Antonio Guiteras y el puente roto con el Partido Comunista de Cuba

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Antonio Guiteras Holmes (1906-1935) constituye una de las figuras más radicales de la tradición revolucionaria nacional, contra los intereses de dominación económicos y políticos de los Estados Unidos hacia Cuba. Sin embargo, el pulso constante entre su radicalismo pragmático y la ortodoxia del Partido Comunista constituye uno de los elementos más controversiales de su trayectoria política, convenientemente silenciado por ciertas narrativas historiográficas; lo cual requiere nuevas lecturas que permitan comprender, no solo su personalidad, sino además las complejidades de la vorágine cubana de los años treinta.

Desde su etapa de formación universitaria en el estudio de ciencias farmacéuticas, Guiteras destacó como líder capaz de aglutinar el sentir del estudiantado contra los intereses de la élite dominante, subordinados a los arbitrios de la penetración imperialista. En ese afán resaltó en su temprana militancia como miembro del Directorio Estudiantil Universitario (DEU) desde 1927, enfrentado a la prórroga de poderes impuesta por Gerardo Machado (1871-1939), el empobrecimiento de la clase trabajadora por sus políticas en medio del agotamiento estructural del modelo azucarero y la vulneración de los derechos democráticos. En su transitar consecuente, desplegó un incansable batallar contra los representantes del empresariado nacional y extranjero, enemigos acérrimos de la alternativa revolucionaria en su proceso de radicalización social-popular.

Si bien una vez graduado dejó de pertenecer al DEU, brindó su casa en múltiples ocasiones para las actividades organizativas y conspiracionistas del Ala Izquierda Estudiantil. Esta agrupación denunció el carácter reformista del DEU —que para entonces poseía un carácter moderado en sus demandas e ideología en su dimensión conciliadora con los intereses del patronato— de forma que agrupó a la fracción más revolucionaria de este sector.

Hacia finales de la década de 1920, Guiteras intensificó su labor de oposición mediante el uso de métodos violentos en la medida que crecía la indignación ante las políticas represivas y plutocráticas implementadas por el general Gerardo Machado. En aquel momento la figura del presidente, definida al inicio de su mandato por una tendencia conservadora y reaccionaria, le incorporó a su gobierno una dimensión dictatorial, como alternativa para el sostenimiento de sus propósitos corporativos y anti-populares —en alianza con los intereses del capital estadounidense—, conduciéndolo a la persecución despiadada de sindicatos, organizaciones obreras, comunistas, estudiantiles y campesinas.

Hacia finales de la década de 1920, Guiteras intensificó su labor de oposición mediante el uso de métodos violentos en la medida que crecía la indignación ante las políticas represivas y plutocráticas.

Convencido de que la lucha armada era la única vía para derrocar a Machado y los intereses imperiales, en 1931 Guiteras se sumó al alzamiento de «La Gallinita», liderado por el coronel Justo Cuza. La rebelión integró el «movimiento de agosto de 1931», al que se unieron, en Occidente, los veteranos Mario García Menocal y Carlos Mendieta. Sus fines, sin embargo, diferían de los objetivos radicales perseguidos por los revolucionarios orientales. Tras duros combates, Cuza, Guiteras y sus hombres fueron apresados, mientras los viejos dirigentes de la independencia mambisa, —devenidos en representantes de la reacción conservadora—, huyeron con trato preferencial. A su regreso del exilio en 1933, Carlos Mendieta logró ocupar el cargo de presidente de la República entre enero de 1934 y diciembre de 1935, en especie de triunvirato con Fulgencio Batista (1901-1973) y el embajador estadounidense Jefferson Caffery (1886-1974).

Luego de ser puesto en libertad al concedérsele la amnistía por el machadato en diciembre de 1931, Antonio Guiteras experimentó de forma acelerada un proceso de radicalización de su pensamiento y accionar; hecho que lo condujo a la creación en 1932 de Unión Revolucionaria (UR). Con la gestación de este grupo político, cuya razón fundamental de existencia se basaba en la práctica como objetivo prioritario, demostraba su disposición a recrudecer los quehaceres rebeldes contra la dictadura, concentrados por razones estratégicas en el oriente del país.

Luego de ser puesto en libertad al concedérsele la amnistía por el machadato en diciembre de 1931, Antonio Guiteras experimentó de forma acelerada un proceso de radicalización de su pensamiento y accionar.

En el segundo trimestre de 1933, como parte de la crisis que sacudía a la tiranía expresado en el creciente descontento social mediante huelgas y manifestaciones simultáneas en las calles de todo el territorio, el joven líder incrementó las acciones combativas con los miembros de Unión Revolucionaria (UR) mediante la planificación de asaltos, sabotajes y atentados, incluido la quema de cañaverales y la ocupación de armamento militar.

Como parte de esa proyección, el 29 de abril de 1933, Guiteras y una treintena de combatientes tomaron por unas horas el cuartel de San Luis en Santiago, se replegaron ante la reacción gubernamental y pospusieron un asalto al cuartel de Bayamo, que abandonaron tras la huida de Machado el 12 de agosto, antes de trasladarse a La Habana.

El breve Gobierno Provisional de Carlos Manuel de Céspedes y Quesada (1871-1939) impuesto tras la salida de Machado, transcurrió del 13 de agosto al 4 de septiembre de 1933. La membresía de su gabinete pretendía la mediación con la complicidad de la embajada estadounidense, en medio del fervor ante la caída del tirano. Mas se tornó un Gobierno insostenible, dadas las propias inconsecuencias en su interior que imposibilitaron la continuidad en el poder, dinamitado por las presiones de una vorágine que impugnaba la instauración de toda propuesta conciliadora, a la que se opusieron organizaciones como: el Ala Izquierda Estudiantil (AIE), el Directorio Estudiantil Universitario (DEU), la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC), Unión Revolucionaria (UR), el Partido Comunista de Cuba (PCC), entre otras agrupaciones obreras, populares y sindicales.

En medio de esa realidad ascendió el protagonismo de las clases bajas del ejército, comandadas por sargentos y soldados que protagonizaron los hechos del 4 de septiembre de 1933 liderados por Fulgencio Batista. Dicho accionar resultó de una relevancia decisiva en el derrocamiento al régimen conservador de Carlos Manuel Céspedes.

La caída como presidente interino de la República del hijo de quien fuera denominado padre de la patria dio paso el 5 de septiembre a la instauración de un modelo colegiado de gobierno, que pasó a la historia como La Pentarquía, integrada por cinco miembros. La mayor relevancia de este experimento estuvo en no aceptar la subordinación a los intereses de la embajada norteamericana, que desde sus inicios conspiró para su destronamiento. No obstante, el transcurso de su dirigencia resultó efímero, al tener una extensión de apenas cinco días, debido a sus irreconciliables tendencias ideológicas y a la falta de consenso para la implementación de políticas, que provocaron su auto-disolución el 10 de septiembre de 1933.

Luego del fin de este ciclo de breves regímenes temporales, caracterizados por una indefinida gestión política y dubitante administración pública, ascendió al poder el 10 de septiembre de 1933 un nuevo Gobierno Provisional presidido por Ramón Grau San Martín, quien recibió el apoyo de sectores con tradición de resistencia como el DEU, además de obtener el respaldo de los mandos bajos del ejército.

En dicha composición fue promovido Antonio Guiteras, quien estuvo encargado de la Secretaría de Gobernación, Guerra y Marina, desde donde impulsó las medidas de mayor impacto en el bienestar y los derechos sociales de la población, la clase obrera, el campesinado y el movimiento comunista, dando paso al fin del extenso período de criminalización al que estaban sometidos estos últimos.

El socialista republicano democrático (en el poder) y sus contradicciones con el Partido Comunista de Cuba

El pensamiento político de Antonio Guiteras está pertrecho de un imaginario republicano que reivindica las nociones más radicales de la democracia, a través de la promoción de los más elementales derechos sociales, civiles y políticos. Su formación concibe el respeto a las libertades ciudadanas, la igualdad como precepto universal de garantías para la materialización de la justicia y el respaldo a las instituciones democráticas en sus distintas funcionalidades dentro de la estructura del aparato del Estado, siempre adherido a preceptos constitucionales.

Es además consciente de los conflictos de clase detrás de los intereses que impiden la materialización de esos ideales, —motivados por ambiciones económicas, anhelos dictatoriales y obstáculos políticos—, que se alejan de una dimensión colectiva en la forma de entender la sociedad como un todo armónico estable para la salud de la nación; pues si algo integra la formación ética de su ideario, es la dimensión nacionalista integral de su proyecto, apegada a los valores cooperativos y solidarios de la tradición socialista.

Mas esa concepción que le otorga una singularidad peculiar, no le concede una mirada reductiva en su análisis del régimen global que reproduce esos esquemas opresivos del poder más allá de las fronteras estatales. Eso queda demostrado en su lucha contra los tentáculos del imperialismo, como única alternativa para romper las cadenas de la dependencia económica, la servidumbre hacia el capital financiero y la coartación política de los principios elementales de la soberanía, quebrantados de disímiles maneras y en múltiples ocasiones desde los instantes iniciales de la formación de la República en 1902.

De ahí que su vocación resulte comprensiva sobre la utilidad del conflicto armado para lograr los propósitos impedidos por instancias de fuerza mayor, de manera que en la integralidad de su pensamiento este hecho para nada sutil se aleja de toda «cosmovisión aventurera», cual apología insustancial de la violencia gansteril. Más bien, resulta consecuencia de una comprensión firme de su disposición revolucionaria, inquebrantable en su voluntad de concretar los anhelos de liberación históricamente postergados de la clase trabajadora, así como de los sectores humildes y excluidos por el colonialismo, transmutado para el siglo XX en las manifestaciones extractivas y de comercio desigual desplegadas por los representantes económicos del capitalismo trasnacional.

El estadista tuvo que navegar a contrapelo de sus enemigos dentro y fuera del propio gabinete. En sus reducidas posibilidades de maniobra, —como integrante de un gobierno reconocido más por su errática composición heterogénea que por la solidez de sus tendencias ideológicas—, enfrentó la incomprensión de sectores sindicales, proletarios y comunistas; a pesar de que siempre trató de establecer alianzas duraderas con estos, de manera que posibilitaran la consecución de aquellos ideales que movilizaron al país durante la épica revolución de los años 30. Su meta era lograr a través de la toma del poder del Estado la radicalización de la democracia fuera de los confines oligárquicos, empresariales y anti-obreristas que la élite republicana le había signado en sus respectivos mandatos presidenciales.

En sus reducidas posibilidades de maniobra, enfrentó la incomprensión de sectores sindicales, proletarios y comunistas.

Hacia ese objetivo estuvo encaminada su labor como servidor público cuando implementó la jornada laboral de ocho horas en defensa de los derechos laborales de los trabajadores, cuando proclamó la autonomía universitaria luego de años de enfrentamiento con las desprestigiadas autoridades del sector educativo. Además, impulsado por fines de justicia similares, decretó el seguro y retiro obrero, el sufragio femenino y la reglamentación de la usura.

Otras medidas tomadas bajo su mandato fueron: el jornal mínimo; el reparto tierras entre productores ante la extensión del latifundio que distorsionaba el desarrollo agrícola; y la reducción del precio de electricidad mediante nacionalización al monopolio de la energía eléctrica, decisión que incidía en el bolsillo de los consumidores y propinaba un golpe medular a las pretensiones lucrativas del capital inversionista norteamericano.

Sin embargo, debido a su participación en el Gobierno, las contradicciones con sectores obreros y comunistas se hicieron ostensibles dadas las diferencias ideológicas y praxis políticas divergentes. Aunque Guiteras favoreció de múltiples formas los intereses de estos grupos y jamás cedió en el empeño de articular posibles alianzas para consolidar la obra de liberación nacional.

Si bien Fulgencio Batista al frente de la fuerza armada ordenó la salvaje represión y tiroteo del acto público que tuvo lugar el 29 de septiembre de 1933, en el que mediante peregrinación se procedió en marcha multitudinaria al entierro de las cenizas de Julio Antonio Mella (1903-1929); el Partido Comunista fue incapaz de comprender las divergencias al interior del gabinete y responsabilizó de la masacre a todos los miembros por igual, sin reconocer que el secretario de Gobernación no cesó jamás de promulgar medidas que se traducían en un escenario de mayores libertades para sus militantes, los intereses de la clase trabajadora y organizaciones ideológicas afines.

El Partido Comunista fue incapaz de comprender las divergencias al interior del gabinete y responsabilizó de la masacre a todos los miembros por igual.

Como evidencia de ello, Guiteras libertó el 18 de octubre a «más de 60 obreros presos por comunistas», mientras el 3 de noviembre dispuso la excarcelación de otros 84 detenidos y el día 31 de noviembre ordenó la libertad de 12 arrestados por el ejército al sorprender una reunión del partido en Matanzas. De manera similar, ante la permanencia de 104 militantes de esta organización recluidos en el Castillo del Príncipe, dictaminó su exoneración inmediata el día 8 de diciembre, aunque en el transcurso de pocos días, específicamente el 14 de igual mes, decretó poner en libertad a otros 350 detenidos bajo el argumento de ser sujetos de «ideología marxista».

Unido a esto, el 18 de noviembre emitió una disposición que exigía la liberación de 124 presos por razones similares, cuya postura sostuvo hasta culminar el 1º de enero de 1934, cuando ordenó la salida de prisión de 78 detenidos. Entre los beneficiados se encontraban trabajadores del sector azucarero, líderes del Ala Izquierda Estudiantil, delegados de la Liga Antimperialista de Estados Unidos, dirigentes sindicales, obreros, estudiantes y miembros del Partido Comunista de Cuba.[1]

A pesar del predominio de tales acontecimientos, la rivalidad ideológica estaba seriamente definida, dado que la organización de corte marxista-leninista no estaba dispuesta a establecer pacto alguno. El historiador y pensador cubano Fernando Martínez Heredia en relación a dicha disputa, expresó: «Vistos los hechos desde una perspectiva histórica, la organización revolucionaria que era el PC solamente podía resultar eficaz en la etapa crucial de la crisis revolucionaria si se independizaba de la [Internacional Comunista] IC y emprendía cambios muy profundos de sus ideas, su estrategia y sus métodos de trabajo».[2]

Acorde a los criterios de este propio historiador, el Partido Comunista cometió varios errores estratégicos, como su voluntaria subordinación a las directrices de la Internacional Comunista y específicamente a su Buró del Caribe. Si bien la organización cubana cuestionaba dichas orientaciones contrastándolas a la realidad del país, en el orden político terminaba por acatar sus decisiones. Por otro lado, tuvo un peso histórico notable el denominado «error de agosto», cuando por petición personal de Gerardo Machado accedieron pocos días antes de su caída a derogar la huelga general, a cambio de obtener las demandas obreras inmediatas. Sin embargo, una vez derrocado el tirano, resultó más relevante aún en el orden estratégico, la decisión de no establecer acuerdos de frente único con sectores provenientes de las clases bajas y medias fuera de la «ortodoxia comunista».

El Partido Comunista cometió varios errores estratégicos, como su voluntaria subordinación a las directrices de la Internacional Comunista y específicamente a su Buró del Caribe.

La injerencia de Buró del Caribe fue tal, que solicitó sancionar a Rubén Martínez Villena (1899-1934), quien fuera uno de los principales críticos a la idea de conformar soviets en todos los lugares donde fuera posible, hasta la constitución de un poder soviético en el país.[3] Esta interpretación mimética de la revolución rusa, dada su lejanía a las circunstancias del territorio caribeño, fue combatida con firmeza por el joven poeta, quien fuera acusado de «oportunismo» por sus superiores en las esferas de la III Internacional. Las consideraciones e impulsos sectarios de su separación definitiva no llegaron a cauce, debido a su muerte en medio de tales acontecimientos.[4]

En ese escenario, las orientaciones de no colaboración con otras tendencias eran precisas, al punto de ser consideradas como «desviadas», «oportunistas» y «renegadas», definidas por el sectarismo y la cosmovisión central subordinada a los designios de Moscú. Todo ello a pesar de los elementos compartidos con corrientes socialistas afines, resultantes de la lucha de clase hacia ideales en común de justicia social, antimperialismo y empoderamiento obrero.

Antonio Guiteras fue considerado por los comunistas como un enemigo, acusado de «nacional-fascista» y «traidor» por su corriente ortodoxa. Los esfuerzos del líder revolucionario de llevar a cabo acuerdos conjuntos que pudieran radicalizar la batalla republicana por la libertad y la independencia, —a pesar de las acusaciones en su contra—, llegaron al punto de coordinar un encuentro con el secretario general de la organización partidista Isidro Figueroa, pero este no acudió a la cita.

Antonio Guiteras fue considerado por los comunistas como un enemigo, acusado de «nacional-fascista» y «traidor» por su corriente ortodoxa.

Una vez más, se confirmaba la postura de esta organización hacia las ideas del dirigente inspirados en preceptos socialista democráticos. En relación a este contradictorio y confuso fenómeno de posicionamientos, el historiador Julio César Guanche sostuvo:

En el espectro de las fuerzas revolucionarias, el gobierno de Grau-Guiteras fue defendido, entre otros, por el Partido Bolchevique Leninista (PBL) y Defensa Obrera Internacional (DOI), de filiación trotskista, y por sectores que con esa inspiración cohabitaban dentro del Ala Izquierda Estudiantil (AIE) y la Federación Obrera de La Habana (FOH); mientras que fue combatido con denuedo por la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC) y el Partido Comunista de Cuba (PC), ambos bajo la imaginación del marxismo-leninismo soviético.[5]

Acorde a los criterios de este catedrático, al Partido Comunista le era imposible suscribir su programa; pues formaba parte de un gabinete que masacraba manifestaciones, decretaba el arbitraje obligatorio del Estado, excluía a los jóvenes extranjeros en la dirección de los sindicatos, a los obreros agrícolas de la jornada de ocho horas y hacía aumentar el salario de los trabajadores en un por ciento que la agrupación partidista no estimaba como una «solución real». Sin embargo, de acuerdo a sus consideraciones, el mayor error de la enunciada organización consistió en combatir a Guiteras, con la misma vehemencia y vigor con que este se enfrentaba a los designios del imperialismo norteamericano.[6]

Hasta su muerte, la dirigencia comunista mantuvo una visión ultra-crítica en torno a Guiteras, negándole incluso su dimensión revolucionaria. Sin embargo, con su caída en combate el 8 de mayo de 1935, su personalidad se convirtió en un símbolo de la resistencia cívico-popular contra el autoritarismo en la Isla y los intereses de la élite anti-nacional serviles a los designios de Washington. Para entonces, la visión predominante sobre el joven político cambió de manera notable para la dirigencia ortodoxa de influencia soviética, quienes pasaron a valorarlo de modo más justo, como un revolucionario radical y nacionalista patriótico.

Hasta su muerte, la dirigencia comunista mantuvo una visión ultra-crítica en torno a Guiteras, negándole incluso su dimensión revolucionaria.

La historiadora Caridad Massón Sena refiere que el reconocido militante de orientación marxista-leninista Fabio Grobart (1905-1994), realizó profundas críticas y reflexiones en torno a la posición asumida por la jefatura del PCC en relación a la disputa entre auténticos y guiteristas. Sobre este aspecto, Grobart consideraba que «la tarea fundamental de la revolución en ese momento no era la dictadura del proletariado, sino democrática de los obreros y campesinos, cuyo filo no iba dirigido contra la propiedad privada, sino contra los rezagos feudales, los terratenientes latifundistas, la gran burguesía y el imperialismo».[7]

Para entonces corría el año 1935 y un ostensible cambio de táctica nucleó el realineamiento de la agrupación partidista, que lanzó a través de su órgano de prensa La Palabra, una convocatoria abierta con el objetivo de formalizar un frente único. Sin embargo, los acontecimientos fallidos de la huelga de marzo dieron al traste con los objetivos planificados y terminaron por atropellar toda probabilidad de unión.

En una entrevista concedida a la revista Futuro, publicada el 13 de mayo de 1935 por el periódico mexicano El Nacional, el exsecretario de Gobernación Antonio Guiteras realizó un análisis minucioso sobre las causas que condujeron a la caída del régimen provisional presidido por Ramón Grau San Martín. En ella describió con su permanente lucidez meridiana, las complejidades y contradicciones al interior del funcionariado gobernante, cuando afirmó:

Basta recordar las circunstancias que le dieron nacimiento para comprender que carecía totalmente de las condiciones indispensables para realizar una verdadera obra revolucionaria. Primero, la ausencia completa de plan de acción gubernamental previamente estructurado y, segundo, la falta de una fuerza política organizada capaz de respaldarlo. La obra de un gobierno revolucionario no puede improvisarse festinadamente desde el Poder. Ella supone una labor preparatoria que aquel Gobierno no podía tener realizada (…) Otro de los factores que tuvo una influencia decisiva en el derrocamiento del Gobierno de Grau fue, de una parte, la falta de unidad ideológica aun en los puestos Ejecutivos del Gobierno y, por otra, la imposibilidad de seleccionar en el complejo revolucionario, por lo que antes anotara, los hombres que pudieran ser en la Provincia y en el Municipio fieles intérpretes de la obra nacionalista del Poder Central. Por eso se entronizó el arribismo, esto es, la ocupación de los cargos públicos por improvisados y seudorrevolucionarios. Yo mismo, tropecé con grandes dificultades para encontrar el hombre en cada oportunidad, capaz de interpretar el sentido de la naturaleza del movimiento.[8]

De tal forma demostraba que el golpe de Estado del 15 de enero de 1934, consumado con la complicidad de la sede diplomática estadounidense en La Habana, reafirmaba los intereses del capital bancario e industrial del poderoso vecino norteño en la Isla; por los cuales no cejaría jamás en su intento de recuperar a través del uso de instrumentos funcionales llevados a cabo desde las esferas del poder político. Para ese cargo resultó ideal como «hombre fuerte» Fulgencio Batista, quien con la preponderancia de su talante e influencia en las altas instancias del cuerpo militar armado, se convertiría en la persona perfecta para el cumplimiento de tales designios.

Así quedó consumada la reacción termidoriana una vez derrocado el dictador Gerardo Machado. Se iba a bolina —como le denominara Raúl Roa— la posibilidad de todo anhelo revolucionario y transformador de la estructura política, mediante el mandato de un gobierno republicano democrático que respondiera a los intereses de la voluntad popular. Quedaba pendiente la obra social que movilizó a millones a lo largo del país y tanta sangre le costó a los cubanos, por quienes imbuidos de ideales patrióticos, entregaron sus vidas hacia un futuro de mayores libertades, bienestar y justicia social para sus habitantes.


[1] Antonio Tabares del Real: Guiteras, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, p. 286.

[2] Fernando Martínez Heredia: La Revolución Cubana del 30. Ensayos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, p. 100.

[3] Para un mayor estudio sobre el tema, consultar la obra de Ángel García y Piotr Mironchuck: Los soviets obreros y campesinos en Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1987.

[4] Fernando Martínez Heredia: ob. cit., p. 96.

[5] Julio César Guanche: La libertad como destino. Valores, proyectos y tradición en el siglo XX cubano, Ediciones Unión, La Habana, 2013, pp. 60-61.

[6] Ibídem, p. 63.

[7] Caridad Massón Sena: «Guiteras y el Partido Comunista», en Ana Cairo: Antonio Guiteras. 100 años, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2007, p. 184.

[8] El Nacional, 13 de mayo de 1935, tomado de Olga Cabrera (selección y estudio introductorio): Antonio Guiteras. Su pensamiento revolucionario, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974, pp. 203-204.

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4 COMENTARIOS

  1. Great post! It really shows how Antonio Guiteras’ pragmatic radicalism clashed with the Communist Party’s rigidity, which weakened Cuba’s revolutionary unity. His commitment to social justice and anti-imperialism deserves more recognition. Thanks for sharing this important perspective!

    • In my perspective of things all the lefties ( included the Communists, the students, Guiteras ) with element’s with no clear ideology as the ABC and the traditional politicians, who collaborated with the American Ambassador to bring down President Machado, the best president in our republican history, and plunge the Republic in the chaos and the anarchy through arson and terrorism, were traitors to the homeland, responsible for the rise to power 25 years later of the worst government we ever have had, and the consequent destruction of our nation we are witnessing now.

      • Thank you for sharing your perspective, París. It’s clear that the events of that era still stir deep emotions and differing interpretations. History is rarely black and white, and while I see Antonio Guiteras as a symbol of resistance against foreign control and social injustice, I also understand the concern over instability and unintended consequences. These conversations remind us how complex Cuba’s path has been — and how important it is to keep examining it from multiple angles.

      • Wait a moment, are you saying Machado was the best president ‘we’ve’ ever had? Your argument is unsustainable from a democratic and social perspective. While he had some early economic achievements, his regime became a repressive dictatorship that worsened the ills of neocolonialism: dependence on the U.S., inequality, and political violence.

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Alexander Hall Lujardo
Alexander Hall Lujardo
Licenciado en Historia y activista afrodescendiente. Milita por el socialismo democrático.

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