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José Fidel Leonard Viciedo, más conocido como Joseíto, es un señor alto con un sombrero blanco. Como su andar es vacilante, se apoya en alguien para más seguridad. Pide que le hablen fuerte, porque a sus 85 años tiene la audición afectada. También padece de gastritis crónica, por lo que se alimenta, dice, a base de guagüí y malanga. Sin embargo, las exiguas carnes que le quedan en el cuerpo aún sostienen unos huesos tan duros de roer como su amor por la música. En especial, por el danzón.
–Yo aprendí a bailar danzón en mi casa y en la Sociedad de Negros del pueblito donde siempre he vivido –Sabanilla del Comendador, actual Juan Gualberto Gómez–, alrededor de un tocadiscos que ya en esa época era antiguo. Después iba a la matinée y enseñaba a los muchachos lo poquito que sabía.
Está sentado, altanero y elegante, viendo a las parejas bailar. A la vez, yo lo observo a él y a todos a través de uno de los grandes espejos del salón, cuyo azogue languidece por los bordes. Me parece que estuviera ante una pantalla donde se proyecta una película antigua, en blanco y negro. Los hombres visten con sombreros y trajes, algunos llevan puntiagudos zapatos de dos tonos. Las mujeres sonríen mientras siguen el paso que ellos marcan.

Una joven levanta la vista y mira un segundo a los ojos de su pareja, con deseo, con atrevimiento, con disimulo. La mano de él suda, un poco nerviosa, pero actúa en consecuencia: estrecha contra sí el cuerpo de la mujer, respira profundo su perfume. El corazón de ella late distinto, más acelerado que el montuno del danzón. No mueve demasiado las caderas, no recuesta su cabeza al pecho del hombre porque los otros se darían cuenta. Necesita mantener el control para no alterar las normas sociales. Vuelve a mirarlo, porque eso sí está permitido. Ninguno de los dos siente el suelo bajo los pies: flotan. Están en el Salón de los Espejos, Joseíto los mira desde su silla, yo los observo a todos, pero esa pareja habita en otra dimensión, en su propia nube. Entonces, un sonido que proviene desde la calle rompe la magia: «Tacto, que llegó el reparto. La cintura para abajo y la manito pa´ lo alto».
–Ya la gente del siglo XIX quería bailar distinto –dice María Victoria Oliver, doctora, musicóloga e investigadora–. Nuestro clima, nuestra forma de ser, nuestra idiosincrasia, nos exigía que nuestra contradanza fuera diferente, abierta. En casa de Bellido Luna, un 13 de agosto, los bailadores le hacen un pedido especial a Miguel Faílde: «Hace falta que hagas una obra que suene diferente, más como nosotros».

Faílde, como músico de su momento, compuso una contradanza binaria como todas las contradanzas, pero los bailadores le dijeron: «¿No ves que estamos inventando una cosa nueva en la danza? Invéntanos una cosa nueva en la música». Y tuvo que irse con el regaño de los bailadores. Había antecedentes, esencias musicales, por supuesto, y Miguel Faílde, para que se entienda, dijo: «Voy a tomar un pedacito de aquí y un pedacito de acá», y el 1 de enero de 1879 se apareció en la Sala White de Matanzas con el primer danzón.
Ahora la Sala White es un lugar donde principalmente se hacen conciertos. Los danzoneros de la ciudad bailan en su propia sede, en la Calle Medio, pero quienes provienen de otros municipios y provincias lamentan que los espacios se hayan ido perdiendo, que no abunden las orquestas actuales que incluyan el danzón en sus repertorios, y la ausencia de programas televisivos dedicados a esta y otras expresiones músico-danzarias tradicionales.

El fenómeno es aún más amplio y no afecta solo al danzón y sus manifestaciones afines. La profunda crisis económica, la reducción de los presupuestos a las instituciones subvencionadas, la pérdida de especialistas que han emigrado del país o se desplazaron hacia trabajos mejor remunerados, entre otros factores, han provocado que los cubanos cada vez cuenten con menos espacios para socializar y bailar. Por una razón u otra, muchas instituciones no cumplen con su función. Proliferan bares particulares o administrados por formas de gestión no estatales, pero sus precios son prohibitivos para gran parte de la población. Como un acto natural, que no deja de ser muestra de resistencia cultural, los jóvenes se reúnen en cualquier lugar público alrededor de una bocina portátil a escuchar, tararear y bailar la música que les gusta.

Pero no se le puede pedir lo mismo a la comunidad danzonera, compuesta principalmente por personas de la tercera edad. Debería ser prioridad de los gobiernos a todos los niveles garantizarles lo poco que necesitan, porque esos encuentros contribuyen de modo significativo a aumentar su calidad de vida. Habría que ver la sonrisa de la señora de 96 años que vino desde Pinar del Río a Matanzas para disfrutar de las actividades del VI Encuentro Internacional Danzonero. Habría que escuchar a María Belén Hidalgo Blanco, coordinadora de los clubes «Amigos del Danzón» en Matanzas, y que ha ido a muchos de los 132 clubes que existen en el país, cuando habla del baile del abanico, del baile de la corbata y la chalina, del baile de la galleta, del baile de las flores, del baile de San Joaquín, muchos de los cuales han dejado de hacerse por falta de recursos y apoyo institucional. Más que un deber, es una obligación, porque estamos hablando de lo que personalmente significa y aporta el danzón para miles de cubanos y, más allá, de lo que representa para nuestra identidad nacional.
–Todo el mundo se cree que es nuestro baile nacional porque de verdad tiene elementos identificables de lo negro y de lo europeo. Pero eso es un estudio musicológico, académico –dice María Victoria–. La realidad es que en el danzón fue donde se unieron el blanco y el negro en el salón. Por tanto, para el español era un peligro esa unión del pueblo cubano, aunque fuera a través del baile. El danzón va de cómo somos, de cómo bailamos, cómo nos sentimos, cómo nos mestizamos. Cubano es una sola raza, y ese fue el danzón. Representó la ideología de José Martí, de Juan Gualberto Gómez. Además, el danzón se fortaleció finalizando nuestra primera guerra de independencia, en el momento de consolidación de la nación cubana, del pensamiento nacional. Por todo eso es una expresión, una parte de nuestra identidad que necesita ser conservada.

Muchas, demasiadas cosas buenas se han perdido ya, y no lo podemos dejar todo a la memoria. La de Joseíto, por ejemplo, sigue fuerte, pero debajo del sombrero los recuerdos saltan como de una pista a otra de aquel tocadiscos viejo.
Menciona nombres sueltos o apellidos de los que considera mejores pianistas o intérpretes de una época no muy bien definida: Héctor Téllez, María Elena Pena, Jorge Gómez, Centurión, Luis Carbonell… O de orquestas: la América, Estrella Cubana, la Siglo XX, el Conjunto Rumbavana… Habla de Pavón, de cuando el Consejo se convirtió en el Ministerio de Educación y Cultura, de Armando Hart. Dice que, en 1979, para el centenario del danzón, hicieron en el parque René Fraga de Matanzas un escenario tremendo, de madera, para 100 parejas bailadoras. Recuerda también el festival Cubadanzón… Luego dice que desde su puesto en la dirección de cultura creó 18 clubes del danzón en la provincia. «Cada uno atendía un círculo infantil, y en cada círculo formábamos 15 o 20 parejas de niños que bailaban».

Lo que me hace pensar en las bocinas que pasan vomitando reparto y en mi propia infancia. En la escuela primaria, sin que yo tuviera aptitudes ni pretensiones, me vistieron con un sombrero de yarey y una guayabera y me pusieron a bailar zapateo. Quizá porque era el «inteligentico» de la clase, o el «bonitillo», o porque había que formar alumnos integrales, aunque no me interesaba para nada aquel teatro. Lo bueno de la experiencia es que descubrí algo que no quería hacer, y a partir de ese día tuve la opción de negarme.
La transmisión de las tradiciones ocurre de forma natural: de padres a hijos, de especialistas a jóvenes interesados. Se corre un gran riesgo si se toma como una meta, como un compromiso o un plan a cumplir, o se imparte de un modo anecdótico, superficial, deshumanizado, como tanto se hace con la historia nacional. Lo que importa es la necesidad sentida de bailar danzón, en este caso. Bailar danzón porque me encanta, porque me hace feliz, porque voy a enamorar a alguien, porque es el momento de sentirse en la gloria del mundo, como se sentía la pareja que vi a través del espejo, o la imaginé, ella detrás de su abanico, toda ruborizada… Lo otro es la capacidad que siempre ha tenido el danzón para transformarse.

–El danzón fue el primer baile que permitió que la pareja se uniera en un salón social. Además, es el único baile cubano que te permite tener un tiempo de descanso que se utiliza para socializar, para enamorar. Eso no puede verse afectado, porque está en su esencia –dice la doctora María Victoria-. Pero desde el punto de vista de su estructura, el danzón ha sido dúctil. ¿Llegó el son desde el oriente hasta el occidente del país? No hay problema, le ponemos un montuno, lo que introdujo la aceptación de un ligero movimiento de caderas.
«También tenemos el testimonio del pianista de Aniceto. Él cuenta que en un baile que se dio en Alacranes, en la Matanzas de 1928, la gente no se levantaba a bailar danzón y Aniceto dijo: “¡Qué va, aquí me muero de hambre, si la gente no baila no me vuelven a contratar! Hay que cambiar esto”. Y así fue que le puso letra y estribillo, y surgió el primer danzonete. Por cierto, se llamó Rompiendo la rutina. Si no rompía la rutina, si el danzón no evolucionaba, ninguno de los músicos comía».

Entonces el danzón, como toda la música, es el reflejo de los tiempos que se viven, y el mercado importa, por supuesto. Lo que habría es que preguntarse seriamente cómo y por qué ese ritmo simple que es el reparto predomina sobre toda la riqueza musical cubana. Y por qué las letras son tan vulgares, por qué magnifican el éxito fácil y rápido, el «yo» sobre el «nosotros», el sexo explícito, la misoginia, la violencia de género y la marginalidad rampante. Preguntarse cómo la repetición de esas ideas influye en el imaginario y la formación de valores entre los jóvenes. O, de regreso al inicio, ¿el reparto no es más que la manifestación de lo que ya tenemos, de lo que se ha venido educando?
José Fidel Leonard Viciedo, el viejo elegante de sombrero blanco, está ahora bailando un danzón que se llama El inquieto Joseíto, compuesto especialmente para él por Guillermo Rubalcaba. A su alrededor bailan otras treinta y tantas parejas. Cinco o seis de ellas, jóvenes que, con toda probabilidad, encontraré algún día soltándose con el reparto, y no hay nada de malo en eso. La diferencia es que ellos pueden escoger, que tienen diversas opciones para disfrutar, que no se verán limitados. Habría que ver qué pasará con los niños de hoy, y con el país en general, si no logramos transmitirles nuestras tradiciones.


Una linda crónica Néster. El danzón que a mí me fascina se llama «Almendra», creo que también compuesto por Faildé.
Tu artículo en general, y muy a lugar, llama la atención acerca de la inaplazable necesidad de transmitir nuestras tradiciones a niños y jóvenes. Esto es importante pues ayuda a conservar expresiones culturales propias de nuestro devenir cómo nación y concede cierto sentido de identidad a los más jóvenes. Sin embargo, creo que 1) se deben transmitir nuestras mejores tradiciones (recuerda que también tenemos esclavitud, racismo, clasismo, caudillismo y demás), 2) debe enseñarse que esas llamadas mejores tradiciones nunca lo han sido por obra y gracia de lo que el poder, moral y/o político, decide (aunque muchas veces es quién da el visto bueno) y 3) es necesario no sólo mostrar las tradiciones, sino también el proceso histórico a través del cual estas tradiciones emergen y la naturaleza dinámica de su evolución.
Definitivamente, cómo tu bien mencionas, el desarrollo de la música está sujeto al tiempo en que se vive, además de elementos circunstanciales cómo el mercado. Así sucedió con el cha-cha-chá, y anteriormente con el son cubano (utilizado, de modo, demagógico, por Gerardo Machado), que sólo terminó de ser aceptado por la burguesía cubana una vez que el género invadió Europa, Asia y los Estados Unidos.
Sin embargo, casi siempre hay razones más profundas que ayudan a legitimar nuestras ideas fundacionales. Y las razones morales son casi siempre parte imprescindible de estas búsquedas y legitimaciones. Esto no debe sorprender, pues tiene sentido legitimar sólo aquello que consideramos bueno y saludable para nosotros cómo individuos y para la sociedad, o subgrupo, en su conjunto. Ahora, lo que consideramos bueno o malo, vamos a circunscribirnos al tema cultural y musical por comodidad, es algo que siempre nos obligará a escuchar la opinión contraria, pues muchas veces la discusión ya no es musical sino que involucra juicios de valor, a veces fundados y otras veces impuestos.
Es en esto último dónde discrepo con parte de tus conclusiones. Tu te refieres a la necesidad de analizar con detenimiento el por qué «el reparto», género urbano preferido en la actualidad por muchos jóvenes, goza de tanta aceptación, por encima de lo que tu consideras «toda la riqueza musical cubana». Yo creo que, ciertamente, es importante estudio que sugieres. Sin embargo cuando empleas expresiones como “ritmo simple o sentencias cómo “ letras […] tan vulgares, por qué magnifican el éxito fácil y rápido, el «yo» sobre el «nosotros», el sexo explícito, la misoginia, la violencia de género y la marginalidad rampante“ uno no puede evitar pensar, de modo plausible diría yo, que no es necesariamente rescatar la diversidad de géneros de nuestra historia musical lo que más te interesa, sino contraponerlos, en todo lo posible, al reparto, pues tu lo consideras personalmente una aberración moral y musical. O, por el contrario, puede ser que, cómo ocurre con muchos cubanos, desees sinceramente rescatar la diversidad de nuestra música, pero no por las razones correctas, en mi opinión.
Creo que hay un falso dilema: quién disfruta reparto, también podría perfectamente disfrutar otros géneros. Sinceramente, no consideraría esta excesiva contraposición como punto de partida en ninguna investigación, pues estaría, en mi criterio, empezando mal. Cuando en el arte uno cree que lo que uno prefiere es lo único digno de ser considerado arte, entonces ya no es la intuición estética la que habla, sino nuestra preferencia moral.
Por ejemplo, lo que tu consideras como “ritmo simple” es el ritmo llamado “Dembow”, una de las tantas variaciones del tresillo, célula rítmica fundamental de la música afrocubana (y cubana bailable en general), afronorteamericana y caribeña, además de sus variantes urbanas más recientes, incluyendo al reparto y los afrobeats. Su origen, obviamente, y denominador común se encuentra en tradición musical procedente del Àfrica sub-sahariana, la cual se distinguen por su particular empleo de la síncopa y la polirítmia. Pero sobre todo por uso del “ostinato”, recurso de composición que consiste básicamente en la repetición de un motivo musical; melódico, rítmico o de alguna otra naturaleza sonora. Su uso está extendido en casi todas las zonas de la música popular, particularmente aquellas bailables de origen africano, dónde se le asocia con la noción afronorteamericana de “groove” (rumba, jazz, son, funk, blues, R&B, hip-hop, samba, soul, rock, etc). Ciertamente, el groove tiene, sobre todo en su origen en la comunidad afronorteamericana, connotaciones sexuales asociadas a la idea de algo que te conmina a entregarte a un movimiento hipnótico, que es, en resumidas cuentas, lo que engancha al bailador en ese delicioso estado de trance. Es una celebración de Àfrica y de la vida, no un motivo de vergüenza ni pobreza rítmica, todo lo contrario. El patrón se repite, y para alguien que no necesariamente comparte el gusto por este tipo de estilo, puede parecer repetitivo, pero los bailadores reconocen la cualidad rítmica en cada patrón, el cual, junto a la interpretación vocal, genera irresistibles contrapuntos y poliritmias.
El hecho de que todo estos ritmos, por supuesto no sólo el reggaeton, hayan conquistado las pistas de baile occidentales llena de orgullo a muchos africanos, pero no ha sido necesariamente igual recibido por ciertos guardianes de la tradición en occidente. Afortunadamente, en mi criterio, una buena parte de la juventud occidental también se ha apropiado de ellos y los guardianes no han podido con el mercado. Sin embargo, el fenómeno ya existia y había sido legitimado desde mucho antes de su impacto comercial. Que conste que no hago una apología per se del mercado (el cual tiene sus propios problemas en términos de promoción cultural), pero es indudable que los moralistas no deben ser los únicos que opinen.
Lo anterior no tiene que ser la última palabra, pero el punto es que no se debería ser tan categórico cuando se evalúa un género musical o artístico. En el particular, las arenas son casi siempre movedizas y subjetivas. Y lo cierto es que los desacuerdos sobre primeros principios son tan antiguos como la humanidad misma. Lo que a veces consideramos bueno para nosotros cómo individuos no necesariamente coincide con lo que opinan otros individuos, los cuales a veces representan a la mayoría de la sociedad y otras veces sólo una minoría.
Sin embargo la vida nos va demostrando que en estos menesteres es casi siempre preferible dejar que cada cual disfrute lo que prefiere, democráticamente, y que el tiempo diga la última palabra, pues, muchas veces, el proceso de legitimar un género se transforma en un reflejo de relaciones de poder. Así contaba José Antonio Méndez cuando tuvo que cambiar el final de “La gloria eres tú” (bendito dios en lugar de desmiento a dios), pues las sensibilidades morales, en México y en Cuba, no querían blasfemia. Así contaba también Arsenio Rodriguez, autor de “Los Sitios haceré”, mi barrio de nacimiento (yo prefiero asere sin “h” y con “s”, pero así está en el original y la licencia es libre pues el término aún no es oficial), cuyo primer nombre era irónicamente Ignacio de Loyola, cuando muchas veces le llevaban a un cura antes de empezar la función. Nadie habla de los origenes ñáñigos del Septeto Nacional, el Sexteto Habanero, el Sexteto Boloña o el Sexteto Occidente, este último lidereado por nuestra gran Maria Teresa Vera y sus increibles interpretaciones en abakuá de temas de la autoría de Ignacio Piñeiro (hay “monina”, “asere” y de todo). Si escuchamos una interpretación como “En la alta sociedad”, constataremos que la estructura clasista de la sociedad cubana dejaba muy poco al debate puramente estético.
Hoy los queremos rescatar a todos, pero aún insisten en omitir todos estos detalles, para que encajen mejor en el occidentalismo defectuoso, y de periferia, cubano. Hoy vemos a todos estos conjuntos y géneros musicales como dignos de ser transmitidos a los jóvenes, pero no era eso lo que se pensaba de ellos, ni al momento de sus inicios, ni tampoco un buen tiempo después. Esto es un testamento del carácter dinámico de estos asuntos. Si te hubiera tocado, Néster, defender al son cubano en los 1920s-30s, lo hubieras hecho? O pensarías igual que como piensas del reparto hoy? Muchos de los criterios con que descalificas a este último eran los mismos que se empleaban en contra del son, antes que la burguesía cubana los legitimara como parte del pensamiento oficial. La preguntas son, naturalmente, hipotéticas y un tanto humorísticas, pero sirvan de recordatorio sobre cuán dinámicos pueden ser estos procesos.
Todo esto, naturalmente, también incluye al danzon, el género que, muy a lugar, quisieras rescatar. No sólo fueron las autoridades coloniales las críticas del género. Considera el siguiente pasaje:
“Una afición enloquecedora por el baile cunde en ciertas épocas delaño, como una epidemia de satiriácicos; en el seno de la sociedad cubana. Por todos los ámbitos de la ciudad resuena el penetrante alarido del cornetin; reclamando al macho y á la hembra para la fiesta hipócritamente lúbrica. Desde el modesto estrado hasta el amplio salón de la más encopetada sociedad pública, acuden todos confundidos y delirantes á remedar sin pudor ni decoro escenas sáficas de alcoba, bautizadas con los nombres de danza, danzón y Yambú. Músicos y compositores, —por lo general de la raza de color, —rotulan con el dicharacho más expresivo, recogido de la calle ó del tugurio, sus abigarradas composiciones, cuyos ritmos son la expresión musical imitativa de escenas
pornográficas, que los timbales fingen como redobles de deseos, que el rispido sonsonete del guayo
como titilaciones que exacerban la lujuria y que el clarinete y el cornetín, en su competencia estruendosa y disonante, parecen imitar las ánsias, las súplicas y los esfuerzos del que lucha ardorosamente por la posesión amorosa.
Al son de esa música alborotosa y lasciva que flagela con sus bruscas agudezas la sensibilidad más
adormecida, provocando una reacción de espasmo lúbrico, innóvense las parejas con voluptuosa indolencia”
Fragmento del libro “La prostitución en la ciudad de la Habana”, publicado en 1888 por el médico y patriota cubano Benjamín de Céspedes y prologado nada menos que por Enrique José Varona (el prólogo tampoco tiene desperdicio). Evidentemente, asociaban a este, el género de los bisabuelos, con la prostitución en La Habana. Si cambias el nombre de los géneros, y aliviamos un poco la rimbombancia decimonónica, bien podría tratarse de una de las acostumbradas críticas, o más bien embestidas, que algunos de nuestros aficionados locales tienen reservadas para el género urbano conocido como reparto, ó reggaetón, … ó danzón?