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El pasado cinco de febrero, el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, compareció ante medios nacionales e internacionales para abordar varios temas del complejo contexto nacional y regional.
Contexto agravado con la orden ejecutiva firmada por el mandatario de Estados Unidos, Donald Trump, la que prevé la imposición de aranceles a los países que envíen petróleo a Cuba, y que, en esencia, pretende la asfixia energética de la Isla.
No existe argumento sostenible que justifique esta nueva arremetida del Gobierno norteamericano. Un episodio más de su política perversa e inhumana hacia Cuba, de una parte; y de la otra, un dato añadido al uso de la fuerza, en desmedro del derecho internacional.
Comparto que la rendición no es la opción. El Estado norteamericano nunca ha mirado a Cuba en condición de igualdad, de derecho y de soberanía. La ha tratado, al igual que al conjunto de las naciones latinoamericanas, como objeto de sus intereses.
El desprecio moral, los intentos de imposición política, la objetualización de la nación cubana por parte del imperialismo norteamericano antecede a la etapa socialista, y la precedería, llegado el caso. Es aconsejable que la bisoña burguesía cubana tome nota.
Asistimos al declive del imperialismo norteamericano, otrora potencia global hegemónica, lo cual hace más peligrosa e impredecible su actuación internacional. Frente a este hecho no hay otra salida que resistir y desarrollar, material y políticamente, las condiciones que sostengan y expandan la soberanía nacional.
Defender la soberanía nacional no es garantía de triunfo en este árido escenario, pero sí es condición sine qua non para intentarlo. Ahora bien, la soberanía solo como arenga es insustancial. Entender su dimensión de proyecto nación, y de orden sociopolítico que lo valide, le otorga su verdadero rigor y contenido.
Resistir es imprescindible, pero es vital entender que es un proceso objetivo, que involucra sujetos concretos y decisiones específicas. La resistencia tiene contextos y variables claras que deben ser puestas a deliberación pública. Superar entre todas y todos los «tiempos difíciles» que vivimos no será posible sin esa deliberación amplia y democrática.
En las recientes palabras del mandatario cubano no hay cuestiones esencialmente nuevas. Tanto los problemas como algunas de las soluciones que ahora se reiteran, aparecen en cuanto documento programático podamos citar desde, al menos, el año 2011, con los «Lineamientos», y las sucesivas modificaciones acontecidas hasta la fecha.
Es vital afinar las preguntas cuyas respuestas permitan vislumbrar salidas a la crisis.
¿Por qué llegamos al 2024 con solo un 3 por ciento de energía renovable? ¿Por qué no se priorizó el sistema energético nacional, su mantenimiento y modernización? ¿Por qué no se potenció la inversión en la extracción de hidrocarburo nacional? ¿Por qué se engavetaron las investigaciones sobre el desarrollo de sus derivados?
¿Por qué hubo un bajo nivel de inversión en la agricultura? ¿Por qué no tenemos una ley de empresa? ¿Por qué se elaboran más conceptos y planes que su validación práctica? ¿Por qué tanto zigzag en la implementación de las políticas? ¿Cuáles son los problemas estructurales de la economía pendientes, y por qué no se han resuelto?
Mientras no se tenga claridad de los argumentos, y más específicamente, de los actores que están detrás del retraso de las reformas, no habrá solidez en la decisión de resistir. No se trata, una vez más, de diagnosticar y esbozar directrices, se trata de nombrar y remover los impedimentos, durante demasiado tiempo, para su puesta en práctica.
Diaz-Canel fue enfático al decir que debemos «terminar de comprender que el país tiene que ser capaz de sostenerse energéticamente con las fuentes de energía que nosotros poseemos: con nuestro crudo nacional pesado; con las fuentes renovables de energía». ¿Quiénes no lo comprenden, quiénes impiden que esos conceptos se viabilicen? ¿Qué estructuras administrativas o políticas han obstruido su encaminamiento?
Responder estas preguntas es condición para resistir y alcanzar resultados sostenibles, políticos y materiales, como única garantía de la soberanía.
Dicho de otro modo, es comprensible la indisposición a más sacrificio si no es notorio un cambio de narrativa y de acción política concreta que, en medio de la adversidad redoblada, concreten soluciones en beneficio de la gente. Es imprescindible que la gente tenga buenas noticias, y más importante, que las verifique en su cotidianidad.
Entre las prioridades estratégicas, el presidente cubano destaca «elevar el funcionamiento del Partido, del Gobierno, del Estado, de las instituciones, de las instituciones armadas, de las organizaciones de masas, de las organizaciones sociales y de todo el sistema del país». ¿Cómo se concreta la elevación del funcionamiento? ¿Eso qué significa, mejorar lo mismo que ya está?
Es cierto que no podemos aspirar a la soberanía nacional sin unidad política. ¿De qué unidad se trata, cómo concretar el pacto social que la sostenga? Unidad no es unanimidad permanente, opinión monolítica, unidad es pactar los destinos de la nación desde la diversidad que somos.
Es unidad en la diversidad el camino probable. ¿Cuánto podría contribuir a esa unidad la postergada Ley de asociaciones? ¿Cuánto aportaría al proceso de resistencia al que estamos abocados como nación y como orden social, reconocer, organizar y potenciar la riqueza que entraña la pluralidad que nos caracteriza? ¿Cuánto contribuiría esa asunción a la crítica, al debate, al aporte colectivo?
Es importante, en el proceso de resistir al imperialismo, ampliar la democracia. Este asunto también fue abordado por el dirigente cubano. ¿Llegará a ser el Partido único de la nación la fuente nutricia de la democracia cubana? ¿Podrían aparecer otras formas de organización que complementaran ese encargo? ¿Cómo democratizar las instancias sociales, productivas, comunitarias, componente fundamental de la estrategia de resistencia y sostenimiento de la soberanía?
La democracia se mide por la calidad y alcance de la participación popular en la gestión política. Por ejemplo, aspiremos a más referéndums, a modelos de presupuestos participativos, a la autogestión, a más modelos cooperativos y asamblearios.
Dadas las urgencias del momento, cabría preguntar, ¿el rol de los municipios será reducido a la producción de alimentos, o también a la producción de sus propias políticas públicas específicas?
Hace tiempo vivimos tiempos difíciles. No habrá otra oportunidad de mirar la realidad de frente y cortar por lo sano. Hacerlo demanda afinar las preguntas que nos permitan resistir con esperanza y sostener la materialidad y el espíritu de la soberanía.


Excelentes reflexiones…lástima q no se materialicen. Esas preguntas, lamentablemente, tendrán las respuestas q ya conocemos. No hay empeño en cambiar, en comprender q NO se pueden obtener resultados diferentes haciendo siempre lo mismo. Al final el costo lo asume el pueblo y las víctimas constituyen un daño colateral.