fraternal de inclusión, equidad y justicia.
[1] Para más información sobre estas ideas consultar los estudios de Rita Laura Segato, María Lugones, Walter Mignolo, Yuderkys Espinosa y Oyèronké Oyěwùmí, entre otras/os.
[2] Los datos fueron tomados de un estudio inédito llevado a cabo por el historiador Rolando Julio Rensoli Medina, parcialmente publicado en Fernando Rojas Gutiérrez, et al.: Revolución Cubana vs. Racismo, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2022, p. 92.
[3] La colectiva Orgía de Aramburu está integrada por Daisy Rubiera Castillo, Diarenis Calderon Tartabull, Mel Herrera Morales, Afibola Sifunola Umoja, Paula Haydée Guillarón Carrillo, Katiuska Govin Zambrana, Nomi Ramírez y Myrna Rosa Padrón Dickson.


Es un tema tan complejo como necesario el que tratas Alexander. Yo creo que el feminismo blanco de clase media, con sus demandas y visión específicas, fue el que mejor se pudo articular con el neoliberalismo naciente de finales del 1960s y principios del 1970s. Este fue el que encontró mayores beneficios académicos e institucionales y se ha propagado por todo el mundo industrializado, e influenciado las expectativas de muchos movimientos en otros lugares del mundo, incluyendo Cuba, aunque como siempre, con cierta latencia e ignorando muchas veces algunos de los impactos negativos de este sesgo. Es este tipo de feminismo el que ha encontrado seria resistencia en el occidente actual ante el influjo de fuerzas de extrema de derecha, influjo que amenaza con barrer con todos los matices raciales y clasistas del tema, de ahí la importancia, yo diría urgencia, de un debate más amplio sobre todas sus complejidades. Esto debería haber sido tarea de las izquierdas occidentales, pero gran parte de las mismas ha asimilado gran parte de este discurso de género de orientación neoliberal y ni siquiera entiende lo que está pasando, pues todo cuestionamento del tema se convirtió en tabú para ellas, de modo que no tiene respuestas.
Creo que dados los antecedentes racistas y machistas en nuestro país este feminismo mainstream ha venido como anillo al dedo, pues por un lado satisface los ánimos racistas cubanos, mientras que al mismo tiempo sirve de discurso anti-machista. Creo que hemos absorbido acríticamente demasiado de todo esto. Mi preocupación, y así lo he planteado en foros similares, es que los problemas que tiene hoy occidente en el asunto comiencen a aparecer en Cuba, y que en algún estadío avanzado de descomposición ya no haya posibilidad de una solución de izquierdas, como resultado de la incapacidad, o falta de voluntad, de las mismas de problematizar las contradicciones de esta corriente feminista. Por una parte es entendible que haya cierto desgano para llevar a cabo semejante custionamiento, pues el sesgo patriarcal y conservador de la sociedad cubana es demasiado obvio: muchas veces privilegian a unas violencias sobre otras por razones de pura conveniencias. Sin embargo, las consecuencias de no hacerlo pueden ser peores. El asunto no debe ser un tabú para la izquierda crítica cubana.
[…] Publicado por blogueame25 el 11 diciembre, 202410 diciembre, 2024 Masculinidades descolonizadas para un patriarcado racista […]