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Hace poco un amigo me comentaba que un pariente suyo, emigrado que se las apañó para hacer dinero y llevar la vida que le venía en gana, gastaba su capital, principalmente, en irse de safari. No conozco al aventurero de marras, así que no sé si se apuntaba a los viajes para tomar fotos únicas de la vida salvaje o para cazar leones, elefantes o antílopes y retratarse luego, sonriente, junto a la víctima, pero en verdad quisiera suponer que lo hacía para matar el tiempo, y nada más que el tiempo. Un par de días después volví a ver una película que fue muy popular en toda Hispanoamérica a comienzos de los 70, Solos los dos (1968) de Luis Lucia Mingarro, con la cantante Marisol y el torero Sebastián Palomo Linares, y el tema de los derechos de los animales quedó de nuevo en primer plano.
Como también sucede con libros y piezas musicales que disfrutamos en nuestra infancia o adolescencia, Solos los dos se mira a estas alturas con benevolencia embebida en sacarínica nostalgia, esto es, con el sentido crítico reducido a una o dos rayitas. Por otra parte, no creo que haya nadie que viviera esa época que no recuerde Yo no quiero ser torero o Tic tac (el reloj camina siempre para alante…) en la voz de Marisol, y al escucharlas no se ponga a cantar por encima de la música. Después de todo, eran piezas compuestas por Juan y Junior, lo mejorcito (junto con los Bravos y poco más) del pop español de entonces. Sin embargo, en lo que uno no reparaba entonces era en lo sangriento y deshumanizado que resultaba el espectáculo. Marisol se preocupa por la vida de su chico, no por la suerte de los bovinos; solo en una ocasión un personaje hace un comentario acerca de los pobrecitos toros, suscitando risas ante lo absurdo de la ocurrencia.
¿Qué se hace en estos casos? Para mí, la clave está en entender toda pieza en su contexto histórico, dentro de sus coordenadas sociopolíticas. Después de todo, por repudiable que nos resulte la esclavitud, no le pedimos a una comedia de Aristófanes que no contenga personajes sometidos a tan cruel condición. Me resulta temible el radicalismo que pretende excluir de la historia de la cultura, meter en una lista negra o incluso destruir este o aquel producto artístico porque da por normales situaciones que hoy nos resultan moralmente cuestionables. España estaba en pleno franquismo, y la tauromaquia era un entretenimiento de masas con enorme potencial turístico. Estoy en contra de que se siga practicando hoy en día, pero también me opongo a que se satanice cualquier obra que le haga referencia.
Mi arqueología cinematográfica amateur me enfrentó recientemente a otra película que hoy resultará inaceptable para algunos: Les valseuses (1974) de Bertrand Blier. Gérard Depardieu y el prematuramente desaparecido Patrick Dewaere interpretan a Jean-Claude y Pierrot, dos jóvenes (sí, Depardieu también lo fue, y delgado incluso) que viven al día estafando y robando en pequeña escala. El problema es que tratan muy mal a las mujeres. En particular, a Marie-Ange (encarnada por Miou Miou), a la cual comparten como amante (lo que en el presente caso implica ser ama de casa y cocinera, y estar disponible todos los días y a cualquier hora) y tratan con sistemática rudeza (en determinado momento, para mostrar su desacuerdo con algo que ella dice y hacerla callar, la tiran al río). Ella, por su parte, acepta esa actitud con sumiso talante, como algo natural, inherente a la condición masculina. Por demás, la cosa no se limita a ella, los tipos maltratan a otras mujeres antes y después.
Vamos a ver, todo lo antedicho no solo es inaceptable, sino que llega a resultar grotesco, en la pretensión de que el público les reirá los chistes a esos dos machorricos y los entenderá como locuras de juventud. (De hecho, les valseuses es una expresión en argot para referirse a los testículos porque, eh, bailan). Pero no nos precipitemos hacia el blanco y negro. Los protagonistas Jean-Claude y Pierrot, con su desfachatez ética, son a su vez manipulados por la madura pero hermosa Jeanne (Jeanne Moreau) que en su propia tesitura les paga, hasta cierto punto, con la misma moneda, y por la casi infantil Jacqueline (Isabelle Huppert), que hacia el final de la película los utiliza sexualmente y los abandona luego. No se trata entonces solo de ellos, sino de un clima social en que la libertad de la mente y el cuerpo que trajeron los años 60 deviene, en manos de los personajes (hombres y mujeres), un juguete fascinante que no saben emplear como es debido, que por momentos pincha, corta o escalda a los demás, pero que fascina a todo el mundo.
Una escena me resulta particularmente significativa. Los dos cabrones empiezan a acosar a una mujer en un vagón de tren. La chica amamanta a su bebé y viaja a reunirse con su marido que está en el Ejército, pero eso, lejos de imponer respeto a Jean-Claude y Pierrot, los excita, hasta el punto de que le proponen algo escandaloso (no lo voy a contar, no sean morbosos: busquen la película). Ella se niega, escandalizada, pero una parte de su ser anhela escapar de su predecible rutina, de manera que termina aceptando y hasta disfrutándolo. Luego, cuando se baja y se encuentra con el marido, los sinvergüenzas comentan que el tipo tendría que agradecerles por habérsela dejado a punto…
Les valseuses ha de entenderse como una suerte de manifiesto contracultural (con las limitaciones inherentes a dichos artefactos), un ya no te creo más en el rostro de la hipocresía burguesa. Es violenta, es desagradable, y en más de una ocasión sientes deseos de meterte en la película, enfrentar a Jean Claude y Pierrot y decirles que no coman tanta… pero en la década de los 70 resultaba, paradójicamente, avanzada, incluso progresista. En ese mundo los hombres emplean las armas que conocen, y descubren que aquellas no son tan eficaces como creían, en tanto las mujeres ejercitan las suyas y se desembarazan de prejuicios que maniataron a las generaciones precedentes.
En el momento en que la corrección política decide que los fenómenos artísticos y sociales solo pueden ser absoluta, eterna y universalmente buenos o malos, deja de ser corrección y se convierte en vulgar censura. No hay nada más peligroso que un radical ignorante abrazando una buena causa.


De acuerdo!..la correción política sin sentido común y cultura de base para discernir es castrante, violenta, negacionista y embrutecedora. Cada proceso o fenómeno responde a un contexto histórico social, sólo es saludable ver el ayer con los ojos de hoy para no repetir los errores.
Cuando en el primer párrafo hablabas de irse de safari para cazar esos especímenes de la fauna africana, me acorde de aquel famoso chiste que en su momento tuvo tanto éxito y que hoy no se podría contar en ninguna televisión. Me refiero a este:
Unos «señores» fueron a África para hacer un safari. Después de todo un día de caza, se reunieron y comenzaron a contar lo que habían cazado.
-Antonio, que has cazado?
-He cazado un león, dos antílopes y una jirafa.
-Y tú Luis, que has cazado?
-Yo he cazado un leopardo, tres elefantes y un rinoceronte.
-Y tú Pepe, que has cazado.
-Yo no he tenido suerte, solo he cazado algunos buanaminos.
-Buanaminos? Que animales son esos? Yo no conozco ningún animal que se llame así.
-Si hombre, hay muchos. Son esos animales pequeños,de color negro, que cuando le apuntas con la escopeta empiezan a gritar: Buana… Buana….. a mi no! a mi no!
Disney no ha aclarado la postura de Jesús frente a las redes sociales. Creo.