La credibilidad del poder en Cuba entre palabra y acto

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El 17 de agosto próximo se cumplirán 87 años de la muerte de Konstantín Stanislavski, el actor, director, pedagogo teatral ruso que transformaría la esencia del trabajo del actor y convertiría la actuación en un verdadero arte. Su propósito era el alcance de la organicidad en la labor actoral y la credibilidad por parte de los públicos. Con sus descubrimientos y sistematizaciones fue posible desterrar los estilos declamatorios de los escenarios y brindarle al actor una serie de recursos (un método) para construir su personaje con certeza y seguridad. La idea era que el público disfrutara un arte en que el individuo actor consiguiera transmutarse en el personaje a interpretar, y esa sería la medida de la calidad de su trabajo.

Comienzo por un territorio que me es cercano: el escenario artístico, pero el tema de la credibilidad no es competencia única del arte de la escena en cualquiera de los medios que la componen (teatro, radio, cine, televisión) sino, también, de la política en cualquiera de sus modalidades de ejercicio, sobre todo, de cierto tipo de vida política que nos atañe particularmente a los cubanos. Me refiero entonces al ejercicio político en el ámbito de la Revolución Cubana, que se declaró además, como bien se sabe, desde 1961 en los días de Girón, revolución socialista y cuyos representantes nacionales se han encargado, desde entonces hasta la actualidad, de denominar como socialismo al sistema social en el cual tiene lugar.

Al respecto del tema central del presente artículo: la ejemplaridad, la coherencia entre palabra y acto, el participar del destino de su pueblo no nos han faltado teorizaciones ni exámenes propios por parte de las principales figuras de la Revolución Cubana desde su etapa primera. El tema de los cuadros fue una preocupación temprana de Ernesto Che Guevara, sobre la cual se expresó sin ambages en reiteradas ocasiones desde 1962. Para el Che, tanto en este asunto como en el tratamiento del Partido como organización política líder, la ejemplaridad de los cuadros y de los militantes era un punto medular. Al respecto, él, personalmente, fue un paradigma.

Si bien la credibilidad comienza con el ejemplo personal, mediante el cumplimiento de los preceptos que se promulgan y se les exige a los otros, lo que equivale a mantener una conducta coherente entre palabra y acción: lo que se dice y lo que se hace y, a la vez, consecuente con las consignas con las cuales se arenga a la ciudadanía, no se limita solo a ello. La transparencia política es también una variable fundamental en la ecuación. Se suman la honestidad en todos los planos de la vida personal y social y la confianza: ser merecedor de la confianza de los colectivos que se dirigen, se trate de pequeños grupos humanos, comunidades de una región, o de la ciudadanía en su conjunto.

La transparencia, por su parte, se relaciona con el apego a la verdad de los hechos y la nitidez en el uso de la información. Ello supone, por ejemplo, la imposibilidad de que la autoridad prometa informar a sus conciudadanos sobre las causas de un acontecimiento nefasto que ha impactado en la opinión pública nacional y, luego, como si nada, incumpla la palabra empeñada. En tal caso, el político que prometió transparencia, si no da una explicación convincente de por qué se mantiene el silencio, habría restado peso y valor a su palabra hasta el punto en que aquella no signifique absolutamente nada.

Lamentablemente, en el lustro más reciente tal comportamiento no ha resultado excepción, sino que se ha convertido en una forma de actuar, un modelo, una estrategia. Como ciudadanía lo padecimos tras los siniestros del Hotel Saratoga, en La Habana; de la Terminal de Supertanqueros, en Matanzas; de la «desaparición de la vida pública» del otrora ministro de Economía, señor Alejandro Gil, por solo citar algunos ejemplos.

Cuando la información oficial se ausenta, esa ausencia es cubierta por cualquier otra clase de información; los rumores resultan un sucedáneo siempre presto, al igual que las especulaciones. El «vacío» ante la necesidad de información es, simplemente, un imposible para el ser social.

El servidor público

En los modelos democráticos de repúblicas occidentales, el cuadro (el término viene del francés) es, en primer lugar, un servidor público. Un compatriota al servicio de la ciudadanía. A ella se debe y no a la inversa. Ello torna impensables comportamientos arrogantes y prepotentes, así como cualquier signo de maltrato o conducta grosera, irónica o burlona hacia los ciudadanos.

Infortunadamente, la cortesía y la sensibilidad no resultan valores frecuentes entre nosotros. Por razones que pueden historiarse fueron desapareciendo de nuestro catálogo cívico. En una etapa inicial algunos las confundieron con principios burgueses o rasgos feminoides, es decir, ausentes de virilidad, en momentos en que la virilidad misma como categoría se vio bastante confundida, manipulada, llevada y traída y lo femenino no había alcanzado a nivel social e internacional la dimensión y trascendencia que porta hoy. La literatura cubana ha dejado testimonio abundante al respecto, bastaría con leerse Los pasos sobre la hierba, del escritor cubano Eduardo Heras León, Premio Casa de las Américas 1970, entre otras obras.

A pesar de todo, y sin importar cuánto cueste su rescate real, respeto, consideración, empatía han de ser características esenciales en el trato de cualquier directivo con aquellos ante los cuales cumple responsabilidades.

Tenemos la suerte inmensa de contar con el legado de nuestros pensadores independentistas: Varela, Luz y Caballero, Martí. Todos ellos fueron (y uso las palabras propias de Luz para caracterizar a los educadores) «evangelios vivos».

Acerca del decoro y la probidad en las costumbres se extendió Martí con las imágenes conocidas que pueblan sus llamados versos sencillos: «el arroyo de la sierra» que le complace más que el mar; «el ojo tan negro del canario amarillo» en el cual le basta pensar cuando se alegra «como un escolar sencillo».

¿De dónde viene, entonces, esa pompa vana y ridícula, ajena por demás a la naturaleza de nuestra gente, con la que pretenden llenar sus vidas un número nada desdeñable de cubanos que ejercen funciones públicas y debieran ser, sobre todo por este motivo, ciudadanos ejemplares?

Acuden a mi memoria los estudios de don Fernando Ortiz (1906) y Jorge Mañach (1956) en torno al choteo. Ambos lo signaron como conducta común en el cubano que conocieron y lo reprobaron en cuanto rasgo que consideraban desmoralizador y retardatario del desarrollo en determinados casos, pero no pasaron por alto otros efectos de cierto beneficio social. En tal sentido en estos momentos el choteo tiene la función de «bajar los humos a la falsa autoridad», o en esa otra arista, de poner de manifiesto lo ridículo y desacertado de ciertos comportamientos de figuras públicas de la política cubana.

Sin embargo, el asunto presenta otras aristas. El Himno Nacional afirma «que morir por la patria es vivir» y la Marcha del 26 de Julio que «Cuba premiará nuestro heroísmo». Aun así, quienes hicieron sacrificios inmensos, e incluso pusieron en juego sus vidas por una causa común, se pudieran pensar —por ello— en el derecho de vivir vidas suntuosas, que trasciendan los títulos honoríficos y se hagan concretas en la zona mundana y terrenal. El riesgo de esto es derivar en un sistema de castas, concepto definido por el diccionario en términos de «habitantes de una sociedad que forman clase especial sin mezclarse con los demás».

Salvo honrosas excepciones, esta práctica parece haberse hecho un lugar en nuestra sociedad desde los primeros tiempos después del triunfo militar y político de las fuerzas revolucionarias en 1959. La burguesía cubana se marchaba del país para radicarse en otras tierras y dejaba tras de sí todo lo que no podía llevarse consigo (bien por su naturaleza, como propiedades de cierta clase, entre ellas el patrimonio inmobiliario) o lo que había quedado prohibido sacar fuera de los límites territoriales, como podría ser —y fue, están los testimonios— un anillo de bodas de determinado valor.  

Se expropiaron —fueron intervenidas en nombre del Gobierno revolucionario—residencias, tierras, industrias, almacenes, comercios, centros de esparcimiento, instalaciones educacionales y de salud, y puestas a disposición de las nuevas instancias del poder revolucionario para uso social. Fueron confiscados innumerables objetos de valor, y para encargarse de la tarea se creó el Ministerio de Bienes Malversados, con Faustino Pérez como titular, con uno de sus almacenes reconocidos en los predios del Convento de San Francisco, en La Habana Vieja. Estos bienes pasaron a ser propiedad del Estado con propósito similar, a la vez que determinadas personas eran autorizadas para efectuar su compra.

Lo que la terca experiencia cotidiana mostró a los ciudadanos es que el patrimonio inmobiliario se ha distribuido a discreción durante un largo tiempo que llega hasta el presente (las llamadas «zonas congeladas» sobresalían, a pesar de todo, como la punta del iceberg).

Los ciudadanos londinenses conocen que Downing Street número 10 es la dirección tradicional del primer ministro británico, por su parte, la exjefa del gobierno alemán Angela Merkel —Canciller por 16 años, aplaudida desde los balcones de Berlín por sus habitantes, en un gesto inédito hasta la fecha, tras el término de su gestión gubernamental en 2021— ocupaba el mismo apartamento en el edificio de siempre durante los años de su mandato. En cambio, los sitios de residencia de la cúpula del poder político en Cuba —dígase presidente, ministros, y comandantes— son ignorados por la mayoría de sus ciudadanos, y lugar inaccesible para ellos, aunque estas residencias gocen de servicios especiales en cuanto a su alimentación, salud, transporte, empleomanía a su disposición, reparación… que se pagan con el erario público, pero que nunca se ha publicado a cuánto asciende su monto.

En el período más reciente, el poder estratificó aún más sus capas, a la par que la brecha entre todo él y los sectores de la ciudadanía parece inconmensurable.

Hay mucho que no sabemos y nos cuesta, incluso, imaginar, pero la revolución informática ha transformado de manera esencial nuestras vidas y la socialización de la información que nos permite Internet es un elemento de gran impacto. No es que la desvergüenza haya llegado a puntos inauditos, sin dudas el proceso es mucho más complejo y se acompaña de serias consecuencias a nivel histórico, en la arena político ideológica internacional, además de otros ámbitos; no obstante, por ahora baste expresar, como colofón, que el desprecio que muestran ante la realidad social es absoluto.

Entre tanto, la ecuación ética se mantiene inalterable. La desigualdad social escala a niveles inimaginables y se intensifica la frecuencia con la cual nuevos grupos sociales traspasan el umbral de la pobreza ante una inflación trepidante que choca contra pensiones y salarios congelados. En semejante escenario una conducta que no resulte absolutamente íntegra y empática con la ciudadanía es simplemente amoral y solo la habíamos conocido —en dimensión similar— como característica esencial y aborrecible de buena parte de los sectores sociales que detentaban el poder durante las diversas etapas republicanas anteriores a 1959; es decir, como motivo y acicate para que las mejores fuerzas de un pueblo, los más virtuosos de sus hijos se levantaran —nada menos y nada más— que en ese movimiento magno —socialmente hablando— que es una revolución. ¿Será preciso decir algo más?

10 COMENTARIOS

  1. No es preciso…más claro, ni el agua. Me llega a la memoria un título…Generales y doctores. Sobran las reflexiones redundantes

  2. Está bueno el escrito pero sería bueno que dijera los nombre y apellidos,por ejemplo:
    Donde viven Díaz Canel y familia,Raul y la familia Castro en general asi como otros.
    Los únicos nombres que menciona son de los que ya se murieron y el único vivo que menciona es del que cayó en desgracia.

  3. Muy bueno su escrito, no creo necesite ser mas incisivo, remarcar en su excelente final esta triste realidad a que se ha llevado al país
    “La desigualdad social escala a niveles inimaginables y se intensifica la frecuencia con la cual nuevos grupos sociales traspasan el umbral de la pobreza ante una inflación trepidante que choca contra pensiones y salarios congelados. En semejante escenario una conducta que no resulte absolutamente íntegra y empática con la ciudadanía es simplemente amoral”

    Una idea muy antigua expresada por Maquiavelo sobre la moral politica señala “Es un mal ejemplo no observar una ley, sobre todo por parte del que la ha hecho”, a esto los cubanos con son peculiar picarezca y choteo dice, quien invento la ley invento la trampa, y en eso en definitiva a derivado la clase politica de la Cuba actual, una banda de tramposos.

  4. La credibilidad es necesaria únicamente cuando alguien o un grupo de personas te importa., sino, da lo mismo si te creen o no te creen, si confían o no confían en ti.

    Entonces la pregunta es: ¿Les importa? ¿Les interesa lo que piensan, lo que viven, lo que quieren?
    Hace mucho tiempo que ya no… es indiferente.., y con razón ya que han arreglado el asunto de tal forma que, independiente de lo que digan, hagan o dejen de hacer siguen estando ahí.., donde mismo.., sin consecuencia alguna.

    Me pregunto si la estrategia es simplemente dejar salir a todo el que pueda, para que ayuden a todo el que quede, y de esa forma mantener un estado paralelo, ficticio, burocrático, que sin resolver asunto alguno, sigue gobernando como un avión en piloto automático hasta el fin de los tiempos.

    s2

  5. Es de agradecer a la Joven Cuba la publicacion de artículos oportunos como este. En cualquier proceso político la credibilidad va de la mano de la legitimidad; sin la primera, la segunda no tiene asideros.

  6. Excelente artículo, aunque quedaron aristas y ejemplos por tocar. En esencia es lo que la gran mayoria plensa, pero pocos dicen.

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Esther Suárez Durán
Esther Suárez Durán
Socióloga y escritora

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