Contra todas las mascaradas: vida y muerte de Antonio Guiteras

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Sus últimos días los pasó con una diana colgada en la espalda. El 8 de mayo de 1935, cercado por la impotencia y la soledad, murió Antonio Guiteras. Epilogando un diferendo público que desembocó en duelo personal a muerte, Batista había puesto precio a su cabeza. Luego de pasar meses escurriéndose como un fantasma en un ambiente frenético y estrecho en el que apenas halló tiempo para alimentarse organizando sus planes rebeldes, Guiteras decidió lanzarse al exilio mexicano y volver preparado para abrir una guerra en toda la línea y vivificar la Revolución fracturada. Frente al mar promisorio de El Morrillo, donde acompañado por un reducido grupo de fieles oteaba en el vacío un yate solidario que nunca llegaría, quedó sepultada la esperanza.

Murió en combate, aunque regularmente se ha usado —desde tanques pensantes hasta artículos de prensa dignos de mural de efemérides— el criterio de «asesinado». No hay mejor evidencia que su respuesta acojonada de: «Nos morimos», cuando al calor de la redada su compadre, el venezolano Carlos Aponte, lo tantea: «Aquí nos morimos». Eran hombres de fibra a toda prueba, no iban a dejarse coger vivos. Apenas hubo de fijarse aquel pacto de honor cuando una metralla trepanó su frente grávida de sueños. Quedó con los ojos abiertos, hundidos en el futuro. En cualquier caso cabría decir que resultó víctima de una emboscada de odio, de una traición, de la ambición y la ingratitud de los hombres… Guiteras cayó en medio de una balacera, no solo de plomo sino también de fuerzas oscuras.

No se llamaba a engaños. Por su interpretación materialista de la entelequia humana sabía que la lucha basada en métodos violentos estaba llena de peligros y sinsabores. Comprendió que bajo todo clima de inestabilidad política y escenarios extremistas las manadas de pillos se dan de codos para abrirse paso entre las filas, como un chapotear de hipopótamos nauseabundos al interior de su charca fétida. Y aunque supo que lo rondaba más de un zascandil, a contrapelo tuvo que arar con tales riesgos. En resumidas cuentas, asumió, las revoluciones siempre han estado repletas de imperfecciones.

Comprendió que bajo todo clima de inestabilidad política y escenarios extremistas las manadas de pillos se dan de codos para abrirse paso entre las filas.

La leyenda bate sus alas en el punto donde la Historia se estanca, escindida y medrosa. La mayoría de las veces su evocación como figura histórica queda en las viciadas márgenes de lo anecdótico. Así, se ha abusado de presentar a Guiteras como el típico personaje de pistola en mano, un hombre que olía a pólvora y carente de contenido ideológico. Reducirlo a semejantes fabulaciones es definitivamente desacertado. Hay un Guiteras más allá del que protagoniza las medidas populares del Gobierno de los Cien Días, las nacionalizaciones de facto, la expulsión del «mediacionista» Sumner Welles, la orden de abrir fuego sin contemplación al americano que saliera de la Base de Guantánamo o el que ordena aplastar el motín del Hotel Nacional a cañonazo limpio. «No podemos permitir un Estado dentro de otro Estado. Es una burla», decía.

«Por eso fue un gran revolucionario. No solo aspiraba a derribar y destruir un gobierno corrompido y de fuerza, enemigo de los sagrados intereses del pueblo cubano, sino que sobre sus cenizas pensaba, como lo intentó en el gobierno de los tres meses de 1933, levantar la gran obra de la revolución cubana […] El pensamiento de Guiteras siempre fue radical e intransigente. Jamás anidó en su mente ambiciones mezquinas ni apetitos vulgares, solo lograr la revolución nacional, con sus tres postulados de independencia económica, libertad política y justicia social», valoró el periodista Max Lesnik en un artículo olvidado entre las páginas de la antigua Bohemia, con motivo del aniversario 20 de la muerte del líder. Recientemente sepultado en La Habana, Lesnik afirma en su texto que cada 8 de mayo acompañaba a Eduardo Chibás en peregrinación al Morrillo.

Guiteras fue una personalidad maciza, un estado de conciencia entregado a una tensión heroica. No por eso podríamos declarar que sea un mártir puro, un ser intachable. Como todo humano cometió errores, ejecutó acciones duras y polémicas, tuvo sus sombras. ¿Pero cómo juzgar desde la luz de hoy a un hombre de su tiempo? Lo esencial es que supo escuchar lo que la voz popular demandaba y por dónde ir para remediar la salud de la patria. Recorrió ese camino sin concesiones, vacilaciones ni demoras estériles. Lo hizo con conocimiento de la lucha popular y lances de propio instinto, con un temperamento apasionado, voluntarioso e indomable, herencia de sangre que había cuajado desde la Filadelfia natal cuando venció padecimientos de salud de la niñez, transitando después por el consumo enfebrecido de literatura variada y teorías filosóficas, hasta sus juveniles aventuras de comerciante farmacéutico que le permitieron conocer la Cuba recóndita con su pirámide de problemáticas sin soluciones.

Guiteras fue una personalidad maciza, un estado de conciencia entregado a una tensión heroica. No por eso podríamos declarar que sea un mártir puro, un ser intachable.

La insurrección es su estrategia. Cansado de esperar por las promesas gubernativas y por los «prohombres de la revolución» que nada resolvían, asumió a cuenta y riesgo fundar un movimiento basado en el diálogo metálico de las armas. Con una fe madura y una coherencia insuperable, entendió que no quedaba otra salida que tomar el poder violentamente para levantar los pilares de la república democrática y fecunda soñada por quienes asumieron de corazón la prédica martiana. La toma del cuartel de San Luis en abril de 1933, a las afueras de Santiago, fue la acción más audaz y sonada que se registrara en Cuba entonces. Desde su cuartel general en Oriente pasó meses denunciando la postura aviesa y entreguista de políticos y militares, dejando claro que no regresaría a la legalidad en tanto no existiera un gobierno libre y soberano capaz de cumplir los anhelos del pueblo.

Un giro dramático de los acontecimientos tras la caída de la tiranía machadista lo colocó en el gobierno de Grau San Martín. Por sugerencia de uno de los pentarcas fue encargado de la Secretaría de Gobernación (Ministerio del Interior), a la que luego se le adjuntó Guerra y Marina. Dicha administración estuvo signada por una composición heterogénea y lo mismo que el Cerbero tenía tres cabezas, entiéndase corrientes ideológicas: la derecha ultrarreaccionaria y proimperialista representada por la mano dura del coronel Batista, escoltado por el Ejército; el centro conservador en la figura presidencial del reformista–populista Grau, quien se dedicó a culebrear entre dos aguas; y el ala de la izquierda revolucionaria encarnada por Guiteras, de espíritu anti–intervencionista, social–demócrata y lector de Lenin.

Empezaba ahí su etapa más febril, creadora y comprometedora. Duró 127 días exactos. Deberían los ministros de hoy tener como asignatura obligatoria aquella gestión de Guiteras. Cuánta pulcritud y eficiencia cristalizadas en tan breve plazo. Al pulso de su genio resolutivo y táctica propia se firmaron leyes «inauditas» para la época: la jornada laboral de ocho horas, jornal mínimo para obreros agrícolas, derecho obrero a seguros médicos y de jubilación, hasta usó fondos de la Secretaría de Gobernación para comprar alimentos a desempleados, entre otras medidas igual de progresistas; y lo que sería el tiro de gracia: la intervención de la Compañía Cubana de Electricidad. Hasta ese momento los monopolios extranjeros habían sido intocables. «Está loco», opinaban los figurines de chaqué en las altas esferas. «Sigan ustedes discutiendo que yo voy a dar agua y luz al pueblo de Cuba», contestaba terminante. Vio su posición de poder como oportunidad para ensayar la nueva nación y no la malgastó.

Deberían los ministros de hoy tener como asignatura obligatoria aquella gestión de Guiteras.

Cada una de las leyes guiteristas merece un estudio cuidadoso. En materia jurídica sentaron un precedente. Él mismo se encargó de fiscalizar celosamente sus cumplimientos, debiendo vencer no pocas resistencias tanto a lo interno del ejecutivo como de algunos sectores que no querían perder de ninguna manera sus privilegios. Estaba en el poder y en la oposición a la vez. Una dialéctica complicada. Las consecuencias por «subvertir» el sistema imperante no se hicieron esperar y hacia aquel modelo de ministro nacionalista, de tan solo 27 años, se puso en marcha la maquinaria de aniquilación.

Es así como Guiteras debe enfrentar en fuego cruzado la contrarrevolución del ABC fascista, las conjuras de Batista y su camarilla castrense plegadas a la embajada estadounidense, los cuestionamientos del Partido Comunista que no aprobó su línea de acción ―incluso el PCC y la CNOC llegaron a condenarlo por la masacre en el entierro de las cenizas de Mella― ni captó que era un momento culminante para afirmar voluntades en haz, por la causa común de reivindicación de las masas.

Guiteras es el líder antimperialista por antonomasia. El Sandino cubano. «Se sirve al imperialismo o se sirve al pueblo, pues sus intereses son incompatibles», sentenció. Con su intransigencia paradigmática puso en jaque la doctrina del buen vecino, sin embargo, entre los recelos y pujas de tantas tendencias conservadoras y reaccionarias no pudo consolidarse una verdadera acción unitaria de carácter revolucionario. Prevalecía la desconflautación.

Él sabía que la Revolución se había estancado después de 1898 y que su prosecución debían asumirla las generaciones jóvenes. El pensamiento auténtico de Guiteras y su sensibilidad para inspirar cambios revolucionarios están condensados en su proyecto de la Joven Cuba, cuyos lineamientos programáticos se publicaron en 1934. El programa entró a fondo en la realidad socio–política de Cuba, delineando de forma concreta y radical las profundas transformaciones que debían realizarse como primeros pasos para vertebrar un Estado socialista.

Entre sus postulados destacaban, por ejemplo, que la propiedad y la riqueza debían constituir el medio para satisfacer necesidades, y no una oportunidad de enriquecimiento de unos a expensas de las miserias de los demás. Asimismo, planteaba la confiscación de bienes malversados, reformas económicas como la nacionalización de grandes empresas de servicio público e importantes modificaciones en los sectores de la industria, el comercio y las finanzas. La reforma agraria y la proscripción del latifundio eran otros de los capítulos más notables del programa. En materia política esbozaba la denuncia de tratados perjudiciales a los intereses del país y la moratoria de la deuda exterior. Todo partía del principio de que no puede existir independencia política sin independencia económica.

Hombre situado en el vórtice de una etapa convulsa, tuvo poco tiempo para la pluma ni la retórica, si bien su artículo Septembrismo deja claro que no careció del don de la palabra. Dirigente estudiantil, combatiente clandestino, guerrillero, gobernante y héroe cabal, el legado de Guiteras está escrito con sus hechos militantes. En él la voluntad resolutiva se anticipa a la disquisición teórica. Con su actitud mostró un mundo de posibilidades, marcó la senda para las generaciones posteriores. Asechado en carne propia, aun tratado como un paria, Guiteras fue el abanderado de una revolución traicionada.

Evocar aquella vida ejemplar de luchador tenaz e incorruptible es ahora más necesaria que nunca, pero no desde el mero acto contemplativo de la tradicional ofrenda floral, sino con la real intención de reanimar aquella ética revolucionaria y ciudadana que lleve rectilíneamente a la Cuba de hoy a un mañana mejor. Guiteras quiso empujar a Cuba hacia el futuro, mas su caída en El Morrillo ―hace 90 años― sepultaría su esperanza: «[…] espero confiado el momento oportuno para nuestra liberación absoluta, que es la que responde al clamor de las masas que todo lo sufren, que todo lo padecen».

1 COMENTARIO

  1. Luego de leer alguna biografía de Guiteras ( y no adversa a su persona, incluso más hagiografía que biografía ) la idea que queda de Guiteras es la de un vulgar matón, incluso un terrorista, que cita a a un antiguo compañero para.meterle un tiro en la nuca dentro de un carro. Las ideas de este lector de Lebin, como.se dice en el artículo, las cuatro abstracciones de supuesta justicia social que tenía en el.trastero se las podía haber guardardo para él, ya de eso hemos tenido de sobra.
    Cita el autor del.artículo al ambiguo Max Lesnik en 1955 : No sólo aspiraba a derribar y destruir un gobierno corrompido y de fuerza, enemigo de los sagrados intereses del pueblo cubano, sino que sobre sus cenizas pensaba, como lo intentó en el gobierno de los tres meses de 1933, levantar la gran obra de la revolución cubana […] con sus tres postulados de independencia económica, libertad política y justicia social.»
    Ese gobierno corrompido y de fuerza al.que se refiere Lesnik es el gobierno de Mendieta que era manejado tras las bambalinas por Batista. Pero Batista no vino de la nada. Batista era el hombre de los americanos que había escalado gracias a la situación creada por la caída de Machado, que había sido derribado por los mismos americanos y a lo que había colaborado el.mismo Guiteras ( y los estudiantes de los dos Directorios.) Y Machado había sido derribado por los americanos exactamente porque en cuatro años caminó 3n la dirección de la independencia económica más que ningún gobierno cubano antes y después de él. Machado es el mejor gobierno cubano que ha habido y por eso los americanos le hicieron la guerra. Desarrolló la industria cubana imponiendo aranceles a los productos americanos y ahí firmó su sentencia de muerte. El cambio que dio a Cuba en sus 4 primeros años no lo ha ocurrido jamás en Cuba. Guiteras, qué hizo ? Se puede decir que si lo recordamos hoy fue por su muerte temprana, si hubiera llegado a viejo hubiera resultado tan inane como el.resto de su generación anti machadista, los Raúl.Roa, Prío Socarrás. Se pudiera decir que Batista le hizo un favor el 8 de mayo de 1935.

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Igor Guilarte Fong
Igor Guilarte Fong
Graduado de Periodismo en la Universidad de Oriente (2007). Premio en el Concurso Nacional de Periodismo Histórico 2020.

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