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Hace poco subí un post a Facebook con cierto ánimo provocador. Contaba en él sobre la primera vez que escalé el Escambray, por los años 90. Transcurría mi época universitaria en Santa Clara, donde el colapso era total como en todo el país. En el Coppelia vendían helado de toronja, tocaba una hamburguesa de pescado —con espinas— por carné de identidad; desde la terminal, salían para los municipios los camiones de transportar caña en época de zafra.

Con esas imágenes y experiencias rondándome, llegué cierta tarde a Gavilanes, después de caminar monte adentro no sé cuantas horas. La fotografía que recuerdo es la de un riachuelo con una gran poceta en primer plano y detrás los bohíos del pueblo. El agua era súper transparente, y los niños que estaban jugando pelota se reflejaban en ella. El «play» se llevaba toda la atención de los habitantes. Las familias aplaudían desde los portales, gritaban nombretes, hacían bromas… era una fiesta dominguera total. Los niños bateaban durísimo, y uno de los que cubría el campo central era experto en lanzarse a la poceta y coger la pelota en el aire.
En el post, para provocar la reacción de los lectores, y porque de cierta forma es una duda real, puse: «La imagen se me quedó grabada y desde entonces me he preguntado si los guajiros cubanos son felices, si son más felices que los citadinos y, en definitiva, qué es la felicidad».
Vale la pena anotar algunos de los comentarios que recibí:
AMH: Yo, que he conocido a uno que otro guajiro y hasta me he ganado sus afectos, te puedo decir que conciben y perciben la felicidad de otra forma, logran al menos un vínculo medio místico con la naturaleza. Si sus animales están saludables, son felices. Si los cultivos prosperan, son felices. Si pueden renovar el guano del techo de la casa o ponerle cal al piso de tierra, también rozan la felicidad. Quizá para alguno sea conformismo o mentalidad de pobres, pero los he visto desandar un sendero, el mismo que caminaron toda su vida, ya viejos y casi ciegos, pero con una sonrisa cuando sienten el canto de algún cabrerito o el sonido de las hojas. Yo, la verdad, quisiera tener esa pureza de alma de los guajiros.

YDSS: ¡Ay, qué nostalgia de andar por esos predios! Sí son más felices, definitivamente. Necesitan mucho menos para vivir que cualquiera de nosotros.
MC: Estando en los dos bandos, me atrevería a decir que no escojan la felicidad por el lugar. Guajiros o citadinos somos los mismos.
OF: Solo te puedo decir que las sonrisas y las buenas vibras que percibo de mis guajiros en mi Topes de Collantes amado no las he disfrutado en ningún otro rincón donde he estado.

ISV: Tus imágenes me han tomado muchísimo tiempo, demasiado para el poco que tengo, pero eso confirma la necesidad que tenemos de un poco de esa felicidad. Su escala de necesidades es diferente, e igual tienen plenitud de carencias. El desarrollo de las tecnologías NO se puede ignorar y las diferencias que empiezan a aparecer en el propio campo, hacen que los momentos de alegría se combinen con desesperanza.

YG: Las imágenes me transportan a mi infancia en la casa de mi tía en el campo. Las guardo con mucho cariño. Desgraciadamente, pasa a veces que no se añora lo que no se conoce. La felicidad son los raticos buenos, en mi opinión. Igual, me sigue gustando el campo… por el día.
JFR: Se sufre por lo que se ha perdido, no por lo que nunca se ha tenido. Cada quien es feliz en función de su experiencia, de su escala.
RM: Yo creo que hoy en nuestra isla la felicidad no es algo que abunde.
CF: Los guajiros son felices porque no dependen del gobierno o la política, y sí de lo que plantan y luego cosechan, la mayor riqueza de un hombre libre.

MG: Es que yo me imagino esos lugares al amanecer, con los pájaros cantando, el sol coloreando los árboles hermosos… En la medida que envejeces, te das cuenta de lo poco que de verdad necesitas para vivir. Porque… ¿qué es la felicidad, a fin de cuentas?

«¿Qué es la felicidad?», vuelve a preguntar MG y yo dije que no tengo una repuesta, que aún la estoy construyendo. De los guajiros, en sentido general, tampoco sé. Habría que preguntarles uno a uno. De lo que estoy seguro es que estos viajes que hice en 2023 con los amigos del Club Cubano de Fotografía de Naturaleza a Banao y Guajimico, generaron en mí la misma sensación de plenitud y satisfacción que llegar a Gavilanes, en los años 90, y ver a aquellos niños jugando pelota.



Me recordaste mis tiempos de estudiante de Geografía, cuando nos pasábamos las vacaciones en los montes de Cuba. Eran los años 80, cuando todavía nos mantenía la URSS a manos llenas y se podía vivir mucho mejor. El año que fuimos al Escambray acampamos a orillas de la presa Hanabanilla, un precioso lugar. Los guajiros gente maravillosa y hospitalaria como en toda Cuba. Por desgracia no supimos capitalizar la subvención soviética por haber destruido la base productiva misma de la nación en nombre de una ideología absurda, es decir acabamos con su pequeño empresariado, las redes privadas de comercio y la libertad de empresa, algo que ahora el gobierno quiere retomar a toda máquina. La ideología marxista aplicada voluntariosamente por un caudillo endiosado por décadas en el poder reventó al país finalmente, y la .más brutal miseria invade toda Cuba, reforzada por las miserables sanciones de USA. Pero hay algo trascendente en toda esta desgracia: NO ES MAS FELIZ EL QUE MAS TIENE, SINO EL QUE MENOS NECESITA… Y esto es aplicable a todas la épocas y lugares de este mundo. Gracias por el artículo.
Como dice Silvano, no es más feliz el que más tiene, sino el que menos depende o el que menos necesidades tiene.
Los países clasificados entre los más felices se caracterizan por un buen equilibrio entre los ingresos de las personas y los gastos que tienen que hacer para mantener su vida.
Excelente, cuanta nostalgia, cuántos recuerdos imborrables e inigualables.
[…] Text and photos by Nester Nuñez (La Joven Cuba) […]