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En el mundo de las vecinas habita la nostalgia. Clara y Luz toman el café de la nochecita cuando les invito a contarme cómo se divertían en su juventud. Ambas son mujeres de más de 50 años, que vienen de entornos rurales y me confían entre risas, historias de otros tiempos en que todo parecía venir por azar. Reconocen que para ellas la posibilidad de vacacionar o divertirse llegó con la adultez y la entrada en el mundo laboral. En los últimos años, las vacaciones se restringen a las visitas de sus hijas que migraron. Sus abuelas, en cambio, sólo tenían los bailes en casa de algún vecino, los rodeos y los juegos de pelota.
«Yo me montaba con mis mejores galas en una carreta para ir a los carnavales del pueblo más cercano. Ya los carnavales no son como antes en que había vendutas de todo y se tomaban el pueblo. Ahora son apenas una calle, con unos aparatos tristes, dos o tres merolicos y unas comidas carísimas» —dice Luz.
«¿Dónde fue a parar la infraestructura del recuerdo? ¿Dónde fueron a parar los carnavales? No me acuerdo».
«Carnavales». Frank Delgado
Luz recuerda una playa paradisíaca que nunca ha vuelto a encontrar. Una playa escondida en las afueras de Varadero a la que en su adolescencia la llevó un primo que era dirigente. «Después fui dirigente también y es cierto que cuando pertenecías a alguna empresa o a lo militar había más estímulos, viajes y opciones de recreación. A veces las empresas tenían casas de visita que le daban a sus trabajadores para vacacionar con sus familias, por eso puedo decir que todos los años tuve chance de ir a la playa con los míos, también fui vanguardia nacional varias veces y nos daban viajes con todos los gastos pagos en hoteles a los que el resto de la gente no podía ir, pero esa no era la realidad de todos. A los que no tenían esas gratuidades les quedaba el campismo popular».
Luz confiesa que el movimiento vanguardista ya no tiene la misma fuerza de antes, porque era un proceso que salía de la motivación de los trabajadores ante los estímulos que daba la Revolución. «Había que hacer muchísimo papeleo para elegir desde la base a los vanguardias, pero lo hacíamos porque sabíamos que esos trabajadores podrían disfrutar con sus familias y te daban ganas de esforzarte para lograrlo. Actualmente, para qué ser vanguardia, si desde que empezaron a eliminar eso que llaman gratuidades, ya no hay posibilidad de nada más allá de un diploma».
Actualmente, para qué ser vanguardia, si desde que empezaron a eliminar eso que llaman gratuidades, ya no hay posibilidad de nada más allá de un diploma.
«Yo lo único que supe de recreación en mi juventud fue el carro del cine que llegaba a mi pueblo, ya cuando me mudé a la ciudad seguí yendo al cine, hasta que lo dejaron destruir» —dice Clara.
En mi más reciente libro «San Silverio de El Mejunje», el promotor cultural santaclareño Ramón Silverio evoca esos tiempos de inicios de la Revolución en que llegaba el carro del cine a los campos:
«Al día siguiente, los vecinos pasaban y miraban la pared como si de pronto de allí fuera a salir algún personaje escondido. Mi casa se había convertido en un espacio de proyección de películas, porque en los inicios de la Revolución, el Icaic llevaba el cine a rincones impensables.
» La felicidad era ver llegar aquellos camiones. Tenían una planta generadora de electricidad y condiciones muy precarias de proyección, pero no había fango ni lomas que retrasaran la llegada de los carros del cine. Utilizaban las paredes de tablas como pantalla, y la gente se sentaba en taburetes, troncos, en una piedra o en el suelo, para asistir a aquel espectáculo. Ponían muchas películas soviéticas, europeas en general, y mexicanas. Siempre iba primero un documental o un Noticiero Icaic Latinoamericano. Es impensable la felicidad del niño que veía a Cantinflas o a Chaplin hacer peripecias en aquellas tablas descoloridas, como si la pared fuera tocada por la magia…».
La política cultural de la Revolución cubana impulsó que en cada rincón de la isla estuvieran las unidades básicas de la cultura: un cine, un teatro, un museo, una galería y una casa de la cultura. Atesoro las visitas de mi infancia al cine de Placetas cada 15 días. Cada escuela debía llevar a sus estudiantes a ver lo último en películas cubanas. Allí vi Clandestinos, Kangamba, Fresa y Chocolate y hasta Video de familia. Eran películas duras, que hoy pienso que no eran para niños, pero agradezco infinitamente esas tardes que me convirtieron en quien soy.
La política cultural de la Revolución cubana impulsó que en cada rincón de la isla estuvieran las unidades básicas de la cultura: un cine, un teatro, un museo, una galería y una casa de la cultura.
Antes de cada función nos ponían también animados soviéticos: «Conejo-Lobo» «ta ra ra ra ra ra, tararará, tarararará» —suena la cancioncita inolvidable de inicio de aquel emulador de Tom y Jerry soviético— o Bolek y Lolek —los niños cabezones que no hablaban casi—. Esos muñequitos rusos me daban ansiedad, pero a veces los miro y me recuerdan a mi pueblito en que aprendí a escribir en los talleres literarios con mi profe Yeni, que a los nueve años ya me había enseñado a hacer décimas, o a las visitas al museo en que había reliquias de cuando el Che pasó por Placetas.
Hoy el cine de Placetas está cerrado, la casa de la cultura y el museo apenas sobreviven al derrumbe y los jóvenes solo tienen bares privados y centros nocturnos donde un trago cuesta medio salario mínimo. Esa realidad se replica en cada municipio cubano y es el sino fatal de la capital.
Por el momento, en La Habana, solo cines enormes como el Yara, el Riviera, el 23 y 12 y el Chaplin escapan a la destrucción y el abandono. La mayoría de los teatros sobrevivientes se encuentran en zonas privilegiadas como el Vedado o Playa. Nada queda para Marianao, la Lisa, San Miguel o Centro Habana, que son «casualmente» de los barrios más empobrecidos. Cines como el Lux y el Ambassador de Playa o el Record de Marianao son viviendas, en el mejor de los casos y en el peor se han convertido en almacenes o basureros.
«Parapapanpan cógelo suave que esto aquí no es un campismo»
«Parapapampan. El Campismo». Canción de Chocolate MC y el Úniko
Basta hablar con jóvenes de veintitantos años como Migue, Augusto, César o José Julián —quienes dieron sus testimonios a LJC— para notar que acceder a un campismo popular en Cuba hoy puede ser un imposible amargo: un imposible porque «conseguir la reservación puede ser muy difícil. Suelen dar pocas capacidades» —dice César—. Igualmente, relatan las pésimas condiciones en que se encuentran las instalaciones: «A veces no hay ni agua. Las cabañas están muy sucias y llenas de moho. Las piscinas están abandonadas y no hay casi ofertas gastronómicas».
El Plan Campismo Popular, creado el 16 de mayo de 1981, fue una idea de Fidel Castro, quien, en septiembre de 1959 propuso «extender por valles, playas y montañas, una forma de alojamiento y disfrute al alcance de todos». Actualmente, la página del Grupo Empresarial Campismo Popular dice contar con «más de 92 instalaciones, 4 villas internacionales y un Parque Turístico».
Es común en las historias de estos jóvenes recordar el campismo popular como un lugar en que pasaron buenos momentos de su vida universitaria. El «pasar trabajo en el campismo» también signa sus relatos, pero hablan de esas vicisitudes como si de anécdotas nostálgicas se tratase. El campismo nunca fue un lugar caracterizado por la comodidad, pero, aun así, era una opción viable para muchas familias pobres y estudiantes universitarios ¿Qué cambió? Que el Estado abandonó esas instalaciones al punto de convertirlas en lugares inhabitables.
Es común en las historias de estos jóvenes recordar el campismo popular como un lugar en que pasaron buenos momentos de su vida universitaria.
César trajo a la conversación a un fantasma. Me habla de una infancia en que los domingos se parecían al «paraíso de metal» que canta Carlos Varela en Jalisco Park: «la montaña rusa, la estrella polar, los carritos locos…». Me cuenta del Parque Lenin, ese lugar que desde su fundación en 1972 marcó la infancia de millones de cubanos y del que hoy solo queda herrumbre.
Tras un deterioro sostenido de los equipos, el Estado cubano anunció la reapertura del Parque Lenin en 2022 coincidiendo con los 50 años de su fundación. Sin embargo, esta se llevó a cabo con muchos menos aparatos, y pronto el lugar volvió a caer en el abandono.
Clara y Luz me recuerdan también el parque de diversiones de la salida de Placetas. Recientemente volví a Cuba y vi el cementerio en que se han convertido los parques de mi infancia. El tren descarrilado, la noria gigante del «Carlos Marx», ese mundo infantil soviético, se encuentra también abandonado en el Complejo recreativo «El Arcoiris» de Santa Clara, para recordarnos la caída del muro y la agonía de esa Cuba de «gratuidades indebidas».
Las gratuidades nunca fueron gratis
Varias investigaciones analizan el acceso a la cultura y la recreación en Cuba desde enfoques que prevén factores individuales como género, edad, capital económico y cultural, y estructurales como la disponibilidad territorial, calidad de las ofertas y conectividad. Estas concluyen que las mujeres enfrentan barreras como la falta de tiempo libre debido a la sobrecarga de trabajo doméstico. Además, los espacios recreativos están masculinizados y muchas veces no consideran sus intereses.
Lo mismo pasa con los afrodescendientes, cuya falta de acceso a los espacios culturales está signada por el hecho de pertenecer a sectores pobres. En cuanto al capital económico, concluyen que las familias acceden de forma muy desigual a la cultura. Las más favorecidas disfrutan de más y mejores opciones y ello está marcado por factores como el recibir remesas o no.
Además, las ofertas culturales y recreativas se concentran en zonas privilegiadas como Plaza de la Revolución, en La Habana, dejando a otras comunidades periféricas con poca o nula oferta. La falta de transporte público y la necesidad de pagar transporte privado suponen barreras económicas adicionales, sobre todo en zonas rurales. Además, como se ha explicado, muchas instituciones culturales y recreativas fuera de las zonas céntricas están deterioradas, lo cual desincentiva su uso.
Las ofertas culturales y recreativas se concentran en zonas privilegiadas como Plaza de la Revolución, en La Habana, dejando a otras comunidades periféricas con poca o nula oferta.
Por otro lado, en el 2012 el Estado cubano decidió arrendarle varios locales «públicos» al emergente sector privado, práctica que se ha mantenido hasta la actualidad. Si bien esta medida permitió que muchos inmuebles que estaban camino a la destrucción volvieran a rehabilitarse, también hizo desaparecer muchos espacios que ofrecían servicios y productos a precios asequibles a la población, para centrarse en los segmentos altos de pirámide de clases. Un ejemplo muy claro era el «Café Literario» de la Calle G, que expendía bebidas por cinco y diez pesos cubanos, al que acudían comúnmente los estudiantes, y luego de su paso a manos privadas se volvió inaccesible para estos.
Hace unos años también fue polémica en redes sociales la reapertura de Jalisco Park a manos de una cooperativa, con atracciones nuevas, pero sin subsidio. A pesar de las grandes críticas por los precios, las largas filas para entrar demostraron que, aún con la barrera monetaria, la demanda de espacios recreativos supera excesiva a la oferta.
En todos los casos el debate no ha sido resuelto, si los gobiernos locales no tienen capacidad financiera para mantener ofertas recreativas y culturales. ¿Es preferible que estos espacios se pierdan o que pasen a manos de privados? Sin embargo, en ambos casos, presuponemos que el Estado se retira de una función y un deber que constitucionalmente le pertenece.
Estamos presuponiendo que el Estado se retire de una función y un deber que constitucionalmente le pertenece.
La Constitución cubana de 1976 reconocía en su artículo 43 el derecho a que sin distinción «de raza, color de la piel, sexo, creencias religiosas, origen nacional y cualquier otra lesiva a la dignidad humana» todos los cubanos disfruten de «los mismos balnearios, playas, parques, círculos sociales y demás centros de cultura, deportes, recreación y descanso». En su artículo 52, dicha carta magna reafirmaba el «derecho a la educación física, al deporte y a la recreación».
Por su parte, la Constitución de 2019 incluye el derecho a la recreación, el deporte, la cultura y el desarrollo integral en sus artículos 46 y 74. En este último, además, se nombra al Estado como el creador de las condiciones «para garantizar los recursos necesarios dedicados a la promoción y práctica del deporte y la recreación del pueblo…».
Aunque la Constitución de 2019 omite el derecho a los balnearios, playas, parques y otros espacios para la recreación del pueblo, los «Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución» de 2011, conciben la diversificación de las opciones de esparcimiento sano y uso del tiempo libre, tomando en cuenta los intereses, las preferencias y las tradiciones de los distintos grupos etarios, territorios y segmentos poblacionales.
En el objetivo 24 de dichos lineamientos se expresa que el Estado debe «propiciar el acceso de toda la población, en particular de las nuevas generaciones, a una recreación sana, creando espacios y perfeccionando los ya existentes, donde se armonicen los fines recreativos y educativos, con el objetivo de impulsar alternativas culturales, deportivas y de entretenimiento con un fundamento humanista, patriótico y socialista».
Faltaríamos a la verdad si no reconociéramos que, desde los primeros días tras el triunfo de la Revolución, el Estado cubano colocó la cultura y la recreación en el centro de su proyecto social. Ejemplo de ello fue la creación del ICAIC apenas tres meses después del 1.º de enero de 1959, seguida de instituciones emblemáticas como la Casa de las Américas (1959), la Orquesta Sinfónica Nacional (1960) o el Consejo Nacional de Cultura (1961), que marcó el inicio de una política cultural orientada a masificar el acceso al arte y al conocimiento.
En las décadas siguientes, se consolidaron eventos y espacios de participación como el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano (1979), el Campismo Popular (1981), las Casas de Cultura (1978) y la Bienal de La Habana (1984). Incluso en el llamado Período Especial (1990), con una severa crisis económica, el país apostó por la continuidad de su infraestructura cultural como forma de resistencia simbólica y social.
Ya en los 2000, la llamada Batalla de Ideas, si bien ha tenido múltiples críticas por el despilfarro de recursos y casos de corrupción, revitalizó este enfoque con nuevas instituciones educativas y una mirada renovada sobre el papel de la comunidad en la vida cultural del país, algo que no ha tenido «continuidad» en las políticas posteriores.
Sin embargo, hoy la situación es completamente distinta. Un reportaje publicado en Trabajadores el 12 de mayo de 2025 recuerda que, sólo en las villas obreras de Playas del Este, «pasaban cada año alrededor de un millón de trabajadores y familiares», y que allí se levantaron «más de 700 viviendas» costeadas con las propias utilidades de las empresas y el trabajo voluntario de sus plantillas. Aquella red, sostenida durante décadas como «lo único que teníamos para disfrutar con nuestros hijos en la playa», fue desmantelada entre 2009 y 2010, cuando los sindicatos tuvieron que entregar los inmuebles a la cadena turística Islazul; a partir de entonces, advierte el texto, «los alquileres empezaron a cobrarse en CUC» y las instalaciones quedaron sin presupuesto de mantenimiento.
El resultado salta a la vista: «Entregamos una villa de lujo, sin recibir remuneración alguna; hoy la instalación parece salida de una conflagración bélica», denuncia Oscar Hernández, del sindicato de Cemento Siguaney, mientras crónicas similares describen piscinas vacías, cabañas saqueadas y 94 de las 231 habitaciones potenciales fuera de servicio en Pinar del Río. «Los trabajadores pagaban su estancia con un margen comercial del 5 %; nadie perdía, todos ganaban», subraya el artículo, para concluir que la decisión de recentralizar el sistema «no generó un cambio para bien. Todo lo contrario».
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La recreación y el acceso a la cultura están legisladas, sí. Signadas también por un sentido ideológico. El problema, marxistamente hablando, es la praxis, es el retiro del Estado que no deja de ser el férreo controlador de la economía y la política, pero que ha cambiado sus prioridades. En la Cuba de hoy sí existen opciones de recreación, pero no son para todos, son para quienes puedan pagarlas.
La cruzada contra las gratuidades que comenzó con el gobierno de Raúl Castro se tradujo en quitar el colchón que sostenía a los obreros cubanos, que a pesar de tener sueldos precarios y vivir en condiciones económicas difíciles, pagaban con su trabajo la diferencia. Lo que el cubano no percibía en salario como fruto de su esfuerzo, llegaba en esas «gratuidades» y «conquistas sociales», en ese derecho a la cultura, el deporte y la recreación.
En un sistema de economía híbrida como el que existe hoy en Cuba cabría preguntarse cómo pudiera garantizarse el acceso a la recreación de las personas. Entre las tantas alternativas a aplicar pudieran estar: la creación en las empresas de una cuenta para la recreación de sus mejores trabajadores; priorizar en las licitaciones para locales públicos a proyectos privados o cooperativos destinados a la recreación con enfoque solidario; habilitar en las instalaciones hoteleras propiedad del Estado una cuota de habitaciones destinadas a trabajadores de sectores clave como salud y educación; redistribuir parte del impuesto cobrado a las empresas extranjeras y privadas que gestionan alojamientos para reconstruir instalaciones como los campismos populares; y promover que las empresas nacionales emprendan acciones de responsabilidad social que incidan en espacios públicos recreativos.
Sin embargo, nada de esto parece estar en las proyecciones del Estado, se fueron las gratuidades y el sueldo sigue sin alcanzar. Hoy los cubanos habitan entre campismos, cines, parques y casas de culturas en ruinas, y de esas varias de conquistas sociales solo queda la nostalgia y la enajenación.


Difiero completamente en la última parte de su artículo. Museos o bibliotecas públicas está bien, pero «centros recreacionales» en manos del Estado es absurdo. Eso no existe en ninguna parte. En aquella época vivimos una anomalía, por los generosos subsidios soviéticos. Comida y corriente, y en vez de restricciones incentivos al sector privado .El mercado hará el resto.
Un escritor francés dijo «La vida sería imposible si todo se recordase. El secreto está en saber elegir lo que debe olvidarse.» y es acaso sano olvidar el costo económico y social para el país de más de 60 años del Partido Comunista UNICO y todo poderoso, de todas las promesas incumplidas, del fracaso económico y social continuado al que ha llevado a toda una nación, de los miles de hijos emigrados y familias rotas, la descapitalización de todo el sector productivo del país, de la quiebra continuada de la nación que ya hoy no puede ni pagar los compromisos mínimos de la alimentación racionada de la población. Y es entonces que leo esta idea suya “el retiro del Estado que no deja de ser el férreo controlador de la economía y la política, pero que ha cambiado sus prioridades”, NO ha cambiado ningunas prioridades, ha dejado por el camino todo lo que dentro del pacto social inicial de la revolución Cubana los que mandan hoy lo consideran improductivos para si, se comportan hoy mas como mafia política en el poder que como poder elegido y por tanto cuestionable, pero siempre la única prioridad ha sido y será seguir en el poder para seguir “ordeñando”.