Cortesía

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Decía Aaron Nimzowitz, notable teórico del ajedrez, que la amenaza es muchas veces más fuerte que su ejecución, y razón no le faltaba. Yo, por ejemplo, prefiero que me pique un mosquito directamente, así sea en los dedos de los pies, a que me zumbe pegado a la oreja, amenazante y jodedor. También prefiero que alguien me empuje sin reparos (ya después sabré que hacer) a que me espete: «Permiso ahí» con el desprecio adicional que porta en sí el vocablo «ahí». Escuchar esa palabrita detrás de algo tan sublime como el permiso, es como encontrar un guayabito en una olla de frijoles negros. Me desagrada muchísimo también la seudo cortesía de quien contesta el saludo sin contacto visual, porque la cortesía es mejor no ejercerla que ejercerla mal, o que practicarla a discreción y conveniencia.

Nosotros los cubanos tenemos ciertas formas de cortesía muy propias, impensables en casi cualquier otra región. Tal vez seamos los únicos que se han atrevido a sustituir el tiempo condicional de cortesía por el imperativo para realizar una petición. Sustituimos sin problema «¿Me podrías alcanzar el agua» o «¿Serías tan amable de alcanzarme el agua?» por «Alcánzame el agua, por favor» o «Alcánzame el agua», pero adicionando una expresión de la cara: entrecerrar los ojos y ladear la cabeza, que representa la nobleza divina.    

Es un hecho que se han ido desvaneciendo las costumbres relacionadas con la amabilidad y el buen trato. Se ha vuelto común que en una guagua cargadita, un tipo en posesión de un asiento, con la fisonomía y el porte de Caupolicán, no se inmute ante un señor de 90 años con muletas que lucha por mantener el equilibrio, pero a los 10 minutos le ofrezca el asiento a una mulata esplendorosa de 25 años y la salud de Supermán.

Aprovecho y señalo aquí que el uso y la interpretación de la llamada caballerosidad siempre me han parecido incorrectos, ya que denotan la hipotética forma de actuar propia de un caballero, caracterizada según el diccionario por nobleza, respeto, amabilidad, desprendimiento y distinción, pero que es herencia de una época en donde pareciera que estas actitudes no tocan a las mujeres. Prefiero hablar de cortesía, que no distingue entre sexos y trata de normas de convivencia y comportamientos adecuados para con el prójimo. Normas que, dicho sea de paso, poseen todas racionalidad y consistencia. No hablo aquí de aquellas otras normas surrealistas, como la que dice que un hombre no puede entrar con un short por debajo de la rodilla a un hospital, mientras no hay problema con que la mulata del párrafo anterior desfile por el recinto con una licra de las de divide y vencerás.

Está siendo tan dinámica la vida que hay normas de cortesía que ya deberían revisarse para ser actualizadas, y otras que nunca han estado claras. Por ejemplo, en el teatro siempre hay dos personas, cada una con dos brazos, y solo tres reposabrazos. ¿A quién le toca el reposabrazos que queda en el medio? Cuando uno llega tarde al propio teatro, y para ir hacia el asiento hay que molestar a las personas que ya están sentadas, ¿se pasa de espalda o de frente? Yo paso de frente, para mirar a los ojos a las víctimas, con expresión de desagravio.

Cuando se camina por la acera con un niño o un anciano, se suele decir que lo correcto es ponerlos en la parte interna, bajo la premisa de que hay más peligro mientras más cerca se esté de la calle. Esta premisa se tambalea cuando se camina por Centro Habana, en donde la zozobra real está en los balcones de paupérrimo equilibrio.

También es usual abrir una puerta y permitir pasar a un invitado, o a una persona que va cargando un peso, y pasar uno mismo después. ¿Se cumple también esto en los taxis? ¿Es lo mejor poner a tu esposa o tu mamá pegada al chofer y a su endiablado cambio de velocidades con la mano sudada? ¿O dejarla pasar en un asiento trasero vacío y que el vestido se le haga un macramé al arrastrarlo por la irregular superficie de un asiento de almendrón, que puede estar forrado con piel de chivo, nailon de envoltorio de cadáveres o alfombra persa de los años 30? Dudas siempre habrá, pero hay una receta que no falla: empatía, sonrisa y buena voluntad. Y nunca, nunca, por más recondenado que te tenga el mundo, te deshonres con un «Permiso ahí», que de ese «ahí» no se regresa.

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Jorge Bacallao Guerra
Jorge Bacallao Guerra
Comediante, escritor y guionista

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