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Pasando por encima de dificultades de diverso carácter, incluso climatológicas, finalmente sucedió, entre el 18 y el 24 de noviembre, la edición número 19 del Festival Nacional de Teatro. En Camagüey, punto de la geografía cubana donde este evento ha tenido sus ediciones bienales desde inicios de la década del 80 del pasado siglo, volvió a hacerse sentir la frase con la cual se saludan sus convocatorias: «la mejor plaza para la mejor obra». Y esto tuvo una resonancia especial, porque tras seis años de pausa, es con esta propuesta de cartelera que el Festival vuelve a la vida.
La pandemia, y las adversidades de todo tipo, no solo económicas —aunque estas fueron las que más pesaban—, impidieron que la ciudad sede del evento pudiera llevar a cabo sus diseños y su cartelera, que aspira a recoger lo más logrado del teatro nacional en los pasados dos años, según el criterio de sus organizadores locales y del conjunto de especialistas que desde el Consejo Nacional de las Artes Escénicas elige lo que llega a la programación final.
En el 2022 no se logró vivificar el Festival, tras la pausa impuesta por la covid, y las Jornadas de Teatro Cubano que intentaron, a partir de enero de 2023, llevar una delegación de artistas a Camagüey para no dejar en el vacío esa propuesta, tampoco pudieron ir más allá de sus primeras visitas mensuales a la provincia agramontina. Por ello, y por muchas otras causas, llegó a parecer imposible que el Festival volviera a tener, no solo una nueva edición, sino incluso que pudiera regresar a su formato habitual y a su permanencia en la cartelera de eventos del país.
No obstante, sucedió. Enemigo como soy del triunfalismo, y del mero gesto formal que repite un supuesto éxito como un acto cumplido ante funcionarios y gestores políticos, puedo afirmar, sin embargo, que esta vez pudimos ser parte de algo que iba más allá de eso. Y eso puede anotarse como un éxito que, al tiempo que no deja de advertir las muchas dificultades de nuestro panorama —no solo artístico sino general en tanto país—, consolidó nuevamente a parte del movimiento teatral cubano, demostró que la alianza entre entidades y poderes es lo que podrá reestructurar ciertas dinámicas, y aún más: indicar una vía posible que nos permita repensar al Festival en pro de sus futuras ediciones, a las que habrá que poner indudablemente en sintonía con las posibilidades y carencias de esa realidad que pareció, en la dureza de su cotidianidad, capaz de asestarle un golpe mortal a esta cita que no es solo de los teatristas cubanos.
Consolidó nuevamente a parte del movimiento teatral cubano, demostró que la alianza entre entidades y poderes es lo que podrá reestructurar ciertas dinámicas.
Este 2024, con los siete días apretados de programación para niños, adultos, en salas, plazas, escuelas y comunidades, subrayó que se trata de algo más: de la renovación de votos, si pudiera decirse así, entre quienes defienden al evento y su público, que colmó todas las salas y espacios de presentaciones.
Ello ocurrió en una ciudad asediada ahora mismo por los apagones, la inflación, las dificultades de alimentación, transporte y tantas más que son bien sabidas. Y a pesar de ello, los espectadores camagüeyanos recibieron con calidez y aplausos al Festival, que tuvo a su favor una curaduría acertada, en la que casi nada de lo visto falló como propuesta de alcance seguro, y en la cual, salvo excepciones que también han de repensarse, estuvo casi todo de lo más logrado que se ha visto en nuestra escena recientemente.
Pocas horas antes de que el Festival, en su primer diseño previsto que abarcaría del 14 al 24 de noviembre, llegara a su supuesta fecha de arrancada, se dudaba acerca de su celebración. Corrieron los rumores, se aseguró que la cita no sucedería, y sin embargo, en una edición que implicó a factores de la política y la dirección cultural de la Nación, se defendió su posibilidad para que sí ocurriera. Reajustándose a solo una semana, y cubriendo con programación también local los espacios que no podrían llenar algunos grupos que por diversas causas: compromisos previos o decisiones de sus integrantes, no pudieron acudir a Camagüey, se pudo confirmar que la ciudad recuperaría uno de sus hechos culturales más importantes. Y la duda mayor, relacionada con la presencia o no del público ante las puestas en escena, quedó zanjada desde el día inicial. La sala Avellaneda acogió a Teatro El Público con su reciente montaje de Réquiem por Yarini, el clásico de Carlos Felipe, bajo la dirección de Carlos Díaz. La ovación de esa noche fue un magnífico preludio de lo que iba a acontecer durante las jornadas siguientes del evento.
Hubiera sido, por comprensibles que fueran las causas que hicieron creer a muchos que el Festival debía suspenderse, un paso en falso que esto no hubiera sucedido. El Festival Internacional de Ballet, en medio de numerosos obstáculos, había mantenido su cartelera, y los teatristas cubanos merecían no menos. Sobre todo, porque es el evento en el cual, dentro de una atmósfera de diálogo, confraternidad y debate a veces arduo, la escena nacional se mira a sí misma, en una línea de reajuste que además asimila a la crítica, a los profesionales consagrados, las compañías noveles y hasta a los estudiantes de artes escénicas en un mismo haz.
Es el evento en el cual, dentro de una atmósfera de diálogo, confraternidad y debate a veces arduo, la escena nacional se mira a sí misma.
El público se mezcló con todo ello, añadiendo una calidez a las propuestas escénicas que se extendió a los eventos teóricos y conversatorios entre los artistas y los teatrólogos, operando como un taller en el que convergieron lo público y lo privado de nuestro movimiento escénico, como hace mucho no sucedía. Lo sucedido habla de cómo deben moverse intereses, sensibilidades y patrocinios para salvar esos nudos de encuentro y retroalimentación que también son parte de una vida cultural, aunque para esto resulta obvio que el formato de la cita debe cambiar, modularse hacia las nuevas variables de ese mismo concepto y preguntarse, por encima de todo, acerca de su viabilidad en términos de gestión y producción cultural, a fin de no limitarse a pervivir como un dinosaurio atrapado en fórmulas de acción y promoción ya anquilosadas.
Un festival para todos
Si el teatro se hace para los espectadores, si son ellos los verdaderos protagonistas de un hecho de esta naturaleza, queda claro que el Festival de Teatro de Camagüey tiene su pervivencia garantizada por ese lado. Ello, día a día, argumentó la necesidad de su retorno, al punto de que varios espectáculos tuvieron que añadir una función extra a lo ya programado.
Dedicado a los maestros titiriteros René Fernández Santana y Maribel López, la cartelera se convirtió en un arco que tocó a la Isla de un extremo a otro. En los espectáculos para niños se destacaron, como era de esperar, Teatro Papalote, fundado por el propio René Fernández, que trajo desde Matanzas su ya clásico montaje de Los ibeyis y el diablo, ejemplo vital de la poética de su creador, uno de los merecedores del Premio Nacional de Teatro 2007. También de Matanzas llegó Flores de Carolina y Ajonjolí, puesta de uno de sus discípulos: Rubén Darío Salazar. Merecedor del lauro más importante de nuestra escena, junto al diseñador Zenén Calero Medina, ambos han aportado desde Teatro de las Estaciones espectáculos de cuidada factura, de respeto y desafío a nuestra tradición titiritera, que no eluden temas complejos, como es, en este caso, el asunto del cuidado a nuestros ancianos. La evocación del sello visual de Arístides Hernández (ARES) es un puntal de estas Flores…, que Rubén Darío confía a sus jóvenes actores a partir de la poesía de Dora Alonso, una de sus figuras más admiradas.
En Amelia sueña mariposas, de Teatro La Proa, comienza a advertirse en la cartelera de este Festival un elemento de lectura y preocupación hacia lo social y lo político que, en este caso, se extiende hacia las infancias como una señal de alerta acerca de los autoritarismos y excesos de poder, según una fábula imaginada por Erduyn Maza. Una de las sorpresas del evento fue Un pastel de chocolate, de la compañía La Andariega. Esta propuesta de la ciudad anfitriona demuestra que el colectivo ha sabido desarrollar un método de entrenamiento actoral infantil que elude los lugares comunes, los clichés y las afectaciones que son tan visibles en otras agrupaciones que intentan este tipo de trabajo. Asimismo, añade el factor de demostrarlo trabajando sobre temas tabúes, con la naturalidad real de sus intérpretes, sin edulcorar en demasía asuntos sin dudas necesarios y complejos.

La gran sorpresa del evento fue la delegación pinareña. Con dos espectáculos, esta provincia a veces ausente en la cartelera de este tipo de festivales, se aseguró aplausos y elogios. Arasay Suárez, joven actriz de Alas Teatro, aprovechó las noches en el Café Dodo’s, una de las sedes, para derrochar goce cabaretero desde el arte de la animación con su espectáculo ¡No! Usando sus piernas como cuerpo de las figuras del montaje, sus dos actores narran una historia sencilla de amor, deseo, desencuentros y sexo, que también echa mano a referentes de orden social para contar una trama de claves universales, que incrementa el no siempre abundante repertorio titiritero para adultos en nuestro país.
Por su parte, Teatro Rumbos trajo a Camagüey Este tren se llama Deseo, reinvención del dramaturgo y director Irán Capote a partir, claro está, del clásico drama de Tennessee Williams. Los personajes esenciales de su argumento son traídos a una Cuba donde el eco del original se fusiona con nuestros desasosiegos, se reinventa el conflicto en función de un ahogo que es el de nuestro momento, aquí y ahora, y el texto y las actuaciones sostienen todo lo que podemos leer, con otros ojos, sobre la fábula tantas veces aplaudida. La limpieza del montaje, su concepción minimalista de lo que necesita para hacerse palpable, su visión descarnada del sexo, el machismo, la violencia, la mentira y la doble moral, son algunas de sus cartas de triunfo, que serían más rotundas si la segunda mitad del espectáculo se replanteara algunos parlamentos, para mantener la intensidad conseguida en sus primeras escenas.

No es difícil rastrear en otros espectáculos de la muestra un juego incisivo, desde diversas fórmulas de lo teatral, acerca de lo que vivimos ahora en Cuba más allá de la línea de metáfora y alegoría que es el teatro. En Réquiem por Yarini, la Cuba contenida en el burdel donde sucede la tragedia es una suerte de archivo de nuestras obsesiones, de nuestra necesidad de apelar a vivos y muertos para intentar una solución para el Destino y la Fatalidad que nos impulsan, incluso en contra de la muerte inexorable. Los santos, las potencias superiores, pueden ser la clave de una salvación que no se limita a proteger la vida del célebre proxeneta, sino otros elementos que deberían ampararnos mucho mejor, sugiere el Premio Nacional de Teatro Carlos Díaz, en su regreso a este clásico.
Al mismo tiempo, en De Moliére y otros demonios, otra ganadora de ese Premio, la maestra Fátima Patterson, apela al color de su ciudad, al carnaval y a su bullicio, para intentar una vuelta a las máscaras que desde la comedia nos alertan de la persistencia de tanto egoísmo e hipocresía entre nosotros. Moliére es la línea que unifica las escenas de este carnaval fantasmagórico, atravesado por la nostalgia de la fiesta y sus goces sencillos pero irremplazables, y el diseño de Nieves Lafferté y el tono actoral del Estudio Teatral Macubá se unen en esos reclamos hacia una vida simple, pero gozosa, que tantas carencias de hoy hacen parecer un sueño perdido, mientras el oportunismo y la charlatanería no dejan de contaminarnos como la basura creciente en tantas esquinas.

Con Faro, de Teatro Andante, y Factoría de idiotas, de Teatro del Espacio Interior, esa discusión acerca de lo político y la crisis de las utopías llega a dos extremos aparentemente opuestos en la cartelera, y creo saludable que así ocurra.La compañía de Bayamo apela al teatro de calle, con los recursos que sabe manejar tras muchos años de experiencia, para invitarnos a algo que no se limita a los rejuegos de la escena, sino a recordarnos que el teatro también es ágora, espacio público donde la sociedad expone sus dudas, sus incertidumbres, sus anhelos y, acaso, también sus propias catarsis en un nivel colectivo.

La imagen de una madre como centro, sus hijos que escapan o eligen el exilio, la idea de una familia Cuba rota bajo su bandera, entre canciones de la trova que han sido parte de la banda sonora de más de una generación reciente, componen una apuesta en la que Andante ha optado por un planteo frontal hacia esas rupturas y quiebres de la Nación, asumiendo con ello, también, los peligros de la inmediatez al comentar un fenómeno que aún nos lacera y cuyas consecuencias tardaremos, realmente, en calibrar.
En el otro lado de esta discusión, Mario Junquera apela a referentes cercanos a Beckett, Jarry y Orwell, para convertir a su elenco en una compañía de payasos amargos, que activa caricaturas no demasiado disimuladas de funcionarios y rostros políticos, en un juego grotesco y desesperanzado que apela al sarcasmo para no dejarnos mucha salida a tal ahogo; a diferencia de lo que ocurre en Faro, que se aferra al valor de símbolos y memorias para pensar en algún futuro menos negador.

También en La noche de Tebas, de Joel Sáez y el Estudio Teatral de Santa Clara, se opta por una línea de mayor complejidad dramatúrgica, al enlazar el mito griego y los referentes de la reconcentración de Weyler, uno de los pasajes más sombríos de nuestra historia. Deudor de los conceptos teatrales de Eugenio Barba y otros nombres de la vanguardia escénica del siglo XX, el colectivo ha llegado a sus 30 años en una continuidad obsesiva en su fidelidad a esos postulados, apostando por una teatralidad que exige a su espectador rehuir de no pocas comodidades al uso. Acá la idea central se desdibuja, fundamentalmente por el trabajo del elenco, que no alcanza en todos los casos a cubrir la demanda que tal metáfora sugiere en sus asociaciones. Pero es indudable que en la cartelera del evento, sin aspirar a ser un espectáculo que mueva a grandes masas, añadió un matiz en este rejuego de visiones especulares hacia lo que somos, tenemos o hemos perdido, que amplía lo que en nuestros escenarios podemos aportar a una discusión mucho más grave.
El debate político y social más allá de las tablas
Los que tienen algo más de memoria recordarán, en el devenir del Festival de Teatro de Camagüey, que no pocas veces en sus ediciones aparecían puestas en escena que por sus atrevimientos en este sentido desataban encendidas polémicas. O gestos, como el de Laura de la Uz cuando ganó su merecidísimo premio de actuación al interpretar a Celia Cruz en el montaje de Delirio habanero, de Raúl Martín, y que la actriz dedicara a la célebre cantante para disgusto de algunos funcionarios presentes en la ceremonia de clausura.
El caso más sonado ocurrió en 1996, cuando la presentación en el evento de El Arca, de Víctor Varela y Teatro Obstáculo; y Los equívocos morales, de Reinaldo Montero y Teatro Escambray, desencadenaron una fuerte polémica acerca del uso de símbolos y referentes políticos en esos montajes, que solo llegó a dirimirse cuando intervinieron intelectuales de prestigio en aquella ocasión tras el Festival. Dos años más tarde, José Milián ganaba premios allí con Si vas a comer, espera por Virgilio, obra donde lo confesional y el tributo a una de las grandes víctimas de errores no del todo anulados, clamaba por una memoria más nítida de la historia secreta de nuestra escena y nuestra cultura.
Lo político en el teatro cubano también ha tenido un escenario clave en Camagüey, y ello confirma que una buena parte de nuestra escena más interesante mantiene un compromiso de debate hacia estos asuntos, que más allá de la anécdota, reafirma la voluntad de nuestros creadores a favor de mantener viva una conversación en la cual, desde las tablas, también se dicen unas cuantas verdades necesarias.
Ello fue perceptible en otros montajes de la selección oficial: lo mismo en Clowncierto, de Teatro Tuyo y Ernesto Parra, que como una acción de fe hacia el arte del payaso, se ganó al público en sus funciones del Teatro Principal. O en el juego actoral que Verónica Lynn, esa actriz excepcional y Premio Nacional de Teatro, desplegó junto a Jorge Luis de Cabo en Frijoles colorados, comedia de pérdidas y alucinaciones escrita por Cristina Rebull.
El Festival concluyó con Asesinato en la mansión Haversham, versión y puesta en escena del novel Ledier Li Alonso con actores de la Nave Oficio de Isla, que también arrasó en la sala Avellaneda, venciendo su defectuosa acústica y presentándose en un espacio mucho más amplio de lo que hasta ahora habían probado sus intérpretes. En cierto modo, también hay una metáfora provocadora y enloquecida en esa «obra que sale mal», una apuesta por el teatro pese a todo, hecha con los recursos que tenemos a mano, pero eficaz al recordarnos que la vida, la utopía que ronda a ciertas vidas, merece ser representada. Eso fue también algo que nos hace pensar en la próxima edición del Festival Nacional de Teatro de Camagüey, a efectuarse en el 2026, como una nueva vuelta de tuerca a esa relación inquietante e imprescindible de nuestros teatristas con sus circunstancias.
Ojalá para esa edición puedan estar presentes algunos de los grupos que aquí, como digo, por distintas causas se extrañaron: El Ciervo Encantado, Argos Teatro, Impulso Teatro, Ludi Teatro, La Salamandra y Retablos, I Want Teatro, La Franja Teatral, El Portazo y otros que persisten y merecen un sitio en este ámbito tan particularmente interesante que es Camagüey.
En los eventos teóricos se habló de cómo seguir dando fuerza, energías y renuevo a nuestra escena y al propio evento, abriendo la posibilidad de discutir otras fórmulas de producción e independencia creativa que resultan ya impostergables. Estos son solo apuntes sobre algunos de los montajes allí vistos: la conversación retomada, replanteada, reformulada en Camagüey sobre nuestra escena y sus sentidos de pervivencia debe ser el preludio de próximos debates inmediatos. Ese debate inmediato que es también el país. Y que ante el público, afortunadamente, se hizo vívido nuevamente. En esos aplausos, y en esos rostros, fue que renació, más que en los escenarios, este imprescindible Festival.


Excelente y preciso. Como suele ser este autor.