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En la madrugada del 3 de enero de 2026, Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores fueron trasladados forzosamente a Estados Unidos en una operación militar que, aunque fue calificada por la Casa Blanca como quirúrgica, cobró la vida de varias personas, entre ellas 32 cubanos que formaban parte del equipo de seguridad del presidente venezolano.
Las reacciones no se han hecho esperar, desde celebraciones por la captura de un mandatario con múltiples acusaciones de fraude, autoritarismo y corrupción, hasta preocupaciones muy serias por el precedente que se sienta cuando un país puede actuar sin consecuencias fuera de los márgenes del derecho internacional.
Para Cuba las implicaciones también son directas. No solo porque el chavismo ha sido uno de los principales aliados del gobierno cubano en la región, sino porque, si a Trump “le sale bien” este libreto, la tentación de intentar algo similar con la Isla —si se dieran incentivos y condiciones— deja de ser un delirio de redes para convertirse en un riesgo que hay que atender.
Por ahora solo quedan algunas certezas. Esta acción no va, ni de lucha contra el narcotráfico, ni de restablecimiento de la democracia. Trump intentó vender la operación como “antidrogas”, pero casi de inmediato reveló el verdadero interés: el petróleo. Basta con ver la conferencia de prensa que le siguió a la intervención.
No solo dejó claro todos los objetivos económicos que tiene con Venezuela, sino que además desempolvó algo que en el discurso norteamericano parecía un cadáver, la Doctrina Monroe, aquella declaración de 1823 que, bajo la consigna de “América para los americanos”, prometió proteger el continente de la colonización europea, pero que, en la práctica, funcionó como un intento de cambio de metrópoli.
Así, tan fácil se sacó de la manga una política que entre sus nefastos resultados tuvo ocupaciones militares en Haití, Nicaragua y República Dominicana, y posteriormente la normalización de un clima hemisférico que impulsó dictaduras como la de Pinochet en Chile, la junta militar argentina y el somocismo en Nicaragua.
Mientras tanto, la gran incógnita es cómo se recompone el chavismo sin su figura principal. Las miradas están sobre Delcy Rodríguez que asumió como presidenta interina, y que parece tener una proyección en dos direcciones: por un lado ha exigido el regreso de Maduro, y por otro ha apostado por diálogo, cooperación y negociación con Estados Unidos. Da qué pensar, luego de todo lo ocurrido.
Una de varias formas de interpretar esto es que están ganando tiempo. El hecho de que se decidiera liberar a un grupo importante de presos políticos como gesto de “buena voluntad” y desescalada, parece ser un movimiento para generar legitimidad internacional y ante la oposición interna, en un momento de máxima fragilidad.
Sobre que a Trump le importó poco Maria Corina y que ella, de tanto que quiere entregar, entrega hasta el Nobel, creo que hay poco que decir. Habrá que ver qué tanto afecta su capital político ante una zona de la población venezolana, que está harta del chavismo, pero que tiene también claras las consecuencias de dejar la política interna a una potencia extranjera.
Con todo, es un buen momento para mirar a los que creían que Rusia y China iban a salvarnos de algo. Sí, han dado respaldo político y diplomático, pero no ni una señal creíble de que vayan a implicarse militarmente para “rescatar” a Maduro o proteger a Venezuela de futuras invasiones. Debería entonces estar claro que, cuando se arma la guerra, los países periféricos tenemos que protegernos nosotros mismos, sin depender del apoyo de otras potencias.
Por cierto, esa es una lección que debería aprender Cuba, la próxima en la lista según muchos entusiastas. Yo les diría que se calmen un poco, a no ser que descubran petróleo o algún mineral raro que le interesa a Elon Musk, la Isla tiene poco que ofrecer para compensar una operación militar tan costosa y riesgosa. Trump y Rubio están apostando a que, si se corta el sostén externo, Cuba quedaría expuesta a una dinámica de deterioro acelerado que sería el fin del gobierno.
Igualmente, no es sabio confiar tan rápido en ese tipo de predicciones, sobre todo porque si bien es innegable la fuerte crisis que vive el país, lo cierto es que el Estado cubano sobrevivido en otros momentos de aislamiento. Además, aunque el gobierno de Díaz Canel no ha sido transparente en este sentido, varias informaciones de medios de prensa desde hace meses han llamado la atención sobre la disminución de los envíos de petróleo venezolano a la Isla, mucho antes de la captura de Maduro.
De hecho, supongamos por un momento que el chavismo desaparezca, o decida plegarse a las órdenes de la Casa Blanca, Cuba aún tiene varias cartas que jugar con otros aliados que pueden ayudarle a mantenerse a flote, más aún si el gobierno cubano decidiera, de una vez, reformar su economía para que fuera atractiva a la inversión extranjera.
Volviendo al país bolivariano, todos hemos visto las varias escenas de venezolanos celebrando la captura de Maduro que se viralizaron en redes sociales, incluso con enfrentamientos a quienes rechazaban la intervención. Paralelamente, desde medios y plataformas de la oposición se ha repetido el mensaje de orden: “si no eres venezolano, no opines”.
Y acá creo que es importante detenerse un momento: es legítima la molestia cuando, quien no conoce las complejidades de tu país, viene a dar cátedra sobre tus problemas. Los cubanos sabemos mucho de eso. Pero el precedente que genera Estados Unidos al secuestrar al jefe de un Estado soberano —más allá de si fue elegido democráticamente o no—, no es un asunto solo de Venezuela, sino de todo el mundo.
He leído mucho estos días que “debemos dejar a los venezolanos celebrar”, y no me opongo a eso. La felicidad es un sentimiento, no una razón. Nadie debería ser juzgado por sentir felicidad. Lo que sí hay que sentarse a analizar es por qué una acción claramente peligrosa e injerencista genera felicidad en una parte de un pueblo.
Asimismo, la polémica, se ha movido a otra discusión: la utilidad —o no— de mantener el derecho internacional tal y como lo conocemos hoy. Algunos dicen “no ha servido para evitar violaciones de derechos humanos” dentro de países como Venezuela; otros alegan que “es un derecho acomodado a los intereses de los poderosos”.
Y hay algo de cierto en ambas ideas. Pero la pregunta práctica que sigue es: ¿cuál sería la alternativa? ¿El planeta estaría más estable y seguro si no existieran normas mínimas que rijan la relación entre países? ¿Eliminar o desconocer estas normas garantizaría los derechos humanos o una relación más horizontal entre los Estados, o convertiría el mundo en una gran selva donde, con menos pudor o reparos que ahora, imperaría abiertamente la ley del más fuerte?
Quienes han estudiado un poco de historia saben qué pasó cuando el mundo se entregó a esa lógica durante la Segunda Guerra Mundial, que dejó decenas de millones de muertos, desplazamientos masivos, exterminio industrializado, ciudades arrasadas… entre otras atrocidades. Justamente por eso después se reforzaron organismos internacionales y marcos jurídicos para contener —al menos en teoría— el uso arbitrario de la fuerza y poner límites, aunque fueran imperfectos, a la “solución militar” como método de gobernanza global.
Si bien esas barreras nunca fueron un candado definitivo, funcionaron mientras existió cierto costo político por violarlas, y mientras las grandes potencias, al menos fingieron que se movían dentro de reglas comunes. Cuando ese freno se pierde, y la fuerza vuelve a presentarse como herramienta “normal” de política exterior, se abre la puerta a que cualquier conflicto se resuelva por imposición y no por negociación.
Sobre el futuro de esta operación, hasta ahora tenemos muy pocas certezas, pero lo cierto es que Venezuela sigue gobernada por el chavismo, que Trump le dio a la espalda a la líder de la oposición, y al parecer las empresas petroleras norteamericanas regresarán al país bolivariano aun sin restablecer la “democracia”. ¿Cuánto estará dispuesto a ceder el Partido Socialista Unido de Venezuela? ¿Podrá mantenerse cohesionado ante estos nuevos acontecimientos? ¿Qué alternativas tienen para mantener la soberanía del país? Son preguntas que probablemente sabremos en los próximos meses.
Por lo pronto, parece que a la mayoría de los venezolanos les preocupa más el futuro económico del país. No han sido visibles los rechazos a las “concesiones” por parte de Delcy Rodríguez. Por lo tanto, si ella puede lograr un respiro económico para la gente mediante acuerdos con el vecino del norte, lo más probable es que la mayoría se olvide tanto de Maduro como de María Corina.
Y es que Venezuela se encuentra ante dos caminos: enfrascarse, sola, en una guerra con la potencia militar más poderosa del mundo, o ceder su soberanía a los deseos de un país extranjero gobernado por un imperialista autoritario que cada vez esconde menos su verdadera cara. Ninguno de los dos vaticina resultados halagüeños.
En cualquier escenario, la soberanía definitivamente ha sido la gran perdedora. Pero la soberanía no es un valor en abstracto, tiene que servir para generar bienestar y desarrollo democrático. Nadie mejor que los ciudadanos de un país para velar por sus intereses. Por eso, que un gobierno extranjero dicte leyes en tu territorio nunca será una buena estrategia a largo plazo. Pero cuando una parte de la ciudadanía siente que su gobierno, el que dice representarlos, lo está haciendo todo tan mal, la soberanía (para ellos) pasa a un segundo plano y la prioridad se vuelve “que las cosas cambien”, sea como sea.
Es una enseñanza para Cuba, también. Para quienes romantizan lo que había antes de 1959, donde la falta de soberanía agudizó las contradicciones al punto de hacer estallar una revolución; pero también para quienes idealizan la pobreza actual pintándola de resistencia, sin trazar un camino para salir de ella.
Ante los rumbos que están tomando las relaciones internacionales en el mundo, tener un país próspero y democrático no es garantía de que las bombas no caigan, pero sí sigue siendo la manera más eficaz de que la población sienta que tiene que hacer todo lo posible por evitarlo, y no vea nunca en la bomba extranjera la salida de los problemas internos.
Definitivamente, las acciones emprendidas por Trump son una muy mala noticia para cualquiera que tenga un pensamiento progresista o simplemente valore el derecho de autodeterminación de los pueblos. Decir otra cosa es intentar vestir de triunfalismo un camino que, en cualquiera de sus variantes, aumenta el sufrimiento de quienes siempre pagan primero el precio de las guerras —convencionales o no—: los pobres de la tierra. Cuando la fuerza se normaliza como herramienta de política, lo que se expande no es la libertad, sino la impunidad.
Sin embargo, a Cuba y Venezuela solo les queda intentar convertir el golpe en una oportunidad. Levantar las bases progresistas y patrióticas en su población —incluidas las que critican o se oponen al gobierno—, bajar el volumen a la polarización interna, y abrir un ciclo de reformas económicas y políticas que devuelvan horizonte, estabilidad y capacidad de respuesta. No para plegarse a los designios de Washington, sino para reconstruir legitimidad y cohesión desde dentro, que permitan resistir posibles agresiones.
En última instancia, esa es la defensa más realista, que la gente vuelva a sentir que su futuro se juega en casa. Que el cambio deje de parecer una mercancía importada que llega en uniforme extranjero, y vuelva a ser una tarea nacional, plural, imperfecta, pero propia. Si este episodio deja una advertencia, es que ningún proyecto se sostiene solo con soberanía declamada; la verdadera soberanía solo es posible cuando sirve para vivir mejor.


Auto determinación de los pueblos, ¿Estas seguro de que no confundes con la determinación de un partido o la determinación de una cúpula dictatorial?, es decir.., ¿El pueblo esta realmente de acuerdo con ello? ¿Se auto determinan? Las encuestas ¿Qué dicen?
De todas formas.., y aún considerando de que José Martí lo escribió al inicio de unos versos…
Le dejo este tema…, que refleja el principal problema de la intelectualidad (de mesas llenas y vino tinto)
«En la Luna cuando ma’
Se puede estar un me’
Dos me’, tres me’
Cuatro me’ quizá
Pero cinco mé
No se puede está’
Al viejo Taita Jacinto
Lo pusieron en la Luna
A procurar su fortuna
Con el machete en el cinto
No lo defraudo su instinto
Lunita estaba vacía
No encontró ni una jutía
Ni leche, ni vino tinto
En la Luna cuando ma’
Se puede estar un me’
Dos me’, tres me’
Cuatro me’ quizá
Pero cinco mé
No se puede está’»
…
Pedro Luis Ferrer – En la Luna.
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