La sociedad de la nieve (sobre la caída de un avión en los Andes en 1972) va mucho más allá del morbo inherente a la antropofagia como recurso extremo de supervivencia (de hecho, hay muy poco de eso), para erigirse en un estudio de lo que nos convierte en humanos, de cómo se (re)construyen los lazos y reglas que nos permiten convivir, cómo y hasta qué punto nos necesitamos unos a otros.
La educación en el hogar también fue de primera, algo que agradezco especialmente a mis padres, y que intentaré legarle a mi hijo. Agrego además que fui un niño que preguntaba sin miedo, incluso sin medida, podría decir.
Napoleon, de Ridley Scott, es como la vieja fórmula a base de aceite de hígado de bacalao: tiene algunos efectos positivos pero, decididamente, sabe a rayos.
Llegué al portal del copiador del paquete, pedí el último y me senté. El local estaba desbordado de personajes pintorescos: un papá con su niña de 8 años, un anciano excombatiente, un señor de camisa de hilo y una señora en bata de casa y chancletas, además del copiador del paquete, a quien me voy a referir como el paquetero, pasado de peso y exhibiendo una peluda pulgada de división de las nalgas, como si fuese mecánico o plomero.
Sin espectacularidades ni estridencias, Killers of the flower moon es una gran película: en ella confluyen una realización signada por la pericia, un tema que rebasa la anécdota para convertirse en un alegato antirracista y, todavía más allá, un análisis de la culpa, de hasta qué punto somos responsables de un crimen aun cuando no sabemos, o preferimos no saber, las consecuencias de nuestros actos.
Yo no soy el tipo de persona a quien le encante comer en la calle, sobre todo en este tipo de establecimientos, pero soy incapaz de no percibir la naturaleza de las aguas donde nadamos. Tenemos un desfase temporal de varias décadas en muchísimas cosas, pero el caso de esa gastronomía chiquitica es bien notable.