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Desde hace varios años, el sistema educativo cubano ha sido objeto de críticas que van desde la escasez de profesores, hasta la falta de materiales básicos para la enseñanza. Cuba, que logró posicionarse como referente en la lucha contra el analfabetismo en el Tercer Mundo desde la década de 1960 y ocupó primeros lugares en cuanto a la calidad de su educación, muestra hoy un escenario signado por una profunda crisis. Esta situación contrasta, de forma paradójica, con la imagen que intenta proyectar el gobierno de cara al exterior: la de tener la mejor educación del continente.
Si bien últimamente se ha justificado el estado de la educación y sus carencias asociadas con la situación postpandémica, ya desde el año 2007 se declaraba que eran insostenibles los gastos del sistema educativo, por lo que se hacía necesario reducir la inversión en ese sector y en gastos sociales en general. En aquel momento se optó por realizar un llamamiento a los profesores jubilados, el conocido proceso de reinserción, en el cual se incorporaron miles de docentes a las escuelas. Sin embargo, para el año 2024 seguía existiendo un déficit de 24 000 docentes en todo el país.
Aunque el factor fundamental en la crisis educativa actual y el blanco de todos los ataques se encuentra en la ausencia de profesores, existen otros elementos que han ido convirtiéndose en ingredientes que se le añaden al problema principal y también son causas por las que muchos estudiantes prefieren abandonar las aulas y comenzar a trabajar cada vez a más temprana edad, aunque en Cuba la educación sea obligatoria hasta noveno grado. (El artículo 64 de la Ley 116, Código de Trabajo, permite a los jóvenes a partir de los 15 años ser «excepcionalmente» autorizados para trabajar).
Aunque el factor fundamental en la crisis educativa actual y el blanco de todos los ataques se encuentra en la ausencia de profesores, existen otros elementos que han ido convirtiéndose en ingredientes que se le añaden.
A ello se le añade la ausencia de interés, motivada en muchos casos por lo que se comenta en el ámbito doméstico, especialmente por las comparaciones que los adolescentes establecen con las personas de su entorno en cuanto a tiempo de estudio y salario devengado. En otros casos, la razón responde a la emigración masiva de cubanos que se ha intensificado en los últimos años, lo que afecta el proceso de continuidad de estudio a nivel medio, y sobre todo superior, asunto del cual se han hecho eco medios oficiales, como el avileño periódico El Invasor en el año 2022.
No obstante, la crisis en la educación constituye un tema que, de manera general, preocupa al gobierno cubano y, específicamente, al ministerio que le corresponde. La actual ministra del ramo, Naima Trujillo, afirmó que para el curso 2024-2025, los principales problemas recaían en «la entrega de la base de material de estudio, la cobertura de maestros y la situación con los uniformes escolares». Ena Elsa Velázquez Cobiella, quien fuera ministra del sector durante 15 años (2008-2023) y responsable de la política del III Perfeccionamiento (iniciada de manera preliminar en el año 2010), se refirió en varias ocasiones a la situación sin ahondar en soluciones reales para las problemáticas que se iban acumulando. En el año 2020, durante la Reunión Mundial sobre Educación, sin embargo, hizo responsable únicamente a las medidas unilaterales coercitivas del gobierno estadounidense de las grandes limitaciones que existían e insistió en «la voluntad política del Estado y el gobierno cubanos de garantizar el acceso a una educación inclusiva y de calidad».
Entre los años 2017 y 2020 se experimentaron nuevas formas de trabajo educativo en 152 centros docentes de diferentes niveles de enseñanza en todas las provincias del país, incluido el municipio especial Isla de la Juventud. Este proceso, que comenzó como un estudio diagnóstico del Instituto Central de Ciencias Pedagógicas (ICCP) en el año 2011 y desde el 2015 se implementó como medida en varios centros docentes, daría paso a lo que se conoció como III Perfeccionamiento del Sistema Nacional de Educación. En la investigación que realizó el MINED de conjunto con el ICCP se dice que el perfeccionamiento «se asume como una investigación compleja, debido a la naturaleza de los problemas que se presentan en la actualidad en la educación cubana», sin embargo, tras su implementación y el estado de la educación a día de hoy, más que organizar ha provocado un grupo de complicaciones.
«El fin de la historia y el último hombre»
Ante la crisis, el proceso de enseñanza/aprendizaje se ha visto particularmente afectado. Dentro de las asignaturas que con mayor complejidad viven este escenario se encuentra en un lugar relevante la Historia de Cuba.
Si bien ha sido común escuchar en los estudiantes frases como «la Historia es un clavo», «los profesores solo dan muela y muela» o «al final, todo lo que te dicen es mentira», hoy la crítica que se le hace está enfocada, primeramente, en la marcada rigidez que encierra cuando se imparte, sobre todo en los niveles secundario y medio, debido generalmente a fallas en la preparación de algunos docentes, ausencia de matices y vacíos en la didáctica; provocando que los estudiantes reciban la materia con somnolencia, monotonía, repetición y esquematismo. Esta situación no se debe a que el proceso de enseñanza/aprendizaje de la asignatura sea más complejo que el de otras; responde, en gran medida, a un problema de súper ideologización.
Para considerar sobre por qué hoy no atrae la Historia de Cuba se pueden apreciar al menos tres focos problemáticos:
1) Una estructura rígida y mecanicista de abordar los procesos históricos. El estudio de la Historia, que debe enfocarse en una apreciación orgánica de los procesos o ciclos y no de hechos particulares y descontextualizados, ha llevado a que muchos estudiantes sean incapaces de situar en un contexto más amplio, por ejemplo, los sucesos de la Guerrita de los Independientes de Color, en 1912, o la Revolución de agosto de 1933. Esto se debe a que, al tratarse como acontecimientos individuales, con fechas de principio y fin, no se comprenden dentro de un enfoque más holístico. En consecuencia, el estudiante se pierde dentro de una serie de hechos que es incapaz de articular y solo puede ordenar, casi exclusivamente, de forma memorística y cronológica. Esto da lugar a «fechas históricas» que se fijan en su mente con tal rigidez que luego les resulta imposible vincularlas con sucesos anteriores o posteriores.
2) Análisis reduccionista de la República. Oficialmente, se le denomina Neocolonia o Seudorrepública al periodo comprendido entre 1902 y 1958. Esta clasificación, con clara intención de menosprecio, atribuye los acontecimientos de esos años a presidentes considerados «entreguistas, corruptos y delincuentes». Se olvida que, durante la etapa republicana en Cuba, se contabilizan 19 gobernantes, entre ellos los tristemente célebres Gerardo Machado y Fulgencio Batista, pero también figuras con posturas antiimperialistas como Carlos Manuel de Céspedes (hijo) o Miguel Mariano Gómez. Si se realiza un análisis profundo, es evidente que no todos encajan en las categorías en las que suelen ser encasillados por los libros de Historia. En el intento por conferirle a la República un carácter sombrío, se ha desdibujado la fecha de inicio de nuestra vida como nación. Ante la pregunta: «¿Cuál es la fecha de independencia de Cuba?» se abre una disputa nominativa, existencial, política y metafísica que desemboca en la falta de consenso.
3) El metarrelato de la Revolución. En los libros de Historia de Cuba, el proceso iniciado en 1959 se presenta como la culminación lógica de una profecía que comenzó a gestarse en 1868 con Carlos Manuel de Céspedes. En esta idea, que proviene de un discurso de Fidel Castro, hay una intención de posicionar a la Revolución como el momento culmen del relato patrio. Incluso en bibliografía más reciente, es curioso cómo experiencias documentadas y con testigos aún vivos, —como los de la Unidad Militar de Ayuda a la Producción (UMAP) o las detenciones de marzo de 2003 (solo por poner dos ejemplos)— no aparecen. La voluntad, convertida en política educativa, es proyectar en la construcción del socialismo y en sus protagonistas, una etapa superior y sin fallas dentro del proceso histórico nacional. Realizada por hombres «nacidos en el seno de una familia humilde, solidarios, internacionalistas y honrados», la enseñanza se centra en una leyenda que busca erradicar toda individualidad y conectar al estudiante directamente con una suerte de «Epopeya intachable».
Sin pasado no hay futuro
Ante esta situación, surge la pregunta de cómo proteger la enseñanza de la Historia y, con ello, asegurar la coherencia de un relato nacional consistente y desestigmatizado.
En primer lugar, es necesario realizar una revisión de los programas de estudio y balancear adecuadamente la relación entre figura-hecho-proceso-contexto. Esto ayudaría al estudiante a comprender con mayor claridad el relato histórico y reconocer la importancia de su enseñanza.
Otra solución estaría en fomentar análisis más completos, capaces de mostrar los matices de hechos y figuras, promoviendo una apreciación más realista de los sucesos históricos y culturales del país. Esto debería basarse en comparaciones de estudios y en un enfoque menos prejuiciado hacia determinados procesos. Hace apenas dos décadas era frecuente ver a grupos de estudiantes visitando museos y sitios históricos, incluso a nivel local. Sin embargo, las deficiencias de la didáctica (sumadas a la situación crítica del transporte) han ido relegando estas experiencias, restándole vitalidad y conexión a la asignatura.
También es necesario comprender la República, al igual que la Revolución, como etapas históricas atravesadas por situaciones de diversa índole, que deben ser mostradas en todas sus dimensiones. Bien sabemos que la Historia tiene un papel legitimador e ideologizante, sin embargo, no puede perderse su función formativa en términos de pensamiento crítico y conciencia cívica. Es indispensable ofrecer miradas múltiples sobre los procesos, pues no se trata de un mito, sino de siglos de evolución social, marcados por sacudidas profundas y protagonizados por actores de todo tipo.
Es necesario comprender la República, al igual que la Revolución, como etapas históricas atravesadas por situaciones de diversa índole, que deben ser mostradas en todas sus dimensiones.
La enseñanza de las Ciencias Sociales supone un desafío, sobre todo por su carácter interpretativo. En el caso particular de la Historia de Cuba, este reto se agrava por la polarización de criterios ideológicos, bibliográficos e historiográficos donde los «malos» son siempre condenables y los «buenos», intachables. Esta situación puede estar vinculada, entre otros factores, con las dificultades de acceso a la información original mediante fuentes primarias y los complejos procesos para ingresar al Archivo Nacional de Cuba. En el debate actual sobre el sentido de la Historia, observamos —sobre todo en redes sociales como Instagram y Facebook— a varios creadores de contenido que se han dedicado a formular preguntas al azar sobre figuras y sucesos históricos a personas comunes. Las respuestas erróneas o el desconocimiento total, que suelen viralizarse en estas plataformas, constituyen una señal del deterioro social y educacional.
En los debates públicos más recientes en Cuba sobre la enseñanza y el aprecio general por la Historia, se ha subrayado la importancia de la crítica, la integración y el compromiso con la formación de ciudadanos conscientes de su identidad y del papel que desempeñan en la sociedad. La Comisión de Educación, Cultura, Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, como antesala al cuarto Período Ordinario de Sesiones en su X Legislatura (2024), abordó el tema desde la concepción de «colonización cultural», considerando la impartición de la historia como elemento esencial para contrarrestar la dominación cultural. Abel Prieto Jiménez, presidente de Casa de las Américas y encargado de la tarea «Sembrar ideas, sembrar conciencia» enfatizó la necesidad de aferrarse a la historia y a las ideas de figuras como José Martí y Fidel Castro, a quienes considera visionarios en la lucha contra la colonización histórico-cultural.
Por otro lado, en el marco del XXVI Congreso Nacional de Historia, que se celebrará en Las Tunas el próximo octubre, se prevé que uno de los temas centrales sea la necesidad de modernizar y ampliar la asignatura desde un enfoque integral, evitando prejuicios y discursos unidireccionales.
Es necesario superar la idea de que la historia la escriben exclusivamente los vencedores y, sin caer en la apología de múltiples interpretaciones, defender su enseñanza como un ejercicio riguroso que permita comprender los hechos desde una visión amplia, con el objetivo de acercarse lo más posible a una verdad histórica basada en el pensamiento crítico y la pluralidad de perspectivas.


¿Las posiciones antimperialistas de Carlos Manuel de Céspedes y Quesada?
La historia hay que enseñarla con vehemencia, como el actor o actriz un acto. Quien la cuenta no la vivió por lo general, hay que responsabilizar a los protagonistas su deber también de escribirla. La historia no es solo cronología y hechos, es análisis, porqué, para qué, contexto pluri, mezcla de formas y métodos teóricos, prácticos por muchos actores, radio.trlevision, dispositivos electrónicos, juegos. Etc
creo que su valor principal radica en la combinación de datos concretos (como el déficit de profesores o las declaraciones ministeriales) con una crítica aguda a los problemas pedagógicos e ideológicos que lastran la formación histórica en Cuba, no se limita a denunciar; sustenta sus afirmaciones con cifras, citas oficiales y referencias a políticas educativas fallidas, le da credibilidad y evita caer en generalizaciones facilonas. Señala con acierto cómo la Historia en Cuba se enseña como un *metarrelato* maniqueo, donde la República (1902-1958) es reducida a una «seudorrepública» corrupta y la Revolución se presenta como un proceso intachable. Esta mirada, más cercana al adoctrinamiento que al pensamiento crítico, explica el desinterés estudiantil.No se queda en la queja; sugiere soluciones sensatas: revisar programas educativos, recuperar el contexto histórico (no solo fechas), y fomentar el acceso a fuentes primarias. Conclusiones logras un texto incisivo y bien fundamentado, que desnuda las contradicciones entre el discurso oficial y la realidad de las aulas cubanas. Su crítica a la enseñanza dogmática de la Historia es especialmente relevante en un contexto donde el gobierno insiste en usarla como herramienta de legitimación política. Más allá de la coyuntura, el artículo plantea una pregunta crucial: ¿puede Cuba construir futuro sin revisar honestamente su pasado? La respuesta, implícita en el texto, es un *no* rotundo.
Como seria una clase de historia bajo este «bombardeo» de apagones. Sin corriente con calor sería algo insoportable.
La enseñanza unidireccional podria ser reemplazada en parte por la asignación de ensayos sobre hitos o temas cruciales del programa académico como otro punto de partida para la impartición de las clases.