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Es difícil resultar convincente cuando se hace una película cuya acción se desarrolla en un país que no es el tuyo.
Esto resulta particularmente obvio en buena parte de la producción de Hollywood, para la cual tanto los nazis como los campesinos latinoamericanos hablan inglés con soltura. Aunque eso sí, con acento. Por otra parte, ignoran sin sonrojarse las entonaciones locales: un actor de origen mexicano hace de cubano, un venezolano de argentino… da igual, en definitiva todos esos paisitos sureños se parecen, ¿no? A fuer de justos, admitamos que las excepciones son cada vez más frecuentes, pero la regla sigue siendo esa.
Emilia Pérez (Jacques Audiard, 2024) es una película con dirección y producción francesas, filmada en un estudio parisino, con un elenco que incluye actores de origen español, dominicano, venezolano, ucraniano-israelí… y mexicanos, pues la trama se desarrolla en México. En otras palabras, todo apuntaría a que sonara falsa. Y sin embargo, voilá, no lo hace. Tal vez porque Audiard es francés. O bueno, desde mi punto de vista suena auténtica. Aunque es cierto que yo no soy mexicano.
Por si fuera poco, Emilia… es un musical. Acerca de un jefe de cártel que desea ser mujer. Eso está en el mismo rango que el musical acerca de un pastelero trotskista que esboza Nanni Moretti en Caro diario (1993) y desarrolla parcialmente en Aprile (1998); esto es, temas que a nadie se le ocurriría tocar en una película en que los personajes se ponen de pronto a cantar. Bueno, tal vez a Woody Allen. La cosa es que a una abogada (Zoe Saldaña) la contrata el mencionado jefe de cártel para que se ocupe de llevar su cambio de sexo a vías de hecho… y no voy a seguir contando. Más importante es saber por qué, y dónde, funciona tan peculiar artefacto cinematográfico.
En primer lugar, la historia de un criminal que corta por lo sano —nunca mejor dicho— con su vida pasada y se coloca a partir de ahí en la posición de las víctimas es muy atractiva no tanto porque se verifique a menudo en la realidad, sino porque todos quisiéramos que así fuera. El alma pecadora que de pronto se redime está en la base de las religiones, en el curriculum de los santos, en leyendas y novelas, en películas como Leon (Luc Besson, 1994) o Das Leben der Anderen (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006). Precisamente porque en la vida real suelen triunfar los hijos de puta, empatizamos enseguida con el malvado que toma conciencia del dolor que produce y zas, protege a uno o varios inocentes. Encima, en el caso que nos ocupa el criminal deviene mujer, y lesbiana, condiciones que han debido sufrir maltratos, discriminación o menosprecio desde el mordisco de Eva.
Por demás, las actuaciones de Zoe Saldaña y Karla Sofía Gascón son brillantes, aunque la de Selena Gómez, con su acento imposible, desluce un poco. La Saldaña, en particular, se luce tanto en las coreografías como en los primeros planos asociados a intensidad dramática. Respecto a Selena, su español ha levantado ronchas en México, precisamente por sonar falso e impostado, como señalábamos al principio.
Además de la empatía con la redención del canalla y las interpretaciones del elenco, otros puntos a favor son las canciones, el trabajo de cámara y el desarrollo mismo del guion, que se las arregla para llevarnos por un derrotero inquietante y la mayor parte del tiempo impredecible, de esos que nos hacen pensar a cada rato uf, no sé si quiero seguir viendo esto… pensamiento que, naturalmente, desoímos.
En general, el entusiasmo por la película es hasta ahora un fenómeno eminentemente primermundista, pues en tierra azteca varias voces han cuestionado no solo el desempeño de la Gómez, sino el tratamiento del tema de los desaparecidos y el dolor causado por los cárteles. A mí, que no soy del Primer Mundo pero tampoco me ciño a ciertas miradas reduccionistas del Tercero, Emilia Pérez me convence. ¿Hay una mirada externa? Sí. ¿Es superficial y frívola? No. ¿Es arriesgada? Sí.
Al igual que la cinta francesa que trae de cabeza a la crítica azteca, Cónclave (Edward Berger, 2024) es una película ante todo europea: el director es alemán, el elenco británico, italiano, polaco, georgiano, norteamericano y mexicano. Claro que, como el tema es también europeo y fue filmada allí (en los estudios Cinecittá de Roma) la cosa tiene de entrada el saborcito local. Con Emilia… comparte no solo el cosmopolitismo de la nómina sino una lanza rota en favor de la condición femenina, sin ruido y furia que nada significarían.
La fotografía escora hacia el rojo y colores afines, no solo por los tonos predominantes en las telas de la alta jerarquía eclesiástica, sino por las pasiones involucradas y no siempre bien reprimidas. Una historia confinada entre los muros del Vaticano diríase un ladrillo teatral, pero no lo es, porque el guion va develando los rejuegos políticos, las mezquindades, los raptos de furia, las zancadillas a que se ven abocados los ilustres varones del Colegio cardenalicio.
Empecemos por Isabella Rossellini, que justamente por no ser uno de los mencionados varones (interpreta a Agnes, una monja) lo observa todo desde fuera, combinando en dosis perfectas la obediencia a la que la fuerzan sus votos y la sensatez empapada en audacia que nadie espera que emerja de su hábito plomizo. No es el suyo un personaje con mucha presencia, pero se hace inolvidable. De casta…
Ralph Fiennes, Stanley Tucci, Sergio Castellitto, Lucian Msamati y John Lithgow hacen lo suyo a tiempo y no necesariamente sonrientes. Los empingues del purpurado Lawrence (Fiennes), en actos tan sencillos como el afeitado diario, revelan la auténtica personalidad que el religioso ha debido esconder tras mansedumbre, meditación y sonrisas amargas. De Tucci baste decir que tiene cara de cardenal. Castellitto, que ha trabajado con grandes como Ettore Scola, Mario Monicelli, Luc Besson o Giuseppe Tornatore y dirigido piezas como Non ti muovere (2004), brilla como el efervescente, conservador y racista cardenal Tedesco (tedesco, en italiano, significa alemán); Lucian Msamati es Adeyemi, el africano que cree haber purgado un pecado cometido en su juventud y ser lo bastante puro como para aspirar al tope de la pirámide…pero no; Lithgow, a quien recordaremos eternamente como el pasajero aterrado en el episodio Nightmare at 20,000 feet, dirigido por George Miller para la película coral Twilight Zone: The movie (1983), encarna al trapacero cardenal Tremblay con su carita de yo-no-fui. Last but not least, el mexicano Carlos Diehz es el prelado Benítez, de quien no puedo hablar mucho para evitar el spoiling, pero que ocupa una posición algo aparte, parecida a la de la monja Rossellini, y que nos dará, cómo no, alguna sorpresa…
La ambición de poder, el racismo, la misoginia, la xenofobia, las añagazas de diversa índole salpican la trama hasta el punto de que, si por ahí queda un alma inocente que cree de veras en la santidad de la Iglesia, le recomiendo no ver la película, por aquello de que es mejor no conocer a tus ídolos para no decepcionarte. Es más, espero que a Dios lo pille ocupado en otro sitio y tampoco la vea. Ese será el caso, probablemente: en los últimos tiempos está muy claro que Él nunca está donde debe estar.


Por fin una lectura de Emilia Pérez donde no se están rompiendo las vestiduras!!! Excepto por el «dolor en la pinche vulva» (eso creí entender) de Selena Gómez en ése dialecto parecido al español, el resto es una apuesta arriesgada y solvente. Es cierto que es una lectura «otra», aunque está del carajo que la doña se redima encontrando a los que él-ella-u otros como él-ella, ayudaron a desaparecer en algún momento…eso está duro hasta para el franchute.
Me gustaría ver Cónclave. Gracias por compartir sus criterios, con los que se pueden comulgar o no, pero siempre son enriquecedores y bien fundamentados muchas gracias también por establecer coordenadas.
Cónclave, espectacular. Los musicales de Emilia se me atragantaron un poco.